Reseña y críticas a «Chavs: La demonización de la clase obrera», Owen Jones

Posted on 2013/01/17

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Chavs: La demonización de la clase obrera

OWEN JONES
Traducción de Íñigo Jáuregui

En la Gran Bretaña actual, la clase trabajadora se ha convertido en objeto de miedo y escarnio. Desde la Vicky Pollard de Little Britain a la demonización de Jade Goody, los medios de comunicación y los políticos desechan por irresponsable, delincuente e ignorante a un vasto y desfavorecido sector de la sociedad cuyos miembros se han estereotipado en una sola palabra cargada de odio: chavs.

En este aclamado estudio, Owen Jones analiza cómo la clase trabajadora ha pasado de ser «la sal de la tierra» a la «escoria de la tierra». Desvelando la ignorancia y el prejuicio que están en el centro de la caricatura chav, retrata una realidad mucho más compleja: el estereotipo chav, dice, es utilizado por los gobiernos como pantalla para evitar comprometerse de verdad con los problemas sociales y económicos y justificar el aumento de la desigualdad. Basado en una investigación exhaustiva y original, este libro es una crítica irrefutable de los medios de comunicación y de la clase dirigente, y un retrato esclarecedor e inquietante de la desigualdad y el odio de clases en la Gran Bretaña actual. La edición incluye un nuevo capítulo que explora las causas y las consecuencias de los episodios de violencia que ocurrieron durante el verano de 2011 en Inglaterra.

Unas voces de una generación

Numerocero » 22.11.2011
Vives con una amiga. Trabajas en una editorial. Cenas con tus padres, de visita, en un restaurante con un menú cuyo precio supera el de tu compra semanal. Te llamas Hannah Horvath —becaria sin sueldo, graduada con futuro impecable, o eso garantizaban— y, entre bocado y bocado, te anuncian que se acabó la paga. ¿Cómo respondes? «Creo que soy la voz de mi generación. O por lo menos una voz de una generación». Al margen de la carga humorística, imprescindible en una serie como ‘Girls’ —Horvath es el trasunto de su directora, guionista y productora, Lena Dunham—, ¿existe la voz de una generación? ¿Existe, al menos, una voz de una generación.

En las primeras páginas de ‘Dejad de lloriquear’ (Alpha Decay, 2012), Meredith Haaf especifica que versa sobre “aquellos que vinieron al mundo en algún momento de los años ochenta y solo conocen el socialismo real a través de los relatos de sus padres o de unas chapuceras clases de historia, y cuya juventud transcurrió entre la caída del Muro, la burbuja de los New Media y el 11 de septiembre de 2001”. Acotados los límites temporales, ignoradas las disquisiciones sobre si las etiquetas en el arte facilitan o constriñen, viajamos en low cost por la obra de cinco jóvenes autores que escriben prosa en Europa —dos recién publicados en España y tres inéditos aquí— y les/nos preguntamos qué mueve a los autores de una generación. ¿De una generación?

MEREDITH HAAF

Ese momento en el que decides enumerar los tics de tu generación y mezclar autocrítica y bronca a tu vecino y a ti mismo, por mucho que quien te lea en su iPad o en el café librería de moda desconfíe de ese «nosotros» plural aunque exclusivo. Este momento en el que nos definen conformistas y frívolos, «yonquis de los medios» y las redes sociales, arruinando los logros de quienes nos precedieron. ¿Nos quejamos ante la precariedad laboral? No. «La gran mayoría de mis coetáneos», y evoca las protestas de 2010, «estaba en Facebook. O de fiesta. O estudiando para un examen. O trabajando como becario». Así lo considera Meredith Haaf (Munich, 1983) en ‘Dejad de lloriquear’, la más vocacionalmente generacional de estos autores, y al mismo tiempo la más severa al enfrentarse a los miedos de quienes creen que carecen de futuro, quizá porque se lo han buscado.

