«El horror económico», de Viviane Forrester / Capítulo Primero

Posted on 2013/05/02

0



Este es el capítulo primero —o apartado primero, pues en la obra no hay capítulos— de «El horror económico» de Viviane Forrester. [DESCARGAR TEXTO COMPLETO]. Forrester expone el drama que supone que sufriendo nuestra sociedad una mutación brutal en su sistema de producción que está haciendo que se pueda aumentar la tasa de ganancia del capital destruyendo empleo, al punto de que es el propio concepto de empleo el que está perdiendo su sentido, millones  de personas que viven la amenaza del paro y la precariedad siguen sin ver en donde radica el problema realmente. Es una obra impresionante, imprescindible hoy. Se escribió en pleno auge de la economía financiera, justo antes de la crisis. Y sin embargo, Forrester parece hablarnos de la situación dramática del empleo hoy. La obra está sin reeditar y es bastante difícil de encontrar. ¿Cuál es el horror económico? Pues ni más ni menos que para el sistema de producción dominante sobran millones de personas, literalmente. [Sociología Crítica]

EL HORROR ECONÓMICO

Viviane Forrester

Parte primera

Vivimos en medio de una falacia descomunal: un mundo desaparecido que nos empeñamos en no reconocer como tal y que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales. Millones de destinos son destruidos, aniquilados por este anacronismo debido a estratagemas pertinaces destinadas a mantener con vida para siempre nuestro tabú más sagrado: el trabajo.

En efecto, disimulado bajo la forma perversa de “empleo”,el trabajo constituye el cimiento de la civilización occidental,que reina en todo el planeta. Se confunde con ella hasta el punto de que, al mismo tiempo que se esfuma, nadie pone oficialmente en tela de juicio su arraigo, su realidad ni menos aún su necesidad. ¿Acaso no rige por principio la distribución y por consiguiente la supervivencia? La maraña de transacciones que derivan de él nos parece tan indiscutiblemente vital como la circulación de la sangre. Ahora bien, el trabajo, considerado nuestro motor natural, la regla del juego de nuestro tránsito hacia esos lugares extraños adonde todos iremos a parar, se ha vuelto hoy una entidad desprovista de contenido.

Nuestras concepciones del trabajo y por consiguiente del desempleo en torno de las cuales se desarrolla (o se pretende desarrollar) la política se han vuelto ilusorias, y nuestras luchas motivadas por ellas son tan alucinadas como la pelea de Don Quijote con sus molinos de viento. Pero nos formulamos siempre las mismas preguntas quiméricas para las cuales, como muchos saben, la única respuesta es el desastre de las vidas devastadas por el silencio y de las cuales nadie recuerda que cada una representa un destino. Esas preguntas perimidas, aunque vanas y angustiantes, nos evitan una angustia peor: la de la desaparición de un mundo en el que aún era posible formularlas. Un mundo en el cual sus términos se basaban en la realidad. Más aún: eran la base de esa realidad. Un mundo cuyo clima aún se mezcla con nuestro aliento y al cual pertenecemos de manera visceral, ya sea porque obtuvimos beneficios en él, ya sea porque padecimos infortunios. Un mundo cuyos vestigios trituramos, ocupados como estamos en cerrar brechas, remendar el vacío, crear sustitutos en torno de un sistema no sólo hundido sino desaparecido.

¿Con qué ilusión nos hacen seguir administrando crisis al cabo de las cuales se supone que saldríamos de la pesadilla? ¿Cuándo tomaremos conciencia de que no hay una ni muchas crisis sino una mutación, no la de una sociedad sino la mutación brutal de toda una civilización? Vivimos una nueva era, pero no logramos visualizarla.

No reconocemos, ni siquiera advertimos, que la era anterior terminó. Por consiguiente, no podemos elaborar el duelo por ella, pero dedicamos nuestros días a momificarla. A demostrar que está presente y activa, a la vez que respetamos los ritos de una dinámica ausente. ¿A qué se debe esta proyección de un mundo virtual, de una sociedad sonámbula devastada por problemas ficticios… cuando el único problema verdadero es que aquéllos ya no lo son sino que se han convertido en la norma de esta época a la vez inaugural y crepuscular que no reconocemos?

