Azaña y los comunistas españoles / Fernando Hernando Sánchez

Posted on 2014/01/24

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[Blog: La estación de Finlandia] La relación entre Manuel Azaña y los comunistas españoles siguió una evolución tortuosa, derivada en buena medida del propio itinerario recorrido por el Partido Comunista de España (PCE) a lo largo de la década de los años 30. Una evolución caracterizada por el paso de una posición marginal y ultraperiférica en el arco político republicano –durante los años de vigencia de la línea sectaria de la Comintern- hasta la ocupación del lugar de centralidad que el PCE asumió durante la guerra civil. Durante esta, las relaciones entre el ya presidente Azaña y la organización política estelar del esfuerzo de guerra republicano oscilaron entre la prudente sintonía y el enfrentamiento abierto, al compás del deterioro de la situación militar y de la inevitable derrota.

Para estudiar las relaciones entre el PCE y Azaña puede recurrirse a un amplio repertorio de fuentes documentales. Habitualmente se ha recurrido a la prensa de partido –“Mundo Obrero”, “Frente Rojo”- y a las memorias personales (las del propio Azaña; las del embajador en Moscú, Marcelino Pascua, muy críticas para con el presidente; y las inéditas del ministro comunista de Agricultura Vicente Uribe, que se conservan, en distintos fragmentos, en el Archivo Histórico del PCE (AHPCE). Para completar el cuadro de las relaciones Azaña-PCE existen también otras referencias menos utilizadas pero muy valiosas: las notas personales de Palmiro Togliatti –“Alfredo”-, el delegado de la Comintern ante el PCE desde julio de 1937, de las que existe una copia en el AHPCE; los cables de la Comintern, cruzados entre Moscú y Madrid,  interceptados por los servicios de inteligencia británicos hasta octubre de 1936, y que se hallan en los archivos nacionales del Reino Unido (TNA); y en los diversos informes elevados por cuadros políticos y militares del PCE a Stalin y Dimitrov en la primavera-verano de 1939, en los que se hace balance de la guerra y las causas de la derrota republicana.

Las relaciones entre Azaña y el PCE  atravesaron por distintas fases entre el periodo inicial del la República y el final de la guerra civil.

a)    1931-1933: La etapa del desconocimiento.

Cuando se proclamó la Segunda República española, la línea política comunista se encontraba plenamente inmersa en el denominado “tercer periodo” de la estrategia de la Comintern, marcado por la postulación de una estrategia de lucha “clase contra clase” y el rechazo de cualquier tipo de acuerdo tanto con la socialdemocracia, caracterizada como “socialfascista”, como con la burguesía liberal. Muestra de ese espíritu es la anécdota protagonizada en mayo de 1920 por un dirigente comunista de primera hora, Merino Gracia, en el Ateneo de Madrid, institución que encarnaba de forma emblemática los afanes renovadores de la intelectualidad y las clases medias con mentalidad modernizadora bajo la monarquía de Alfonso XIII. Merino hizo una exhibición de radicalismo en la que hizo gala de que no acudía a tan docta casa para convencer a nadie “porque eran inconvencibles”, sino a disfrutar de la ocasión de penetrar en el hogar de la ciencia burguesa y aprovecharse “de las bibliotecas que la burguesía inconsciente nos abre para aprender a destruir el actual sistema económico del capitalismo”[1]. Once años después apenas habían cambiado las cosas. El 14 de abril de 1931, mientras la muchedumbre enfervorecida aclamaba la proclamación de la nueva República en la Puerta del Sol de Madrid, un puñado de comunistas, montados en una camioneta, se granjeaban los abucheos de los concurrentes cuando gritaban: “Abajo la República burguesa, vivan los soviets”. La errónea percepción de la nueva realidad española se apreciaba en las directrices de Manuilski a José Bullejos, el entonces secretario general del PCE: La República solo era un nuevo sistema de defensa de la feudalidad terrateniente. No es de extrañar que cuando, los días 22 y 23 de julio de 1931 tuvieran lugar los violentos sucesos derivados de una huelga general en Sevilla y su consiguiente represión por las fuerzas de orden público, Azaña creyera que el núcleo comunista de la capital andaluza (José Díaz. Antonio Mije, Manuel Delicado, Saturnino Barneto), organizado todavía en el interior de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) se identificaba con las ideas y las tácticas clásicas del anarcosindicalismo de acción.

b)   Octubre de 1934, una primera aproximación.

