El miedo a la crisis y la ley de la selva / Milagros Pérez Oliva

Posted on 2012/07/06

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Milagros Pérez Oliva | EL PAÍS / 06 de julio de 2012 // La crisis tenía que durar dos años y ya estamos en el quinto sin que se vislumbre la salida. Al contrario. Los tipos de interés alcanzan mínimos históricos, pero de poco va a servir: ni los bancos prestan dinero ni los ciudadanos se atreven a endeudarse.  Como muestra el último barómetro del CIS, el país se encuentra sumido en un clima de pesimismo. Los ciudadanos están asustados.  Tienen miedo a perder todavía más de lo que han perdido y ese miedo contribuye, paradójicamente, a crear las condiciones para que sigan perdiendo.

De entrada hay que decir que el miedo ha jugado un papel determinante en la supervivencia de la especie. Cuando aquella rama que parece inerte se convierte de repente en una amenazadora serpiente, el miedo muestra su razón de ser: hacernos reaccionar. Es un resorte que activa nuestro sistema defensivo y hace emerger las fuerzas físicas y mentales que necesitamos para escapar.  O para encararnos a lo que nos amenaza si la huida ya no es posible. Sin miedo, difícilmente la humanidad hubiera  llegado hasta aquí.
Pero el miedo no actúa siempre de la misma manera. Puede inducir una reacción defensiva, pero también puede inhibir cualquier respuesta. Si la amenaza es muy intensa y repentina puede tener efectos paralizante, pero también puede tenerlos un estado de amenaza permanente. Como dijo el sociólogo británico Frank Furedi bastante antes de que estallara la crisis, el miedo ubicuo, persistente,  genera fatalidad y resignación. La tímida respuesta ciudadana al progresivo desmantelamiento del Estado de bienestar tiene que ver sin duda con esa “moral de baja expectativa” de la que habla Furedi, que inhibe el tono vital y ahoga cualquier capacidad de respuesta.
8466260En realidad, el asedio al Estado de bienestar comenzó hace ya tiempo, pero la crisis está creando ahora el clima propicio para que triunfe. Quienes deberían defenderlo, porque son sus principales beneficiarios, se encuentran en posición de debilidad, noqueados por el miedo.  La crisis resulta especialmente paralizante cuando no hay expectativa de mejora ni confianza en quienes han de gestionarla. Y en España andamos muy mal de ambas. Según el barómetro de junio del CIS, el 88,6% de los españoles considera que la situación económica es mala o muy mala y el 72,7% cree que dentro de un año será aún peor.
Pero,  como dijo Wittgenstein, no hay que confundir el miedo con sus causas. Lo que nos da miedo es la inseguridad, la incertidumbre.  Vivíamos en un mundo feliz, donde era posible gastarse en un día lo que se iba a ganar en los siguientes 40 años, y ahora resulta que no tenemos asegurado nada. Ni para nosotros ni para nuestros hijos. Que lo podemos perder todo en un golpe de viento adverso.

La incertidumbre sobre el futuro genera angustia y ese estado de ánimo alimenta las conductas elusivas: no protestar, no hacerse notar, no defender los derechos adquiridos, no entrar en colisión con quien puede decidir tu futuro.  El miedo paraliza más a quienes tienen más razones para temer, los más golpeados por al crisis. “La pobreza, antigua o nueva, genera desesperación y sumisión, absorbe toda la energía en la lucha por la supervivencia y sitúa la voluntad a merced de promesas vacías y engaños insidiosos”, escribió Paolo Flores d’Arcais. Para superar el miedo, hay que identificar la causa. ¿Y cuál es la causa? Podría resumirse en una idea simple: que volvemos a la ley de la selva, es decir, la ley del más fuerte, esa ley por la que se establece que no hacen falta leyes, ni normas protectoras, ni regulaciones de ningún tipo. Un mundo despiadado y amenazador como el que retrata  de forma tan magistral El Roto en las páginas de este diario.
Tenemos, pues, razones para tener miedo. Y vienen de lejos, porque hace ya tiempo que se intenta acabar con las protecciones sociales. Mientras Francis Fukuyama teorizaba en los años ochenta el fin de  la historia porque ya no había alternativa al capitalismo, el neoliberalismo emprendía una ofensiva para reducir y si era posible eliminar el papel protector del Estado y sus regulaciones. Esa ofensiva iba acompaña de una ideología que promovía el individualismo consumista y ensalzaba las reglas de la competencia por encima de la cooperación y la solidaridad. Competían los individuos, competían las empresas, las ciudades y los Estados. Todo estaba justificado con tal de ser competitivos. Ya en 2007 Zygmunt Bauman nos advertía de que “como si se tratara de capital líquido listo para la inversión, el capital del miedo puede transformarse en cualquier tipo de rentabilidad, ya sea económica o política”. Como en la bolsa, ha llegado la hora de realizar.
8498970El Estado de bienestar promueve la igualdad de oportunidades y nos protege frente a las contingencias de la vida. Ninguna inseguridad resulta peor que aquella que nos deja al albur del azar: la enfermedad, por ejemplo. O la pobreza sobrevenida. Incluso en la muy próspera Alemania, que parece a resguardo de la crisis y que en parte se beneficia de ella, se ha inventado una nueva forma de precariedad llamada “minijob” que ha dado lugar a una nueva clase de pobres, relativos, pero pobres al fin. Como recordaba hace unos días en este mismo diario el sociólogo alemán Ulrich Beck,  “bajo la superficie de la milagrosa maquinaria alemana se oculta esta expansión de la economía política de la inseguridad”.
Una encuesta realizada hace cuatro años por Censis en diez grandes metrópolis del mundo reveló que los neoyorquinos, que sufrieron en sus carnes los atentados del 11S, le tenían tanto miedo al terrorismo como a perder la posición social. Un miedo muy parecido se observa en la sociedad española. Es el temor a quedar a la intemperie, a ser devorado por cualquiera de esas nuevas fieras que ahora se llaman despido, ejecución hipotecaria, participación preferente, volatilización de los ahorros, precariedad laboral, obsolescencia profesional y un largo etcétera. Ni el ejecutivo mejor pagado está ya a salvo en esta selva. El miedo paraliza, pero no es al temor al que hay que culpar y combatir, sino a sus causas.