Reino Unido: ¿nueva era? Sólo el sonido de las clases rectoras afilando las hachas / Seumas Milne

Posted on 2010/06/07

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[The Guardian, 12 mayo 2010] Estamos en el umbral de una «nueva era», declaró ayer David Cameron, en el amanecer nimbado de rosa de un «cambio histórico y sísmico» en la política británica. Ciertamente  parece que la política de coalición pudiera ser perdurable, dado el declive histórico que se registra en el apoyo a los partidos principales. Pero toda idea de que el nuevo gobierno “tory”-liberal-demócrata representa un desafío a la estructura de poder de Gran Bretaña, o incluso una ruptura con algunas de las políticas más gastadas, quedó barrida en cuanto se hizo público el reparto ministerial.

Con Liam Fox como ministro de Defensa, William Hague en Exteriores, George Osborne como Canciller del Exchequer (Economía) y Michael Gove a cargo de la educación escolar, tenemos un cuarteto de entusiastas recordatorios del neoconservadurismo norteamericano sin paralelo en el mundo occidental de hoy. Pese a todo lo que se dice de la brillantez del golpe de los modernizadores “tories”, la perspectiva de tener como nueva ministra de Interior a Theresa May – que votó en contra del aborto y del derecho a la adopción por parte de los gays – al frente del programa de igualdad del gobierno, o a Iain Duncan Smith tiranizando a enfermos y parados con proyectos privatizados de trabajo barato, nos da una idea aleccionadora de la realidad.

El gobierno desvelado ayer es producto de una Gran Bretaña de pura élite a lo I’m all right Jack, [1] apoyada por el parlamento menos representativo, socialmente hablando, desde los años 30. Y por más que haya que saludar que los conservadores hayan tenido que congelar uno o dos de sus más notorios y queridos proyectos, tales como rebajar drásticamente el impuesto sobre sucesiones, los  liberal-demócratas no se han asegurado ninguno de los departamentos de primera fila que podían haber esperado después de haber sacado a Cameron del hoyo de su propio fracaso electoral.

Por toda Gran Bretaña podemos ver cómo ha caído la venda de quienes votaron a los  Lib Dem con la esperanza de respaldar a un partido progresista, a la izquierda incluso de los laboristas. En lugar de eso, lo que han conseguido es un gobierno de centro-derecha en el que los conservadores partirán inequívocamente el bacalao y en el que ya se están afilando los cuchillos para los mayores recortes de gasto desde la Segunda Guerra Mundial.

La nueva coalición puede contar probablemente con un primer incremento de popularidad, por lo menos mientras dure la novedad de dos partidos rivales que trabajan juntos. Muchos votantes no conservadores quedarán aliviados pensando que existe un contrapeso liberal-demócrata que atenúe los reflejos más divisivos de los conservadores. Pero cuánto tiempo resistirá eso las consecuencias de la «salvaje» reducción de los servicios públicos por parte de Nick Clegg ya es otra cuestión.

Está previsto que el régimen de austeridad tenga su saque inicial con una serie de recortes inmediatos de 6.000 millones de libras prometidos por Cameron durante la campaña, y a los que Clegg se opuso, pero que ahora aplicará David Laws, adalid del libre mercado entre los liberal demócratas. Es poca cosa comparado con lo que está por llegar.

Si los “tories” hubieran terminado formando un gobierno en minoría, se habrían refrenado a la hora de hacer sangre hasta conseguir un segundo mandato. Pero ahora que están haciendo planes sobre la base de un parlamento de cinco años a plazo fijo, su imperativo consistirá en  adelantar recortes y aumentos de impuestos con la esperanza de que lo peor haya pasado para cuando los dos partidos esperan enfrentarse de nuevo al electorado, en 2015. Es probable que las repercusiones de esa embestida en los liberal-demócratas sean de horror. Aun cuando sobreviva la coalición, son de esperar abandonos en las filas de los liberal-demócratas en los próximos años.

¿Podía haberse evitado todo esto? Valía la pena intentar la opción liberal-laborista, que representaba una mayoría de votantes que rechazaba a los conservadores de Cameron. Pero las cifras apenas si daban para ello y los peligros, sobre todo para los laboristas, de una coalición de breve vida seguida de una clamorosa victoria electoral conservadora, provocaron, como no es de sorprender, una reacción en todo el partido.