Por cierto, así perpetuamos lo que se ha convertido en un mito, el más venerable que se pueda imaginar: el mito del trabajo vinculado con los engranajes íntimos o públicos de nuestras sociedades. Prolongamos desesperadamente las transacciones cómplices hasta en la hostilidad, rutinas profundamente arraigadas, un estribillo cantado desde antaño en familia… una familia desgarrada, pero atenta a ese recuerdo compartido, ávida de los rastros de un denominador común, de una suerte de comunidad aunque sea fuente y se de de las peores discordias, las peores infamias. ¿Cabría decir, de una suerte de patria? ¿De un vínculo orgánico tal que cualquier desastre es preferible a la lucidez, a la comprobación de la pérdida, cualquier riesgo es más aceptable que la percepción y conciencia de la extinción del que fuera nuestro medio?

A partir de ahora nos corresponden los medicamentos suaves, las farmacopeas vetustas, las cruentas cirugías, las transfusiones sin ton ni son (que benefician sobre todo a ciertos personajes). A nosotros nos corresponden los discursos tranquilizantes y pontificadores, el catálogo de las redundancias, el encanto reconfortante de las eternas cantilenas que disimulan el silencio severo, inflexible de la incapacidad; uno las escucha atónito, agradecido de verse sustraído a los espantos de la vacuidad, reconfortado al mecerse al ritmo de las necedades familiares.

Pero detrás de las supercherías, bajo los subterfugios oficializados, las pretendidas “operaciones” cuya ineficacia se conoce de antemano, el espectáculo morosamente asimilado, aparece el sufrimiento humano, real y grabado en el tiempo, en ese que trama la verdadera Historia siempre oculta. Sufrimiento irreversible de las masas sacrificadas, lo que viene a significar conciencias torturadas y negadas una por una.

En todas partes se habla constantemente del “desempleo”. Sin embargo, se despoja al término de su sentido verdadero porque oculta un fenómeno distinto de aquel, totalmente obsoleto, que pretende indicar. No obstante, nos hacen al respecto laboriosas promesas, generalmente falaces, que nos permiten vislumbrar cantidades ínfimas de puestos de trabajo ágilmente emitidos (saldados) en el mercado; porcentajes despreciables en comparación con los millones de individuos excluidos del trabajo asalariado y que, tal como van las cosas, seguirán en esa condición durante décadas. ¿Y en qué estado se encontrarán la sociedad, ellos y el “mercado del empleo”?

Es verdad que no faltan las alegres imposturas, como por ejemplo aquella que eliminó de las estadísticas entre 250. 000 y 300. 000 desocupados de un solo golpe… al borrar a los que trabajan por lo menos 78 horas mensuales, es decir, menos de dos semanas y sin estabilidad.1

¡Había que pensar en eso! Recordar también que es sólo un cálculo, que no tiene la menor importancia modificar la suerte de los cuerpos y las almas disimulados bajo las cifras de las estadísticas. Lo que cuenta son las cifras aunque no correspondan a un número real, a algo orgánico, al menor resultado, aunque no sean sino la manifestación de una fullería. ¡Travesuras alegres! Como la de un gobierno francés que sepavoneaba feliz, cantando victoria. ¿Había disminuido el desempleo? Por cierto que no. Al contrario, había aumentado… ¡pero menos que el año anterior!

Pero mientras se distrae así a la gente, millones de personas, digo bien, personas, puestas entre paréntesis, tienen derecho por un tiempo indeterminado, acaso sin otro límite que la muerte, a la miseria o su amenaza próxima, con frecuencia a la pérdida del techo, de la consideración social e incluso de la autoestima. Sólo pueden aspirar a la angustia de la inestabilidad o el naufragio de la propia identidad. Al más vergonzoso de los sentimientos: la vergüenza. Porque cada uno aún se cree (se le alienta a creerse) el amo frustrado de su destino, cuando en realidad es una cifra introducida por el azar en una estadística. Hay multitudes de seres que bregan, solos o en familia, para evitar o no caer en exceso y antes de tiempo, en el estancamiento. Otros, en la periferia, temen y corren el riesgo de caer en ese estado.

