García-Bilbao, Pedro A., «En torno la filosofía política del neoliberalismo: Ann Ryan, Leo Strauss y el horror neoliberal que avanza. Una reflexión», en Sociología Crítica Documentos de Trabajo / SCWP.02 – 7/05/2014

Posted on 2013/01/21

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García-Bilbao, Pedro A., «En torno la filosofía política del neoliberalismo: Ann Ryan, Leo Strauss y el horror neoliberal que avanza. Una reflexión», en Sociología Crítica Documentos de Trabajo / SCWP.02,Garcia.Bilbao.pdf – 7/05/2014 [http://wp.me/pF2pW-1SE]

Los colores amarillo y negro son los emblemáticos de los neoliberales y los an.cap

Los colores amarillo y negro son los emblemáticos de los neoliberales y los an.cap

Lo que pasa es que esta gente era extremadamente clasista. Es una especie de aristocracia extrema. El individuo lo es todo, y los individuos que no pueden defenderse o defender su propio interés por el motivo que sea, no merecen nada, son despreciados. Para Ann Ryan la libertad individual incluye actuar libremente por encima de lo que sea, incluidos los demás, pues si no pueden evitarlo es que no merecen respeto. Y además consideran que la democracia y los derechos sociales son una forma de tiranía pues permiten que los que ellos llaman débiles se impongan a los fuertes. Es nazi, directamente nazi, pero sin botazas.

Son «liberales» y no aristócratas a la vieja usanza, pues tras la caída del antiguo régimen la clave es el dinero y la propiedad, no el nacimiento; los avances «liberales» serían pues, superar el viejo sistema de estamentos sociales y blindar una estructura social donde la propiedad y el dinero sean la única garantía de la libertad y no se pueda cuestionar ni el origen de éstos, ni la condición social de lo que los posee por no tener apellidos correctos; es decir, el dinero lo perdona y permite todo; ese y no otro es el «avance» liberal que realmente les interesa, garantizadles su dinero y propiedades y cederán en todo lo demás.

Lo de que la democracia y el estado democrático unidos a la idea de bien común y servicio público son un peligro, una peste a combatir pues amenazan al sacrosanto «individuo», Buchanan, premio nobel de economía, es decir, propuesto por el Banco central de Suecia, lo teorizó perfectamente y dejó claro que los defensores del servicio público eran gente de la que desconfiar («celotas», por la vieja secta judia del antiguo testamento, era cómo denominaba a las personas con vocación de servicio público que sobrevivían en el seno de los estados como funcionarios públicos). Las privatizaciones no solo permiten ganar dinero a la elite, disminuyen el estado, liquidan a los funcionarios, y permite la erradicación del concepto de bien común y de sacrificio por los demás del imaginario de las gentes.

No os engañéis, para el liberalismo extremo, los an.cap o minarquistas, la humanidad no es mas que un montón de ganado sacrificable a los intereses personales de quien por su poder, dinero o propiedades pueden permitírselo. Es lo que se oculta en la frasecita de «exigieron por encima de sus posibilidades». Una frase que oculta el horror de justificar la muerte de los que quieren, pese a todo, por millones cada día, en en todo el mundo, seguir viviendo, simplemente viviendo, «por encima de sus posibilidades», pues la alternativa es, para ellos, la muerte.

