2 Sobre las causas del paro y la degeneración del trabajo / Juan Torres López

Posted on 2009/10/20

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En Sistema, nº 151, 1999.

Ver parte I (…)

3. Desempleo y trabajo en el Neoliberalismo
- Trabajo y cambio tecnológico
- Regulación macroeconómica, empobrecimiento del trabajo y desempleo
- Paro y control social


4. El ser humano como problema


5. Las condiciones para la creación de empleo
- La naturaleza del trabajo
- El contexto del trabajo
- La condición misma del trabajo


6. Una (radical) reflexión final
- Bibliografía citada

capítulo 3 al 6.

3. Desempleo y trabajo en el Neoliberalismo

Las cuestiones a las que acabo de hacer referencia permiten poner de relieve dos grandes conclusiones.

La primera, que la teoría económica más convencional no proporciona, ni mucho menos, explicaciones sobre las causas del paro que puedan tenerse por convincentes y rigurosas. Puede admitirse que todos los factores explicativos que toman aisladamente en consideración (salarios, rigidez,…) están lógicamente relacionados con las condiciones en que se contrata el trabajo en las economías capitalistas, como no puede ser menos. Pero no es posible aceptar, sin embargo, que por sí solos expliquen los niveles de desempleo tan elevados que se dan de manera tan generalizada y en condiciones, además, tan diferentes y casi siempre francamente alejadas de las que deberían darse si se cumplieran las hipótesis de las que necesariamente parten dichos análisis.

La segunda, que es igualmente obvio que el desempleo no es el único problema laboral que hoy día se genera en nuestra economías, pues viene acompañado de una precarización progresiva de las condiciones de trabajo, de un volúmen muy elevado de población que entra y sale de forma irregular del mercado de trabajo alterando de esta forma el flujo habitual de generación de población activa y, también de manera progresiva, incluso de una modificación en la propia consideración social del trabajo y del empleo.

Lo que ha sucedido en realidad es que en las economías capitalistas se han producido en los últimos años una serie de procesos que han afectado de manera profunda no sólo a la cantidad de fuerza de trabajo contratada, sino también, y sobre todo, a la condición cualitativa del trabajo mismo. Han sido unos procesos cuyo origen se remonta incluso a finales de los años sesenta, cuando el modelo de crecimiento de la postguerra empezó a dar inequívocas señales de agotamiento que se traducían en una drástica reducción del beneficio empresarial, en la saturación de los mercados y de la propia base técnica del sistema, en la inutilidad de los mecanismos de regulación macroeconómica hasta entonces dominantes y en una crisis social, de actitudes, de valores y de expectativas de gran profundidad.

En otro trabajo (Torres 1995) he analizado con detalle todos estos procesos cuyas líneas de fuerza más importantes, sus orígenes y sus resultados, con especial referencia a los efectos que tuvieron sobre el mundo del trabajo que aquí me interesa poner de relieve con mayor detalle, se resumen en el cuadro que se encuentra al final de estas páginas.

En él se puede comprobar que el agotamiento del modelo de postguerra requería hacer frente a una crisis con tres dimensiones específicas: la crisis en el aparato productivo, en la regulación macroeconómica y en el sistema de legitimación social. Se trataba, pues, de una crisis de caracter global, que afectaba netamente a los soportes esenciales del sistema económico (la producción, la política, la sociedad) y que requería soluciones que debían orientarse básicamente a conseguir tres grandes objetivos (un nuevo tipo de relaciones técnicas de producción y de trabajo, una regulación macroeconómica efectiva frente a la nueva naturaleza de los problemas económicos y suficiente y legitimadora disciplina social) que, a la postre, garantizaran la cuestión esencial: recuperar el beneficio privado.

Todo ello se ha llevado a cabo, no siempre con coincidencia temporal o semejante intensidad en todos los países, a lo largo de los años ochenta y noventa y bajo la cobertura ideológica del neoliberalismo, que ha sabido articular respuestas apropiadas al capital en esos tres grandes ámbitos y cuyos contenidos concretos se resumen asimismo en el cuadro mencionado.

Los efectos de esta estrategia neoliberal sobre el trabajo son efectivamente los que ya he mencionado más arriba, aunque me permito precisar algunas cuestiones principales.

  • a) En todos los países, prácticamente sin excepción, la tasa de paro ha aumentado de manera espectacular y generalizada. Sin embargo, deben tenerse en cuenta algunas matizaciones significativas.
  • En primer lugar que, a diferencia de lo que se suele creer, el empleo asalariado aumentó en todo el mundo, aumentraron también las horas trabajadas, y el crecimiento del empleo por persona e incluso la tasa de creción de empleo apenas si se modificó de manera significativa. En Europa (CE12) disminuyó tan sólo del 0,3 al 0,2%.
  • En segundo lugar, que disminuyó de manera muy notable la tasa de crecimiento económico necesaria para que comience a crearse empleo. Así, de 1960 a 1972 en USA fué preciso un crecimiento medio del PIB del 2,3% anual para generar empleo, mientras que entre 1974 y 1995 fue suficiente un crecimiento del PIB del 0,7%. En Europa (CE12), en esos mismos años las tasas respectivas fueron del 4,5% y del 1,9%. En España, del 6,6% y del 2,6%, respectivamente (OIT 1996).
  • Quiere decirse, pues, que más que una contención efectiva en la capacidad intrínseca de las economías para generar empleos, se ha producido un freno en los mecanismos que permiten generarlo en el contexto añadido de un incremento sustancial de la población activa derivado en muchas ocasiones de la disminución de los ingresos familiares o de la mercantilización de las actividades vinculadas a la satisfacción humana.
  • b) Estos fenómenos no van de la mano, como suele ser una opinión bastante extendida, con una disminución del trabajo asalariado requerido para mantener la pauta de satisfacción en virtud de supuestas modificaciones en las pautas de producción y uso de los factores productivos. No es cierto que se haya producido una desasalarización del empleo (en el sentido de desafectación al capital) para ser sustituido por nuevas formas de ejercicio del trabajo.

