El peligro del amianto /Reportaje

Posted on 2010/01/13

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SE LLAMA AMIANTO y ha sido utilizado en 3.000 productos, desde frenos de coches a la «uralita». El jueves se cobró la vida de Julián, ex trabajador de una fábrica alicantina. Este informe de CRÓNICA aporta, entre otros datos, que 400.000 europeos morirán hasta 2035, víctimas del «mineral mágico». Pero no sólo los trabajadores del amianto pueden desarrollar cáncer. II La Crónica. El mundo. Domingo 7 de abril de 2002 – Número 338

Julián llevaba más de 15 años sin trabajar. Más de 15 años sin inhalar fibras de amianto. Pero han sido esas microscópicas partículas las que provocaron su fallecimiento el jueves pasado. Causa: mesotelioma, un raro cáncer que afecta al pulmón y que es provocado por ese mineral. Una dolencia que matará a 250.000 europeos en los próximos 33 años, según un estudio publicado hace tres años en el British Journal of Cancer.

Fulgencio Soria fue compañero de Julián en la fábrica Fibrocementos de Levante. Estuvo en contacto con el amianto casi desde que nació. Pero no fue hasta que cumplió 37 años cuando empezó a darse cuenta de su peligrosidad. En 1991, otro compañero, Ginés Palazón, comenzó a escupir sangre y casi no paró hasta fallecer, 12 meses después, de cáncer de pulmón. Fue la primera señal.A Soria le dieron la baja definitiva por enfermedad el mismo día que a Palazón. «Me dijeron: vete de aquí, ya no puedes trabajar más», recuerda. Tuvo más suerte que su compañero, pero le consideraron un inválido para el trabajo con tres hijos que sacar adelante y una corta pensión (la mitad del sueldo) que ha condenado a la depresión a su mujer y a él mismo.

El asesino invisible de Julián y de Palazón se llama amianto y seguramente está cerca de usted mientras lee estas líneas.Puede encontrarse en los frenos de su automóvil, en los del autobús o en los del tren; en secadores de pelo y tablas de planchar; en tuberías de conducción de agua o de gas: en el techo, en el suelo o en las paredes.

El amianto, un material barato y de excelentes cualidades para la industria, resistente al fuego y a la corrosión, encontró aplicación en más de 3.000 productos que nos rodean por todas partes. Se le llamó «mineral mágico», engendró muchas fortunas y ahora es un proscrito con muy mala prensa. Tanta que está siendo desterrado del Primer Mundo. España se adhirió el pasado 1 de enero a la normativa europea que prohíbe su utilización. Las empresas podrán seguir fabricándolo hasta junio y vendiéndolo hasta enero de 2003, la fecha tope. ¿Por qué prescindir de un mineral tan rentable? ¿Por qué desafiar a los poderosos grupos de presión de Canadá, segundo productor después de Rusia, o forzar una costosa reconversión también en firmas tan rentables como Uralita?

En el pueblo alicantino de San Vicente del Raspeig saben mucho del amianto. Casi todos los obreros que trabajan o han trabajado en la fábrica de fibrocementos radicada en la localidad viven en el pueblo o aledaños. Como Fulgencio Soria, que lo hacía a 50 metros de la planta, en el hogar familiar. «Recuerdo un día que estaba ayudando a mi padre en unas obras de la casa», rememora.«Estábamos en el techo, y movimos unas tejas. La capa de polvo que había allí depositada era impresionante».

Ni a Soria ni a su padre les sorprendió lo más mínimo la existencia abundante del polvo. Creían saber de dónde provenía y qué era.Habían convivido con él fabricando las omnipresentes chapas onduladas de uralita (amianto-cemento). «En la fábrica había una niebla persistente», dice Soria. Su padre se jubiló con normalidad pero pasó los últimos años de su vida atado a una botella de oxígeno.Los dos habían inhalado día tras día las fibras que se desprendían y cuya peligrosidad está registrada en la literatura médica desde hace más de 70 años.

Y algunos dicen que desde hace 2.000, cuando el historiador romano Plinio el Viejo escribió sobre la muerte de los esclavos que eran explotados en las minas de amianto, ya conocido en esa época.Por eso Soria, con 47 años hoy, sentencia sin dudar pero con un resentimiento que no le cabe en sus pulmones enfermos: «Nos han asesinado».

«Nos han robado al menos diez años de vida», lamenta Francisco Martínez, que fue compañero de Soria en la fábrica alicantina y que ahora preside la Asociación de Enfermos por Amianto, la única de esta índole en el país. Martínez trabajaba en el departamento de compras, sito en el almacén. Allí le afectó el mineral, aunque no trabajara con él.