Ayn Rand fue una ensayista, una divulgadora de opiniones, algo más culta que la media, pero que sirvió de bufón a los poderosos, los halagó teorizando que su posición de poderosos y dominadores era moral y justa. No lo hizo por cinismo, sino por convicción, estaba embuida por completo de esa visión egocéntrica del derecho personal del sujeto que con voluntad firme y decidida, orgulloso, tiene derecho a prevalecer. Egocentrismo y orgullo, unidos a voluntad indoblegable, individualismo extremo, convierten toda su palabrería sobre la libertad individual en una excusa para justificar la dominación de los demás, por mucho que diga denunciarla. Ayn Rand hizo el guión base de El manantial, un espeluznante film de Hollywood que nos coge por sorpresa. Se cuenta la historia de un arquitecto orgulloso de su obra y su conflicto por el dominio y el derecho sobre sus diseños y proyectos; las empresas con las que trabaja quieren transformar el proyecto inicial y él se resiste. La historia deriva rápidamente a zonas insospechadas, donde la personalidad egocéntrica, sin asomo alguno de empatía, sociopática, del protagonista se nos muestra como modelo del héroe. El desprecio por los trabajadores de la construcción que convirtieron el proyecto en realidad —son ignorados— es casi «olímpico», solo surge el duelo entre el genio personal que prefiere destruir su obra antes que verla transformada y el poder del dueño de la empresa que desea adaptarla sin preguntar al autor. Pero lo que podría ser una denuncia de la alienación del trabajador por la empresa capitalista, se convierte en otra cosa: no es el trabajo, es el «genio» personal, no es la alienación, sino la intromisión en la esfera del creador individual, no es la empresa, es el estado, pues en realidad se emplea a la empresa pero a quien se critica es al estado. El arquitecto hace estallar una bomba para arruinar la construcción y muere un trabajador. Su juicio se convierte en una apología de la libertad creadora, individual, de la «visión» del superhombre y su supuesto derecho a destruir su obra si le viene en gana a costa de lo que sea. No hay ni un sentimiento de solidaridad hacia la víctima, ni una referencia a que si la obra existe físicamente se debe al trabajo, la empresa coacciona al superhombre gracias al poder del estado y quien recibe la crítica es el estado, no la empresa, pues la empresa en cuestión es creación de otro superhombre —por encima de los «perdedores» simples mortales— y la cuestión deriva hacia un enfrentamiento entre individualidades. El estado, con sus leyes y abogados, es el enemigo, sofoca el resultado «natural» del choque de personalidades superiores, al poner la capacidad de coacción al servicio del más débil. El manantial es una obra compleja, muy personal, con una carga ideológica brutal, en la que de forma explícita se aboga por el orgullo desmedido, el individualismo, el desprecio a los débiles, el odio al papel del estado en la defensa de los débiles que son además «inferiores». El título hace referencia al caudal de energía vital inagotable que hace posible el triunfo de los que son superiores por naturaleza, el manantial de voluntad que fluye imparable del ego del superhombre. Es un film para el que tenemos que acuñar algunos conceptos: es nazi, pero no solamente, es aristocratizan, pero no solamente, es liberal, pero no solamente, es minarquista, pero no solamente; es todas esas cosas. La dificultad para calificar el pensamiento de Ayn Rand se encuentra aquí muy bien ejemplificada. Si tomamos el nazismo y lo despojamos de su parte de colectivismo racial y de su hojarasca antiplutocrática —que es el concepto usado por el nazismo—, podríamos calificar al liberalismo de Rand como nazi. En realidad una sociedad minarquista —con el estado mínimo— y con los valores de egoísmo creativo e individualismo extremo de Ayn Rand sería una sociedad de castas, donde los sujetos se agruparían de forma no ya «natural», sino animal, en grupos definidos por sus caracteres físicos y voluntad; esta estructuración social fruto de la supuesta diferencia genética —no cultural—, individual, donde hay seres superiores individualmente cuyas voluntades —el manantial— se imponen a los otros de forma natural, es una sociedad de castas. Los nazis escogieron la svástica indoeuropea por razón del modelo de castas que regía en el viejo mundo indoário. Una sociedad sin estado, dominada por un sistema de castas donde los dominadores lo son de forma natural, por la fuerza de su voluntad, de su ser superior, sin estados decadentes que obliguen a los superiores a someterse al dictado de los débiles. Esta concepción es puramente nazi, y es un punto de encuentro con supuestos defensores de la «libertad individual» liberales como Ayn Rand. La autora de El manantial nos recuerda a Ernst Jünger y su obra de entreguerras, En los acantilados de mármol, y otras— en los que este autor alemán refelja