Pero lo que ha quedado ya claro es que el factor decisivo en la ruptura de las negociaciones fue la determinación de los liberal-demócratas de buscar pese a todo una coalición con los conservadores. Clegg utilizó sus efímeras conversaciones con los laboristas como una eficaz baza que hacer valer en la negociación.

Si echamos un vistazo a las declaraciones y actuaciones de los últimos dos años del hombre motejado por su rival Chris Huhne [2] de «doble fílmico de Cameron» se hacen evidentes las señales de advertencia de que preparaba una coalición con los conservadores. El liberalismo de mercado y sus aliados del antisindical Orange Book [3] casan perfectamente con la política de las huestes de Cameron.

Para el Partido Laborista, hay claras compensaciones al hecho de perder el gobierno en un momento en el que, según cuentan que ha afirmado Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra, quienquiera que suba al poder es probable que acabe fuera de él durante una generación. Como principal partido de la oposición, debería ser capaz de sacar partido de la virulenta reacción contra un gobierno de lo que en Europa llamarían los partidos burgueses, recuperar el manto del progresismo y reorientarse tras las heridas autoinfligidas en los años del Nuevo Laborismo.

Pero sólo podrá conseguirlo si se enfrenta a lo que causó estas heridas. La semana pasada, Gordon Brown contribuyó a impedir un desmoronamiento laborista con un llamamiento en el último minuto al núcleo de su voto temeroso del regreso de los conservadores. Pero el laborismo ha perdido cinco millones de votantes desde 1997, cuatro millones de ellos con Tony Blair. La porción mayor proviene del electorado de clase trabajadora sobre el que el Nuevo laborismo insistía que no tenía salida, más una parte significativa de una base electoral de clase media progresista asqueada de las guerras y los ataques a las libertades públicas.

Volver a atraer a esos votantes exige en primer lugar reconocer que el dogma neoliberal de los años del Nuevo Laborismo ha quedado desacreditado por un fracaso colosal del mercado y sus desastrosas repercusiones sobre las comunidades de trabajadores. Hay margen para desarrollar el reciente intento de cambio del gobierno saliente de soluciones más socialdemócratas. Pero también exige una clara ruptura con la calamitosa ideología que condujo a Gran Bretaña a cinco guerras, una detrás de otra,  en  su seguidismo del monstruo imperial norteamericano.

Ese debe ser el punto de partida de la proceso de elección del líder laborista que acaba de empezar. El intento de organizar una plataforma de poderes mediáticos y neolaboristas para apoyar a David Miliband – el heredero de Blair que votó a favor del a invasión de Irak, se mostró aun más halcón que la administración Bush durante la crisis de Georgia de 2008 y ha seguido anhelando la comercialización de los servicios públicos –  corre el riesgo de hacer que el laborismo se ensimisme y retroceda.

Que los demás candidatos esperables en la pugna en su contra, contando a Ed Balls y  Ed Miliband, puedan dejar atrás el Nuevo Laborismo y ofrecer la clase de cambio que vuelva a conectar al partido con sus votantes perdidos será determinante en la configuración de la política de los próximos años. Será esencial si no queremos que el nuevo gobierno dirigido por los “tories” sea el preludio de la era con la que Cameron cuenta.

NOTAS T.:[1] I´m All Right Jack es una celebérrima comedia cinematográfica británica de 1959 dirigida por los hermanos Boulting e interpretada por actores inolvidables como Peter Sellers, Richard Attenborough, Terry Thomas y Margaret Rutherford. La comedia satiriza las relaciones laborales en el seno de una fábrica, de los sindicalistas a la dirección, presentándolos como incompetentes y corruptos. [2]Chris Huhne, rival de Clegg en la lucha por el liderazgo de los liberal-demócratas, es el actual ministro de Energía y Cambio Climático. [3] The Orange Book: Reclaiming Liberalism (2004) es un libro en el que David Laws y Paul Marshall recopilaron trabajos de varios dirigentes de los liberal-demócratas, entre ellos varios ministros actuales como Nick Clegg, Vince Cable y Chris Huhne, abogando por soluciones liberales de mercado a cuestiones como atención sanitaria, pensiones, medioambiente, globalización, política social y agrícola, Unión Europea, etc. El libro creó divisiones dentro del partido entre dichos miembros y quienes se agrupaban en el   Beveridge Group, que apostaban por una versión de la economía social de mercado.

Seumas Milne es un analista político británico que escribe en el diario The Guardian. También trabajó para The Economist. Es coautor de Beyond the Casino Economy.