ALAIN FREUDIGER

Las reflexiones de Haaf sobre el consumo la hermanan con Alain Freudiger (Lausana, 1977), adepto a la religión de la parodia salvaje. ‘Bujard et Panchaud – ou Les Faux-Consommateurs’ (2007) atrapa ese momento en el que decides pagar no por lo que necesitas, sino por lo que necesitas y algo más: un Rabelais meets Sterne meets Monty Python —sobre los que versó su tesis doctoral— meets Baudrillard en el que Bujard y Panchaud, enfrentados a la dura realidad de los pasillos del supermercado, nos invitan a redefinir con mucha sorna y alguna metáfora nuestro papel de consumidores. ¿Negarnos a la tentación o entregarnos a sus placeres? En su segunda novela, ‘Les places respectives’ (2011), Freudiger se toma en serio —no mucho, eh, solo lo justo—, analizando la incomunicación y la falta de vínculos con los demás gracias a dos personajes sin —en efecto— nada en común.

ANNA KIM

Anna Kim (Daejeon, 1977) se quiebra: su nombre enlaza con su idioma y su apellido revela su origen. De existir un Gran Tema que acompaña a un escritor durante toda su carrera, el de Kim —criada en Alemania y residente en Austria— se duplica, otra vez: la identidad y la pertenencia. Superando el lirismo iniciático de ‘Die Bilderspur’ (2004), huye de lo remoto autobiográfico y transplanta su “conflicto” a otras geografías. En el caso de ‘Die gefrorene Zeit’ (2008), traducida al inglés y al albanés, Kim se bifurca de nuevo y avanza en dos direcciones: la de la historia, sobre la búsqueda de desaparecidos en la antigua Yugoslavia y la difícil reconstrucción y construcción de sus identidades, y la que plantea el estilo objetivísimo. Su novela más reciente, ‘Anatomie einer Nacht’ (2012), riza el rizo e insiste en esa guerra interna: poscolonialismo en Groenlandia.

KAOUTHER ADIMI

‘Des ballerines de Papicha’ (2010) y ‘L’envers des autres’ (2011) es una novela. Sin fallo matemático: Kaouther Adimi (Argel, 1986) debutó en su país natal y, un año más tarde, cambió el título para su país de adopción. Su biografía salta entre Argel, Grenoble, Orán y París, y estas circunstancias diferentes y esta lengua misma le permiten reescribir el multiculturalismo lejos de los cánones. Adimi tira de este hilo del ser de donde no eres, acompañando el gesto con el movimiento: cómo estar donde eres, pero donde no perteneces. Adopta el esquema de novela coral protagonizada por los vecinos de un edificio, y hasta aquí las recurrencias: se sacude el costumbrismo ingenuo para zambullirse en la violencia. Hablan los jóvenes, a los que describe con crudeza como marionetas, y también los padres, faltos de libertad y valentía, y los abuelos, instalados aún en ocupaciones, guerras y rencores.

OWEN JONES

La expectación suscitada en nuestro país por la traducción de ‘Chavs’ (Capitán Swing, 2012) se comprende asomándonos a YouTube, la tele de nuestra generación, y analizando algunos de los vídeos que más jaleamos. Los desquiciantes tutoriales de Salvador Raya enseñando cómo (no) hacer algo o la celebérrima socorrista que la lía parda, por no mentar —o sí— a ‘Gandía Shore’ y ‘Mujeres y hombres y viceversa’, invitan a fantasear con una versión patria del ensayo de Owen Jones: cómo la cultura desciende a subcultura por la escalera del odio y el abismo creciente entre Los Ricos y Los Pobres. Mientras nos queda este análisis sobre cómo en pocas décadas la clase trabajadora británica ha perdido el encanto, otorgado por burgueses y dirigentes, de las manifestaciones y las luchas. De la mitificación al “tanto ganas, tanto vales”, o de cómo los prejuicios fagocitaron la simpatía.