Los datos existentes permiten comprobar que lo que podría denominarse “clase obrera mundial” ha aumentado un 13% entre 1983 y 1992, en porcentajes mucho más elevados en la periferia -50% en Corea, 40% en Filipinas, Brasil o Tailandia- y menores en los países desarrollados -6,7% en USA, 5,4% en Japón o 4,7% en la Unión Europea- (Vernet 1995). Incluso la OIT (1996:34) ha indicado que se puede observar cierta disminución del trabajo por cuenta propia o temporal y, desde luego, que no puede decirse que disminuya el empleo asalariado.

En realidad, estos datos no deben llevar más que una conclusión elemental: que la evolución de las economías capitalistas, incluso en condiciones de alto desempleo, va acompañada, como no puede ser de otra manera, del trabajo asalariado, así que no puede afirmarse, desde ningún punto de vista, que se haya producido en ellas una transformación en la naturaleza esencial que esté orientada a realizar una relación de trabajo cualitativamente distinta para obtener beneficio.

Trabajo y cambio tecnológico

Otro asunto, sin embargo, es el doble efecto que la nueva base tecnológica ha generado sobre el propio trabajo asalariado: su abaratamiento y su desestructuración.

La incorporación generalizada de las tecnologías de la información responde obviamente a una estrategia encaminada a lograr la mejor rentabilización de los capitales físicos y humanos concernidos en la producción, en concreto, a incrementar la productividad del capital físico y el rendimiento del trabajo vinculado a la nueva base técnica y a abaratar el coste de la mano de obra.

No es cierto que el desarrollo tecnológico, como suelen interpretar los análisis que tienden a mitificarlo, responda a una dinámica autónoma, en virtud de la cual el progreso en general y el técnico en particular se genere por una especie de autoinducción permanente, como si se constituyera un objetivo deseable en sí mismo. Todo lo contrario, la modificación de la base técnica del aparato productivo capitalista se somete inevitablemente a una lógica determinante que es la del beneficio, que no implica linealmente producir más o menos, utilizar mayor o menor cantidad de trabajo, de un tipo o de otro, sino tan sólo ganar más.

Además de obtener un nuevo tipo de líneas de producción que permitieran diversificar los productos y favorecer un nuevo y necesario tipo de competencia a través de la variedad (única respuesta a la saturación de los mercados pero que no era factible en el régimen de producción masiva del fordismo), la incorporación de la nueva tecnología perseguía un objetivo esencial: ahorrarse salarios. Un artículo en The Economist de 17 de noviembre de 1979 lo reconocía claramente: “Los directivos están desesperados por conseguir la máxima flexibilidad para adoptar una nueva tecnología y poder llevar la delantera en el juego. También están ansiosos por ahorrarse salarios”. La prueba efectiva de todo ello es que,una vez que han conseguido disminuir el coste salarial gracias a la la ofensiva neoliberal, las empresas dejan de sustituir trabajo por capital (Collin 1997; OIT 1995:195; Uzundis y Boutillier 1997:41), se frena, entonces, el “progreso tecnológico” que ya no aparece como una adherencia natural del capitalismo sino como una dinámica supeditada y dependiente de la lógica suprema de la ganancia.

En correspondencia con ésta lógica, la incorporación de las tecnologías de la información, flexibilizadoras y capaces de multiplicar la versatilidad, la movilidad y la fragmentación, han provocado cambios sustanciales en las relaciones entre los trabajadores, entre éstos y las máquinas, en el contexto exógeno de la producción y en el propio seno de las empresas.

De todos esos cambios me interesa destacar los siguientes, por cuanto que han tenido un papel más relevante en la desestructuración del trabajo en nuestra época.

  • – La multiplicación de categorías laborales, en virtud de la versatilidad funcional que permite la nueva tecnología, lo que se ha traducido en una importante segmentación laboral, en la conformación estanca del espacio asalariado que lo debilita y enmudece.
  • – La modificación del sentido del tiempo, no sólo por el aumento en la capacidad útil de las máquinas, sino por el mayor aprovechamiento que conlleva la superación del concepto lineal de la producción. A raiz de ello ha aumentado, al mismo tiempo y paradójicamente, la demanda de tiempos quebrados de trabajo y la intensificación horaria e incluso el aumento de jornada en algunas industrias o ramas, todo lo cual se ha traducido en modificaciones sustanciales de los regímenes de retribución salarial, ahora más favorables para la empresa pues son mucho más fáciles de establecer en función de los diferentes registros de la producción.
  • – En la medida en que la difusión de las nuevas tecnologías productivas permiten la homogeneización espacial de los ritmos de productividad se facilita e incentiva la relocalización (que a su vez se favorece institucional y políticamente) tratando de aprovechar cómodamente la sobreganancia que procura la heterogeneidad de niveles salariales.

Este fenómeno, así como los de desmembración de la antigua gran fábrica, de disminución de la escala productiva, de creación de redes y polos, provocan, en general, un generalizado proceso de fragmentación efectiva o potencial de las líneas de producción que implica la desaparición de los tradicionales “territorios obreros” y la diseminación de su capacidad de respuesta, lo que constituye uno de los factores más relevantes de la nueva condición del trabajo.

No puede olvidarse que éste, a diferencia de lo que tan simplificada como interesadamente plantea el análisis liberal, no es una mercancía, cuya naturaleza se sustancie solamente en su determinación cuantitativa, sino una actividad social cuya condición depende de una previa definición de un haz de derechos de apropiación que le son inherentes. Justamente por ello, la estrategia neoliberal ha estado y está fundamentalmente encaminada a modificarlos, y esa modificación es su efecto más relevante.

– Un proceso particularmente influyente en estos procesos ha sido el de la externalización que ha sido posible lograr en la organización de la producción y en el seno de las propias empresas. Me refiero a la estrategia consistente en desmembrar del núcleo empresarial la mayor parte posible de actividades productivas, y en particular laborales, tratando de establecer relaciones que no sean de la tradicional plena integración en el seno de la empresa. Así, los servicios se subarriendan, los trabajos se encargan a terceros, la elaboración intermedia se realiza a través de proveedores y, en general, se procura que la empresa se alivie de todo aquello que sea suceptible de organizarse externamente. Lo cual, lógicamente, no sólo traslada los ámbitos de competencia hacia el exterior, con la subsiguiente disminución de los costes, sino que permite eludir además los costes indirectos de todas las actividades ahora ya externas.