La llegada de Hitler al poder en enero de 1933, el auge de las ligas de extrema derecha en Francia, con el intento de asalto al Palais Bourbon el 6 de febrero de 1934, y el aplastamiento de la “Viena Roja” por el canciller Dollfus en el mismo mes motivaron el inicio de un nuevo rumbo en las relaciones de los comunistas con otros grupos políticos. Cuando en España se precipitaron los acontecimientos (la entrada de ministros de la católica Confederación Española de Derechas Autónomas –CEDA- en el gobierno del radical Lerroux) que dieron lugar a la revolución de octubre, la Internacional Comunista envió una directriz al PCE en la que recomendó la combinación de tácticas insurreccionales con objetivos pragmáticos. Aunque durante las jornadas de octubre apenas hubo mensajes cruzados con Moscú por parte de la dirección comunista española, es muy revelador que desde el corazón de la Comintern las directrices emanadas para su sección peninsular planteasen medidas tan radicales como “extender la huelga general y la lucha armada de los trabajadores” junto a buscar la aproximación con los republicanos burgueses (“la Izquierda Republicana de Azaña y la izquierda catalana [Esquerra Republicana de Catalunya]”), con el objetivo de derrocar el gobierno Lerroux, la inmediata disolución de las Cortes, la convocatoria de nuevas elecciones y la celebración de un referéndum para la confiscación de la tierra de los latifundistas[2]. Se mezclaban, de esta forma, una táctica que no dudaba en recurrir a métodos insurreccionales en pos de una estrategia cuyos objetivos de planteaban en términos de consolidación de una nueva mayoría parlamentaria y en reformas sociales plebiscitadas. Como corroboró en sus memorias Vicente Uribe, “la opinión que prevalecía entonces entre los camaradas era que (…) con la huelga general y algunos actos de violencia, el gobierno Lerroux retrocedería y Alcalá Zamora llamaría a Caballero a formar gobierno”[3]. Es  probable que tal modestia de objetivos tuviese que ver con un cierto tipo de división internacional del trabajo por parte de la Comintern, que no asignaba empresas arriesgadas a partidos de los que, por su tamaño o capacidad de influencia, no esperaba resultados espectaculares[4].

c)                  1935-Febrero de 1936: Una segunda aproximación.

Tras la derrota y subsiguiente represión del octubre asturiano, la izquierda, en sentido amplio, adoptó nuevas posiciones y desplegó un intenso espíritu unitario, nucleado en torno a la consecución de la amnistía para los presos, la solidaridad con los represaliados y la forja de alianzas destinadas a  recuperar la República, con su impulso primigenio, de manos de sus adversarios. En el plano internacional, el VII Congreso de la Comintern supuso el giro estratégico que colocó a los comunistas en disposición de romper su aislamiento sectario. El antifascismo se convirtió en el motor del reagrupamiento de fuerzas populares para la recuperación de la República. A comienzos de 1936 Mundo Obrero pudo reabrir tras la prohibición gubernamental posterior a la insurrección de Asturias. La dirección comunista entró en un estado de agitación febril preparando las elecciones. La génesis del Frente Popular se alimentó con la formulación de una amplia coalición para la recuperación de la República por parte de Azaña y los socialistas de Prieto, y con la aproximación táctica de un Largo Caballero sumido en la lucha por el control del socialismo[5], en plena batalla interna contra sus adversarios.

Las negociaciones del pacto del Frente Popular no resultaron fáciles. Los republicanos no querían que los comunistas participaran en las discusiones. Uno de sus representantes más conservadores, Sánchez Román, llegó a retirarse de las conversaciones. Caballero no presionó en absoluto para que las deliberaciones se efectuasen entre todos los representantes de las fuerzas políticas participantes. Según Uribe, “asomaba ya la oreja de su singular concepción del Partido Comunista; nos consideraba únicamente como una fuerza de apoyo para el Partido Socialista y especialmente para él, para sus planes”. Entre las propuestas programáticas que propuso el PCE figuraron que el gobierno disolviera los partidos con formaciones paramilitares, y la expropiación sin indemnización de las tierras de los grandes terratenientes y su entrega gratuita a los obreros agrícolas y campesinos. Los socialistas eran, sin embargo,  partidarios de la socialización de la tierra, lo que para el futuro ministro comunista del ramo –“siendo benévolo en el juicio”- era una clara incomprensión por parte de los socialistas del papel que estaban llamados a jugar los campesinos en la lucha por las transformaciones democráticas del país. El manifiesto contenía cuestiones que iban más allá del programa electoral, como el rápido establecimiento de relaciones con la URSS.