Elena Medel

El ensayo del momento

Playgroundmag » 14.12.2012

He aquí el ensayo del momento. El brillante y jovencísimo Owen Jones analiza por qué la clase trabajadora de Gran Bretaña (los llamados chavs) se ha convertido en objeto de miedo y escarnio. Partiendo de la desaparición de Madeleine McCann y comparándola con la de Shannon Matthews, una niña de barrio obrero que desapareció al mismo tiempo y de la que nadie sabe nada, deteniéndose en la Vicky Pollard de Little Britain y en la demonización de Jade Goody (una concursante del Gran Hermano británico especialmente polémica), entre otros muchos casos, Owens analiza por qué y cómo los medios de comunicación y los políticos desechan por irresponsable, delincuente e ignorante a un vasto y desfavorecido sector de la sociedad: los chavs. O la clase trabajadora, que ha pasado de ser “la sal de la tierra” a “la escoria de la tierra”. Que se ha, en cierto sentido, ficcionado, hasta el punto de convertirse en un estereotipo que los gobiernos utilizan como pantalla para evitar comprometerse de verdad con los problemas sociales. Un ensayo más que necesario, interesantísimo. Laura Fernández.

Propinas, ascensor social y lucha de clases

Isaac Rosa » 14.12.2012

¿Puede un camarero llegar a viceprimer ministro? John Prescott lo hizo en el Reino Unido, convirtiéndose en el número dos de Tony Blair; pero arrastró toda su carrera política el peso de aquella bandeja en la que tantos cafés sirvió durante años. En la Cámara de los Comunes, cuando Prescott se levantaba para intervenir, un diputado de la bancada tory solía hacer la broma de pedir en voz alta algo para beber. Las burlas clasistas se multiplicaron cuando Prescott ingresó en la Cámara de los Lores. Los columnistas graciosillos de la prensa conservadora que especulaban sobre cómo le sentaría la noble capa de armiño a un camarero eran aplaudidos por los lectores en las ediciones digitales, que en los comentarios ofrecían una propina al nuevo Barón Prescott.

Todo lo anterior lo cuenta Owen Jones en un libro recientemente traducido en España, y que todos deben leer en estos tiempos en que la mayoría regresamos a empujones a la clase trabajadora de la que creíamos haber salido: Chavs, la demonización de la clase obrera. Y viene a cuenta a la hora de abrir una reflexión sobre la propina, como me piden los amigos de Diario Kafka. La propina, esa parte del dinero insertada en la costumbre y que algunos nunca hemos sabido bien cómo considerar. ¿Es la propina una cortesía que reconoce el trabajo y beneficia al que la recibe? ¿O por el contrario es un residuo clasista que denigra a quien merecería un sueldo digno en vez de calderilla caritativa?

Antes de que me gane un escupitajo en la próxima cerveza, debo aclarar que yo sí doy propina. No tengo muy clara la respuesta a la pregunta anterior, pero aplico lo de in dubio pro operario, así que acabo dejando ese pellizco que en algunos países está institucionalizado y fijado en porcentaje, incluso exigido o hasta cobrado en la factura sin elección posible, y que entre nosotros queda a voluntad del consumidor.

He discutido varias veces con amigos —incluso con amigos que en su trabajo reciben propinas— sobre la conveniencia o no de dar propina, y siempre hay dos palabras que aparecen en toda discusión: clasismo y dignidad. Veamos.

Que la propina es una costumbre clasista parece obvio. Solo la reciben los trabajadores, y entre ellos aquellos de profesiones que más claramente implican una relación de poder no solo entre patrón y trabajador, sino también entre trabajador y cliente: camareros, peluqueros, taxistas, botones o repartidores. La propina en esos casos parece una forma vertical de subrayar la condición servicial de una parte y la posición exigente de la otra. De hecho, puede servir para reforzar un mal muy de nuestro tiempo, devastador para la solidaridad entre trabajadores: la tiranía del cliente, el sometimiento de todos a la ley suprema de “el cliente siempre tiene la razón”, que suele ser la forma en que la empresa desliza su propia responsabilidad: “Ah, lo siento, no soy yo quien te exige llevar una pizza en moto bajo un aguacero a las doce de la noche; es el cliente, que siempre tiene razón, y para eso paga”. Y deja propina.