  • – El efecto asimétrico del desarrollo tecnógico sobre la sociedad, tanto por su diferente impacto, como por la polarización y desigualdad que genera su incidencia sobre el régimen de retribuciones, se manifiesta también en su entorno social más amplio. A diferencia de lo que también se ha querido mitificar en extremo, las nuevas tecnologías traen consigo en empobrecimiento y descualificación general del trabajo, puesto que provocan indirectamente la modificación de la pauta de consumo y la generación de una demanda de servicios principalmente de tipo personal que se satisface en condiciones de una gran precariedad y con salario muy reducido. Se trata, en realidad, de una especie de anillo que se forma alrededor de los segmentos privilegiados y que constituye los nichos donde se generan las demandas de trabajo más cuantiosas, aunque peror retribuidas.

d) Las nuevas disponibilidades tecnológicas permiten, al mismo tiempo que la centralización de las fuentes de alto valor añadido en el seno de empresas transnacionales de gran poder, la disipación de las tradicional estructura empresarial, a veces, hasta el punto de desvincular la actividad productiva del propio sistema institucional de referencia. Esto es lo que explica el incremento de la economía sumergida, del trabajo a domicilio al servicio de la gran empresa, el espectacular aumento del trabajo infantil, la explotación del trabajo femenino en las industrias o ramas auxiliares o marginales y, en general, la estatégica y casi habitual trasgresión de las fronteras entre el trabajo legal e ilegal. Paradójicamente, la búsqueda de alternativas de abaratamiento de la fuerza de trabajo ha provocado que la filosofía neoliberal que se autodefine como la expresión suprema de la modernidad se haya desplegado sobre nuestro mundo amparando y cubriendo la existencia de una auténtica esclavitud contemporánea.

Regulación macroeconómica, empobrecimiento del trabajo y desempleo

Las políticas conservadoras predominantes en los últimos años han tenido cuatro ejes o presupuestos fundamentales.

  1. En primer lugar, la reivindicación del menor protagonismo del Estado en todos los ámbitos de la actividad económica.
  2. En segundo lugar, la idea de que, como consecuencia de la enorme expansión del Estado del Bienestar, se habría alcanzado ya un grado de igualitarismo en las sociedades que no sólo es suficiente sino incluso contraproducente para alcanzar la deseada eficiencia del sistema.
  3. En tercer lugar, la necesidad de reducir la presión salarial sobre los costes empresariales.
  4. Finalmente, y como corolario de lo anterior, una nueva formulación de la regulación macroeconómica, distinta de la típicamente estabilizadora e instrumentalizada preferentemente a través de políticas fiscales de épocas anteriores.

En particular, este nuevo tipo de regulación tiene tres grandes principios: el privilegio concedido a la política monetaria, el establecimiento del control de la inflación como objetivo prioritario y la pretensión de que el equilibrio de las grandes magnitudes económicas constituye la referencia fundamental hacia la que deben orientarse todas las decisiones de los gobiernos.

Lo que se presentó inicialmente como una “revolución conservadora” se arropó teóricamente con los postulados monetaristas. Se afirmaba que si la autoridad monetaria es capaz de gobernar con acierto y prudencia la masa monetaria se lograría contener las tensiones en los precios y aumentar el producto nacional y la actividad económica.

La justificación de este principio implica, en consecuencia, que otras políticas más intervencionistas -principalmente la política fiscal- deben ser minimizadas, de manera que, como efecto adicional, se conseguiría que el mercado actuase mucho más libremente y sin la ingerencia indeseable de la burocracia pública que termina por generar desincentivos a la asignación más eficiente de los recursos.

Además, puesto que se considera que el principal problema de las economías es la inflación, resulta entonces necesario adoptar una política monetaria claramente restrictiva que debe consistir en la limitación del crecimiento de la oferta monetaria. Para ello, los tipos de interés jugarán un papel fundamental. Tipos que habrá que procurar mantener suficientemente altos para desanimar la demanda de dinero y hacer posible que la autoridad monetaria lograse su objetivo de controlar la cantidad de dinero sin generar desequilibrios financieros.

Por otro lado, los gobernantes y los economistas que les proveen de discurso teórico han proclamado, de manera harto reiterada, que la solución de los problemas económicos está condicionada a que “cuadren” las grandes cifras de los agregados macroeconómicos. La retórica al uso en estos años ha consistido en la definición de lo que técnicamente se llama el “cuadro macroeconómico” que se presenta como el único y predefinido campo de juego en el que pueden discurrir las decisiones económicas. Por eso, que una de las expresiones más utilizadas en estos años ha sido que la política adoptada era “la única posible”, pues sólo esa podía cumplir los requisitos de equilibrio previamente establecidos.

Unos cuantos principios sin demasiada contrastación empírica, o de contrastación muy controvertida (el concepto de tasa natural de paro que permitía resolver que no era bueno que el paro se redujese por debajo de determinado nivel, el “efecto expulsión” de inversión privada achacado al gasto público, la idea de que los déficits públicos siempre provocan subidas de precios, o que la deuda es siempre condenable, por no hablar de la famosa “curva de Laffer”) han constituido una demasiado escasamente fundamentada batería de hipótesis sobre las que se ha hecho descansar la política neoliberal (Calcagno y Calcagno 1995 y Ormerod 1995).

Una formulación como la anterior brevemente expuesta no podía llevar sino al conflicto entre objetivos, a la deflación y al desempleo generalizado.

Veamos esto con algún detalle.

  • – Casualmente, la política monetaria genera dos principales consecuencias: por un lado, que con tipos de interés más altos los propietarios de activos financieros puedan percibir retribuciones más altas, es decir, una mayor rentabilidad. Eso ha permitido una redistribución ingente a favor de los poseedores de capital financiero. Por otro lado, al aumentar los tipos de interés se encarece la inversión -sobre todo en un momento en que las empresas están empeñadas en una reestructuración productiva- y se desanima el consumo de bienes duraderos por las familias, lo que provoca lógicamente la caída del empleo (aunque esto será una circunstancia favorable para lograr la reducción salarial y, en general, para debilitar el espíritu reivindicativo de los movimientos sociales).
  • – El apego contumaz a la formulación nominalista del equilibrio macroeconómico (de manera paradigmática en el caso de los programas europeos de convergencia entre las distintas economías, que no toman en consideración el desempleo o su capacidad productiva real) lejos de constituir un intento de simplificar la realidad para intervenir sobre ella, se convierte en la generación de un auténtico corsé, una restricción artificial, y por lo tanto ideológica, al abanico de alternativas posibles de política económica que terminan por justificar la renuncia efectiva a estimular el empleo.
  • – La definición de la inflación como enemigo principal del equilibrio macroeconómico ha traído consigo igualmente importantes efectos perversos, además de otros de carácter distributivo de los que no me ocuparé aquí (Torres 1995).

