Al Asad: ¿El último ba’sista? / Nazanín Armanian

Posted on 2012/08/06

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[Diario Público 29 de julio] Mientras los sirios huyen de una guerra civil, las potencias extranjeras deciden por ellos sobre su futuro. A Barak Obama le urge la destitución de Bashar Al Asad para ganar puntos en las elecciones. El precio que tiene que pagar el pueblo sirio por ello poco importa. Rusia cree que la  marcha del presidente no resolverá los problemas económicos y políticos del país, e incluso se agravarían si la oposición Al Qaedista toma el poder o si se lanza un ataque militar. China aboga por una transición escalonada hacia la democratización de las instituciones, e Israel advierte de una guerra descontrolada en sus fronteras.

La consigna “alavitas al ataúd, cristianos a Beirut” coreada por los muyahedines insurgentes reunidos en el Concejo Nacional Sirio –apoyado por Occidente y sus aliados-, da una pista de lo que se avecina.

EEUU, que admite la presencia de los terroristas en las filas de la oposición siria, sigue empujando a Al Asad al precipicio, y a la vez que baraja la posibilidad de mantener la estructura del Estado sirio, aumenta el peso de algunos opositores ba’sistas, como el ex vicepresidente Abdolhalim Khaddam, hoy exiliado, para el futuro gobierno. ¿Lecciones aprendidas de la invasión a Irak? Washington, ignorando la ira del gobierno “soberano” de  Bagdad, está negociando con los veteranos ba’sistas iraquíes para devolverles al poder (lo mismo con Talibán en Afganistán). Israel, Turquía y Arabia Saudí, apoyan el fin del régimen chiita iraquí, aliado de Irán. Resulta que las guerras humanitarias y en favor de la democracias no tenían otro objetivo que convertir las dictaduras independientes en dictaduras aliadas.

Ba’as y su complejo mecanismo de gobernar 

Cuando Bashar Al Asad en el año 2000 heredó la república y prometió una Primavera para Damasco, desconocía que iba a ser devorado por el poderoso aparato del partido y su vieja guardia.

“Unidad, Independencia y Socialismo”, la consigna del Partido Socialista Árabe (o Ba’as, “Renacimiento”), fundado en Siria tras la Segunda Guerra Mundial, perseguía la utopía de crear una nación de los árabe parlantes, y recuperar el orgullo herido de este pueblo. Para conseguirlo, proponía reformas sociales que sacaran a las poblaciones del subdesarrollo: estatalizar las grandes empresas y los recursos naturales, educación y sanidad universales, defensa de los derechos de la mujer y de las minorías religioso-étnicas, entre otras. El éxito del proyecto laico y progresista fue rotundo. El Panarabismo, en sus dos vertientes –Ba’sismo y nasserismo- consiguió tomar el poder en Siria, Irak, Egipto, Libia y Argelia.

La nacionalización del canal de Suez (1956) por Nasser fue su  gran triunfo, y la Guerra de los Seis Días (1967), el inicio de su derrota.

Los panarabistas basaron su gobierno en tres pilares: el partido, los militares y la burocracia, aunque de distintos pesos en cada país. En Irak mandaba el todo poderoso partido y en Siria los militares, quienes pisotearon, sin tapujo, la esencia del Panarabismo: Hafiz Al-Asad rompió su alianza con Nasser, expulsó del partido a los naseeristas sirios, apoyó en los 80 a Irán en la guerra contra su hermano árabe Saddam, y en los 90 a los EEUU para pegar el tiro de gracia a su ex aliado ba’sista iraquí.

Tampoco fructificaron los intentos de Gadafi en crear uniones políticas con Egipto, Túnez y Marruecos. Líderes intolerantes que perseguían toda la disidencia y oposición- marxista, liberal o islamista- eran incapaces de aguantarse. No había piedad de los padrinos ni para la familia. Al puro estilo de los Corleone, Hussein ejecutó a sus dos yernos y el hermano de Bashar disparó, en 1999, contra su cuñado Shokat, muerto hace unos días en un atentado.

La “Gran Nación Árabe” era inviable, entre otros motivos porque los propios panarabistas forjaban la posición de las tribus, impidiendo la construcción de una nación. El trágico final de aquel movimiento fueron dictaduras policiales tribales, donde la fidelidad era la clave de la supervivencia.

Que duraran décadas en el poder, más que por la represión, fue por un pacto social entre los gobernantes y los ciudadanos: los primeros satisfacían las necesidades básicas de la población (alimento, vivienda, trabajo, servicios sociales) a cambio de su obediencia. No fue traumático: “pan y orden antes que la libertad”. La sociedad tribal estaba acostumbrada a ver un caudillo vitalicio capaz de establecer el orden en una fragmentada sociedad. El resto lo harán los sofisticados mecanismos del dominio, una constante intimidación de baja intensidad, redes ciudadanas de espiar al vecino y premiar a los colaboradores. La mayoría aprenderán a besar la mano que no pueden cortar. En Siria, ni la oposición progresista se opuso a la conversión de la república en una monarquía, tras la muerte de Hafiz. Max Weber llama “patrimoniales” a este tipo de sistemas. Son autoritarismos, legítimos al principio.

El “pacto” se rompe al aumentar la brecha entre los pobres y los ricos, un descarado nepotismo, una corrupción desmesurada nacida de las ganancias del petróleo, y los males de las continuas de las guerras.

Hoy, el panarabismo se abandona en favor del “nacionalismo local”. Incluso lo que fue el conflicto árabe-israilí es llamado palestino-israilí. Se renueva y bebe de la gloria pasada. En Egipto, Hamdeen Sabahi, el candidato nasserista a la presidencia, consigue el 21% de los votos. En Líbano, Sudan y Yemen los ba’sistas mantienen su organización. En Túnez, el Movimiento Ba’as homenajea al Líder Saddam Husein en un acto público, y en Irak, aquel sanguinario dictador se convierte en un héroe, un mártir. Es el macabro resultado de cuando el presente es peor que el pasado.