Siguiendo el argumento clasista, vemos cómo por arriba los directivos, los altos ejecutivos, los oficiales no reciben propinas. También para ellos hay recompensas, pero el suyo es territorio de bonus, stock options, beneficios, aportaciones al plan de pensiones. Y bajo la mesa, las comisiones, el corrupto que se lleva ese famoso 3% (fijado en porcentaje como en algunos países la propina). En cambio la propina del trabajador parece una forma de transparentar, aunque sea muy levemente, algo que nunca vemos pero que está en la base del sistema capitalista: la plusvalía, esa parte del trabajo de la que se apropia el capital y que está en el origen de su acumulación.

 

En cuanto al otro argumento, la dignidad, es verdad que no conozco ningún camarero o peluquera que considere indigno recibir una propina. Ninguno la rechaza. Pero sí sé de trabajadores que en momentos revolucionarios tomaron la propina como una afrenta. En la Revolución Rusa, por ejemplo, cuenta John Reed en su Diez días que estremecieron el mundo cómo en 1917, en los meses previos a la toma del poder por los bolcheviques, «los criados y camareros se organizaron y renunciaron a las propinas. En todos los restaurantes pendían carteles que decían: “Aquí no se admiten propinas” o “Si un trabajador tiene que servir la mesa para ganarse el pan, eso no es motivo para que se le ofenda con la limosna de una propina”».

Más próximos a nosotros, en los primeros meses de la Segunda República hubo varias huelgas de camareros, algunas muy prolongadas en el tiempo. En todos los casos exigían una jornada laboral de ocho horas, un jornal de cinco pesetas… y la prohibición de las propinas.

El rechazo a las propinas ha sido siempre el reverso de la exigencia de un sueldo suficiente. Y ahí está el problema con la propina: que permite al empresario mantener un nivel salarial inferior, amortiguando el descontento del trabajador con la compensación de la propina. En algunos países, de hecho, la propina es todo el ingreso que recibe el empleado, carente de nómina. Entre nosotros el bote es el complemento sin el que muchos camareros o peluqueras no podrían sobrevivir con un sueldo tan magro, y cada vez lo será más.

Y ahí es donde estamos pillados los dadores de propina, en un endiablado razonamiento que iguala la propina a la limosna: no des limosna, que fomentas la mendicidad; no des propina, que mantienes los sueldos bajos. Pero sabemos que tanto el mendicante como el sirviente la necesitan.

La propina se equipara también a la limosna en otro aspecto: cuando la damos, en realidad nos la damos a nosotros. En el caso de la limosna, se la damos a nuestra mala conciencia. En el caso de la propina, nos la damos a nosotros mismos, bien sea porque también la necesitamos en nuestro trabajo y esperamos seguir recibiéndola; bien como una forma de subrayar que no la necesitamos, que estamos un escalón por encima, que somos de los que dan y no de los que reciben.

Vuelvo al principio, a Owen Jones y su Chavs. Ataca Jones la apuesta de los laboristas por la “movilidad social”, que en el fondo no supone la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora, sino permitir que sus miembros más afortunados o más capacitados escapen de ella y asciendan a la clase media (convirtiéndose en propietarios, cambiando de profesión, mejorando su cualificación, marchando de su barrio), lo que “refuerza la idea de que ser de clase trabajadora es algo de lo que hay que escapar”.

Entre nosotros, los sucesivos gobiernos, tanto del PP como del PSOE, compraron ese mismo discurso de la movilidad social: escapad de la desgraciada clase trabajadora, venid con nosotros a la clase media. Durante muchos años creímos ver el ascensor social abierto en el descansillo de nuestra planta, y llegamos a creer que ya no éramos clase trabajadora, que habíamos subido un par de pisos y repetíamos orgullosos eso de“todos somos clase media”. En aquella época las propinas eran generosas, porque eran también parte del combustible del ascensor social, eran otra forma de sentirnos clase media. Soltar esas monedas en el platillo de la cuenta era como aligerar lastre para subir más fácilmente.