Lo más nefasto no es el desempleo en sí sino el sufrimiento que engendra y que deriva en buena medida de su insuficiencia con respecto a aquello que lo define; con respecto a aquello que proyecta el término “desempleo”, que si bien ha perdido vigencia, aún sigue determinando su significado. El fenómeno actual del desempleo ya no es lo que designa ese término, pero se pretende encontrarle solución y, sobre todo, juzgar a los desempleados sin tener en cuenta ese hecho y en función del reflejo de un pasado destruido. En realidad, aún no se ha precisado ni definido la forma contemporánea de lo que aún se llama desempleo, y por consiguiente no se la ha tenido en cuenta. La verdad es que no tiene nada que ver con lo que habitualmente se llama “desempleo” y “desempleados”; aunque se dice que el problema está en el centro de las preocupaciones generales, en realidad se oculta el fenómeno verdadero.

En la actualidad, un desempleado no es objeto de unamarginación transitoria, ocasional, que sólo afecta a determinados sectores; está atrapado por una implosión general, un fenómeno comparable con esos maremotos, huracanes o tornados que no respetan a nadie y a quien nadie puede resistir. Es víctima de una lógica planetaria que supone la supresión de lo que se llama trabajo, es decir, de los puestos de trabajo.

Pero aún hoy se pretende que lo social y económico están regidos por las transacciones realizadas a partir del trabajo cuando éste ha dejado de existir. Las consecuencias de este desfase son crueles. Se trata y se juzga a los sin trabajo, víctimas de esa desaparición, en función de los criterios propios de la época en que abundaban los puestos de trabajo. Despojados de empleo, se los culpa por ello, se los engaña y tranquiliza con promesas falsas que anuncian el retorno próximo de la abundancia, la mejoría rápida de la coyuntura afectada por los contratiempos.

De ahí resulta la marginación inexorable y pasiva de un número inmenso y creciente de “buscadores de empleo” que, irónicamente, por el hecho de serlo, se incorporan a una norma actual; norma que no es reconocida como tal ni siquiera por los marginados del trabajo, quienes por el contrario son los primeros (hay quien se asegura de que lo sean) en considerarse incompatibles con una sociedad de la cual, sin embargo, son el producto más natural. Se los convence de que son indignos de ella y sobre todo responsables por su situación, a la que encuentran envilecedora (por ser envilecida) e incluso reprochable.

Se acusan de aquello de lo cual son víctimas. Se juzgan con la mirada de quienes los juzgan, adoptan esa mirada que los ve culpables y a continuación se preguntan qué incapacidad, qué vocación de fracaso, qué mala voluntad, qué errores los arrojaron a semejante situación. A pesar de la irracionalidad de las acusaciones, los acosa la desaprobación general. Se reprochan —como se les reprocha— por llevar una vida miserable o estar al borde de ella. Una vida con frecuencia “subsidiada” (por lo demás, por debajo de un umbral tolerable).

Estos reproches que se les hace y ellos mismos se hacen se basan en nuestras percepciones desfasadas de la coyuntura, en viejas opiniones antes infundadas, hoy redundantes, más torpes y absurdas que nunca; sin el menor vínculo con el presente. Todo esto, que no tiene nada de inocente, les inculca esa vergüenza, ese sentimiento de ser indignos que conduce a la sumisión plena. El oprobio desalienta toda reacción distinta de la resignación mortificada.

Porque nada debilita ni paraliza tanto como la vergüenza. Ella altera al individuo hasta la raíz, agota las energías, admite cualquier despojo, convierte a quienes la sufren en pre- sa de otros; de ahí el interés del poder en recurrir a ella e imponerla. La vergüenza permite imponer la ley sin hallar oposición y violarla sin temer la protesta. Genera el impasse, paraliza cualquier resistencia, impide rechazar, desmitificar, enfrentar la situación. Distrae de todo aquello que permitiría rechazar el oprobio y exigir un ajuste de cuentas político con el presente. Más aún, permite explotar esta resignación, así como el pánico virulento que ella misma ayuda a crear.

La vergüenza debería cotizarse en la Bolsa: es un factor importante de las ganancias.

