El País: Wert es repugnante (y un tipo muy majo) / Guillermo López

Posted on 2012/05/29

0



[Chapapote discursivo ]En el periodismo español, hay un tipo específico de artículo que requiere un talento excepcional. El artículo cuyo mensaje subyacente vendría a ser: “No es tan hijo de puta como parece; ¡en realidad, es de puta madre!”. El artículo que ha de abordar el perfil de alguien denostado y criticado por sus malas acciones, pero que es amigo nuestro (de la empresa donde se publica). Y al que, por tanto, hay que defender, contra viento y marea.

Hay gente que es auténticamente maestra en este tipo de textos, como Mábel Galaz. Te lees un artículo de Mábel y al final parece que Su Majestad Campechana disparó al elefante de marras para salvar a España de un proceso de involución de imprevisibles consecuencias. Pero no todos han sido llamados por esta senda de la genialidad.

Es lo que ocurre con este magistral artículo que publicó el diario El País el pasado domingo. Un perfil del ministro de Educación, José Ignacio Wert. El ministro peor valorado del Gobierno. Especializado en insultar gratuitamente a aquellos a los que supuestamente debería defender (profesores y alumnos de la educación pública), así como en hacer declaraciones extemporáneas, frívolas y habitualmente erradas. Una persona tan insoportable que ha logrado que un colectivo en principio poco dado a pronunciamientos espectaculares -los rectores de las Universidades españolas- le diera plantón la semana pasada.

¿Por qué ese afán de PRISA por hacerle un “Mábel Galaz” a Wert? La razón es más que obvia. Wert ha sido habitual colaborador de PRISA, en El País y en la Cadena Ser. Wert es “uno de los nuestros”. Así que algo hay que hacer para enaltecer al personaje. ¡Pero lo gracioso del caso es que los intentos de enaltecerle le dejan aún peor!

Por ejemplo, considérese el primer párrafo, en el que el periodista intenta hacernos creer que Wert es un tipo muy listo: “detrás de su soberbia habita una mente brillante e ingeniosa”; “Dueño de una lengua viperina, afilada en cientos de tertulias, extremadamente mordaz, impertinente, provocador, también exhibicionista y arrogante”. O lo que tradicionalmente se ha considerado un cretino, para entendernos. Un chulo maleducado totalmente incapaz de ejercer ninguna clase de interlocución con los agentes sociales a los que debe atender.

Encontramos dos momentos particularmente maravillosos en el artículo. El primero, cuando afirma que Wert “se lo ha currao”, que a él nadie le ha regalado nada: “su actividad ha estado ligada al sector privado donde se ha podido desempeñar con libertad, sin las ataduras de la disciplina de partido: ha estado en RTVE, inauguró el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), convirtió Demoscopia (una pequeña agencia de encuestas nacida al amparo de EL PAÍS) en una gran empresa, estuvo en Sofres sumando audiencias, ha trabajado para el BBVA como jefe de gabinete del presidente Francisco González y, solo muy recientemente, comenzó a probar fortuna como consultor independiente y, sobre todo, como tertuliano”.

Vamos a ver si recapitulamos: Wert, ese hombre que no busca el cálido abrazo del Estado, ha trabajado en RTVE (pública), en el CIS (público), en el BBVA para Francisco González (ex presidente de Argentaria –banca pública-, colocado por el PP), en Sofres (empresa de sondeos que se acabó llevando el gato al agua en España merced a la intermediación de -¿lo adivinan?- RTVE) y “sólo muy recientemente”, tras una trayectoria de décadas trabajando en el sector público o -mejor aún- en empresas derivadas o dependientes del sector público, Wert se mete a tertuliano. Emprendiendo “a la española”.

El segundo gran momento del artículo es su explicación de la brillantez de Wert, sus cualidades personales, su prodigiosa memoria, que le permite no olvidarse jamás de un dato y aprender idiomas como Zapatero aprendía economía. Con el pequeño problemilla de que el periodista es totalmente incapaz de citar, pese a sus esfuerzos, un solo ejemplo acreditativo de esas supuestas capacidades. Es más, a continuación, justo después de afirmar que Wert nunca olvida un dato, el artículo no tiene más remedio que citar sus espectaculares metidas de pata con el número de Universidades de California o con Educación para la Ciudadanía, detrás de las cuales, en lugar de un sesudo informe confidencial que Wert devoró cuestión de minutos, es más verosímil que haya algún frívolo comentario de algún amigo suyo en una tertulia madrileña para demostrar lo malas que son las Universidades españolas.

Y es que Wert, a la luz de lo que explica el perfil que le han hecho en El País (recordemos: un perfil “de amigo”), se antoja un producto más de la factoría de pijos madrileños que nutren las instituciones, organismos públicos y empresas españolas enraizadas en torno al poder central, antes del PSOE y ahora del PP, acostumbrado a denostar los comportamientos y actitudes de todos aquellos colectivos que no se relacionan con ese mundillo rancio de las cafeterías madrileñas donde se orquestan golpes de Estado, se arregla el mundo con chascarrillos y se afirma que los funcionarios son unos vagos; las universidades públicas, un nido de rojos; los estudiantes de “la pública”, unos muertos de hambre; las clases trabajadoras, gente muy poco de fiar. Y que aquí lo que hay que hacer es arrimar más el hombro, apretarse el cinturón, trabajar más y quejarse menos. ¿O cómo pretenden estos desgraciados que las clases dirigentes logremos aumentarnos sueldos y primas exponencialmente en plena crisis económica?

Wert es alguien crecido en el entorno de este tipo de gente, que casi no ha trabajado en su vida; que se ha colocado en cómodos puestos directivos merced al dedazo de alguien de su entorno; que cree que la cultura es lo mismo que se consideraba tal en los años 40 (los toros y la copla); que desconfía de la modernidad por extranjera y extravagante. Alguien que ocupa un puesto de responsabilidad tan importante como el ministerio de Educación y se dedica a insultar a todos los colectivos a los que, en teoría, representa. Una actitud rayana en el surrealismo y que tiene mucho más que ver con la falta de preparación y el alejamiento de la realidad de quien ostenta el cargo que con una pretendida brillantez de enfant terrible que, si brilla por algo, es por su ausencia.