Pero ay, el espejismo se acabó, y hoy “el ascensor social está averiado”, frase muy repetida desde el comienzo de la crisis. No sabemos si nos hemos caído por el hueco del elevador, o es que nunca llegó a funcionar de verdad, pero hoy muchos nos redescubrimos como lo que nunca dejamos de ser: clase trabajadora, gente que para vivir no tiene más que su fuerza de trabajo.

Entonces cambia el sentido de la propina. No porque se reduzca, que por supuesto mengua en la misma medida que lo hacen nuestros sueldos, propinas devaluadas para un país brutalmente devaluado. Sino porque la propina se convierte en una forma de solidaridad espontánea, natural, una forma de ayudar a trabajadores que necesitan esas monedas de más tanto como nosotros vamos precisando cada vez más de ingresos extraordinarios porque los ordinarios se contraen, en un tiempo en que la vieja nómina parece condenada a la extinción y cada vez más trabajadores dependen del variable, la comisión por ventas, la parte de salario vinculada a la productividad, o el bote.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Seguimos dando propina, o la rechazamos para exigir un salario suficiente? ¿Damos propina en solidaridad como una forma de regresar a la clase trabajadora, del mismo modo que antes la dábamos para huir de ella? Que cada cual decida.

Por cierto: la frase “Todos somos clase media” tiene autor, al menos en el Reino Unido: la dijo en 1997 John Prescott, hablando de clases sociales, ascensor y movilidad, sentenciando el fin de la lucha de clases y marcando para toda una década la política desclasadora del laborismo de Tony Blair. Prescott, el camarero que recibía propinas y que llegó a Lord con capa de armiño y que, imaginamos, hoy da generosas propinas. Pues eso.

«Absolutamente necesario e imprescindible»

Numerocero » 14.12.2012

No exagero si digo que la primera obra de Owen Jones está llamada a convertirse en un texto tan necesario como ‘La doctrina del shock’ para entender los tiempos que corren. Aunque Jones nos habla de cómo se demoniza en el Reino Unido a la clase obrera con el fin de debilitarla y desacreditarla, esa demonización se está produciendo en muchos otros países, aquí mismo, sin ir más lejos, cada vez que Rajoy nos acusa de haber vivido por encima de nuestras posibilidades o cuando el politicastro de turno justifica los recortes sociales alegando que las pensiones se gastan en televisiones con pantalla de plasma. En Inglaterra los llaman ‘chavs’, aquí se les llama ‘canis’ o ‘ninis’, pero el resultado es el mismo: parodiar a ese sector de la sociedad que no puede aspirar a un trabajo digno, cuyas vidas transcurren en el presenta más inmediato porque el futuro es tan negro que ni existe. Una parodia que no sólo busca callar y desligitimar cualquier pretensión de quien menos tiene, sino que a su vez tiene el valor de reconfortar a una clase media cada vez más empobrecida que no quiere empatizar con esa clase de la que inevitablemente terminará formando parte si las cosas siguen así. Es discurso clasista y simplista tiene un fin más que sirve a la clase dirigente y a esa clase patronal que guarda lingotes de oro en casa: justificar los recortes. ¿Para qué dar prestaciones por desempleo o alquileres sociales a un hatajo de perdedores que se han buscado su propia ruina? He ahí otra de las claves de ‘Chavs’, sí: no son las circunstancias macroeconómicas las que llevan a que millones de personas estén desempleadas, sino la propia voluntad. Sin duda un darwinismo perverso, pero que está en la base del discurso de muchos políticos, basta con recordar ese “si hace falta uno se va a trabajar a Laponia”, pero que quien no trabaja es porque no quiere.