La vergüenza es un valor contante y sonante, como el sufrimiento que la provoca o que ella suscita. Por consiguiente, no sorprende ver la saña inconsciente, diríase característica, con que se trata de reconstituir y rellenar a voluntad aquello que la origina: un sistema difunto y fracasado, pero cuya prolongación artificial permite ejercer subrepticiamente vejaciones y despotismos de buena ley en nombre de la “cohesión social”.

Sin embargo, sobre este sistema ronda una pregunta esencial, jamás formulada explicitamente: “¿Es necesario «merecer» el derecho de vivir?” Una ínfima minoría, provista de poderes excepcionales, propiedades y derechos considerados naturales, posee de oficio ese derecho. En cambio el resto de la humanidad, para “merecer” el derecho de vivir, debe demostrar que es “útil” para la sociedad, es decir, para aquello que la rige y la domina: la economía confundida más que nunca con los negocios, la economía de mercado. Para ella, “útil” significa casi siempre “rentable”, es decir que le dé ganancias a las ganancias. En una palabra, significa “empleable” (“explotable” sería de mal gusto).

Este mérito —mejor dicho, este derecho a la vida— pasa por el deber de trabajar, de estar empleado, que a partir de entonces se vuelve un derecho imprescriptible sin el cual el sistema social sería una vasta empresa de asesinato.

¿Pero qué sucede con el derecho de vivir cuando éste ya no funciona, cuando se prohibe cumplir el deber que da acceso al derecho, cuando se vuelve imposible cumplir con la obligación? Se sabe que hoy están permanentemente cerrados estos accesos a los puestos de trabajo, que a su vez han prescrito debido a la ineficiencia general, el interés de algunos o el curso de la Historia… todo colocado bajo el signo de la fatalidad. Por lo tanto, ¿es normal o siquiera lógico imponer aquello que falta por completo? ¿Es siquiera legal imponer como condición necesaria para la supervivencia aquello que no existe? No obstante, se busca obstinadamente perpetuar este fiasco. Se da como norma un pasado trastornado, un modelo periclitado; se imprime a las actividades económicas, políticas y sociales un rumbo oficial basado en esta carrera de fantasmas, esta invención de sucedáneos, esta distribución prometida y siempre postergada de lo que ya no existe; se sigue fingiendo que no hay impasse, que se trata solamente de pasar las consecuencias malas y transitorias de errores reparables.

¡Qué embuste! Tantos destinos masacrados con el solo fin de construir la imagen de una sociedad desaparecida, basada en el trabajo y no en su ausencia; ¡tantas vidas sacrificadas al carácter ficticio del adversario que se promete vencer, a los fenómenos ilusorios que se pretende querer reducir y poder controlar!

¿Cuánto tiempo nos dejaremos engañar y consideraremos enemigos a aquellos que se nos indica: los adversarios desaparecidos? ¿Seguiremos cerrando los ojos a los peligros que se presentan, a los escollos reales? La nave ya naufragó, pero preferimos (y se nos alienta a ello) no reconocerlo y permanecer a bordo, refugiarnos en un ambiente conocido antes que intentar, aunque fuese en vano, alguna forma de salvataje.

¡Seguimos rutinas insólitas! No se sabe si es cómico o siniestro que ante la falta constante, indesarraigable y creciente de puestos de trabajo se obligue a los millones de desempleados, cada día laborable de la semana, el mes, el año, a salir a la búsqueda “efectiva y permanente” de ese trabajo que ya no existe. Cada día, semana, mes, año, se los condena a postularse en vano, frustrados de antemano por las estadísticas. Porque hacerse rechazar cada día laborable de cada semana, mes e incluso año, ¿no sería un empleo, un oficio, una profesión? ¿No sería un puesto, un trabajo, incluso un aprendizaje? ¿Es un destino verosímil? ¿Una ocupación racional? ¿Una forma recomendable de emplear el tiempo?2

Esto se asemeja más bien a un intento de demostrar que los ritos del trabajo se perpetúan, que los interesados se interesan, que llevados por un optimismo conmovedor forman filas ante las ventanillas de las Oficinas de Empleo, detrás de las cuales se amontonarían los puestos de trabajo virtuales, insólita y transitoriamente desviados por corrientes adversas. En tanto sólo subsiste la ausencia provocada por su desaparición…

A golpes de negativas, de sucesivos rechazos, ¿no se crea una puesta en escena destinada a convencer a esos “solicitantes” de su nulidad? ¿A inculcar en el público la imagen de su derrota y propagar la idea (falsa) de la responsabilidad, culpable y castigada, de aquellos que pagan el error general o la decisión de algunos con la ceguera de todos, incluida la propia? ¿A mostrar en público su mea culpa, a la cual por otra parte adhieren? Vencidos.