En 1994 le concedieron la baja definitiva. Diagnóstico: asbestosis, palabra que deriva de asbestos (amianto en griego, que significa incorruptible, una de sus características). Es una enfermedad crónica, que provoca cicatrices en los pulmones y los va debilitando.Sin embargo, la asbestosis que padecen Soria y Martínez puede considerarse la dolencia más «liviana» de las provocadas por el amianto. Más graves y mortales son el cáncer (de pulmón, el más común) y el mesotelioma, tumor que afecta a la pleura, la membrana que rodea el pulmón. Su única causa conocida es el amianto.El paciente no sobrevive más de dos años desde que se le diagnostica.Todas estas dolencias tienen en común la dificultad de su detección precoz. Desde que la fibra microscópica se aloja en el organismo hasta que se manifiesta como enfermedad pueden pasar 20 ó 30 años.

A Martínez se le suele ver en su utilitario por las carreteras de San Vicente, visitando a los asociados, llevándoles al juzgado, o llevando al periodista hasta ellos. Y cada vez lo hace con más indignación. «Nos han estado engañando. Sabían que estábamos enfermos, pero no nos daban los resultados de los reconocimientos médicos. Cuando me dieron la baja estaba muy asustado. Creí que tenía cáncer». Martínez acude con una voluminosa carpeta en la que guarda las reclamaciones de la asociación y los reconocimientos que demuestran que estaba enfermo mientras seguía en activo.Le obsesionan los trabajadores que dejaron por un motivo u otro, la fábrica y que no saben si están tocados. «Nos ocultaban los datos. Si no hay enfermedad, no hay enfermos». Y si no hay enfermos, no hay pensión por invalidez (el sueldo completo que se cobraba en activo). Martínez lucha por que se le reconozca la enfermedad a sus compañeros y tengan derecho a una pensión digna.

UN SIGLO DE PASIVIDAD
En 1986, Soria, Martínez y el resto de compañeros ahora enfermos de asbestosis fichaban, con normalidad y sin ningún tipo de aprensión, cada mañana, para dirigirse a su puesto de trabajo. Ese mismo año, unos cuantos kilómetros más al norte de Alicante, en Suecia, se promulgaba la primera ley que prohibía el amianto.

Los nórdicos decidieron no tolerar por más tiempo la sangría de muerte y dolor que el «mineral mágico» estaba causando. Los datos de los informes más críticos sobre este material son escalofriantes.En 1924 aparece la primera referencia médica de una muerte por mesotelioma. Ese año, el doctor británico W.E. Cooke practicó una autopsia a una mujer de 33 años que había trabajado en una planta textil: el pulmón estaba dañado por el amianto. El trabajo de Cooke apareció en el British Medical Journal. Una autopsia con resultado similiar se había realizado en 1900.

Los casos parecidos son innumerables. Tanto, que un informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente (Asbestos: from magic to malevolent mineral, 2000) se pregunta por qué no se hizo nada cuando, desde hace más de un siglo, se conocían sus efectos perjudiciales.

El estudio se abre con una cita demoledora: «A la luz del presente conocimiento, es imposible no sentir que las oportunidades para descubrir y prevenir las enfermedades del amianto han sido terriblemente desperdiciadas». Esto escribió un inspector médico británico…¡en 1934! Más de seis décadas después, el 20 de mayo de 2000, la familia de un cirujano inglés fue indemnizada por su muerte, a los 47 años, víctima de un mesotelioma. El hospital donde trabajó estaba recubierto de amianto. Su caso fue publicado en la misma revista que recogió los trabajos del doctor Cooke en 1924. Lo más preocupante es que no era un trabajador expuesto a las fibras, como sí lo fue el guionista de la última película de Ken Loach, La cuadrilla, que murió de cáncer a los 44 años. Trabajaba en el ferrocarril.

El sindicalista de CCOO Ángel Cárcoba recoge en su libro El amianto en España el caso de una turista inglesa que viajaba en 1980 en el tren Madrid-Huelva. Observó cómo cada vez que frenaba se desprendía una nubecilla de polvo. Recogió unas muestras y resultó ser amianto, empleado en las piezas de frenado de las máquinas.Los directivos de Renfe se refirieron al caso como «el polvo de la inglesa».

«Yo he sido cazador toda mi vida», dice Esteban Doncel, 52 años, de los que ha pasado 30 trabajando en la fábrica de Uralita de Valladolid. «Ahora, cuando se me ocurre andar un poco más deprisa por el campo, se me salen los pulmones por la boca». Los pulmones de Esteban están afectados por un engrosamiento de la pleura.Los médicos no relacionan la lesión con el amianto, al menos todavía, pero a él no le hacen falta sus opiniones. Antes de que se promulgara en 1984 el primer reglamento que introducía medidas de seguridad serias en las empresas españolas, la situación era otra en esos centros. «Nos comíamos el amianto a paladas», denuncia Esteban. «Era el mineral azul, el más dañino (prohibido en España en 1986). Llegaba en sacos de yute, y lo manipulábamos con las manos. Lo cortaba en seco, con una sierra. El polvo era terrible, no nos veíamos unos a otros. A los que estuvimos más de 25 años trabajando nos está pasando factura».