Para el tutor de la Comintern, Codovilla, la impresión general era buena. Los negociadores socialistas, encabezados por Vidarte, plantearon la incorporación de candidatos comunistas en las listas comunes en términos de lograr un número de diputados “no menor que el necesario para tener derecho a constituir minoría y participar en las comisiones, es decir diez. Con esto, ellos, los socialistas, tendrían un apoyo en las comisiones que es donde se elaboraban los proyectos”[6].

d) Abril-Septiembre, 1936: Tiempos borrascosos.

La constitución del nuevo gobierno Azaña fue objeto de valoraciones confusas por parte de la Comintern. Si en primera instancia se consideró no como un gobierno de Frente Popular, sino como un gobierno burgués de izquierda[7], Moscú consideró sin embargo que debía ser apoyado contra los ataques y un posible golpe de estado de los reaccionarios, para garantizar que pudiera llevar a cabo el programa electoral del frente popular, sin perjuicio de que el PCE mantuviese una acción independiente y se reservase el derecho a criticar y a recurrir a la movilización cuando las medidas gubernamentales fueran dirigidas contra los intereses de las clases trabajadoras[8]. En sus propias palabras, “el gobierno Azaña, bajo la presión política de las masas, está llevando a cabo el programa del bloque popular, y va más allá (…) La situación revolucionaria se desarrolla rápidamente. La solución del problema de la tierra por métodos revolucionarios, no pasará mucho tiempo en plantearse con el desarrollo de la lucha, así como el problema del poder”[9].

Las semanas siguientes fueron agitadas, transcurriendo bajo el triple signo de la presión popular para que el gobierno llevase a cabo reformas profundas, de la lucha interna en el PSOE, en la que la facción caballerista parecía abonarse a un radicalismo que podía terminar con la ruptura del bloque popular; y de los movimientos para llevar a cabo la consecución de la unidad orgánica del proletariado, empezando por la fusión de las juventudes.

El PCE se integró plenamente y a fondo en el movimiento por la defensa de la República, caracterizado por la movilización preventiva frente al peligro de insurrección militar y el sustento gubernamental. Los mensajes cifrados de la Comintern en la primavera de 1936 apuntaban un doble peligro reaccionario/anarquista. La Internacional Comunista realizó un llamamiento dramático a su sección española para que no cayera en ninguna provocación, ya que “sería perjudicial a la revolución en este momento y podría solo favorecer el triunfo de loa antirrevolucionarios”. Había que impedir que se produjera una ruptura con los republicanos burgueses de Azaña, ni siquiera darles el pretexto  para que se apoyasen en elementos reaccionarios. Se debían emplear todos los medios para acelerar la realización del programa del Frente Popular, particularmente la cuestión agraria. La directriz terminaba haciendo hincapié en la necesidad de apartar el espantajo del peligro rojo: “En todas las actividades del partido que realicéis se debe resaltar que la creación del poder soviético no está en el orden del día, sino que por el momento, es solamente cuestión de establecer un estado democrático que haga posible ejercer una barrera contra el avance del fascismo y la contrarrevolución, y para fortalecer en general las posiciones del proletariado y sus aliados”[10].