Son otras tantas vidas amarradas, acorraladas, zamarreadas, desmoronadas, tangentes a una sociedad en retroceso. Entre esos desposeídos y sus contemporáneos se alza una suerte de ventana cada vez menos transparente. Y puesto que son cada vez menos visibles, puesto que se los quiere borrar, apartar de esta sociedad, se los llama excluidos. Por el contrario, están sujetos, encarcelados, ¡incluidos hasta la médula! Son absorbidos por ella, fagocitados, relegados para siempre, deportados y repudiados en su sitio, exiliados, sometidos y desposeídos, pero tan molestos: ¡unos estorbos! Jamás se los expulsa del todo, no, ¡jamás en exceso! Incluidos, demasiado incluidos y repudiados.

Es la única manera de preparar una sociedad de esclavos definidos exclusivamente por su esclavitud. Pero, ¿de qué sirve atiborrarse de esclavos si su trabajo es superfluo? Como en un eco a la pregunta que “sobrenadaba” un poco más arriba, nace otra que uno teme escuchar: ¿es “útil” una vida que no le da ganancias a las ganancias?

Aquí aparece quizá la sombra, el anuncio o el rastro de un crimen. No es poca cosa cuando una sociedad lúcida, sofisticada, conduce a toda una “población” (en el sentido que le dan los sociólogos) como quien no quiere la cosa hasta los extremos del vértigo y la fragilidad: a las fronteras de la muerte y tal vez más allá. Tampoco es poca cosa inducir a aquellos a quienes avasalla a buscar, mendigar un trabajo, de cualquier tipo y a cualquier precio (es decir, el menor). Y si no todos se entregan en cuerpo y alma a la búsqueda vana, la opinión general es que deberían hacerlo.

Y aun no es poca cosa que los detentadores del poder económico, es decir, del poder, tengan a sus pies a esos agitadores que hasta ayer reclamaban, reivindicaban, combatían. Qué placer verlos implorar por aquello que hasta ayer denostaban y hoy anhelan con fervor. Y tampoco es poca cosa tener a su merced a los otros, los que al poseer un salario, un puesto, se cuidarán de la menor agitación, temerosos de perder esas conquistas tan escasas, tan preciosas y precarias, para unirse a la cohorte porosa de los “hundidos en la miseria”. En vista de cómo descartan a hombres y mujeres en función de un mercado de trabajo errático, cada vez más virtual, comparable a la “piel de zapa”, un mercado del cual dependen ellos y sus vidas pero que no depende más de ellos; de cómo con frecuencia no se los contrata ni se los contratará más, y cómo vegetan, sobre todo los jóvenes, en un vacío sin límites, degradante, en el cual se las ven negras; de cómo, a partir de entonces, la vida los maltrata y se la ayuda a maltratarlos; de que hay algo peor que la explotación del hombre por el hombre: la ausencia de explotación… ¿cómo evitar la idea de que al volverse inexplotables, imposibles de explotar, innecesarias para la explotación porque ésta se ha vuelto inútil, las masas y cada uno dentro de ellas pueden echarse a temblar?

Pues bien, la pregunta, “¿es ‘útil’ una vida que no le da ganancias a las ganancias?”, que a su vez es eco de “¿es necesario ‘merecer’ la vida para tener el derecho de vivir?”, despierta el miedo insidioso, el pavor difuso, pero justificado, de que se tenga por superfluo a un gran número de seres humanos, incluso a la mayoría. No inferiores ni reprobos: superfluos. Y por ello nocivos. Y por ello…

