El método Freamon. Sobre la crisis capitalista como trama criminal / Jónatham F. Moriche

Posted on 2011/03/01

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Es tras la gran crisis económica de 1929 cuando la tradicional novela de enigma y misterio se metamorfosea en la moderna novela negra, escenario como antes para personajes y tramas apasionantes, pero ahora también vehículo para la práctica de la más afilada crítica social. En la obra de pioneros como Dashiell Hammett, la génesis del crimen no queda ya circunscrita a la perversidad enfermiza del delincuente individual (enfrentado al ingenio del héroe detectivesco, como sucede con Moriarty y Holmes en las narraciones de Arthur Conan Doyle), sino que se extiende hacia una criminalidad más difusa, extensa y colectiva, llena de matices de gris entre la villanía y la honradez, que tiene como escenario, y en muchas ocasiones como auténtica protagonista, a una sociedad en la que bullen, bajo el ligero y frágil barniz de las normas morales y jurídicas, la más monstruosa codicia y una no menos monstruosa panoplia de herramientas, legales e ilegales, para satisfacerla. Los modernos héroes detectivescos son sobre todo cronistas de los pliegues más siniestros de las grandes transformaciones económicas, sociales y políticas de su tiempo: ese es el servicio que han desempeñado para sus seguidores el atormentado ex-combatiente Easy Rawlins de Walter Mosley en la Norteamérica racista y paranoica de la posguerra mundial, el taciturno policía Kurt Wallander de Henning Mankell en la Escandinavia del ocaso del Estado de Bienestar o el descreído detective Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán en los convulsos inicios de la democracia española, por mencionar sólo tres ejemplos recientes y bien conocidos por muchos millones de lectores.

La última incorporación a esta estirpe de excelsos fisgones es el policía Lester Freamon, el más extraordinario y memorable de los numerosos personajes del serial televisivo The Wire, creado por el ex-periodista de sucesos David Simon y posiblemente la mejor narración jamás filmada para la pequeña pantalla. Metódico estratega de la escucha policial que da título a la serie, el elegante, irónico y entrañable detective Freamon (soberbiamente interpretado por Clarke Peters) va trazando un completo mapa del crimen organizado en la ciudad de Baltimore, desde las esquinas de los barrios deprimidos en las que se menudea con heroína hasta los despachos de abogados, constructores y políticos en que se toman las grandes decisiones sobre el futuro de la ciudad. Lester Freamon no se contenta con llevar ante los tribunales al delincuente individual, sino que señala directamente hacia un sistema que fomenta el crimen y se alimenta de él: “Sigue las drogas”, explica, “y encontrarás adictos y traficantes; sigue el dinero de las drogas, y no tienes ni idea de hasta dónde te llevará el caso”. El dinero de las drogas lleva a Lester Freamon a las promociones inmobiliarias, a los patrocinios deportivos, a las campañas electorales… La investigación acaba tomando la forma de una causa general contra un sistema corrupto y corruptor, que Freamon y su equipo componen con precisión de relojero y sensibilidad de antropólogo, encajando las grabaciones de su escucha, las declaraciones de detenidos y confidentes, las investigaciones financieras y patrimoniales y otras tantas fuentes, rastreando en todas ellas las huellas de un sendero de codicias que apunta cada vez más alto en la pirámide social de la ciudad. “Estamos construyendo algo”, dice Freamon, “y lo construimos con raspaduras. Todas las piezas importan”.

Ante el desafío, vasto y urgente, de elaborar una narración razonada y movilizadora de la profunda crisis económica, social y política que atravesamos, sus causas y consecuencias, el método propuesto por el detective Lester Freamon es probablemente el más adecuado: construir con raspaduras siguiendo el rastro del dinero, dar valor y poner en relación todas las piezas sobre el escenario, desde la base hasta la cúspide de la estructura social.

