Una visión alemana del secesionismo catalán. Entrevista a Walther L. Bernecker / Rafael Poch

Posted on 2013/01/05

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Una visión alemana del secesionismo catalán

Entrevista a Walther L. Bernecker, hispanista bávaro

La radicalización nacionalista en Catalunya ha sido un fenómeno “inesperado” en Alemania y que todavía no recibe la atención que merece, dice el hispanista alemán Walther L. Bernecker. Nacido en Baviera en 1947, Bernecker es catedrático de estudios internacionales en la Universidad Erlangen-Nüremberg (FAU), la segunda mayor universidad de Baviera, y autor de diversas obras sobre la historia de España y Catalunya. El hispanista alemán considera que la clave para un diálogo es definir una “meta común” con el centro y abrir un debate nacional sobre una reforma del Estado de las Autonomías en el marco constitucional.

¿Cómo cree que está percibiendo Alemania –sus políticos, su prensa y su opinión pública– el fenómeno catalán? ¿Cómo se ve lo que está ocurriendo entre Barcelona y Madrid en un país que no tiene nacionalidades en su interior?
De entrada hay que constatar que la información sobre España y Catalunya en la prensa diaria alemana es más bien parca y que en los últimos meses ha estado copada por la crisis del euro, las medidas del gobierno español y las manifestaciones multitudinarias contra los recortes. La radicalización del problema catalán todavía no ha recibido toda la atención que merece. Cuanto más se acerquen las elecciones catalanas, tanta más atención recibirá el “fenómeno catalán”. Pero hoy ya puede decirse que los medios alemanes tratan de ser lo más objetivos posibles, dando voz tanto a soberanistas catalanes como a representantes del centro. Intentan “entender”, por qué se produjo una polarización tan extrema de las posiciones de forma tan rápida e inesperada para ellos. Para la mayoría de los alemanes el independentismo en España iba asociado al País Vasco y a los actos violentos de ETA, no al catalanismo al que se tenía por más moderado y transigente. De momento no puede decirse que las reivindicaciones catalanas encuentren mucha comprensión. Frecuentemente se oye el comentario que este tipo de nacionalismo exaltado que cree no poder seguir viviendo – con todas las libertades que tiene – en un Estado democrático español, es más sintomático del siglo XIX (el siglo de los grandes movimientos nacionales en Europa) que del XXI, en el que se habla de estados postnacionales.

¿Y a usted qué le parece?
Yo vengo ocupándome desde hace muchos años de la historia de España y de los problemas de los nacionalismos en el Estado español. Después de la malograda reforma del Estatuto de Autonomía, se veía venir un mayor distanciamiento entre Catalunya y el resto de España. Pero hasta hace poco yo también estaba convencido de que los catalanes usarían la grave crisis económica por la que está atravesando España, para llamar la atención del Gobierno español de que ahora era más importante que nunca cooperar y mantenerse unidos, para juntos poder salir de esta crisis. Y como en relación con los masivos recortes a las Comunidades Autónomas, de todas maneras estaba al orden del día un re-ordenamiento del sistema financiero, se podría aprovechar la ocasión para un re-acercamiento de Madrid y Barcelona, empezando un debate serio sobre el anhelado “pacto fiscal”. No esperaba que después de la multitudinaria manifestación de la Diada, las reivindicaciones se radicalizaran tanto hasta el punto de que no hubiese ninguna base para un entendimiento entre la Generalitat y la Moncloa. Tengo la impresión que incluso los implicados en este proceso están algo extrañados del derrotero por el que se encamina el problema catalán.

¿Cómo cree que influye la crisis económica en el independientismo, popular e institucional, catalán? ¿Cree que hay oportunismo?, ¿una indignación legítima?
Sin duda, en la actual euforia independentista confluyen varios factores. Por un lado, el “irredentismo” catalán viene de lejos, desde comienzos del siglo XVIII y las leyes de Nueva Planta; por otro, el sentimiento de haber sido maltratado por el Tribunal Constitucional al declarar no-constitucionales algunas partes del nuevo Estatuto de Autonomía – que es otro agravio para los catalanistas. Y finalmente, la crisis económica que ha golpeado ante todo a Catalunya de manera que la Generalitat tuvo que pedir un rescate al gobierno de Madrid. Y esta penuria financiera se debe, según los políticos catalanistas, al hecho de que Cataluña no dispone de un Concierto Económico al estilo vasco. Si lo hubiera tenido, las cosas habrían ido mucho mejor. Esta afirmación es muy difícil, por no decir imposible, de comprobar. Los cálculos siempre se pueden manipular de una u otra forma. Pero la crisis económica ha servido de argumento, quizá también de pretexto, para lanzar el órdago independentista ahora, aprovechando el debate sobre transferencias financieras, compensaciones interterritoriales y rescates de la deuda autonómica.