Este veredicto aún no ha sido pronunciado ni enunciado, indudablemente ni siquiera pensado de manera consciente. Vivimos en democracia. Para el conjunto de la población, el propio conjunto todavía es objeto de un interés real, vinculado con sus culturas, con afectos profundos, adquiridos o espontáneos, aunque a la vista de todos aparece una indiferencia creciente. No olvidemos que este conjunto también representa a una clientela electoral y consumidora que genera otra clase de “interés” y lleva a los políticos a movilizarse en torno de los problemas de “trabajo” y “desempleo”, convertidos en problemas de rutina; a oficializar esos problemas falsos o al menos mal planteados; a ocultar cualquier verificación y proporcionar a corto plazo siempre las mismas respuestas anémicas a las preguntas artificiales. No es cuestión —¡lejos de ello!— de eximirlos de buscar soluciones, siquiera parciales y precarias. Pero el efecto principal de sus chapucerías es dar a un sistema agotado la apariencia de que funciona, aunque sea mal, y sobre todo prolongar la vida de instituciones y jerarquías perimidas.

Nuestra larga experiencia con estas rutinas crea la ilusión de que las dominamos y a la vez les confiere cierto aire de inocencia, una cierta impronta de humanismo, y sobre todo las rodea de resguardos legales como otras tantas barandas. En verdad, vivimos en democracia. Sin embargo, falta poco para expresar la palabra amenazante, que acaso ya se murmura: “Superfluos… “

¿Qué sucedería si desapareciera la democracia? ¿No aparecería el riesgo de formular el “exceso” (que por otra parte se acrecentará inexorablemente)? ¿De pronunciarlo y de esa manera consagrarlo? ¿Qué sucedería si el “mérito” del cual dependería más que nunca el derecho de vivir, y el derecho en sí mismo, fueran juzgados y administrados por un régimen autoritario?

No ignoramos, no podemos fingir que ignoramos, que al horror nada le es imposible y que las decisiones humanas no conocen límites. De la explotación a la exclusión, de ésta a la eliminación e incluso a desastrosas explotaciones aún desconocidas: ¿es ésta una hipótesis inconcebible? Sabemos por experiencia que la barbarie, siempre latente, se conjuga de maravillas con la mansedumbre de esas mayorías que saben incorporar el horror a la frivolidad ambiente.

Se advierte que frente a ciertos peligros, virtuales o no, es el sistema basado en el trabajo (aún reducido al estado de sombra) el que aparece como nuestra defensa, lo cual acaso justifica que nos aferremos regresivamente a esas normas que ya no tienen vigencia. Pero no por ello es menos cierto que el sistema descansa sobre cimientos podridos, más permeables que nunca a toda forma de violencia y perversidad. Sus rutinas, aparentemente capaces de atenuar o demorar lo peor, giran en el vacío y nos mantienen adormecidos en aquello que en otra parte he llamado la “violencia de la calma”.3. Es la más peligrosa, la que permite a las demás desencadenarse sin obstáculos; proviene de un conjunto de imposiciones derivado de una tradición terriblemente larga de leyes clandestinas. “La calma de los individuos y las sociedades se obtiene mediante el ejercicio de antiguas fuerzas coercitivas subyacentes, de una violencia enorme y tan eficaz que pasa inadvertida”, y que en última instancia se la incorpora a tal punto que deja de ser necesaria. Esas fuerzas nos coaccionan sin necesidad de manifestarse. Lo único que aparece a la vista es la calma a la que nos vemos reducidos incluso antes de haber nacido. Esa violencia, agazapada en la calma instituida por ella, se prolonga y actúa, indetectable. Entre otras funciones, vigila los escándalos que ella misma disimula para imponerlos mejor, y suscita una resignación generalizada tal, que uno ya no sabe a qué se ha resignado: ¡tan hábil es para imponer el olvido!

Contra ella no hay otra arma que la exactitud y la frialdad de la verificación. La crítica es más espectacular pero menos drástica porque entra en el juego propuesto y acepta sus reglas, les da legitimidad incluso al oponerse a ellas. Resulta así que “desbaratar” es la palabra clave. Se trata de desbaratar la inmensa y febril partida planetaria cuyos premios nunca se conocen, ni la clase de espectáculo que nos brinda (o quién nos lo brinda) y detrás de la cual se jugaría otra.