su aristocratizo, su visión aristocratizante, su desprecio por las masas amorfas, su idealización del héroe  tradicional encumbrado de forma natural por los atributos personales y que le hacen merecedor de derechos exclusivos, los privilegios del héroe. Si Júnger es antinazi (formó parte de la resistencia de los oficiales prusianos a Hitler), no se debe a sus valores democráticos, sino más bien a lo contrario. Jünger desprecia a Hitler y al nazismo por puro clasismo, por su origen de clase. Los héroes tradicionales se ven amenazados por la jauría rabiosa de las SA y las SS que con su locura ciega arruinan el edificio tradicional del poder. Jünger fue pretendido por el NSDAP, —su obra Tempestades de acero, fue casi un libro de culto para una generación de alemanes humillados por Versalles—, el III Reich le quiso entre los suyos, pero si se resistió fue por desprecio de clase, no por repugnancia a los aspectos constitutivos del nazismo. Ayn Rand, desde su personal contexto cultural y social, el de una mujer rusa, exiliada en Estados Unidos, profundamente anticomunista, que desarrolla un credo personal basado en la afirmación sin límites del ego y en un desprecio profundo de cualquier intromisión ajena en su mundo personal, es una versión «liberal» del aristocratismo prusiano de Jünger. Es la ambigüedad de los conceptos empleados por Rand, propios del liberalismo anglosajón los que mueven a confusión… ¿quién puede estar en contra del concepto de libertad? ¿quién puede defender la intromisión del estado, del poder, en la propia conciencia? Pero afirmar esa absoluta independencia en abstracto, olvidando la naturaleza social de los seres humanos, nos lleva a obviar el cómo nos podemos organizar social y políticamente  con esos principios. El «dejemos a cada uno con su responsabilidad ante sus logros y fracasos» se vuelve sinónimo de aceptar como naturales las diferencias que se vuelven, y esto es lo grave, deficiencias de los otros, y los deficientes no tienen derecho a imponerse a los superiores. El liberalismo extremo de Ayn Rand lleva a un sistema de castas superiores e inferiores, a un modelo social de dominación aterrador, por mucho que la palabrería vacía, sea pasto de toda suerte de ingenuos o incautos. El protagonista de El manantial debe luchar contra una sociedad enferma por la dominación de los débiles a través del estado, pues sólo el estado y su capacidad de coacción pueden vencer a los poderosos por naturaleza y el estado es la creación demoniaca que altera el orden natural de las cosas. La cuestión es ¿cómo sería la sociedad al modo natural del superhombre, del ego imbatible? Sería una sociedad en la que la estructura social sería el reflejo natural de las deficiencias del carácter de cada cual, ocupando de forma natural la posición superior los que son dominadores por naturaleza y son capaces de controlar y someter su fuerza de voluntad. Estaríamos ante una sociedad de castas, como la que estaba en la mente de los ideólogos nazis, siendo las diferencias con ellos bastante más superficiales de lo que pudiera parecer. Para liberales y nazis el concepto de clase social es una abominación y el de casta coincidente. Clase se refiere a factores externos, objetivables, medibles, coyunturales, pero sobre todo alterables por la acción humana (el trabajo, la cultura, la política, la ley, el cambio social), lo que para nazis y liberales es «bolchevique». La ilustración —y la izquierda que de ella surgió— consideró que los seres humanos no tienen naturaleza sino condición, y que la educación, la instrucción pública, es el camino para mejorar la condición humana. Tal concepción, unida a los derechos humanos universales, sociales y políticos y a la idea de ciudadanía, son la base del republicanismo clásico, es decir, algo a destruir por el liberalismo radical y el nazismo. El darvinismo social extremo es el punto de encuentro entre liberalismo y nazismo, por mucho que la propaganda dominante al servicio del capitalismo real pretenda enmascararlo. En esa tarea de intoxicación, la figura de Ayn Rand ha sido muy importante, y solamente la indigencia actual del pensamiento crítico y el dominio cuasitotal de los medios de comunicación por el pensamiento —digámoslo así— único neoliberal, puede explicar el retorno de obras y mensajes como el suyo. Una sociedad sometida a la postmodernidad y a la desestructura «creativa» del capitalismo moderno, desideologizada, con los valores de la Ilustración y de la izquierda derruídos, con un acoso continuo a toda forma socialmente vertebrada de cooperación y solidaridad, atomizada socialmente, deja a las personas inertes, indefensas y propensas a tragar como liberador o guía, discursos y palabrerías que dicen defenderles como individuos frente a las maquinaciones del estado, los políticos, los sindicalistas o los corruptos. Es esta la clave para entender este retorno de la autora de El manantial.