Usted ha dicho que lo que deberían hacer en Barcelona y Madrid sería sentarse a discutir hasta alcanzar un acuerdo, bien de divorcio, bien de una nueva convivencia pactada. Es una visión muy juiciosa y alemana ¿Pero no teme que ocurra otra cosa más ibérica: por ejemplo una escalada de reproches mutuos que se retroalimentan y que pudren cualquier posibilidad de diálogo?
Si los dos lados se sientan a negociar ya se habrá conseguido mucho, pues por lo menos se escuchan y se hablan. La base de estas negociaciones tiene que ser una total transparencia en cuanto a cifras, respeto por las posiciones del otro lado y, ante todo, teniendo en cuenta el marco legal de la Constitución. Está claro que habrá reproches mutuos, porque las ideas sobre España del nacionalismo catalán y del partido gobernante en Madrid son muy dispares. El mayor escollo en estas negociaciones será llegar a definir una meta común, un resultado esperado. Si los catalanistas entablan las conversaciones con la única finalidad de lograr una separación “civilizada”, es decir consensuada legal y políticamente con el resto de España, y los representantes de Madrid lo único que quieren es que Catalunya siga formando parte del Estado español – bajo las condiciones que sea -, entonces las negociaciones se encallarán y no llegarán lejos. Por eso, antes de empezar este tipo de negociaciones sería importante realizar un debate a nivel nacional sobre una reforma sustancial del Estado de las Autonomías con perspectivas de llegar a un nuevo modelo en el cual todos pueden sentirse a gusto. Últimamente, se está proponiendo desde diversos lados una federalización del Estado español. Sería una variante a tener en cuenta.

¿Cuales serían las consecuencias políticas y económicas, para España y para Catalunya, de una independencia catalana?
Eso depende de cómo se consiga la independencia. Si España estuviera dispuesta a aceptar una independencia catalana y se lograra desarrollar mecanismos constitucionales para separarse de mutuo acuerdo, las consecuencias negativas podrían reducirse, aunque también en ese caso habría litigios y pleitos durante muchos años. De todas maneras, hoy por hoy ésa es una reflexión muy teórica, sin fundamento real. Si Catalunya persevera en su camino y emprende ciertas medidas encaminadas a obtener la independencia unilateralmente, los problemas con el resto de España aumentarán sensiblemente en todos los terrenos. De momento, la independencia es política y constitucionalmente inviable. Los responsables de la política catalana saben esto muy bien– como lo sabía en su día el lehendakari Ibarretxe que tenía que fracasar dejando por resultado un sentimiento de derrota y frustración. Es de esperar que los políticos catalanes no lleven las cosas hasta tal extremo. Posiblemente quieran usar la efervescencia nacionalista del momento para prepararse una sólida base de negociaciones con un mayor alcance autonomista o federalista.

¿Qué pasaría con el estatuto europeo de una Catalunya independiente?
Si la independencia de Catalunya se realizara fuera del marco legal de la Constitución española y contra la voluntad de Madrid, no hay ninguna perspectiva de formar parte de la Unión Europea. España (y, por solidaridad, probablemente otros estados también) se opondría a un ingreso de Catalunya en la Unión Europea. Las consecuencias serían funestas en todos los sentidos, ante todo – pero no exclusivamente – en el sector económico, y eso no solo para Catalunya sino también para España. Esperemos que los políticos de ambos lados sean lo suficientemente sensatos como para llegar a una solución negociada y que consigan frenar a los radicales de los dos bandos, convenciéndoles de que hay suficiente margen para un compromiso, aceptable para todos.