José María Orense (1803-1880), republicano, federal, demócrata / Eduardo Benot

Posted on 2014/02/15

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"Histórica y conocida fotografía de José María Orense (sentado) tomada probablemente en Madrid a comienzos de 1869 durante la visita de Giuseppe Fanelli a España. Acompañan a Orense, de pie y de izquierda a derecha: Fernando Garrido, Eliseo Reclus, Arístides Rey y Giuseppe Fanelli."

“Histórica y conocida fotografía de José María Orense (sentado) tomada probablemente en Madrid a comienzos de 1869 durante la visita de Giuseppe Fanelli a España. Acompañan a Orense, de pie y de izquierda a derecha: Fernando Garrido, Eliseo Reclus, Arístides Rey y Giuseppe Fanelli.”

Feliz quien deja al morir algo más que halló al nacer.

Esto pudo decir al terminar sus días el ilustre patriarca de la democracia española y apóstol de las ideas federales. Don José María Orense, marqués de Albaida, nació en Laredo el 28 de Octubre de 1803, en el período más escandaloso de la privanza de Godoy, y de su absolutismo y arbitrariedad. El pueblo entonces no tenía derechos, y ni asomo siquiera existía de lo que ahora llamamos respeto a la personalidad humana. El gran Orense nació, pues, en una época de oscurantismo y degradación; pero por su perseverancia nunca vacilante, su incansable propaganda y su generoso amor a los grandes ideales, logró lo que él no halló al nacer: dejar implantados los derechos individuales en la conciencia universal, cuando se despidió de esta vida en Astillero, provincia de Santander, hace catorce años, el día 29 de Noviembre de 1880. Culto tienen que rendir a su memoria venerada cuantos aprecien en algo las conquistas políticas modernas.

Si la generación actual no concibe, especialmente en los grandes centros de población, que haya podido vivir el hombre sin la higiene de la camisa interior, que acabó con la lepra secular; sin los medios de obtener a todo instante luz y fuego, a no haber con tal objeto instituciones especiales, como la de las Vestales romanas, que hoy cada cual lleva consigo en la vulgarísima caja de fósforos; sin los frutos coloniales que tanto abaratan y de (…)
hombre moderno el íntegro desenvolvimiento de sus facultades físicas, intelectuales y morales, dignificándolo hasta la categoría de ciudadano, desde la de siervo que antes era. Tan fácilmente se percibe la diferencia entre el progreso material presente y el anterior atraso, que no cabe discusión entre caminar en galera o viajar en tren expreso; entre tardar medio mes o un día solamente desde Madrid a las costas; entre recibir correo de los antípodas cada ocho meses, o saber a diario, por medio de los alambres telegráficos, cuanto pasa en todo el mundo. Pero, por grande que sea el adelanto material, es inmensamente mayor el progreso político. ¿Dónde está ahora el populacho soez que gritaba “queremos caenas”? ¡Oh! Hay un abismo entre la declaración de la Universidad de Cervera, de ser “funesta la manía de pensar”, y la declaración de los derechos del hombre; entre la clausura de universidades y la creación de una escuela real de tauromaquia; entre el suplicio de la horca, donde perecían por cientos… ¡qué cientos!, por millares los “negros” de los liberales, y la actual seguridad individual; entre vivir en la emigración los hombres más notables del país y estarles encomendada ahora su dirección. ¡Ah! ¡Qué época aquella en que los liberales tenían que congregarse en sótanos cerrados, faltos de aire y de luz, donde no los vieran los ojos de la policía! Tanto es el progreso, que hoy resultan imposibles hasta los atropellos de épocas más recientes. ¿Qué Gobierno sería tan audaz que atentase de noche a la inviolabilidad del domicilio, nada menos que de un Presidente de las Cortes, como Ríos Rosas, para mandarlo al castillo de Santa Catalina de Cádiz? ¿Quién osaría repetir ahora las cuerdas a Filipinas? ¿Cuál poder se atrevería hoy sistemáticamente contra la libre emisión del pensamiento? Hoy nada puede el cañón contra la pluma del periodista.

Verdad es que no todo está hecho. Verdad es que se han consagrado los derechos individuales, pero no los de los seres colectivos. Los Municipios son esclavos, las Diputaciones son esclavas de una centralización de muerte. Tanta esclavitud produce caciquismo, pues para que una localidad obtenga una mejora, se necesita el influjo de un cacique, el cual se cobra en abusos los favores hechos a espaldas de la ley. Hemos abolido la esclavitud del negro; pero el obrero aún contrata diariamente su suicidio. Mucho ha caído ya en delicuescencia, pero mucho queda aún en pie, que pronto vendrá por tierra; porque proclamar derechos es condenar a muerte los abusos. Esperemos. ¿Vamos a abolir el ferrocarril por ser su inaguantable ruido innecesario para la locomoción? ¡Gloria, pues, a los hombres que nos han traído los incompletos bienes de que disfrutamos! ¡Gloria a D. José María Orense, ante el cual los más conspicuos no admiten parangón!