Por más que se llamase a la contención, la presión popular seguía aumentando. Con motivo del desfile del 14 de abril se produjeron incidentes en el Paseo de la Castellana, durante los cuales pistoleros falangistas dispararon contra la presidencia, resultando muerto el alférez de la Guardia Civil Atanasio de los Reyes[11]. Su entierro derivó en nuevos tiroteos entre los participantes en el cortejo –simpatizantes de la extrema derecha-y miembros de las milicias socialistas que los hostilizaban en su marcha hacia el cementerio del Este[12], con un balance de tres víctimas mortales más y el desencadenamiento de una huelga general en Madrid, de la que Codovilla dio cuenta a Manuilski. El PCE hizo todo lo posible por evitarla y, aunque no se atreviera a manifestar en público su disconformidad con el paro,  instó el retorno al trabajo en pos de evitar, a cualquier precio, que degenerara en incidentes violentos en los que las masas fuesen arrastradas por los anarquistas, que pretendían convertir la huelga general en indefinida[13]. La actitud comunista de firme de apoyo al gobierno se reiteró en el mensaje en que se daba cuenta del final del paro, dos días más tarde. El PCE se atribuyó, junto con la mayor parte de los socialistas, el mérito de la orientación imprimida a la movilización, de protesta contra las actividades de los grupos fascistas y apoyo a las fuerzas de  policía. No significaba ello que no hubiese habido en el seno del propio partido contradicciones e incomprensiones hacia una línea tan moderada. “En algunos casos, -se informó- la presión de los socialistas de izquierda y los anarquistas se ha hecho sentir en nuestras filas, y para no parecer menos «revolucionarios», se han hecho algunas concesiones”. Se hizo necesario, para ajustar el rumbo, discutir las directrices de la IC en el Buró Político con el objeto de confirmar definitivamente la línea táctica del partido en este momento, y lograr que todos los miembros la entendieran[14].

La dirección comunista española estaba preocupada por la deriva tomada por la izquierda socialista, consistente, a su juicio, en incitar a las masas “contra el odiado sector militar y por lo tanto llevar a cabo la revolución proletaria inmediatamente”. Todo ello hacía sumamente necesario el mantenimiento de una actitud de vigilancia por parte del PC[15]. En los días previos a  la sublevación militar el PCE y la Comintern mantuvieron constantemente contactos radiados. El 13 de julio “Luis” Codovilla elevó un mensaje a Manuilski en el que, tras valorar como enormemente grave la situación creada por los asesinatos del teniente Castillo y del líder reaccionario Calvo Sotelo, y asegurar que los comunistas españoles contribuirían a reforzar el Frente Popular y apoyar la posición del Gobierno, consideraba, sin embargo, que el principal peligro del momento procedía de una posible colusión entre la errada táctica de los líderes anarquistas de prolongar las huelgas con la idea de confrontar a los trabajadores con el gobierno y la actitud provocativa de los grupos fascistas que sembraban la violencia en las calles[16]. Coincidía en ello con la apreciación del gobierno de Casares Quiroga y del presidente de la República, Azaña, que recelaban más de una situación insurreccional multifocal del anarcosindicalismo que de una sublevación militar, con el consiguiente cálculo erróneo acerca del verdadero origen del peligro y sus posteriores consecuencias catastróficas.

e) Noviembre de 1936- mayo de 1937. La mayoría de edad del PCE.

El 17 de julio, mientras el levantamiento faccioso daba sus primeros pasos en el protectorado de Marruecos, Manuislki y Dimitrov dirigieron nuevas instrucciones a Codovilla y al Buró Político del PCE mediante las que  aconsejaron, en primer lugar, “preservar intactas, y a toda costa, las filas del Frente Popular”, empleando todas las formas de presión sobre el gobierno – reuniones, resoluciones…- con el fin de provocar un rechazo decisivo del fascismo, y para conseguir medidas enérgicas por parte del Gobierno contra los insurgentes. Continuaron exigiendo el arresto inmediato de los líderes parlamentarios que se hubieran levantado contra el gobierno; depurar en su totalidad el ejército, la policía y las fuerzas del orden; en consonancia con la concepción de la revolución española como un proceso antioligárquico, la Comintern instó a los comunistas  a “despojar a la aristocracia de todos los derechos de ciudadanía, confiscar sus bienes, expulsarla del país y prohibir su prensa”; la creación de un tribunal especial “contra los aventureros, terroristas, conspiradores y fascistas rebeldes, y aplicar  a estos la máxima pena, incluida la expropiación de sus bienes”; y por último, llamó a la formación de milicias de obreros y campesinos. Todavía se prestaba especial atención al vector anarquista como agravante de la situación, indicando que: “Es necesario tomar medidas preventivas con gran urgencia contra los intentos putchistas de los anarquistas, tras los cuales se oculta la mano del Fascismo. [Para ello] proponer a la CNT la inmediata construcción a nivel nacional y local de comités de unidad para luchar contra los insurgentes fascistas y preparar la unificación de los sindicatos. Si la dirección anarquista  rechaza esta proposición, debéis tomar una posición pública contra los anarquistas como rompehuelgas de la lucha contra el fascismo entre la clase obrera”[17].