Las palabras de Esteban reflejan la misma angustia que se vive entre Martínez y sus compañeros de San Vicente del Raspeig. «Sabemos de cinco trabajadores de la fábrica que han muerto por mesotelioma», dice Esteban. «A dos compañeros de menos de 50 años, que han estado varios meses de baja por asbestosis, les han mandado de nuevo a trabajar. Si nos hubieran dicho en su día que el amianto mataba, muchos lo habríamos dejado. Es triste ver que la prohibición llega ahora, cuando muchos caen enfermos».

Es el largo periodo de latencia de esas enfermedades el que ha retrasado los casos de cáncer que comienzan a percibirse en Europa.Un organismo de la UE, la Agencia de Medio Ambiente, pronostica que el amianto causará casi 400.000 muertes (250.000 por mesotelioma) hasta 2035 en los países miembros. Esos fallecimientos están relacionados con la cantidad de amianto importada en cada país.

Según cálculos de Ángel Cárcoba, España importó dos millones de toneladas desde 1965 a 1995, «que causarán 50.000 muertos en España hasta 2030», dice Cárcoba. «Según mis estimaciones, 1.030 españoles mueren cada año». La situación es sombría en los astilleros, como el de Izar-Ferrol, la antigua Bazán, donde se detectaron el año pasado 340 casos de asbestosis, reconocidos por las autoridades.

Los temores del sindicalista no son compartidos por Francisco Vargas, subdirector de Sanidad Ambiental del Gobierno central.En su ministerio se manejan unas cifras completamente diferentes: las muertes por mesotelioma no superan las 168 por año y aparecen estables durante la pasada década, no sugiriendo la aparición de una epidemia. Algo parecido opina Eustasio Pérez, director de Calidad de la empresa Uralita: «Nadie con rigor científico ha aceptado esas cifras». Esta firma, que ha invertido 50 millones de euros (8.000 millones de pesetas) en sustituir el amianto por materiales como celulosa, afirma que siempre cumplió las medidas de seguridad. Desde el Ministerio de Trabajo se señala una tendencia a la disminución de esas dolencias.

EN EL HOGAR
«Si se siguiera la vigilancia médica que establece la ley, aparecerían muchos más casos de enfermedades relacionadas con el amianto.Hay una deuda histórica con esos trabajadores», asegura Antonio Escolar, epidemiólogo en el hospital gaditano Puerta del Mar.Este experto, que se asombra de las cifras oficiales, ha participado en un estudio, publicado hace dos años en el British Journal of Cancer, que constata el riesgo que corren de desarrollar un tumor personas que no han trabajado con el amianto. Ese riesgo se concentra entre quienes han convivido con un obrero que llevaba la fibra a casa en la ropa de trabajo, y quienes viven a menos de dos kilómetros de una fábrica.

Ese peligro confirmado lleva las sospechas hacia esos dos millones de toneladas de amianto presentes en España en innumerables lugares: un vagón, una estufa, incluso algunas de las típicas maquetas de aviones, barcos y soldados. En Francia, donde se reconoce la muerte de 2.000 personas cada año por el amianto, un decreto prohíbe la venta de automóviles fabricados con ese material, que ya obligó al cierre de una universidad entera, la de Jussieu.La medida ha quedado prácticamente en suspenso, pues afecta a millones de coches.

En España, Ferro Lezama es una de las empresas que se encargan de retirar el amianto. Sus operarios, protegidos como si fueran a una guerra bacteriológica, han quitado el mineral de vagones de Renfe y ahora están levantando 6.000 metros cuadrados de cubiertas de uralita en naves industriales de Getafe. En Suecia, país pionero que lleva 15 años en esta lucha, creen que necesitan otros 15 para controlar las 300.000 toneladas instaladas. ¿Y en España, donde no hay ni tan siquiera un inventario de edificios como el que han confeccionado en Suiza?

«El amianto es una bomba de tiempo», señala Francisco Martínez, rodeado de sus antiguos compañeros de la fábrica. Con el miedo en el cuerpo, recuerda los desgarradores testimonios de enfermos recogidos en un documental de una televisión inglesa y que conmocionó a la opinión pública de ese país. «Yo lo acabo de ver», relata Fulgencio Soria. «Estaba con uno de mis hijos, que se levantó indignado. Pero no voy a permitir que lo vea mi mujer». «La mía lloró de rabia», dice Martínez. «¿Has visto en el documental como mueren?», responde Soria. «Mueren dulcemente, envenenados.Se quedan durmiendo»