No era ella poderosa por sí misma, ni pertenecía a la casta —aquí sí procede usar el termino— superior, pero les admiraba y ellos la cooptaron y utilizaron. Nietzsche fue otra cosa, por la sencilla razón de que fue genial y su trabajo muy rico en lecturas, de hecho sólo una lectura retorcida puede justificar el uso nazi de sus palabras, pero el caso de Rand es otra asunto, no es polisémica, es una legitimadora clara del individualismo extremo, del egoismo absoluto como moral, prostituye la palabra libertad al extremo, es un horror. Es la libertad del fuerte, la libertad del poderoso, que no se puede sacrificar a la «tiranía» de las masas… lo que por cierto es defendido por Goebels en sus discursos, tiene una lectura nazi, como la tiene liberal. Lo que pasa es que el fascismo viene de los de de abajo —es la canalla vil, proletarios o burgueses de medio pelo que se embrutecieron en las trincheras, probaron la sangre y les transformó—, mientras que el liberalismo extremo es el fascismo de los poderosos que lo son ya antes, del aristocratismo oligárquico, de los que como los nazis, desprecian profundamente a los débiles, adoran a los fuertes y toman su posición de dominio social como la prueba del derecho a dictar su voluntad. No faltan entre los «liberales» quienes desde un origen trabajador tratan de asimilarse a los valores de la clase dirigente y aún la de prestarse a su servicio, cuando no creerse uno de ellos. La ideología se extiende sobre la base de ignorancia y alienación que cada día proliferan más. El éxito del liberalismo en este sentido se basa en esa posibilidad hipotética de que no importa el origen sino solamente los resultados económicos, pasando del arroyo a la elite supuestamente sin problemas, con el ascensor social engrasado por la destrucción de las «trabas» a la actividad económica. Los «emprendedores» con éxito pueden hacerse olvidar su origen humilde…, los demás son «perdedores» y nada merecen. El darvinismo social es consustancial al liberalismo y la base de su modelo social. Si el liberalismo usa como adjetivo descalifican al nazismo se debe al hecho histórico de la guerra mundial que dejó claro ante el mundo la barbarie nazi, convirtiéndola en algo monstruoso para millones de personas, pero el liberalismo olvida el doble juego que la oligarquía anglosajona llevó a cabo con nazis y fascistas, que encarnaron para ellos una solución al peligro de la democracia y el comunismo. Fueron Roosevelt y Henry Wallace vicepresidente con Roosevelt y hoy olvidado y despreciado, quienes quizá mejor teorizaron sobre el peligro de tipo fascista que entrañaba el poder del capital, de la elite económica situada entre bastidores del sistema político y social norteamericano. La evolución del nazi-fascismo llevó a la guerra y obligó a la oligarquía anglosajona a defender su propio papel dominante en el contexto global, cuestionado por la deriva ideológica nazi y la parte que tuvo de autonomía propia. Hoy el liberalismo usa como insulto la palabra «fascista», y oculta sus complicidades pasadas. Lo que ocurre con el concepto de liberal y liberalismo en España es algo a considerar, pues las notas con las que aquí se caracteriza el liberalismo realmente existente (eso que ahora se llama neoliberalismo), parecen chocar una tradición cultural hispana en la que el concepto era claramente asociada a libertad de conciencia, tolerancia, respeto a las diferencias, etc. Esto es algo que está relacionado con nuestra propia historia, teñida de luchas por emancipar la conciencia individual, la sociedad y la política de la iglesia. Liberalismo, que es palabra española, procede de libertad frente a intolerancia, de libertad frente a dominación teocrática y señorial, y estuvo unida a las luchas contra el Antiguo Régimen en el XIX. Pero el liberalismo que se enfrentó a la Iglesia, al absolutismo real y defendió la constitución y la nación frente a la Inquisición y el despotismo fue políticamente derrotado en sus variantes más radicales e insurreccionales (Riego, Torrijos) y muy pronto derivó, como en otros países, hacia una hibridación extraña con el viejo sistema de clases. El enfrentamiento entre liberales y absolutistas nunca tuvo en España un triunfo claro del liberalismo político y no logró plenamente la liquidación de todos los vestigios del antiguo régimen. En España, el liberalismo no fue el único obstáculo para el avance de los partidarios de un sistema plenamente democrático y socialmente avanzado, lo fue también la Iglesia y la reacción pura y dura; la alianza entre «liberal conservadores» y los sectores reaccionarios la encontramos en la constitución de 1876, que consagra el estado confesional. En los atrasos y derrotas del liberalismo español, de su extrema debilidad, hay que encontrar el origen del actual carnaval que lleva a los hijos de los fascistas a proclamarse «liberales» y seguidores ciegos del «tea party», sin haber recalado nunca en las playas de los valores democráticos y republicanos. El republicanismo español clásico fue más deudor de la herencia jacobina revolucionaria, del ejemplo y martirio de Riego, de la vocación social de los regeneracionistas, del laicismo militante y del discurso ilustrado republicano que del liberalismo económico inglés. Es por eso que en España tenemos hoy liberales que volverían a fusilar a Riego, que abominan de la República y que se pliegan sectaria y fanáticamente a la barbarie neocon anglosajona, en la que sustituyen el componente sectario y retrogado de las sectas protestantes norteamericanas por el cristo-capitalismo opusino, desarrollado y extendido en los años del Plan de Desarrollo nacido de los pactos con EE.UU en los años cincuenta. Decir liberal español no es una referencia culta y amable a Riego, Fernández de los Ríos o a Joaquín Costa, ya no lo es, sino a franquistas reconvertidos, conversos al poder del imperio, que han tragado los dogmas de Hayeck y su secta como los capones de Villalba el maíz que los ceba. El que hoy se pretenda imponer a la Europa continental un modelo de democracia que no es más que el modelo de capitalismo anglosajón, no encuentra en España apenas resistencia entre nuestras elites, pues en nuestro país el aplastamiento de la República, el golpe, la guerra, los 35 años de dictadura y una transición basada en la impunidad han propiciado un entorno muy favorable para la nueva barbarie que avanza, pues aquí la izquierda realmente existente es particularmente débil, por no decir social-liberal y por tanto vendida, el republicanismo sigue proscrito y la única oposición parece radicar en las luchas de facción entre opusinos y neocon enfrentados con sectores procedentes del aparato de poder político (Rajoy). 