El PCE se convirtió en una fuerza esencial en el esfuerzo de guerra y en la reconstrucción del orden republicano, especialmente a partir de la incorporación, con dos ministros, al gabinete formado por el socialista largo Caballero en septiembre de 1936. En ello jugaron un papel determinante, como es conocido, el prestigio añadido por la ayuda material de la Unión Soviética y la intervención de las Brigadas Internacionales. El PCE coincidió con el presidente de la República en la necesidad de atajar la oleada de experiencias colectivistas que se habían puesto en marcha con el colapso del estado republicano tras el golpe militar. Azaña retrataría de forma sarcástica este periodo en  “La velada en Benicarló”, empleando para ello la historia apócrifa del manicomio de Ciempozuelos, donde los locos, rota toda estructura jerárquica, habrían formado comités para organizarse a sí mismos. La coincidencia de posturas se puso de manifiesto en un artículo de Mundo Obrero, donde se recogían literalmente expresiones de Azaña que manifestaban el deseo de mantener una unidad de criterio patriótico hasta la victoria e incluso después: “Sobre esta base de la unión del pueblo español en defensa de sus libertades esenciales de hombre y de la libertades e independencia de su patria es sobre la que está asentada esta enorme coalición de las fuerzas políticas y sociales y de gobierno en defensa de España. Yo estimo que esta coalición y esta unión deben continuar, por lo menos, hasta la paz: por lo menos, hasta la victoria. QUISIERA QUE DESPUÉS TAMBIÉN [las mayúsculas son de Mundo Obrero], porque cuando se acabe la guerra y ya haya forzosamente que prestar atención a una porción de problemas que ahora no están más que latentes, nos va a parecer que la guerra es cosa de juego, y que los problemas de entonces serán mucho más difíciles y graves, con ser tan terrible el problema de la guerra misma, y para entonces será necesario también la cohesión de los españoles y el espíritu de abnegación y sacrificio que hoy por hoy reina entre vosotros”[18].

Que hubiese cierta sintonía de objetivos no significaba que los comunistas no guardasen recelos hacia el presidente de la República, aunque ante episodios como la salida de los órganos de gobierno de Madrid se manifestasen en voz baja, aunque no menos dura. Uribe se mostró insmisercorde con Azaña en sus memorias: “Se decidió que se trasladase a Valencia (…) pero el hombre ni corto ni perezoso se trasladó a Barcelona donde le cogieron los acontecimientos de mayo de 1937. El gobierno no le vio el pelo durante este tiempo. Sin duda la situación militar le parecía tan precaria que estimó como lo más prudente estar lo más lejos posible del frente y lo más cercano posible de la frontera”[19].

El peculiar estilo de dirección imprimido a la guerra por Caballero pronto desató críticas entre las fuerzas políticas gubernamentales, incluido el PCE. El abandono de Madrid, en cuya defensa no creía, los errores en la defensa de Toledo, el silencio impuesto a ante derrotas como la de Málaga acabaron, como señalaron incluso socialistas como Zugazagoitia, quebrando “el mito de Caballero”. Se generalizó la idea de que “mientras los negocios de la guerra dependan de [Caballero], todo irá de cabeza y perderemos Almería, Valencia, Barcelona y la guerra” [20]. El propio presidente de la República, Azaña, participaba de esa idea. Se iniciaron contactos para cambiar la dirección de la guerra, y el presidente manifestó a Dolores Ibárruri Pasionaria y José que se mostraba partidario de separar el Ministerio de la Guerra de la presidencia del Consejo de Ministros, además de apostar por una mayor presencia comunista en el gabinete[21].

