Bo Xilai y el hilo rojo de la memoria de China / Pedro A. García Bilbao

Posted on 2012/03/28

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Bo Xilai

En uno de los mejores o más importantes artículos de análisis sobre política y sociedad china de los últimos tiempos —Los jinetes en la tormenta de China (1)—, el periodista brasileño Pepe Escobar, realiza un notable análisis de la reciente destitución de Bo Xilai, un importante cuadro del partido comunista. Desvela Escobar tensiones y tendencias en la sociedad y el partido comunista, y las contextualiza a partir de la caída en desgracia de éste cuadro dirigente con apoyo popular y notable éxito como gobernador de una importante región, la del área metropolitana de Chongqing, con sus más de 30 millones de habitantes.

El caso de Bo Xilai no le había pasado desapercibido a quienes estamos interesados en China y sus contradicciones. Xilai destacó muy notablemente pues, por muy populista que fuera su proceder, no dudaba en conectar con el sustrato cultural comunista de buena parte de la población y actuar de forma contundente contra la corrupción, pero sobre todo era alguien perfectamente capaz de cabalgar el dragón de la fractura entre los principios y valores comunistas expresados en la Constitución de la República Popular y la tremenda realidad de la explotación y la brutal diferencia de clases que la nueva China está generando(2); desde el partido, desde el poder local y regional, desde el uso de los medios de comunicación, y desde el discurso fundacional del régimen y el partido, esto es, con toda la legitimidad sistémica, Xilai estaba creciendo y marcando un estilo distinto con un fuerte apoyo popular. Hoy, cuando la noticia es su fulminante destitución y quizá su nombre no vuelva a sonar ya nunca más, puede parecernos inverosímil que hace tan solo un año, cuando se estaba preparando el aniversario de la fundación del PCCH, Bo Xilai era una figura ya consagrada, que destacaba sobremanera entre los otros 25 miembros del Politburo del Comité Central y se especulaba con su escalada hacia el poder. Su famoso Bloq Rojo tenía un éxito de visitas inaudito para alguien de su posición —y eso en China son muchas visitas— que le permitía extender su punto de vista sobre cuestiones que preocupaban a millones de sus conciudadanos.

¿Un populista? ¿Oportunismo? ¿Un cálculo erróneo? ¿Alguien que se tomó en serio el principio maoísta de «Servir al pueblo» y consideró que se podía conciliar con la nueva situación? En cualquier caso, parece claro que ver por televisión a las amas de casa, a los padres de familia y a los estudiantes cantando nostálgicos o entusiasmados las canciones revolucionarias de la época de la Revolución Cultural en programas de enorme éxito fue algo que tuvo impacto en la alta burocracia del partido, casi todos ellos antiguos represaliados por la Guardia Roja en aquellos años convulsos del pulso entre Mao y la estructura del partido. Xilai estaba conectando con algo peligroso, el apoyo de la población al comunismo, con la nostalgia de la fraternidad en el seno del pueblo llano y sencillo. No sería algo tan inocuo cuando puso nerviosos a algunos.

Bo Xilai no tenía ni la formación política ni la firmeza de principios de algunos de los importantes cuadros históricos del partido  y de la estructura del estado que hace poco tiempo exigieron a Hu Jintao  respeto a la Constitución de la República Popular y sus principios básicos en defensa de los trabajadores chinos explotados miserablemente y empujados al suicido por empresas extranjeras y funcionarios sin escrúpulos. Hu Jintao se pudo permitir ignorar esas denuncias o tolerarlas pues los maoístas «residuales», aunque subsistan en el interior del partido y el estado, dejaron de tener poder efectivo a finales de los años 70. No nos engañemos, Bo Xilai no tenia ni la talla intelectual ni el valor de Li Chengrui (Ex Director de la Oficina de Estadística del Estado), Xiantian Gong (Profesor de la Universidad de Beijing), Han Xiya (Ex Secretario Suplente de la Secretaría de la Federación China de Sindicatos). Rixin Liu (ex investigador en la Comisión Estatal de Planificación) o Zhao Guangwu (Profesor de la Universidad de Beijing), personas que honraron a China y a su República Popular con su valiente denuncia de las condiciones de trabajo en algunas fábricas, y de la explotación y el incumplimiento de la legalidad socialista (2). Pero la principal diferencia entre Bo Xilai y estos comunistas veteranos, no estaba solamente en el orden moral —aunque todo puede ser—, sino en que estas personas no tenían poder propio, salvo en forma vicaria, y Bo Xilai sí, se estaba convirtiendo en un actor por sí mismo. Es el problema que tienen las flores, si florecen, algunas sobresalen y se las puede localizar y arrancar más fácilmente dado el caso.