Para estimular la actividad económica deberían reducirse los tipos de interés reales pero la autoridad monetaria sólo puede controlar los tipos de interés nominales. Para lograr que se reduzcan los reales, una alternativa posible es provocar una situación deflacionaria.

Puesto que esta lleva consigo una caída en la actividad económica (disminución de la inversión, aumento del paro,…) el Gobierno se verá obligado antes o después a estimular la economía para evitar que ésta se hunda y, además, tendrá que hacer frente a más gastos sociales (subsidios de desempleo, por ejemplo) si es que no desmantela antes el sistema de protección social.

Para tratar de evitar la deflación, podrá aumentar el gasto público, bien sea en partidas de gasto social, militar o en infraestructuras; o podrá reducir la presión fiscal que recaiga sobre los beneficios (intentado que éstos afloren y se destinen a la inversión) o sobre el consumo privado; o conceder subsidios a las empresas. En definitiva, provocará déficits públicos que habrán que financiarse con posterioridad.

Si lo financia el Banco Central se producirá un aumento de la masa monetaria, que es lo que se quería evitar. Si lo financian los bancos comerciales adquiriendo los títulos de la deuda estarán reduciendo sus recursos disponibles para conceder créditos que financien la actividad productiva. Si lo financian agentes económicos externos (como en gran medida sucede en España, pues la mayor parte de la deuda del Estado la suscriben extranjeros), no hay tampoco seguridad de que los intereses que reciben se dediquen a impulsar la actividad en el interior. En cualquier caso, para que pueda colocarse la deuda del Estado será necesario que haya tipos de interés suficientemente atractivos, lo que a su vez repercute negativamente sobre la magnitud de los déficits públicos.

En suma, resultaría que el intento (de la política fiscal) de frenar el estancamiento a que da lugar el objetivo de reducir los tipos de interés reales no garantiza que aumente la demanda efectiva, termina por presionar al alza los tipos de interés para buscar una financiación estable del déficit y, para colmo, puede generar subida de precios como consecuencia del aumento en la masa monetaria. Esto es, más depresión, menos actividad, más control salarial, menos renta,más déficit, menos gasto social más empobrecimiento, menos bienestar.

La opción seguida por la política económica ha sido la de optar claramente por la deflación. Pero no tanto para evitar la presión inflacionista como si ésta fuese en realidad un peligro en sí mismo, sino por su doble efecto favorable al capital: el control salarial y la brida que impone el paro a los movimientos obreros organizados.

El desempleo generalizado y la generación de masas ingentes de “trabajadores pobres” en todo el mundo son las consecuencias inevitables de la opción macroeconómica neoliberal .

Paro y control social

Cuanto se acaba de señalar permite deducir que es la propia dinámica estructural de las economías capitalistas contemporáneas la que provoca los fenómenos concurrentes de desempleo generalizado y depauperación del trabajo, dinámica que se ha exacerbado en el neoliberalismo porque su eficacia para diseñar y aplicar estrategias favorables al capital ha generado condiciones de vida y trabajo, relaciones salariales y extrasalariales que parecían haber desaparecido ya en el siglo pasado.

Si al mismo tiempo que se consideran los cambios en el entramado tecnológico del sistema y en la regulación institucional y política se contemplan los cambios globales que se han venido produciendo en nuestras sociedades, en sus sistemas de valores, en los procesos culturales, etc. se podrá comprobar sin lugar a dudas que el paro estructural, la precarización y en general la condición empobrecida en la que se desenvuelve hoy día el trabajo humano forman parte, o son el resultado, de una verdadera estrategia, o de un complejo orden sistémico, para evitar la tentación de una explicación conspiratoria. O, si se quiere expresar de otra forma, la consecuencia de que el abanico más amplio de demandas sociales entra en contradicción con la exigencia de rentabilidad que sirve de base al sistema económico (Housson 1997).

Efectivamente, los cambios en la estructura productiva y en la política encaminados en última instancia a modificar la pauta distributiva que se había llegado a forzar a favor del trabajo a lo largo de los años sesenta y setenta requerían una complementaria intervención sobre el sistema de valores sociales orientada a evitar la rebelión o la protesta generando y fortaleciendo los mecanismos capaces de garantizar la legitimación social, esto es la necesaria aceptación del orden establecido que requiere toda sociedad.

En realidad, todos estos procesos -desde la modificación de la pauta de consumo (Torres 1994b) hasta la conformación de nuevos espacios culturales mercantilizados, pasando por la conformación de expectativas, valores, imágenes sociales, etc. a los que aquí no puedo hacer referencia con detalle- no sólo tienen efectos evidentes sobre el trabajo, sino que están concebidos básicamente para modificar la propia condición humana en el trabajo, la forma en que los individuos hacen frente al problema de la satisfacción de sus necesidades. Efectivamente, el paro se constituye en el más potente disciplinador, en el freno más contundente de la movilización ciudadana orientada a lograr mejores condiciones de vida que en el contexto de una sociedad escindida sólo pueden conseguirse en perjuicio del capital. El individualismo, el aislamiento convivencial, el descrédito de las instancias y experiencias de carácter colectivo, el desmantelamiento de los espacios de encuentro, la conformación de una conciencia social que asume la satisfacción como una conquista personal, la formación, en fin, de una verdadera “mentalidad sumisa” (Romano 1993) no son sino los mecanismos de control social necesarios para que los seres humanos asuman como natural, e incluso acepten como deseable, un mundo y unas relaciones sociales y de trabajo que, sin embargo, le son francamente desfavorables desde cualquier punto de vista que se contemple. Y la nueva condición del trabajo, el desempleo masivo o el frustrante empleo precario, está prescisamente concebida para contribuir de manera decisiva a esa nueva condición humana y social

Sin todo ello, no hubiera sido posible generar un orden productivo y una nueva relación laboral frustrante y que, sobre todo, se desentiende de lo que debería ser su razón y motivación natural: proporcionar satisfacción.