El nazismo fue un epifenomeno concreto, una perversión salida de la herida monstruosa de las trincheras, pero el liberalismo de la Rand y compañía es la evolución del aristocratismo oligárquico de los que tienen el poder económico y político desde hace tiempo…; el capitalismo fue la perra preñada del que nació el monstruo, por emplear las palabras del poeta comunista alemán Bertold Brecht; una perra que sigue siendo fértil. La Rand fue una bufona en manos de esta gente, y sus palabras son usadas según convenga.

Más peligroso que Ayn Rand fue el politólogo y sociólogo Strauss, verdadero muñidor de la ideología neoliberal como política aplicada, como adaptador a lo político de la paranoia asesina —por sus consecuencias— de economistas como Hayeck y su secta.

Strauss, que venía huyendo del nazismo, fue profesor en centros universitarios de los hijos de la elite norteamericana y puso su conocimiento al servicio práctico del poder de la oligarquía, más allá de las pantallas externas del sistema político de turno, de la democracia. Strauss fue el apóstol de la razón cínica, en la que el poder es el principio y el fín, mantenerlo en las mismas manos de siempre el objetivo, y las masas simple ganado manipulable; una manipulación que en las sociedades «democráticas» permite el gobierno en la sombra, discreto, que convierte a los políticos en títeres, a la masa en algo moldeable gracias a los procesos sociales de la postmodernidad, los media, la atomización, la desideologización, etc.

Strauss y Ayn Rand fueron instrumentos en manos de la elite, se infamaron a sí mismos para ponerse al servicio del poder, de los poderes «reales», y ayudaron a construir el sistema ideológico que está detrás de esta crisis y que está llevándonos a la barbarie. Para ellos, los dos siglos transcurridos desde la revolución francesa son un peligro, la única forma de preservar el poder de la oligarquía es aniquilando hasta la raíz, los conceptos nacidos de la revolución, fraternidad, igualdad, república, revolución, nación, clases, lucha de clases, bien público, virtud ciudadana, sacrificio, derechos sociales…, todo lo que no sea individualismo extremo, egoísmo y pura dominación de los fuertes es algo decadente, peligroso, ominoso… Es la barbarie en estado puro, armada del dinero, la fuerza, pero también de la ciencia y la técnica prostituidas y puestas al servicio de la dominación.