Es más que posible que Xilai fuese alguien tan falto de escrúpulos como quienes le han destituido, que se limitase a jugar con ese sentimiento para aupar su propia posición, pero lo estaba haciendo cabalgando un dragón, la conexión entre el pueblo trabajador chino y su memoria histórica comunista; Xilai estaba tejiendo su poder con el hilo rojo de la memoria y alguien pensó que era peligroso. Si alguien creyó que existía realmente peligro, y que ese peligro puede venir de la evocación de la gran Revolución, quizás exista entonces todavía esperanza para el pueblo chino.

Para la dirección china, episodios como el de Tian An Men eran peligrosos sólo en la medida que cuestionaban la identidad  o permanencia del grupo dirigente en tanto que tal, no por una supuesta exigencia de cambio de sistema; la cuestión en Tian An Men no era comunismo sí, o comunismo no, para unos y otros era comunismo no, pero la plaza —eso sí que fue un Toma la Plaza— exigía cambios a un ritmo y forma dificilmente controlables, y la dirección del partido no estaba dispuesta a afrontar tal vértigo asistemico, pues nada les garantizaría que ellos, en tanto que clase dirigente, pudieran seguir siendo clase dirigente en ese nuevo mañana.

Den Xiao Ping, en su momento, lo planteó muy cínica y correctamente, lo importante no es el color del gato sino que cace ratones: «y que los cace para nosotros como grupo dirigente», tendría que haber concretado. En Rusia, para lograr tal objetivo  se pasaron al negro y amarillo neoliberal —ese, el del 15M, ya saben—, a través del naranja —es decir renunciaron al comunismo como referente simbólico y moral de su estado— ,cuando en Reykjavik Reagan le confirmó a Gorbachov que de lo que se trataba era de tirar el marxismo-leninismo al basurero de la historia, pero que el país se lo podían quedar, que ya llegarían a un acuerdo. En China, por el contrario, mantienen el rojo, aunque el Servir al Pueblo ya no es el objetivo, sino el enriqueceos, una consigna que exige, claro, aprender de la historia de China en la que la primera lección es conseguir y defender la soberanía propia del Imperio del Centro respecto de los bárbaros de las fronteras. A mis campesinos y obreros los exploto yo, es la última de las grandes «modernizaciones», pues las empresas occidentales allí deslocalizadas pagan al estado chino lo que no pagan a sus trabajadores.

Una de las grandes contradicciones de los defensores del capitalismo en China, que existen y no me refiero a los dirigentes en estos momentos, radica en que fueron la Revolución y la República Popular las que lograron levantar China;  «en manos del mercado» y sin revolución, no hubiera habido milagro chino, a quienes hagan burla del comunismo chino les decimos que hoy tendrán lo que quiera que tengan o como quiera que lo llamen, pero sin la Revolución y sin la actuación del partido comunista al frente de las masas, China no hubiera logrado levantarse. Al entrar el siglo XX, parece olvidarse, China era un cuerpo caído, violado, saqueado por las potencias europeas y Japón, o por crueles señores de la guerra que tiranizaban como reyezuelos infames lo que quedaba del Imperio de la Paz Celestial. El enriqueceos lanzado por Deng Xiao Ping fue posible, porque quienes extraen la plusvalía de los trabajadores chinos es la propia clase dirigente china, algo que sin soberanía política propia fruto de la República Popular ,no podrían haber conseguido nunca. La Revolución china tuvo sus éxitos y sus fracasos, pero si hoy China está en pie y como estado es dueño de sus destinos se debe a ella, que la República Popular sea recuperada para «Servir al pueblo» es otro problema.

En el discurso de Hu JIntao con ocasión del aniversario del 90 aniversario del PCCh, se evocaba esa gran lucha, ese gran éxito de la Revolución y se defendían sus logros sociales y políticos, con gran respeto a quienes lo hicieron posible. Hu Jintao, en su discurso señalaba, fundamentalmente, el nuevo sentido de Servir al Pueblo en la actualidad: para asegurar un nivel de vida digno, modesto pero digno fueron sus palabras, la República Popular debía mantener y defender su soberanía cara al exterior, y en el interior ser estable y segura —nada de grandes saltos, ni adelante ni atrás—, y para ello la dirigencia del partido debía ser «responsable», «sacrificada», pero también «abrirse» a los que contribuyen a engrandecer la «economía socialista de mercado», esto es, a los «emprendedores», siempre y cuando acepten el papel dirigente del partido. Para Hu Jintao, la estabilidad es la clave, un poder central fuerte y capaz de movilizar todos los recursos del país es fundamental para la supervivencia de China, algo en lo que está completamente acertado, pero en la batalla por el poder —más allá de los conflictos intragrupo— el pulso procede de la infiltración neoliberal, que considera al estado un enemigo, a todo estado, y desea que el centro del poder esté en manos de los grandes grupos económicos, siendo las estructuras estatales simples apéndices especializados e inocuos para su poder.