De los diarios de Azaña se desprende que eran muchos –y no solo un grupo de conspiradores comunistas- los que deseaban ver a Caballero fuera de puestos de responsabilidad. Si Stalin valoraba que sería conveniente pasar el testigo de la dirección de la guerra a otras manos, las opiniones de los que tenían que lidiar con Caballero en España se formulaban en términos mucho más rudos, de los que el más suave era “desastre”. El republicano José Giral aseguró a Azaña que republicanos, socialistas y comunistas estaban persuadidos de que la situación no podía prolongarse, que no era de recibo que cuando algún ministro preguntaba por los asuntos de Guerra y pedía noticias, Caballero le contestara: “Se enterará usted por los periódicos”. En opinión del presidente de la República, Caballero había entrado en una fase en que desconfiaba de todo y de todos, y percibía cualquier objeción a sus posturas como un ataque personal.

Azaña llegó a la conclusión de que todos los partidos “formaban una piña que facilitaría cualquier solución” respecto a la caída de Caballero, pero quienes iban a actuar de ariete serían los comunistas, que amagarían con retirarse del Gobierno. Los socialistas y los republicanos los apoyarían en su demanda[22]. ¿Qué interés podía tener para el resto de partidos que fuesen los comunistas los que se cobrasen la cabeza de Caballero? La respuesta se encuentra brujuleando entre las líneas de los diarios de Azaña. Ya en marzo o abril Caballero le había dicho que presentía “una nueva expulsión de los proletarios del poder, como la de 1933”. “Por salud pública –concluyó el Presidente de la República- era indispensable que quienes se considerasen “expulsados” del poder lo fuesen por oposición conocida de otros que tuvieran los mismos títulos para hablar en nombre de los proletarios[23].

Con vistas a resolver la crisis, Azaña convocó una reunión de dirigentes políticos de las fuerzas del Frente Popular. Los comunistas, por boca de José Díaz, manifestaron su disposición, en aras de la necesidad de mantener la unidad, a formar parte de un gobierno encabezado por Caballero, pero a condición de que no fuera al mismo tiempo Ministro de la Guerra. Los socialistas, por su parte, ratificaron su posición de que si los comunistas no participaban en el gobierno, ellos tampoco colaborarían en el mismo. Los representantes de los republicanos se manifestaron en el mismo sentido. Caballero no aceptó esta condición, argumentando que la sola presidencia del gobierno sin la responsabilidad al mismo tiempo del ministerio de la guerra le convertía “en una especie de marioneta o muñeco sin facultades reales, en un cargo formal”. Días después contraatacó con una solución aberrante: Propuso no solo conservar la cartera de Guerra sino acumular las de Marina y Aire. A Prieto lo relegaba a Agricultura, Industria y Comercio. La facultad decisoria del Consejo de Guerra pasaba a ser la del ministro del ramo (o sea, él)[24]. Tales pretensiones eran inaceptable para todos. A despecho de las versiones posteriores, la dirección del PSOE lo tuvo entonces muy claro: “Por nuestra parte no hubo desplazamiento [de Caballero], fue él quien se desplazó sin tener en cuenta la opinión de la Ejecutiva favorable a que siguiera siendo presidente del Consejo”[25].  La crisis se resolvió con el nombramiento de Negrín como nuevo jefe de gobierno.

f) 1938: El progresivo distanciamiento entre Azaña y el PCE bajo los gobiernos de Negrín.

La caída de Largo Caballero, la reconstrucción del estado republicano tras la crisis de mayo de 1937 y el incremento exponencial de sus efectivos marcaron el cénit de la influencia comunista en la República en guerra. En el seno del PCE se suscitaron algunas tentativas de avanzar posiciones en la consecución de un mayor poder. El nuevo delegado de la Comintern, Togliatti tuvo que modular estas demandas, así como reconducir la línea de los comunistas españoles hacia la aplicación de una iniciativa de Stalin de promover la convocatoria de unas elecciones en territorio republicano para fortalecer la imagen democrática de la República en guerra. El asunto suscitó enormes resistencias por parte de la dirección local, mucho menos matizadas de las que, a priori, se pulsaron entre otras personalidades ajenas al partido. Cuando el 30 de septiembre Hernández se encargó de soltar la sonda en el  Consejo de Ministros -“¿Qué piensa el  pueblo?, etc.”- Prieto concordó en que “este parlamento es una comedia” pero consideró que la celebración de unas elecciones, a pesar de ser una cosa justa, era un proyecto irrealizable en las actuales circunstancias. Azaña, según consignó Togliatti, no era adversario de ello siempre que se limitasen al ámbito catalán.