Mientras decenas de millones de trabajadores y trabajadoras de todo el mundo ven desplomarse su nivel de vida, pierden sus empleos y sus casas y engrosan las crecientes legiones de la pobreza y la exclusión social, “las empresas de artículos de lujo se disparan en Bolsa por la demanda emergente” (El País, 13-02-2011). Sectores como la automoción de gama alta, la moda, la joyería y los complementos, la construcción de yates y aviones privados y otros tantos bienes de lujo han vivido, según el banco Credit Suisse, un año 2010 “excepcional”, en un informe que describe estos mercados del lujo como de “perfil menos expuesto al ciclo económico”. Un frío tecnicismo para describir como la violenta marejada de la crisis se amansa ante la puerta de la casa de los ricos. Según detalla el último informe anual del Observatorio de Responsabilidad Social Corporativa (expresión esta de “responsabilidad corporativa” que con toda justicia parece a estas alturas un eufemismo complaciente, cuando no una broma macabra), 28 de las 35 grandes corporaciones del IBEX-35 (Repsol, Santander, BBVA, Ferrovial, Gas Natural, ACS, Inditex, Telefónica, Endesa, Iberdrola, Mapfre, Telecinco…) operan mediante 272 firmas de conveniencia en 27 paraísos fiscales distintos. ¿Con qué consecuencias? Como explica el Observatorio, “la recaudación por el Impuesto de Sociedades se desplomó un 55% entre 2007 y 2009, pese a que los beneficios empresariales de las grandes empresas en ese mismo período descendieron sólo un 14%”, y en 2010 estas empresas, que en no pocos casos están acometiendo fuertes recortes de personal y están recibiendo importantes ayudas públicas, “subieron el sueldo en un 15,5% a los consejeros” (un sueldo que en 2009 ya era de 915.000 euros de media, El País, 11/05/2009). Los altos directivos y consejeros de las grandes corporaciones españolas han protagonizado en 2010 una orgía de salarios, primas y fondos de pensiones (El País, 16/05/2010), siguiendo la línea de años anteriores (El País, 24/05/2009), con espectaculares incrementos patrimoniales en las principales fortunas del país (Público 28/12/2009). Así, mientras las arcas del Estado percibieron varios miles de millones de euros menos para escuelas y hospitales públicos, ayudas a la dependencia, subsidios de desempleo, formación laboral o fomento de la cultura, unos pocos centenares de individuos recibieron algunos miles de millones de euros más para gastar en bienes de lujo. Es evidente que el dinero no se está evaporando víctima de un fenómeno natural e inevitable, como pretenden hacer creer los propagandistas neoliberales, sino que está cambiando de manos, de forma perfectamente planificada, desde abajo hacia arriba y a gran velocidad. El profesor Manuel Villoria lo describe así: “Los españoles hemos sufrido un atraco brutal durante 15 años que se llevará un tercio de nuestra riqueza durante los próximos 15 hacia los bancos, los dueños del suelo, los especuladores, los promotores y los corruptos” (El País, 27/10/2006). Una forma clara, concisa y contundente de describir aquello que hemos convenido (o nos han impuesto) denominar “crisis”.

Empleando el método del detective Freamon, siguiendo el rastro del dinero y acumulando y encajando raspaduras, la presunta crisis va desvelando la hilatura de su enrevesada urdimbre: el expolio generalizado del bienestar colectivo a beneficio de una selecta, poderosa e impune clase corporativa. Una clase trasversal que reúne a príncipes del crimen, empresarios, comunicadores, políticos y otros profesionales del poder en torno a una serie de palpables intereses compartidos, sobre ese escenario tortuoso de mentiras, cieno, humo y espejos que es la Baltimore de Avon Barksdale, Russell Stringer Bell, Marlo Stanfield, Maurice Levy, Clay Davis… o la España de Francisco Camps, Carlos Fabra, Jaume Matas, Francisco Hernández El Pocero, Francisco Correa, Gerardo Díaz Ferrán, Luís Bárcenas, José María del Nido, Félix Millet, Bartomeu Muñoz, Lluís Prenafeta, Maria Antònia Munar,… La España que una ardilla podría recorrer de punta a punta saltando de un sumario de corrupción al siguiente: Gürtel, Mercasevilla, Palau, Malaya, Astapa, Poniente, Avispa, Palma Arena, Ballena Blanca, Delfín, Andratx, Arcos, Orquesta, Brugal, Bonsai, Segovia 21, Estepona, El Ejido, Voltor, … y un etcétera interminable, mayoritariamente relacionados con la especulación urbanística y con un multitudinario reparto -tan al estilo narrativo coral de The Wire- de imputados… Aún sin la prosa doliente de Roberto Saviano y su Gomorra napolitana ni los inteligentes diálogos de David Simon paraThe Wire, el Informe Auken (o más formalmente, “Informe sobre el impacto de la urbanización extensiva en España en los derechos individuales de los ciudadanos europeos, el medio ambiente y la aplicación del Derecho comunitario”) es también una excelente ejemplo de auténtica novela negra (por otra parte, lecciones vendo que para mí no tengo de la Europa de los casos Clairstream, Siemens, UBS, Parmalat, Morais, Bettencourt,…). Las potentes mafias italianasrusas echan raíces cada vez más extensas y fuertes en territorio español. Roberto Saviano lanza una seria advertencia: “Mientras los políticos se pelean y se disparan las alarmas sobre el terrorismo, los clanes italianos, rusos y nigerianos están conquistando la economía a través de los agujeros abiertos por la crisis. Hasta ahora sólo han hecho negocios e inversiones. Pronto empezarán a disparar“.