Para Hu Jintao, este espejismo neoliberal ancap  —el anarco-capitalismo que está aniquilando a los estados europeos y poniendo de rodillas a sus pueblos— es una peculiaridad occidental que no quisiera importar; sigue habiendo batallas ideológicas, pero en las que la República Popular, siendo beligerante —defiende el «socialismo con características chinas»,  a renunciado a defender la ideología comunista y ser el nuevo faro de los pueblos, cosa que por otra parte nunca anidó seriamente en Beijing—, tiene nuevas contradicciones. Ya no es el pulso capitalismo/comunismo, sino el paisaje post-fukuyama. [Y por favor, no se confundan, que siga existiendo la lucHa de clases no significa que Fukuyama estuviera equivocado, puesto que lo que significó ese diagnóstico sobre «el fin de la Historia» era que la banda triunfante en la contienda, el liberalismo salvaje, podría imponer su dictado impunemente pues ya no se alzaba nada organizado ante él. Y recuerden que este es el caso].

En el escenario al que marchamos a velocidad acelerada, y este es un tren en el que también está China, los nuevos organizadores del tour nos tienen preparado un futuro de feudalización corporativa, sin estados o reducidos estos a contratas externas especializadas en seguridad, etc. Este escenario, para un dirigente chino, es un abismo contra el que su cultura le lleva previniendo milenios. Sin poder central, sin estado fuerte, lo único que queda es el caos, eso es algo que saben todos los chinos desde bastante antes de Confucio. Y si el Imperio del Centro da miedo a los campesinos, lo que inspiran los bandidos o los bárbaros que se adueñan del territorio si el estado se retira o es vencido es un horror indescriptible. Es la historia milenaria de China la que se les aparece cuando se barajan estas hipótesis neoliberales que se están aplicando de forma suicida en Occidente.

Hu Jintao y los comunistas chinos realmente existentes defienden frente al delirio ancap en el que está cayendo Occidente, mantener el estado y el papel dirigente del partido, pero no en tanto que «comunista», sino en tanto que «estado». La dirección china sabe que sin estado y sin soberanía política y militar, energética, alimentaria, no tendría futuro. Y mucho menos en un futuro donde la lucha por la supervivencia será brutal y despiadada, en un mundo abocado al colapso energético y climático.

En este contexto global, el episodio de Bo Xilai puede parecer anecdótico y en cierto modo lo es. Xilai, en realidad, representaba un peligro distinto: los jóvenes anticomunistas de Tian An Men hubieran escupido sobre él —al menos los que montaron el asunto—, lo de Xilai no iba por ese lado. La popularidad de Xilai creció espectacularmente cuando reprimió con notable éxito la corrupción en su región, orientando el trabajo de la policía y los fiscales «populares» contra los especuladores, los funcionarios corruptos, los nuevos ricos, los mafiosos y los«emprendedores» diversos que amasaban fortunas sobre la vida y la salud de los trabajadores. Xilai exponía que la corrupción y la explotación son incompatibles con ser comunistas, pues Servir al pueblo es el primer mandato a respetar. Y tuvo éxito, la gente lo entendía, simpatizaba con ello, y la legitimidad de la República, en tanto que República Popularcrecía con ello. Desde la turbulenta época de la caída de Mao y la Banda de los cuatro, no había vuelto a haber un dirigente del partido con popularidad propia, nacida sinceramente desde abajo, con tanta fuerza. Tal combinación de aciertos, le ha resultado letal, no obstante. Los detalles de su caída apestan a montaje: un ex-jefe de policía que escapa al consulado de EE.UU y que dice tener pruebas contra él, acusaciones no probadas, escándalo, censura, dimisión, expulsión, la secuencia completa.

Sería un error convertir a Bo Xilai en alguien que posiblemente no era, no podemos caer en suponer que representó algún tipo de tendencia «neocomunista» que fuese ideológicamente consistente al punto de representar una corriente del partido, la hipótesis del populista jugando con los sentimientos del pueblo es la más probable. Le han destruido por los aspectos simbólicos con los que estaba jugando y por ser un factor de inestabilidad no admisible, pero no deja de ser significativo que sean precisamente los poderes occidentales los que primero han respirado con esta destitución; la simple sospecha de que ni siquiera remotamente, China empezara a comportarse como un país comunista y su estado como una República Popular, constituiría una pesadilla insoportable. Si la familia de Xilai no tiene para pagar las balas de su improbable ejecución —la nomenclatura tiene sus pactos—, no faltaría en Occidente quienes se ofrecieran gustosos a hacerlo ellos.

1 Vide: Los jinetes en la tormenta de China / Pepe Escobar. Fuente: Asia Times

2 Sobre las contradicciones del PCCh ¿comunistas chinos? / Xulio Ríos, en Sociología crítica.

3 Chengrui, L. [et al.] Defender la Constitución, respetar y garantizar los Derechos Humanos, apoyar la justa lucha de los trabajadores de Honda y condenar la gestión inhumana de Foxconn, publicado en Sociología crítica, el 14/07/2010,  Fuente: CEPRID

Sobre el caso Bo Xilai y las tensiones que denota, véase La expulsión de Bo Xilai, un momento crítico de China, de Fred Goldstein.