La historia de la democracia española es la de D. José María Orense, el gran evangelizador de las ideas federales; y, así, la biografía del gran patricio es inseparable de la evolución democrática que llega hasta nosotros.

Orense era hombre de acción: de joven combatió en Laredo y en Coruña contra los franceses que entraron en España el año 1823 al mando del duque de Angulema, encargados por la Santa Alianza de acabar con las libertades españolas. Al cabo de muchos años, se batió en las barricadas de Madrid contra las tropas de Narváez. Cuando el partido federal se alzó en armas en 1869, Orense fue a pelear en Badajoz, donde cayó en manos del Gobierno.

Pero no hay que pintar al gran propagandista como hombre de guerra, porque su misión fue otra. Obligado en 1823 a emigrar después de la toma del Trocadero y la entrada de los franceses en Cádiz, Orense pasó en Londres los floridos años de su juventud. Allí se despertó su vocación política; allí aprendió a poner sobre los intereses del derecho, y sobre la voluntad nacional, los respetos debidos a los individuos y a los seres colectivos; y allí adquirió aquella vasta instrucción con que tantas veces dejó asombrados a sus adversarios, y sus profundos conocimientos sobre el desarrollo de la idea constitucional y los sistemas rentísticos. Orense, pues, no fue liberal sólo por naturaleza: el estudio y la meditación lo hicieron demócrata y federal: la convicción formó aquel gran carácter tenaz y generoso, y la fe en sus ideas de redención lo llevaba tranquilamente a las abnegaciones y al sacrificio con una entereza y una valentía inquebrantables. Su convicción era patente. Por esto tuvo adversarios, pero no enemigos.

Y en verdad que ni por su aspecto ni por sus modales nadie se habría creído autorizado a prejuzgar la energía de aquel patricio indomable (…) un corneta que un diputado.” –“Pero tengo la ventaja -replicó Orense- de no tocar más que un son, a diferencia del Sr. González Brabo, que ha recorrido toda la escala.”

Quería Rivero Cidraque que no apareciesen confundidos progresistas y demócratas y que se observara bien que él y sus amigos eran simples progresistas, y Orense contestó: “Tranquilícese el señor Rivero Cidraque, que a nosotros también nos importa mucho que no se nos confunda con los progresistas simples.”

Lo que no se haga en los primeros momentos de una revolución, solía decir, no se hace nunca: por eso las reformas de los partidos revolucionarios deben estar siempre redactadas en forma “gacetable”.

¿Y eran cien mil, preguntaba en una ocasión, los franceses acorralados por los prusianos en Sedán? Pues si hubieran sido 50.000 carneros, se escapan más de la mitad.

¡Qué frescura de ingenio, unida a una perspicaz observación, no hay en su juicio de los diputados que, al empezar las legislaturas, van al Congreso denominándose “independientes”! El “Madrid Cómico” ha conservado ese juicio en los siguientes versos:

De los fieros diputados
que vienen de “independientes”,
decía el Marqués de Albaida,
D. José María Orense.
Son aves de cuatro mudas,
por más que no lo parecen,
y cambian de pluma todos
cada tres o cuatro meses.
Primero pierden el “in”,
y quedan de “dependientes”,
ya del Gobierno si sube,
ya de otro sol si amanece.
Luego se les cae el “de”
y pasan a ser “pendientes”
de la oreja de quien manda
y darles bazofia puede.
Escalan al cabo un puesto
donde se instalan de jefes,
y, arrojando al punto el “pen”,
se quedan sólo de “dientes”.
Y, perdiendo al cabo el “di”,
resultan ser lo que siempre:
buscavidas sin carácter
y unos ridículos “entes”.

Poco después de la muerte de Fernando VII se acogió Orense a la amnistía dada por la reina gobernadora y volvió a España. Pero volvió con tales ansias de ver restablecido el sistema constitucional, derribado por los cien mil hijos de San Luis, que ya en 1834 se hallaba preso en la antigua cárcel de Madrid por conspirar con Oliver, Calvo de Rozas y el revolucionario conde de las Navas, para proclamar la Constitución de 1812.

¡Cuán grandes son los hombres que evangelizan lo que necesariamente tiene de venir! ¡Cuán pigmeos y hasta odiosos quienes retardan lo que al fin ha de triunfar! ¿A qué su resistencia? ¡Y que se llame hombres de Estado a los que no ven venir lo irresistible! ¿Qué queda de la obra de Narváez? ¿Qué ha sido del antiguo partido moderado? Respondan cuantos tenga ojos y no quieran cerrarlos a la luz.

