Semblanza: «Sobre Francisco Fernández Buey. Lo que hay que mandar son bocadillos» / Vera Sacristán

Posted on 2014/01/01

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[Mucho se ha escrito sobre Fernández Buey tras su muerte. El impacto de su pérdida en quienes le conocían ha sido inmenso. Recuerdo la última vez que le vi, poco antes. Estábamos en la cafetería del Ateneo de Madrid, el esperaba a alguien y yo a otra persona; nos saludamos brevemente, nos habíamos conocido en los cursos de verano de la UCM en El Escorial años atrás, pero apenas habíamos tenido trato personal. Me hubiera gustado mucho haberme parado con el aquella tarde, pero no quería importunarle y tampoco teníamos tiempo. Y tampoco tenía tanta confianza como para plantearle directamente ciertas cuestiones sensibles que me preocupaban, como por ejemplo mi sospecha sobre  la imposibilidad de que en nuestro sistema político alguien decente, con valores de izquierda sólidos, intelectualmente bien preparado, marxista y capaz de defender en público aquello en lo que creía fuese diputado, por ejemplo. Me hubiera gustado debatir con él eso, y él hubiera sabido que no habría podido escaparse aduciendo que no le interesaría serlo. Hoy he leído este escrito de su hija Vera, y debo decir que le hace justicia.][PAGB]

 

Vera Sacristán // Mientras tanto  Comprender, luchar, amar. Este fue el título de un homenaje a Paco que tuvo lugar recientemente en Madrid. Difícilmente se podría haber resumido mejor su forma de trabajar, su actitud, e incluso su forma de ser.

Paco creía en la necesidad de comprender. Vivía rodeado de libros, artículos, papeles y… personas con las que conversar y discutir. Paco leía, escuchaba, analizaba y debatía sin cesar.

Paco luchaba. La comprensión tenía que servir para cambiar las cosas. Paco no se conformaba, no callaba, no asentía ni se rendía. Paco escribía libros y artículos, firmaba manifiestos, daba conferencias, no paraba de ir de un lado para otro.

Paco amaba. Por descontado, a las personas de su entorno personal. Pero no sólo. Su comprender y su luchar tenían que ver con su amar. Porque Paco hacía las cosas con amor, es decir, con precisión y cuidado. Y porque Paco hacía las cosas por amor, porque creía que había que estar con los de abajo, como él decía.

Todo esto se manifestaba en mil pequeñas cosas, porque impregnaba cada una de sus actuaciones. Observar su despacho de la universidad, por ejemplo, era muy significativo. Estaba lleno de libros, revistas y papeles en un cuidadísimo desorden que indicaba claramente su uso. De las paredes colgaban carteles de campañas y actos públicos que le parecían importantes, se hubiera visto involucrado personalmente en ellos o no. Dispersos a lo largo de las estanterías se hallaban marcos con fotografías, algunas más personales, otras colectivas, todas ellas significativas de alguna u otra batalla. Y si uno pasaba un rato con él en su despacho, observaba que la puerta se iba abriendo regularmente porque siempre había alguien que quería hablar con él, del mismo modo que a su cuenta de correo iban llegando mensajes incansablemente, aunque él no diera jamás muestras de estarse enterando mientras estuviera hablando contigo.

Paco era un tipo sencillo y austero. Era muy culto, así que hablaba de forma precisa, y con las palabras adecuadas. Pero conseguía hacerlo con el lenguaje de las personas sencillas. Porque lo que le importaba era la gente sencilla. Por descontado, Paco no tenía una segunda residencia. De hecho, no poseía ninguna residencia, ya que Neus [1] y él vivían de alquiler. Es más, vivieron siempre en el mismo piso, modesto y pequeño. Pasar de “penene” a catedrático director de un instituto universitario de investigación, una cátedra Unesco y qué sé yo qué más cosas no dio lugar al más mínimo cambio en su forma de vida.

Paco era un tipo trabajador. Y no me refiero tan sólo a su faceta de intelectual o de profesor, a las horas que dedicaba a leer o a las que pasaba en su despacho de la universidad. Por ejemplo, en sus años en mientras tanto, Paco no se limitaba a escribir notas editoriales o a discutir durante horas de lo que tocara discutir en cada momento. También corregía galeradas y, cada vez que había que mandar un número de la revista a sus suscriptores, Paco ensobraba, cerraba sobres, pegaba sellos, pegaba etiquetas con las direcciones, clasificaba por provincias, iba a correos cargado con montones de ejemplares, y vuelta a empezar.