Owen Jones, y éste es su gran acierto, no sólo expone la realidad contada desde diversos puntos de vista (desde ‘tories’ privilegiados a parados de larga duración), sino que analiza el cómo y por qué se ha llegado aquí… y sí, efectivamente, todos los caminos llevan a Margaret Thatcher, a la desindustralización y a esas grandes empresas que se han ido a buscar mano de obra barata en el Tercer Mundo. Puede que aquí no hayamos tenido una Dama de Hierro, pero esa fuga de industria y esas políticas neoliberales han hecho el mismo daño que en el Reino Unido o en cualquier otro país europeo, así que no resulta difícil reconocer los síntomas, los discursos del poder ni las reacciones de una ciudadanía desencantada con los sindicatos y que prefiere quedarse en casa a salir a votar.

‘Chavs’ es demoledor por lo reconocible, certero y vigente. Es, sin duda, una lectura imprescindible para hacer una correcta composición de lugar si se quiere entender mínimamente la sociedad en que vivimos.

La demonización de la clase obrera

Infamiazine » 19.12.2012

En neolengua no existen palabras para hablar de clases sociales, patronos y obreros,  lucha de clases puesto que se considera desfasado, de otro tiempo. Con el advenimiento del neoliberalismo de la mano de sus grandes profetas Tatcher y Reagan, junto a sus discípulos: el nuevo laborismo, la  tercera vía, los González y compañía se (supone que se) han superado todos los viejos conflictos sociales.

Ahora sí, por fin, vivimos en una sociedad meritocrática, la sociedad de las clases medias, donde cada uno está dónde se merece. Aquí, lo único que existe son individuos libres, nada de grupos sociales, ni movimientos con intereses opuestos. En palabras de la Dama Hierro:  “No hay sociedad, […] sólo hombres y mujeres individuales con sus familias”. Estos individuos, buscan maximizar su beneficio, y gracias a la magia de la mano invisible, redunda en riquezas para todos los que se lo merecen, así como, en pobreza para los vagos y pendencieros

Peeero, parece que el encantamiento neoliberal comienza a quebrar. Una buena muestra son las consecuencias de la última gran crisis económica, o estafa planetaria, la denominada crisis de las subprime. Analizando sus efectos, el observador menos avispado  podría atestiguar que persiste la estratificación social, que, supuestamente, había desaparecido. Puesto que, mientras por arriba, donde moran los causantes de la crisis, se disparan los beneficios y el lujo. Por abajo, nos quedamos sin moradas y engrosamos las listas del INEM.

Owen Jones pretende con este ensayo recuperar para el debate la cuestión de clase. Para este empeño utiliza la denostada figura del chav (lo que vienen a ser nuestros canis, chonis, pelaos, merdellones) El motivo, es la intuición que, “El odio a los chavs es una manera de justificar una sociedad desigual”.

Para ponernos en situación, los chavs/canis son el único grupo social objeto de burla descarnada que no produce ningún tipo de sonrojo mofarse de ellos. Hagamos un experimento: probemos a hacer un chiste en compañía de un grupo de progres gafapastas (ahora autodenominados hipsters), de temática racista, machista u homófoba, el resultado es el lógico lapidamiento. Ahora en cambio, probemos a soltar la mayor burrada sobre las chonis peluqueras de tu barrio, o el cani del camarero de turno, o el pokero de callejeros. El resultado será bastante dispar. No te lloverán piedras, sino risas y aplausos.

Este odio hacia la figura del choni para Owen Jones es sintomático de una sociedad clasista.  En sus propias palabras: “Pero lo cierto es que el odio a los chavs es mucho más que esnobismo. Es lucha de clases. Es una expresión de la creencia que todo el mundo debería volverse de clase media y abrazar los valores y estilos de la clase media, dejando a quienes no lo hacen como objeto de odio y escarnio.”

Como vemos el calado del mensaje neoliberal tras tres décadas de hegemonía, es bastante profundo. La dura derrota del sindicalismo infringida por la Tatcher, sumado a la caída del Muro, tuvo como una consecuencia la desarticulación del movimiento obrero, así como, la omnipotencia de los vencedores para imponer su visión del mundo.