4. El ser humano como problema

He tratado de poner de manifiesto en estas páginas que el verdadero problema del empleo en nuestra época es mucho más que una simple cuestión de cantidad y ni tan siquiera sólo un asunto de calidad. En realidad, incluso hablar de escasez de puestos de trabajo, a pesar de las grandes cifras de paro existentes, puede llegar a ser paradójico si se tiene en cuenta la existencia de horarios de esclavitud, de actividades incesantes -como ocurre muy especialmente en el caso de las mujeres-, de la utilización de niños cuasi esclavos o, sobre todo, de la insuficiencia real de la oferta actual para suministrar bienes y servicios a la población mundial. No puede decirse, pues, que no haga falta más trabajo, sino que éste se emplea tan sólo si se satisfacen determinados criterios de rentabilidad, lo que obliga a pensar que lo que se necesita es una lógica distinta para su utilización. Son docenas, quizá cientos o miles de millones de personas las que dedican la mayor parte de su existencia a actividades de subsistencia que, sin embargo, no se traducen ni en el empleo del que entienden las estadísticas cuando éstas se convierten en un verdadero discurso social más que en una simple técnica de recuento, ni en los ingresos suficientes para cubrir necesidades que sólo se sacian a través de la dinámica de los mercados. Muchos son los que trabajan y no cuentan y tantos los que trabajan y cuentan aunque, sin embargo, tampoco eso les sirve de manera sustancial para lograr satisfacción. De suyo, no es trabajar o no lo que resulta finalmente determinante para lograrla, sino el poseer recursos monetarios, algo a lo que no todos acceden por igual en nuestras sociedades pues no es el trabajo en sí mismo lo que puede garantizarlo..

El problema radical del trabajo la sociedad capitalista es que se desentiende de su vinculación efectiva con la satisfacción de la necesidad para incardinarse tan sólo en la ecuación del lucro que gobierna las relaciones sociales. Es un hecho, precisamente por ello, que el problema del trabajo y del empleo en el capitalismo moderno se plantea verdaderamente sea cual sea el nivel Aoficializado@ del desempleo existente, como muestra clara y recientemente el caso de Estados Unidos o de algunos países del Tercer Mundo. no es sólo un problema accidental o de coyunturas.

La época más reciente dominada por el neoliberalismo ha venido a exacerbar esta situación, pues esa filosofía no es sino un tratamiento de choque, aunque de impacto estructural, a una crisis profunda del sistema capitalista en la que precisamente el trabajo asalariado había abierto brechas demasiado profundas. Su inteligente y eficaz aplicación, no sólo por gobiernos que reconocían expresamente su influencia, ha permitido situar finalmente al trabajo en el lugar que debe corresponderle en el capitalismo, supeditado siempre a la estrategia de rentabilización del capital que se defiende y a expensas, pues, del beneficio.

El neoliberalismo ha logrado que gracias a las transformaciones que se han venido llevando a cabo se salvaguarde con éxito la civilización del capital, pero eso mismo nos indica cuáles son los resortes que inevitablemente deben modificarse si se quieren evitar sus lacras más severas, las que no hay manera de ocultar, ni de evitar bajo la misma: el incremento de las desigualdades, la insatisfacción y el malestar humano.

Si tan sólo queremos limitarnos a impulsar la creación de unos cuantos millones de empleos, basta sencillamente con favorecer la dinámica natural del ciclo económico, si nos es suficiente la generación de puestos de trabajo de cualquier condición y naturaleza, déjense a las empresas gozar de libertad y movimientos. Pero si lo que la sociedad se plantea es la satisfacción generalizada, la seguridad y la libertad real de los ciudadanos es preciso modificar las tres lógicas que degeneran hoy día el trabajo y la actividad humana: la lógica de la producción y del uso material de los recursos para procurar su utilización racional y sostenible; la de la regulación macroeconómica para hacer posible la equidad en el reparto; y la de los valores y creencias sobre los que fundamentamos nuestra vida colectiva, para que ésta no termine en la frustración generalizada a la que inevitablemente lleva la ganancia como único y privilegiado incentivo del ser humano.

Para ello es necesario comenzar a asumir nuevas perspectivas de análisis e imperativos éticos diferentes. No tener miedo, en fin, a poner Apatas arriba@ una sociedad que se lo merece por injusta. Cuando los economistas y los científicos en general aprendamos a plantear y resolver los problema sociales, y desde luego muy en particular el del trabajo, mirando a la cara de los hombres y las mujeres más desfavorecidos del planeta quizá tengamos menos ataduras para hacerlo.

3. Las condiciones para la creación de empleo

A partir de lo que acabo de señalar se pueden obtener tres conclusiones básicas que permiten determinar la naturaleza de los problemas laborales de nuestra época.

La primera de ellas, la generación de volúmenes muy elevados de desempleo como consecuencia de la combinación de factores de muy distinta naturaleza:

– el cambio en las estructuras productivas que implica ahorro en la cantidad de trabajo utilizado o su desplazamiento.

– el contexto macroeconómico de financierización que favorece la actividad especulativa y desincentiva la inversión real creadora de riqueza y empleo.

– el predominio de políticas deflacionistas que deprimen el crecimiento económico.

– las mutaciones sociodemográficas muy importantes que alteran la composición de la población activa: trabajo femenino, envejecimiento, desajustes en los sistema de formación, crisis de sectores tradicionales…

– el interés político de desmovilizar a los movimientos sindicales.

La segunda de ellas, y no menos importante, que el desempleo entendido en su pura dimensión cuantitativa no es el rasgo único de la condición actual del trabajo, sino que a volúmenes elevados de paro le pueden acompañar ritmos a veces incluso elevados de creación de puestos de trabajo que se caracterizan, sin embargo, por su extraordinaria precariedad.

Finalmente, que se modifica la propia naturaleza y función del trabajo en la vida social, como consecuencia, así mismo, de diversos factores:

– el cambio en la concepción del tiempo derivado de la flexibilización y fragmentación de procesos que permiten las nuevas tecnologías.

– el incremento de las actividades humanas en ámbitos que no se consideran como actividades económicas por no pertenecer al universo de lo monetario.