Es por por todo esto por lo que le mantienen un odio cerval al comunismo, pues el comunismo es un compromiso sincero con la dignidad colectiva de los seres humanos al extremo de sacrificarse por los demás si es preciso, y un compromiso que nace de la lucidez y de la identificación con los débiles, los explotados y con todos aquellos que han sido aplastados durante la historia de horror de la humanidad. Odian al comunismo por eso, por lo que tiene de hermoso, de solidario, de heredero de la tradición de la fraternidad republicana, no por los errores que hayan podido cometerse. No odian el fracaso el comunismo por sus supuestos errores, lo que temen y odian es su triunfo, el que la esperanza se mantenga viva en los corazones de millones aunque no sepan ponerle nombre. Para esta secta, el republicanismo clásico es parte del mismo paquete a destruir, pues el republicanismo no basa la libertad en las propiedades y el dinero sino en la universalidad de los derechos humanos, la igualdad esencial de los seres humanos

El liberalismo realmente existente, el que sin el menor sonrojo ha matado de hambre, agotamiento, enfermedad, o por la violencia y la explotación a millones y millones de personas, el que está dispuesto a sacrificar a la humanidad en el futuro al negarse a aceptar la terrible realidad del agotamiento de los recursos naturales, del petroleo, de la crisis ecológica global,

Para esta secta liberal fanática representada por los neocon, an.cap. o tea party, como quieran —pues es un engendro con varias ramas—, todo lo que no sean ellos y busque el bien común debe ser aniquilado, por eso todo lo que se les opone desde ideas de libertad, igualdad y fraternidad es «comunismo». La educación pública, la salud, las pensiones públicas, todos los derechos sociales sustentados con el trabajo y los impuestos de todos, asumidos por el estado democrático como una obligación moral y política, garantizados por ley, son para ellos un horror a destruir; como lo es una ciudadanía bien informada, educada, los trabajadores organizados, los sindicatos, cualquier manifestación social nacida de la cooperación y la solidaridad, donde la empatía y el sacrificio por los demás sean el motor principal son algo a ser destruido totalmente.

La ofensiva cultural que padecemos contra todo lo público, contra la idea misma de la política y los politicos, el linchamiento de los sindicatos y el sindicalismo, contra toda forma de organización colectiva, esa continua agresion y calumnia a la República, a la izquierda tienen su raíz en la batalla emprendida por los neoconservadores desde los años 60 del siglo XX. Surgidos en el interior mismo de la bestia en los años de la guerra fria, el neoconservadurismo nace de la reacción a los acomodos realistas de los conservadores tradicionales. Los neocon surgen al margen de la política realista dominante en la postguerra. La gestión de la realidad exige a veces transigir con ella y llegar a acuerdos incluso con los enemigos, sobre todo si el enemigo tiene su propia cuota de poder y no puedes eliminarlo. Los neocon odiaban esas transacciones y su posición parasitaria del sistema de poder, replegados en las empresas, universidades, fundaciones, grupos de presión, en el lobby militar-empresarial y por entre las rendijas del aparato del estado, les permitió consolidar posiciones e influencia hasta que les fue posible pasar a primer plano, aunque una vez en él también hayan tenido que negociar con la realidad de las relaciones de fuerza.

Tras 1945, la guerra fría les dio un nuevo impulso a las luchas que desde la época de Roosevelt y el New Deal venían dándose y en las que la parte democrática ha ido retrocediendo hasta llegar al día de hoy. Luchas por el control del aparato del poder, pero sobre todo por la «dirección» ideológica del sistema. Esas luchas que marcan el ascenso de los neoliberales, su larga marcha hasta lograr determinar la dirección a seguir, es algo a estudiar en detalle. En ella, figuras o iconos como Ayn Ryand o referentes intelectuales como Strauss, tienen un papel destacado, pero no debemos olvidar que no fue otro que el de proporcionar pantallas, excusas, coartadas o filosofía barata para justificar el horror que representa el liberalismo real.