Esta visión, que a priori podríamos denominar la dictadura de la clase media (aunque hablar de clase media, no es más que un eufemismo, puesto que los valores de la sociedad son los valores de la clase dominante), en su discurso único no deja espacio para la clase obrera. En el reino de la meritocracia no existen horizontes colectivos, no hay causas materiales, ni grupos sociales con intereses antagónicos… todo se reduce al esfuerzo de cada uno. Es decir, aquí todos los buenos son de la gran clase media, los pringaos que no acceden a ella es porque son unos lumpens.

El lenguaje no es inocuo, y una muestra de poder es la capacidad de imponer el lenguaje a nuestros enemigos, es decir, quién nombra, manda. Pongamos un ejemplo extraído del libro: “Ha habido una visión general consistente- y está pasando del concepto de clase al de exclusión – en que la exclusión en cierto modo sugiere me estoy excluyendo a mí mismo, que hay un proceso, que mi comportamiento tiene una réplica exacta en mi estatus social. La clase social es algo que viene dado. La exclusión es algo que me sucede y en lo que de alguna manera soy agente.”

Así se va construyendo la realidad, a la medida de la sociedad neoliberal, porque hablar es enunciar el mundo.  Para la construcción del marco neoliberal-meritocrático fue fundamental la omisión de la clase obrera de los discursos dominantes, tanto en los medios de comunicación, como de los políticos. Y cuando se muestre en la primera plana a los excluídos de la clase media, deben ser mostrados de forma perniciosa, como casos de fraude en el cobro de las prestaciones sociales, violencia en los barrios, hooligans… mostrando lo viles que son los de abajo. Así es como poco a poco se va construyendo en el imaginario colectivo la ilusión de la sociedad de clase media, a su vez, la del chav, que corresponde precisamente a estos excluidos del selecto club de la clase media.

Aunque parezca que  la clase obrera ha desaparecido, que la clase obrera no tiene sentido,  nada más lejos de la realidad, es cierto que la clase obrera industrial fordista, con todas sus señas de identidad,  se haya visto muy mermada por la desindustrialización que se implementó con el neoliberalismo, desplazando el eje de la economía productiva a la financiera. Pero, todavía siguen existiendo una clase de personas que vende su tiempo por un salario con el que a duras penas llega a fin de mes, y que no poseen ningún control sobre dicho trabajo. Lo que viene a ser una definición sencilla y rápida de la clase obrera.

Aunque por su retórica lo pueda parecer, el objetivo del neoliberalismo no fue borrar del mapa a la clase obrera, ya que la sociedad clasista sigue intacta, sino que buscaba eliminar al movimiento obrero como sujeto político/cultural capaz de contraponer una cosmovisión diferente a la burguesa. Lo que les preocupa en palabras de un diputado conservador:

“No es la existencia de clases lo que amenaza la unidad de la nación, sino la existencia del sentimiento de clase”

Las consecuencias de esta embestida contra el movimiento obrero se traduce en la ausencia de la cuestión de clase en el debate, además de la desaparición de la primera plana de los representantes políticos de origen obrero, al igual, que la práctica inexistencia de medios de comunicación obreros con capacidad para competir con los grandes medios comunicación burgueses. O en el plano cultural, frente a la preponderancia de las bandas obreras en los ochenta (The Smiths, Joy Division, Cock Sparrer…) en el 2000 lo que está pegando es el indie, música complaciente, que elude el conflicto social, aséptica,  propia de las clases medias.

Solo tenemos que recordar las palabras del multimillonario Warren Buffett: “Claro que hay lucha de clases. Pero es mi clase, la de los ricos, la que ha empezado esta lucha. Y vamos ganando” Para comprender la importancia de la cuestión de clase. Y mientras sigamos aceptando la visión del mundo que nos imponen los de arriba, difícil que podamos salir de este sistema que nos está chupando la vida.

Concluyendo estamos ante un libro realmente necesario, con una narración amena y sencilla, que evita el rigorismo académico. Está más cerca del reportaje que del libro clásico de teoría social, pero que aun así, consigue de calle el objetivo: recuperar el debate de las clases sociales.

Por último, agradecer a la gente de Capitán Swing por apoyar este ensayo a contracorriente. Sin duda se trata de uno de los libros del año.