– el divorcio entre empleo y satisfacción, como consecuencia de la precarización y del empobrecimiento laboral.

A partir de aquí entiendo que es de donde pueden establecerse condiciones alternativas para la generación de puestos de trabajo que cumplan el objetivo no sólo de aumentar las tasas estadísticas de empleo sino, sobre todo, de procurar la necesaria satisfacción de las necesidades sociales.

Desde ese punto de vista se podrían establecer varios ámbitos de consideración.

La naturaleza del trabajo

Una cuestión básica es que el trabajo es una actividad que cualifica al ser humano, una de las expresiones de su sociabilidad y el proceso en virtud del cual se pueden satisfacer las necesidades que condicionan su misma existencia. Considerarlo exclusivamente como una mercancía y plantearlo socialmente como algo que se resuelve tan sólo en términos de relaciones mercantiles constituye una restricción esencial a sus posibilidades de libre realización.

Puede parecer que una reflexión de este tipo es tan sólo un principio filosófico aparentemente ajeno a las cuestiones económicas, aunque cabría señalar que el pensamiento neoliberal se basa igualmente, y como no puede ser menos, en una filosofía del ser humano, aunque ésta basada en el principio del comportamiento egoísta.

Hoy día, el fenómeno más singular de la realidad del trabajo es que el ser humano está enajenado desde el punto de vista de su realización personal en tanto que las condiciones necesarias para acceder a su satisfacción se hacen depender de la superación de las barreras que impone una distribución desigual de los derechos de apropiación y en virtud de la cual sólo quien dispone de capital acumulado puede hacerlas efectivas.

Nuestra civilización se fundamenta en una aportación ingente de esfuerzo humano que no se incorpora habitualmente al cómputo convencional de la actividad económica y el empleo. Mucho más, en los momentos actuales en los que la propia renuncia de los poderes públicos a proporcionar institucionalmente una amplia gama de servicios y bienes públicos sociales obliga a obtenerlos fuera de circuito económico. Resulta así que el valor intrínseco del trabajo humano se diluye en relaciones de mercado que sólo reflejan una dimensión muy parcial y empobrecida del ser humano.

Debe tratarse, entonces, de revalorizar el trabajo, de reconsiderar su papel social y de asumir que las relaciones sociales basadas en la enajenación y en la frustración son las que implican que el esfuerzo de las personas no pueda traducirse en satisfacción material y espiritual. Las magnitudes y variables que sirven de referencia para gobernar los procesos económicos son completamente ajenas a esta dimensión fundamental y realmente ejercida de la vida humana. Se definen los problemas económicos, y por lo tanto también los laborales, de espaldas a la realidad más evidente, pero que se vela en la medida en que no se incorpora a la dinámica mercantil que repele toda actividad humana que no se traduzca en beneficio para los poseedores del capital y de los derechos de apropiación estratégicos.

En concreto, todo ello obliga a reconsiderar el concepto de actividad económica, la definición de las variables que sirven de base para adoptar medidas de política económica y, en suma, a aflorar la totalidad de la actividad humana orientada procurarse la satisfacción que requiere la vida social. El empleo, tal y como hoy día es concebido no puede ser el prerrequisito de la misma. En primer lugar, porque nuestra propia forma de organizar los procesos económicos ha dado como resultado la aparición de formas de producción y consumo que se solapan de manera inevitable porque el consumo implica actividades de producción de servicios y la producción actos inmediatos de consumo (tal y como ocurre con los nuevos tipos de servicios que constituyen una parte principal de nuestra forma actual de vida económica), y ello obliga a que sea necesario garantizar (como en realidad le ocurre a los sectores sociales más privilegiados) un mínimo de recursos que no pueden ser obtenidos a partir de la colaboración directa en actividades de producción y a través del empleo.

En segundo lugar, porque nuestras sociedades se organizan sobre la base de una definición previa de una determinada pauta de producción y consumo que condiciona entonces un tipo y una posibilidad concretas de obtención de los recursos, precisamente porque dicha pauta no se define con alcance semejante para todos los individuos. En la medida en que dicha pauta se diseña en y a través del mercado el objetivo de la producción es solamente la ganancia y eso necesariamente deriva en despilfarro de recursos y, más concretamente, de recursos humanos.

El mejor y más potente yacimiento de empleo que hoy puede encontrarse es el que podría explotarse si se programase la producción de bienes y servicios a los que tiene derecho cualquier ser humano, toda vez que hoy día las tres quintas partes del planeta no tienen acceso a los niveles de satisfacción básicos.

Lo que a veces se califica como “escasez de empleos” no es sino la expresión de la sobreabundancia de beneficio, pues no se pone en acción la capacidad de producción potencial que tenemos a nuestro alcance. No puede explicarse de otra manera que no se pongan en producción sectores enteros de actividad, que las políticas económicas se centren en la contención de la actividad y en el mantenimiento en barbecho de recursos que podrían satisfacer tantas necesidades humanas insatisfechas. La escasez de puestos de trabajo no sería tal si la Humanidad dedicara el esfuerzo humano y los recursos disponibles a la satisfacción de todos los individuos en lugar de ponerlos al servicio de los interés de lucro de los dueños del capital y los recursos.

El contexto del trabajo

Desde otro punto de vista, y en la perspectiva algo más concreta de las políticas y de los marcos institucionales, no puede dejarse de señalar que el tipo de actividad económica que se incentiva y se protege privilegiadamente no es hoy día la que implica directamente creación efectiva de riqueza. He mencionado más arriba que la financierización de nuestra economías, el mantenimiento de un estados de cosas que incentiva la ganancia especulativa y los intercambios orientados tan sólo a multiplicar el beneficio con independencia del grado de satisfacción social que llevan consigo no han podido sino originar un tipo de economías como las que hoy día conocemos y con la situación laboral a la que he hecho referencia.

Más concretamente, eso implica reconsiderar el tipo de impulsos necesarios para poner en funcionamiento los mecanismos económicos, al menos, en cinco grandes direcciones.