La prolongación de la guerra suscitó la aparición y la profundización de discrepancias entre un Azaña cada vez más partidario de un armisticio bajo supervisión internacional y el. PCE, partidario incondicional de la resistencia y guerra total. Las relaciones entre el presidente y los comunistas se agriaron de forma extremada tras la pérdida de Teruel (enero de 1938), la campaña de denuncia comunista sobre los intentos de capitulación y el despliegue de críticas en la prensa y actos públicos del partido contra el ministro de Defensa, el socialista Indalecio Prieto. Azaña, cuya sintonía con Prieto procedía de mucho tiempo atrás, no ocultó su desagrado y su pesimismo en la entrevista que mantuvo con las fuerzas políticas para resolver la crisis de gobierno planteada entre marzo y abril de 1938.

En dicha reunión, además de Azaña y Negrín, estaban presentes Lluis Companys, Telesforo Monzón, Mariano Vázquez, Quemades, José Díaz, González Peña, Martínez Barrio, Tarradellas, y Nicolau d´Olwer. A pesar de la pésima opinión sobre Prieto que iba aquilatando la dirección de PCE, en dicha entrevista José Díaz reiteró al presidente que no tenían “nada contra Prieto”. Curiosamente, fue mucho más claro el socialista González Peña: “Cuidado con Prieto (…) Mi partido considera que el hombre que más quiero es Prieto, pero en estos momentos debe dirigir la guerra un hombre que tenga fe en la guerra. El hombre del momento, para remontar la situación, es Negrín, que tiene la confianza de mi partido”[26].

Azaña no se recató en manifestar su creencia en que no había salida para la situación militar. El PNV y los catalanes se mostraron de acuerdo, criticando, de paso, el optimismo de Negrín. La CNT se mostró contraria a cambiar el gobierno. Díaz replicó que aunque la situación era grave, se podía remontar y seguir confiando en ganar la guerra. Coincidiendo con Mariano Vázquez, se manifestó  contrario a la apertura de una crisis de gobierno.

Azaña abordó entonces una cruda exposición del contexto internacional, en palabras de Togliatti “lo más negro posible. Inglaterra no ayudará. Francia lo mismo: ahora Blum nos deja un hueco abierto, un gobierno derechista será aún peor”. A esta altura, atacó duramente a la Unión Soviética, el punto más sensible de la estima comunista: “La URSS ha ayudado, mandando armas por el dinero que se le ha dado, pero llega cuando puede. No representa nada, porque los otros enviarán el doble. La URSS tampoco ayuda lo que debiera. Su posición en el Comité de No Intervención la supedita a sus relaciones con Inglaterra y para no romper con Inglaterra no manda más. Esto dijo Rosenberg, que por encima de España estaban las relaciones con Inglaterra”.

Díaz saltó como impulsado por un resorte, defendiendo la imagen soviética. Azaña contraatacó reafirmándose en que no cabía esperar nada de la situación internacional. El secretario general del PCE solicitó entonces que, si el momento era tan grave, se concedieran plenos poderes a Negrín. Inmediatamente intervinieron nacionalistas catalanes y republicanos para oponerse a tal medida. Díaz acusó a Azaña de abusar de su posición institucional para que presionara al gabinete hacia la capitulación. El enfrentamiento culminó cuando Azaña insistió en que el problema fundamental ya no era político, sino exclusivamente militar. Si una vez remodelado el gobierno se llegaba a la conclusión de que no se podía continuar la guerra, se debía tomar las medidas necesarias.

La crisis supuso la salida de Prieto y la agudización de las opiniones pesimistas de Azaña, que ya  no se recataba de mostrar incluso de forma extemporánea. El 12 de mayo de 1938 Togliatti recogió las impresiones vertidas sobre el presidente de la República en una entrevista entre Negrín, Delicado y Uribe: “(De Azaña) Discurso el lunes. Quiere decir muchas cosas, salga por donde salga, sobre los desmanes de los primeros tiempos; quiere explicar por qué se produjeron en una situación revolucionaria creada por la sublevación facciosa. Sin estos desmanes la República no estaría aquí (Por menos motivos se ha fusilado a Tujashevski)”[27].

g) 1939 y postguerra. Una valoración ambivalente.