A los fines de la verificación, nunca está de más poner en duda incluso la existencia de los problemas ni poner en tela de juicio sus términos. Sobre todo cuando esos problemas implican los conceptos de “trabajo” y “desempleo” en torno de los cuales desgranan sus melopeas los políticos de todas las tendencias y se cantan letanías de soluciones banales, superficiales, machaconas, que se sabe son ineficaces, que no contienen la desgracia acumulada y ni siquiera la contemplan.

El mejor ejemplo de ello es que los textos, los tratados que analizan los problemas del trabajo y por ende del desempleo, en realidad sólo tratan sobre la ganancia que conforma su base, su matriz, pero sin mencionarla jamás. Aunque en ese terreno calcinado la ganancia sigue siendo el gran ordenador, se la conserva en secreto. Persiste más allá, considerada tan evidente que va de suyo. Todo se organiza, prevé, prohibe y realiza en función de la ganancia, que por lo tanto parece insoslayable, unida al meollo mismo de la vida hasta el punto quejio se la distingue de ella. Opera a la vista de todos, pero no se la percibe. Aparece activamente por todas partes pero jamás se la menciona a no ser bajo la forma de esas púdicas “creaciones de riquezas” consideradas beneficiosas para toda la especie humana y proveedoras de multitudes de puestos de trabajo.

Por consiguiente, todo cuanto afecta a esas riquezas es criminal. Hay que conservarlas a toda costa, jamás ponerlas en tela de juicio, olvidar (o fingir que se olvida) que siempre benefician al mismo grupo reducido de personas, cuyo poder se acrecienta constantemente para imponer esa ganancia (que es suya) como única lógica, como la sustancia misma de la existencia, el pilar de la civilización, la garantía de la democracia, el móvil (fijo) de toda movilidad, el centro neurálgico de toda circulación, el motor invisible e inaudible, intocable, de nuestras actividades.

Por consiguiente, la ganancia tiene la prioridad; es el origen de todo, como una suerte de big bang. Sólo después de garantizar y deducir la parte que le toca a los negocios —a la economía de mercado— se tiene en cuenta (cada vez menos) a los demás sectores, entre ellos los de la ciudad. Ante todo está la ganancia, en función de la cual se instituye lo demás.

Sólo después se distribuyen las sobras de las dichosas “creaciones de riquezas” sin las cuales, se nos dice, no habría nada, ni siquiera esas migajas que por otra parte se van reduciendo: no hay otra reserva de trabajo ni de recursos.

“¡Dios nos libre de matar a la gallina de los huevos de oro!”, decían las niñeras al insistir en la necesidad de que hubiera ricos y pobres. “Siempre harán falta los ricos. Si no existieran, ¿me quieres decir qué harían los pobres?” ¡Eran unas verdaderas políticas, esas niñeras, magníficas filósofas! Habían comprendido.

La prueba: sordos a sus verdaderas intenciones, seguimos escuchando los halagos engañosos de esos poderes que veneraban las niñeras. Ellos por otra parte nos hala- gan y mienten cada vez menos: a tal punto han inculcado sus postulados y su credo en las masas planetarias anestesiadas. ¿De qué sirve derrochar energía para persuadir a personas convencidas o al menos desarmadas por años de propaganda?

Esta propaganda eficaz supo apoderarse, lo que no es baladí, de una serie de términos positivos, seductores, para acapararlos, tergiversarlos y conservarlos juiciosamente. Así pues, tenemos un mercado libre para obtener ganancias; planes sociales encargados de expulsar de su trabajo, al menor costo posible, a hombres y mujeres que a partir de entonces quedan privados de medios de subsistencia e incluso de un techo; un Estado providencial que actúa como si reparara las injusticias flagrantes, a menudo inhumanas. Y a ellos se suman esos beneficiarios que se sienten humillados por hallarse en tal estado (y lo están), cuando no se considerará “beneficiario”, de la cuna a la tumba, a un heredero.

¿Baladí?

No escuchamos el doblar de las campanas por ciertas palabras. Si las palabras “trabajo” y por consiguiente “desempleo” persisten despojadas del sentido que aparentan transmitir, es porque en virtud de su carácter sagrado, imponente, ayudan a conservar los restos de una organización caduca, pero capaz de salvaguardar durante un tiempo la “cohesión social” a pesar de su “fractura”… ¡y así se enriquece la lengua!