  • a) En primer lugar, es preciso modificar las políticas macroeconómicas dominantes de carácter deflacionista, esto es, ocupadas en contener la actividad para salvaguardar la pauta de producción y consumo que privilegia a los intereses más poderosos. Ya he señalado también que éstas políticas son directamente causantes de los problemas laborales de la actualidad y, en particular, del elevado nivel de desempleo. Se ha procurado, sobre todo, contener la generación de actividad económica y eso ha dado lugar no sólo a ritmos nominales de crecimiento económico más débiles, que de suyo implican menor capacidad de generar empleo, sino a la verdadera destrucción de la capacidad potencial de generarla. Sectores económicos enteros se encuentran en declive, recursos materiales ingentes se volatilizan, incluso los recursos naturales que utilizados estratégicamente podrían proporcionar satisfacción a toda la población se dilapidan. Basta mirar someramente a nuestro alrededor (agricultura, ganadería, pequeña empresa, producción vinculada a recursos autóctonos,…) para comprobar que las políticas económicas dominantes se encaminan a generar un verdadero desierto económico o, en el mejor de los casos, una frondosa pero improductiva arboleda. Mientras que el círculo de los intercambios monetarizados se restringe paulatinamente, se abre un abismo insondable en donde cada son más quienes han de buscarse la vida, si es que ello es posible, al margen de los recursos cada vez más concentrados en menos manos.
  • Es necesaria, en consecuencia, una vuelta de tuerca radical en la orientación de las políticas macroeconómicas para que contemplen de manera fundamental la expansión económica y la puesta en uso de los recursos potenciales. En lugar de perseguir continuamente el enfriamiento de la maquinaria económica hay que poner en ebullición las calderas de la actividad económica programando la producción de manera, sencillamente, que se produzca todo aquello que los seres humanos necesitan para vivir.
  • b) En segundo lugar, hay que considerar, sin embargo, que nuestra forma de generar actividad económica, lo que podríamos denominar el “modelo de crecimiento económico” es intrínsecamente imperfecta. Implica relaciones económicas marcadas por la dependencia -lo que impide que los espacios económicos hagan el mejor uso de los recursos de los que disponen-, por el despilfarro de nuestra base energética -lo que lo hace insostenible y depredador-, por la desigualdad -que lleva consigo la enajenación de las fuentes de creación de riqueza-, y autoparalizante, pues la inercia del beneficio deriva en continuas crisis y estadios sucesivos de sobreproducción y de quiebras en los procesos productivos.
  • c) En semejante contexto de deflación y contención de la actividad creadora de riqueza y empleo las políticas públicas que deberían estar orientadas a proporcionar las bases de lanzamiento de la actividad económica (mediante la creación de infraestructuras materiales, de servicios colectivos, de formación o fortalecedoras de la acción emprendedora) están cada vez más puestas en cuestión. La acción de los gobiernos se dirige más al ahorro social que a la inversión en generadores de actividad. El gasto público se demoniza, aunque no se descuida, sin embargo, el apoyo y la protección por muy costosa que sea de los intereses privados o de las estructuras al servicio del capital o, sencillamente, de la dominación política, ideológica o militar.
  • En particular, y conforme al grado de insatisfacción social dominante, no puede entenderse sino que los gobiernos deben convertirse en el mecanismo a través del cual afloren las relaciones económicas que actualmente se consideran fuera de los procesos económicos, pero que representan una parte principal del esfuerzo humano orientado a la satisfacción.
  • d) Un elemento singular que ha causado el deterioro progresivo de las condiciones laborales de la población es el debilitamiento de las estructuras del Estado de Bienestar, o en la mayoría de los países su propia inexistencia. En contra de lo que hoy día se toma, sin apenas fundamento, como un principio de partida de las políticas económicas, el mantenimiento, la creación o el fortalecimiento de actividades de protección, de asistencia o de bienestar social permitiría no sólo evitar la destrucción de puestos de trabajo, sino la creación de actividades laborales que permitieran la obtención de ingresos para toda la población. Concretamente, e incluso desde el puro punto de vista de ampliar los mercados y garantizar la salida de la producción potencial, han de establecerse los mecanismos que permitan el disfrute universal de ingresos mínimos garantizados.
  • e) Finalmente, hay que mencionar que nuestras economías se implican actualmente en relaciones de carácter global pero en condiciones que no llevan consigo una verdadera globalización de los patrones de satisfacción de las necesidades, sino de las pautas que permiten la mejor rentabilización de los capitales. Es necesario, por ello, asumir un nuevo tipo de proteccionismo, que no tiene que ver, como se ha solido considerar y como en realidad ocurre hoy en las grandes naciones o regiones con poder suficiente para ello, con la salvaguarda de los intereses más poderosos en los diferentes espacios nacionales, sino con la generación de actividad productiva vinculada a cada uno de ellos, procurando la satisfacción a partir de la utilización eficaz de los recursos autóctonos, cuando existan -como sucede con mucha mayor frecuencia de lo que a veces se cree-, o facilitando un tejido de relaciones comerciales que no esté marcado, como en la actualidad, por la asimetría, por el poder desigual y por el privilegio de los grupos económicos más potentes o desarrollados.

En definitiva, no puede aceptarse la idea de que el empleo esté como oculto en escondites que deberíamos tratar de descubrir, como suele decirse ahora, en virtud y en la medida en cada individuo disfrute del suficiente espíritu emprendedor. El problema es de otra naturaleza. Se trata de poner en primer término el parámetro de la necesidad general y a partir de ahí involucrar a los recursos en la producción de lo necesario.

La condición misma del trabajo

Es evidente que la situación actual del trabajo en nuestras economías deriva no sólo de las transformaciones estructurales mismas que se han venido dando, sino de las circunstancias sociales en las que se producen. Es preciso tener cuenta que la base tecnológica dominante y el tipo de relaciones productivas que se derivan de ellas modifica la condición en que puede desenvolverse el trabajo, no sólo cuantitativa, sino también cualitativamente.

Las piezas del rompecabezas económico se han hecho poliédricas y tienen hoy día un encaje mucho más complejo y dificultoso. La posibilidad de intercambiar actividades en tiempo real, de utilizar servicios intangibles como componente principal de la actividad productiva, la fragmentación de los procesos, la versatilidad de las técnicas y de los procedimientos implican necesariamente una concepción diferente del tiempo socialmente útil y, en consecuencia, una exigencia objetiva de flexibilización, e incluso de fractura en las secuencias. La posibilidad de intensificar el uso del tiempo y de obtener ganancias de productividad puede permitir un ahorro efectivo de esfuerzo humano y disminuir la cantidad de tiempo social utilizado en la producción. Igualmente, la complejidad de los procesos puede tender a requerir niveles de cualificación progresivos o muy especializados.