Los episodios finales de la guerra han sido abordados en múltiples estudios, el más reciente de los cuales es el publicado recientemente por Ángel Viñas y al autor de estas líneas[28]. La dimisión de Azaña quedó eclipsada por el debate posterior entre las fuerzas del exilio acerca de la legitimidad del gobierno Negrín a partir de marzo de 1939. La muerte del presidente de la República en suelo francés y las urgencias de la hora presente, marcada por la reconstitución de unas instituciones y unas plataformas que ofrecer a las fuerzas aliadas como alternativa democrática al franquismo dejaron aparcada la figura de Azaña, que para los comunistas pasó a encarnar los rasgos y limitaciones del republicanismo burgués. Vicente Uribe sintetizó la lectura comunista en sus memorias elaboradas en 1957: Azaña, señaló, fue un producto de la “vieja política (…), un republicano burgués, partidario de una república jacobina como la de Herriot [que] comprendía y temía el carácter revolucionario de la irrupción de las masas”. Como presidente de la República, se sometió más a los intereses de las cancillerías que a la voluntad de resistencia de su pueblo.

Sin embargo, parte del legado del republicanismo de entresiglos, ese republicanismo que había encontrado en Azaña uno de sus principales portavoces y que constituyó una cultura política transversal a las distintas fuerzas del arco político y sociológico comprendido entre el liberalismo reformista y el sindicalismo, pasando por el federalismo y el socialismo marxista, se incorporó al ideario del PCE. Un proyecto de identidad nacional forjado de elementos como la igualdad, el reformismo social, el laicismo, la política antioligárquica y el progresismo, que la guerra había llenado de contenido patriótico y que los comunistas pretenderían seguir alentando en la lucha clandestina contra la larga dictadura franquista.


[1] Andrade, Juan: Recuerdos personales. Barcelona, Ediciones del Serbal, 1983, p. 164.

[2] TNA, HW 17/26, 1763/Sp., 7/10/1934.

[3] AHPCE, Tesis, manuscritos y memorias, Uribe, 60/5.

[4] Hobsbawm, Eric J: Revolucionarios: ensayos contemporáneos. Barcelona, Crítica, 2000, p. 19).

[5] TNA, HW-26, 5995/Sp., 30/11/1935.

[6] TNA, HW-26, 5901/Sp., 16/1/1936.

[7] TNA, HW-26, 5300/Sp., 26/2/1936.

[8] TNA, HW-26, 5308/Sp., 26/2/1936.

[9] TNA. HW-26, 5382/Sp., 4/3/1936.

[10] TNA, HW-26, 5810/Sp., 9/4/1936

[11] La Vanguardia, Barcelona, 15-19/4/1936. Tagüeña, Manuel:Testimonio de dos guerras. Barcelona, Planeta,  2005, pp. 93-94.

[12] La Vanguardia, Barcelona, 17/4/1936.

[13] TNA, HW-26, 5743/Sp., 16/4/1936.

[14] TNA, HW-26, 5733/Sp. 18/4/1936.

[15] TNA, HW-26, 5811/Sp., 26/4/1936.

[16] TNA, HW 17/27, 6459/Sp., 13/7/1936.

 

[17] TNA, HW 17/27, 6485/Sp., 17/7/1936.

[18] Mundo Obrero, Madrid, 5/5/1937.

[19] AHPCE. Tesis, manuscritos y memorias. 60/5.

[20] Zugazagoitia, Julián: Guerra y vicisitudes de los españoles. Barcelona, Tusquets, 2001, p. 249.

[21] Radosh, Ronald; Habeck, Mary. R; y Sevostianov, G: España traicionada. Stalin y la guerra civil. Barcelona, Planeta, (2002),  (p. 241).

[22] Azaña, Manuel: Diarios completos : monarquía, república, guerra civil. Barcelona, Crítica, 2000,  pp. 958-959.

[23] Azaña, Diarios… p. 963).

[24] Azaña, Diarios… p. 968)

[25] Fundación Pablo Iglesias (FPI), AH-11-2.

[26] AHPCE, Internacional Comunista, Togliatti, 137/14, 4/4/1938.

[27] AHPCE, Internacional Comunista, Togliatti, 137/14.

[28] Viñas, Ángel, y Hernández Sánchez, Fernando: El desplome de la República. Barcelona, Crítica, 2009.

 

5as. Jornadas Manuel Azaña, Montauban (2011).

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