Por el contrario, cuántos términos caen en el encanto del desuso: “ganancia”, por cierto, pero también, por ejemplo, “proletariado”, “capitalismo”, “explotación”, ¡incluso esas “clases” por ahora impermeables a toda “lucha”! Emplear esos arcaísmos sería un acto heroico. ¿Quién aceptaría de buen grado el papel de fisgón iluminado, de bobo desinformado, de sabio versado en cuestiones tan actuales como el transporte en carroza? ¿Quién apreciaría el derecho de tener las cejas, no fruncidas por la furia sino alzadas en una mirada atónita e incrédula no exenta de compasión? “De todas maneras, usted no querrá decir que… Usted no pretenderá… Cayó el muro de Berlín, ¿sabía usted? ¿A usted realmente le gustaba la Unión Soviética? ¿Stalin? Pero la libertad, el mercado libre… ¿no?” Y frente a semejante individuo atrasado, conmovedor de tan kitsch, sólo cabe una dulce sonrisa.

Sin embargo, su contenido hace necesario rescatar estas palabras del índice, caso contrario su contenido oculto, jamás expresado ni verificado, es prolongado sin fin. Castrado de estos términos, ¿cómo podría el lenguaje rendir cuenta de la Historia, que está cargada de ellos y continúa acarreándolos en silencio?

¿Están prohibidos o perdieron su sentido porque una monstruosa empresa totalitaria los empleó e incluso promovió? ¿Debemos rechazar por decreto de la autoridad, maquinalmente, lo que otros aceptaban de la misma manera? ¿La autoridad y lo maquinal son lo único que persiste? ¿El stalinismo habrá erradicado todo, incluso a partir de su ausencia, hasta el punto absurdo de no autorizar sino el silencio de los mediadores, los arbitros, los intérpretes e incluso los interlocutores válidos? ¿Le permitiremos determinar esos mutismos, esas amputaciones del lenguaje que mutilan el pensamiento? Es evidente que la autoridad del razonamiento lacunar, organizado en torno de sus lagunas, impide cualquier análisis, cualquier reflexión seria… y con mayor razón cualquier refutación de lo que se ejerce sin decirlo.

Si a esos vocabularios, herramientas del pensamiento capaces de expresar los sucesos, no sólo se los declara sospechosos sino que se los decreta vacíos de contenido, y si en su contra se esgrime la más eficaz de las amenazas, la del ridículo, ¿qué armas, qué aliados les quedan a aquellos a quienes sólo un examen estricto de la situación los salvaría no tanto de la miseria y el ultraje como de sentirse avergonzados de ellos y de ser olvidados en vida? ¿Cómo llegamos a semejante amnesia, a esta memoria lacónica, al olvido del presente? ¿Qué sucedió para que reinen hoy semejante impotencia de un lado y dominación del otro; la aceptación generalizada de ambas; semejante hiato?

No hay lucha alguna, salvo la que reivindica un espacio creciente para una economía de mercado, si no triunfante al menos omnipotente, y que por cierto posee una lógica propia a la cual no se enfrenta ninguna otra. Todos parecen participar del mismo campo, considerar que el estado actual de las cosas es el único natural, que el punto al que ha llegado la Historia es el que todos esperaban.

Nadie apoya a los condenados. El otro discurso ahoga todos los demás. Impera una atmósfera totalitaria. Aterradora. Y no hay otros comentarios que los del señor Homais,4 más sempiterno, oficial, solemne y plural que nunca. Sus monólogos. La ponzoña que destila.

Notas al capítulo I
1 1° de agosto de 1995.

2 ¿Hay algo de enseñanza, de proyecto para el futuro, en esos pequeños saínetes que supuestamente remedan una “participación en el mundo del trabajo”, un símil de la entrada a las grandes “empresas” y que en general obligan a realizar tareas imprecisas y mal pagas a unos cuantos aprendices o jóvenes marginados de las estadísticas, pesadilla de todos los gobiernos?

 3 Forrester, V, La violence du calme, París, Seuil, 1980.

4 Personaje de Madame Bovary ,de Flaubert, encarnación de la pedantería y del materialismo grosero, que arrastra a la protagonista a la ruina económica. [N. del T. ]