¿Un submundo estanco de tristes excepciones a un orden civil preparado para resistirlas -las consabidas manzanas podridas en un recipiente sano del discurso bienpensante oficial? ¿O un estrato cada vez más normalizado, e influyente, en la nueva normalidad neoliberal, cuyos beneficios afloran hacia los estratos superiores y más aseados del edificio del poder, del mismo modo que los billetes del narcotráfico salen de las Viviendas Baratas de Baltimore camino del fondo de reptiles de una campaña electoral: en billetes pequeños y grandes bolsas de basura negra? “Mi gente me necesita, y sabe donde encontrarme”, declara impávido el corruptísimo senador Clay Davis de Baltimore ante un jurado popular. También las corporaciones españolas han sabido encontrar a “los suyos” en los salones enmoquetados del poder político. De un modo impecablemente legal aunque absolutamente inmoral, la alta clase política española transita alegremente por las puertas giratorias que la conducen hacia retiros dorados en los que ejercen un tráfico de influencias legalizado en favor de grandes corporaciones, que les gratifican con abrumadoras generosidades de 6 y 7 cifras (Felipe González en Gas Natural -además de sus conocidos vínculos con el multimillonario mexicano Carlos Slim-, Eduardo Zaplana y Javier de Paz en Telefónica, José María Aznar en Murdoch, Endesa y varios fondos de inversión, David Taguas en SEOPAN, Rodrigo Rato en Caja Madrid, Isabel Tocino en el BSCH, Josu Jon Imaz en Petronor, Narcís Serra en Caixa Catalunya, Josep Piqué en Vueling…). ¿Es de extrañar que la clase política sea tan condescendiente, cuando está en ejercicio de responsabilidades públicas, con quienes serán luego sus empleadores corporativos cuando las abandonen (cargados de “una voluminosa agenda de contactos y acceso a información confidencial”), dejándose aconsejar por sus hordas de cobistas profesionales, liberándola de inoportunas cargas fiscales, aflojando sobre ella la presión de la inspección tributaria o facilitándole nuevas vías de evasión legalizada?