Pero ninguno de esos procesos, que realmente constituyen una novedad en nuestros sistemas productivos pueden ser ni un fin en sí mismo, ni una circunstancia que pueda contemplarse en abstracto. Debemos disponernos a aplicar nuestro esfuerzo en condiciones posiblemente diferentes a las que han sido tradicionales, pero tan sólo en la medida en que ello sea el resultado de un planteamiento previo sobre la estrategia de producción que es deseable de manera más generalizada. En realidad, cuando esas transformaciones se producen al amparo de una dinámica productiva orientada al lucro privado, terminan por ser la expresión de un trabajo humano empobrecido y empobrecedor, alienante y frustrante desde la perspectiva esencial del bienestar humano.

En definitiva, y como se ha escrito recientemente en un Informe al Club de Roma, los seres humanos “somos lo que producimos” (Giarini y Liedtke 1998), aunque podríamos decir también que somos como producimos, y el problema radica en que lo que hoy día más bien se ha decidido es no producir o producir tan sólo aquello que conviene a los intereses económicos dominantes. La complejidad es, así, mucho más aparente que real. Detrás de la incesante renovación tecnológica late un desarrollo cuya lógica principal es la autosuperación, detrás de la retórica de la calidad y la excelencia se esconde una descualificación progresiva de los oficios y de los saberes para la mayoría de la población, a la que se expulsa a los solares yermos de la desprovisión, y detrás de la vorágine y la competitividad no aparece sino la diáspora y la desertización productiva, el desmantelamiento de las bases materiales de la producción: el “horror económico” del que habla Forrester (1997).

6. Una (radical) reflexión final

He tratado de poner de manifiesto en estas intervención que el verdadero problema del empleo en nuestra época es mucho más que una simple cuestión de cantidad y ni tan siquiera sólo un asunto de calidad. En realidad, incluso hablar de escasez de puestos de trabajo, a pesar de las grandes cifras de paro existentes, puede llegar a ser paradójico si se tiene en cuenta la existencia de horarios de esclavitud, de actividades incesantes -como ocurre muy especialmente en el caso de las mujeres-, de la utilización de niños cuasi esclavos o, sobre todo, de la insuficiencia real de la oferta actual para suministrar bienes y servicios a la población mundial. No puede decirse, pues, que no haga falta más trabajo, sino que éste se emplea tan sólo si se satisfacen determinados criterios de rentabilidad, lo que obliga a pensar que lo que se necesita es una lógica distinta para su utilización. Son docenas, quizá cientos o miles de millones de personas las que dedican la mayor parte de su existencia a actividades de subsistencia que, sin embargo, no se traducen ni en el empleo del que entienden las estadísticas cuando éstas se convierten en un verdadero discurso social más que en una simple técnica de recuento, ni en los ingresos suficientes para cubrir necesidades que sólo se sacian a través de la dinámica de los mercados. Muchos son los que trabajan y no cuentan y tantos los que trabajan y cuentan aunque, sin embargo, tampoco eso les sirve de manera sustancial para lograr satisfacción. De suyo, no es trabajar o no lo que resulta finalmente determinante para lograrla, sino el poseer recursos monetarios, algo a lo que no todos acceden por igual en nuestras sociedades, pues no es el trabajo en sí mismo lo que puede garantizarlo.

El problema radical del trabajo la sociedad capitalista es que se desentiende de su vinculación efectiva con la satisfacción de la necesidad para incardinarse tan sólo en la ecuación del lucro que gobierna las relaciones sociales. Es un hecho, precisamente por ello, que el problema del trabajo y del empleo en el capitalismo moderno se plantea verdaderamente sea cual sea el nivel “oficializado” del desempleo existente, como muestra clara y recientemente el caso de Estados Unidos o de algunos países del Tercer Mundo. No es sólo un problema accidental o de coyunturas.

La época más reciente dominada por el neoliberalismo ha venido a exacerbar esta situación, pues esa filosofía no es sino un tratamiento de choque, aunque de impacto estructural, a una crisis profunda del sistema capitalista en la que precisamente el trabajo asalariado había abierto brechas demasiado profundas. Su inteligente y eficaz aplicación, no sólo por gobiernos que reconocían expresamente su influencia, ha permitido situar finalmente al trabajo en el lugar que debe corresponderle en el capitalismo, supeditado siempre a la estrategia de rentabilización del capital que se defiende y a expensas, pues, del beneficio.

El neoliberalismo ha logrado que gracias a las transformaciones que se han venido llevando a cabo se salvaguarde con éxito la civilización del capital, pero eso mismo nos indica cuáles son los resortes que inevitablemente deben modificarse si se quieren evitar sus lacras más severas, las que no hay manera de ocultar, ni de evitar bajo la misma: el incremento de las desigualdades, la insatisfacción y el malestar humano.

Si tan sólo queremos limitarnos a impulsar la creación de unos cuantos millones de empleos, basta sencillamente con favorecer la dinámica natural del ciclo económico, si nos es suficiente la generación de puestos de trabajo de cualquier condición y naturaleza, déjense a las empresas gozar de libertad y movimientos. Pero si lo que la sociedad se plantea es la satisfacción generalizada, la seguridad y la libertad real de los ciudadanos es preciso modificar las tres lógicas que degeneran hoy día el trabajo y la actividad humana: la lógica de la producción y del uso material de los recursos para procurar su utilización racional y sostenible; la de la regulación macroeconómica para hacer posible la equidad en el reparto; y la de los valores y creencias sobre los que fundamentamos nuestra vida colectiva, para que ésta no termine en la frustración generalizada a la que inevitablemente lleva la ganancia como único y privilegiado incentivo del ser humano.

Para ello es necesario comenzar a asumir nuevas perspectivas de análisis e imperativos éticos diferentes. No tener miedo, en fin, a poner “patas arriba” una sociedad que se lo merece por injusta. Cuando los economistas y los científicos en general aprendamos a plantear y resolver los problema sociales, y desde luego muy en particular el del trabajo, mirando a la cara de los hombres y las mujeres más desfavorecidos del planeta quizá tengamos menos ataduras para hacerlo.

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