El trabajo de Orense en aquellas Cortes de 1844 fue increíble. Siempre en la brecha, siempre proponiendo mejoras, que sólo el tiempo había de traer: el desestanco de la sal, la abolición de las matrículas de mar, la supresión de los consumos, la reducción de los gastos, la nivelación de los presupuestos… Aun entonces inició ya sus ideas federales: “La unidad del pueblo -dijo- no consiste en la absorción de los poderes municipales y provinciales por el poder central: consiste en el enlace y armonía de todos los poderes. Con la absurda centralización que nos habéis traído de Francia, camináis a la muerte del sistema representativo. Mientras dependan del Estado los Ayuntamientos y las Diputaciones, podrán siempre los Gobiernos ejercer presión sobre los comicios. Nos acarrearéis otro mal más grave: haréis afluir a la capital la vida de la Nación, y atrofiaréis la energía y la actividad de las provincias y los pueblos. No haréis ni dejaréis hacer.” Indudablemente, los grandes hombres tienen el don de profecía. Estas palabras de 1844 han tenido constante cumplimiento.

…donde solicitó de nuevo los votos de los palentinos por medio de un notabilísimo mensaje, en que ensanchaba su programa anterior con la libertad de enseñanza, la descentralización administrativa provincial y municipal, la elección de alcaldes por los pueblos, la libertad de Bancos, los asilos para los inválidos del trabajo, un presupuesto de seiscientos millones y la unión ibérica.

Reelecto por Palencia, tomó asiento en la extrema izquierda, con carácter y denominación de republicano: ya lo era, según declaró en uno de sus últimos discursos, con Riego, Romero Alpuente, Moreno Sanz y Calvo de Rozas en la época de 1820 a 1823.

Disueltas aquellas Cortes en 1852, residió en Francia hasta la sublevación de O’Donnell en el Campo de Guardias el año 1854, y el alzamiento de Espartero en Zaragoza. Durante el bienio fue uno de los campeones más decididos de la democracia y uno de los veintiún diputados que votaron la forma republicana en la famosa sesión del treinta de Noviembre de 1854. Ametralladas aquellas Cortes en 1856, y disueltas por el inmediato golpe de estado, la propaganda de Orense fue activísima, hasta que vencida la insurrección del cuartel de San Gil en 1866, volvió a emigrar a Francia. Allí adoptó tan resueltamente el federalismo que, no bien estalló la revolución de Septiembre, empezó a propagarlo con actividad entusiasta, insistente y tan tenaz como no parecía compatible con su avanzada edad de sexagenario. Cuando en las Constituyentes de 1869 se puso a discusión la forma de gobierno, sostuvo el establecimiento de la República federal en una de sus más largas y profundas arengas. Elevado a la presidencia de las Cortes en la legislatura de 1873, en vez del discurso de gracias que enjaretan todos los presidentes, repitió su proposición de 1869, y entonces tuvo la inmensa alegría de verla aprobada por aclamación. Satisfecho de su obra, dimitió la presidencia ocho días después. El dos de Enero de 1874, presintiendo el golpe de estado del general Pavía, dio un enérgico viva a la República federal. Este fue su último discurso.

Visitado a principios de 1880 por el Sr. Pi y Margall, D. José Orense le manifestó que creía imperecederas las ideas federales. “Desgraciadamente -le agregó-, no puedo ya hacer más de lo que hice: estoy sordo, medio ciego, cojo y soy hombre al agua.”

Poco después murió. Murió como han muerto tantos bienhechores de la humanidad: en el olvido. La historia únicamente registra con cuidado los nombres de los azotes del género humano, Nerón, Atila, Gengis-Khan… e ignora los del inventor del arado, de la brújula que guía al navegante por las inmensidades oceánicas, del pan cotidiano… ¿Quién se acuerda ya del gran Orense? ¿Quién recuerda que a él debe la inviolabilidad de su domicilio, que por él se ve libre el periodismo del lápiz rojo de los ominosos fiscales de imprenta, y no necesita de depósito ni de editor responsable; que por el cualquiera puede aspirar a los puestos oficiales, en virtud de sus propios merecimientos y sin la obligación de exhibir pergaminos que testifiquen de su sangre azul?…

El progreso, sin duda, no es obra de un hombre solamente. Su artífice se llama legión; y es claro que sin los Rivero, los Figueras, los Pi… y la ilustre falange de oradores y tribunos que arrollaron el antiguo régimen, la voz de Orense se habría perdido en el desierto. Pero, si el general no gana sin soldados la batalla, también es cierto que el triunfo no se logra sin moverse las huestes con meditado plan y predeterminado fin. El plan y el fin que dieron el triunfo a los demócratas eran de Orense.

Los restos del padre de la democracia, trasladados desde Astillero, reposan en Santander, donde tiene un sencillo mausoleo erigido por la piedad de los santanderinos.

Publicado en El Liberal y El Nuevo Régimen en 1895.
Hemeroteca Municipal de Madrid.