Paco era un tipo alegre. Disfrutaba con lo que hacía. Fuera esto de carácter “sesudo” o no. A Paco le gustaba ir de excursión, montar en bicicleta, cocinar, jugar a cartas, charlar en las sobremesas mientras bebía una copa de orujo o ponía en marcha una queimada, leer, debatir con sus estudiantes, escribir, cuidar de las personas de su entorno, y qué se yo cuántas cosas más. Tenía mucho sentido del humor, sobre todo si se trataba de reírse de sí mismo. Si te contaba alguna anécdota de las partes más difíciles de su biografía personal, relacionadas con la represión durante el franquismo, podías dar por hecho que te presentaría el relato no sólo sin la más mínima trascendencia, sino con sorna añadida.

Paco era un tipo feminista. Quiero decir que se comportaba como tal. Eran famosas sus tortillas de patatas. Que nadie piense que eran una excepción, como lo son las paellas de algunos hombres o las barbacoas de otros. No señor. A Paco te lo encontrabas en el barrio yendo a la compra, del mismo modo que te podía salir con la cuestión de la igualdad de oportunidades en la selección del profesorado en medio de una discusión universitaria en la que absolutamente a nadie se le había pasado por la cabeza introducir semejante argumento.

Paco era un tipo solidario. Dudo de que podamos llegar a saber cuántas veces Paco se metió en un tren, en un avión o, simplemente, en el metro, para ir a algún lado a echar una mano a un grupo de gentes, por reducido que fuera, que le habían pedido que les diera una conferencia, les impartiera un curso, firmara un manifiesto, o mostrara su apoyo con su presencia. En un acto público reciente, Jaume Botey recordó cuál había sido su sorpresa cuando alguien para él tan relevante como Paco decidió dedicar varias horas a la semana durante una larga temporada a alfabetizar grupos de inmigrantes llegados al cinturón industrial de Barcelona en los años 60-70.

Paco era un tipo que escuchaba. A pesar de lo mucho que sabía, o quizás justamente por ello, Paco no predicaba. Paco escuchaba y absorbía. Paco estaba siempre rodeado de gente más joven que él y, muy particularmente, de estudiantes, y estaba siempre muy atento a lo que éstos le transmitían. Ya fuera de forma explícita, es decir, escuchando lo que le decían, ya fuera de forma implícita, es decir, fijándose en las cosas que les interesaban, les gustaban o les preocupaban. Es infrecuente encontrar personas con tanto respeto por las ideas de los más jóvenes.

Paco era un tipo sensible y acogedor. Encontrarte con Paco te alegraba el día. Cuando Giulia [2] estaba ya muy enferma e inmovilizada en cama, la visitaba con frecuencia y pasaban largos ratos hablando de poesía, de política, de la revista,… de todo lo que tenían en común. En los últimos meses de la vida de Paco, volvió a impactarme la misma impresión. Cuando iba a visitarle al hospital, me preguntaba por mis planes (en esos meses se estaba gestando lo que finalmente se ha llamado Observatorio del Sistema Universtario), me daba su opinión,… Un día, un amigo común me contó que Paco le había dicho que estaba muy contento porque me había visto ilusionada con el proyecto. ¡Pero bueno! ¿Me estaba cuidando él a mí? ¿No se suponía que era yo la que le iba a visitar a él porque estaba enfermo?

Paco era un tipo comprensivo. Distinguía muy bien entre las ideas y las personas: era estricto y muy crítico con las ideas, pero era tolerante y comprensivo con las personas. Como es sabido, con motivo de las protestas estudiantiles contra el proceso de Bolonia, se produjeron desalojos policiales en su universidad. Recientemente, dos rectores han recordado públicamente la actitud de Paco al respecto. Carlos Berzosa contó que cuando años atrás le había preguntado a Paco qué se podía hacer en un caso de ocupación estudiantil, éste le contestó “todo menos llamar a la policía”. José Juan Moreso contó que tras el desalojo de su universidad fue a ver a Paco, el cual, obviamente, le criticó duramente su actuación, pero se despidió de él abrazándole. Yo sólo puedo añadir la frase literal que Paco me dijo sobre este tema: “cuando unos estudiantes se encierran, lo que hay que mandarles no es a la policía, son bocadillos”.

Notas:

[1] Neus Porta, su mujer.

[2] Giulia Adinolfi, mi madre.

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