¡Gente, son casi las dos, necesito líneas por si alguien está amenazando con cometer un acto de periodismo!”, vocifera el redactor jefe del Baltimore Sun a su plantilla, mientras trata de mantener a salvo la independencia y el rigor informativo de su periódico frente a las presiones de sus gerentes corporativos. En España, el gran capital financiero es el gerente colectivo de la porción mayoritaria del mercado de la comunicación, y es un gerente muy celoso de sus intimidades. En los primeros 25 años de actividad del diario El País, explica la investigadora Nuria Almirón en su análisis de las relaciones entre los medios y el poder financiero, los paraísos fiscales fueron vinculados a la actividad de los bancos españoles en sólo 7 ocasiones. Sin duda hay excelentes periodistas en el diario que fuera una vez denominado “la referencia dominante” y en el que bruñeron sus mejores armas gentes de la gigantesca talla intelectual y moral de Eduardo Haro Tecglen, Manuel Vázquez Montalbán o José Vidal-Beneyto. Pero también hay cinco consejeros ejecutivos del grupo empresarial PRISA propietario del diario (Ignacio y Manuel Polanco, Juan Luís Cebrián, Alfonso López Casas y Emiliano Martínez) que se repartieron en 2010 11’6 millones de euros (El Confidencial, 05/05/2010), las mejores retribuciones directivas del sector de la comunicación, que engulleron el 23% de los beneficios del grupo, a la vez que la empresa planteaba recortes salariales a la plantilla (El Confidencial, 24/06/2009), y preparaba la venta del canal generalista Cuatro (ABC, 28/12/2010) y el cierre de CNN+ (el único canal televisivo digital de información 24 horas en España no abiertamente derechista o ultraderechista, ABC, 29/12/2010), pasos previos al cierre de una operación financiera de gran calado con el fondo de capital-riesgo Liberty, cuya consecución viene acompañada por el anuncio de cientos e incluso miles de despidos en el grupo, pero que será un excelente negocio para alguno de sus directivos (El Confidencial, 19/11/2010). Con nueve millones de euros de Liberty como prima de jubilación en el alero, ¿alguien puede esperar que Juan Luís Cebrián cometa o aliente un verdadero acto de periodismo contra la opacidad e impunidad del sistema financiero nacional e internacional y sus malsanos influjos sobre la esfera política? Con las peculiaridades materiales e ideológicas de cada medio o grupo de comunicación, no sólo PRISA y El País (caso este, eso sí, singularmente doloroso para la izquierda española, por motivos históricos e ideológicos de sobra conocidos) sino la práctica totalidad de los medios de gran audiencia (y, por añadidura, de las industrias de creación y promoción de contenidos culturales) del país se hallan inmersos en este truculento juego de connivencias (empezando por El Mundo, directo competidor de El País en los quioscos, cuya política de expansión regional ha estado salpicada de extrañas amistades con todo tipo de caciques territoriales, en algún caso directamente relacionados con las grandes tramas de corrupción de alcance estatal) que finalmente subordina cualquier escrúpulo ético e ideológico al más omnívoro y desinhibido afán de lucro, como, en un grado tan extremo como ejemplarizante, demuestra el acuerdo comercial entre la gestora publicitaria Publiseis (parte, como el diario Público y la cadena televisiva La Sexta, del conglomerado mediático “progresista” Mediapro) y la cadena ultraderechista Intereconomía.

Negocios. Política. Prensa. Dinero. Delito. Poder. Todo está en el juego, se dice en las calles de Baltimore. Todas las piezas importan, dice Lester Freamon. Estamos siendo colectivamente víctimas (y, con nuestro muy mayoritario silencio y pasividad, también cómplices) de una gigantesca trama criminal que no es sólo cosa de consumidores y traficantes: es el producto inevitable de un orden económico, político y social neoliberal que subvierte la democracia, envilece la cultura y empequeñece a los seres humanos (nosotros no deberíamos reproducir el gesto de asombro del detective McNulty al descubrir un ejemplar de La riqueza de las naciones de Adam Smith en la lujosa vivienda del gangster y economista Russell Stringer Bell: nosotros deberíamos saber que ese libro, y en la peor de sus ediciones, está ahí desde hace mucho tiempo). Las raspaduras que nos permiten cartografiar su trama y poner caras y nombres a sus responsables y beneficiarios están fácilmente al alcance de nuestra vista, en las páginas de la prensa diaria, en la red y en nuestro mismo entorno social, personal y laboral. Pero para recomponerlas, darles sentido y actuar en consecuencia, nuestra ciudadanía debe, en primer lugar, dejar de mirarse y pensarse a sí misma con la mirada ignorante y vacuna de Belén Esteban, los prisioneros del Gran Hermano, los postulantes de Operación Triunfo y otras tristes reses del matadero televisual, que hoy colonizan buena parte de nuestro imaginario social, y adoptar como modelo la más inquisitiva y comprometida mirada del detective Lester Freamon, de la Unidad de Crímenes Especiales de la policía de Baltimore (una mirada que ya comparten y promueven, por cierto, RebeliónKaosenlaredDiagonalL’InformatiuPeriodismo HumanoAtlántica XXIILe Monde DiplomatiqueTraficantes de SueñosLa TuerKaSin Permiso, entre otras importantes referencias de la moderna novela negra en castellano, de lectura inexcusable para todos los amantes del género).