El faro de la Edad Media, Jacques Le Goff / Pablo R. Suanzes

Posted on 2014/04/04

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El faro de la Edad Media, Jacques Le Goff
Erudito brillante, el historiador rompió el mito de la época como siglos oscuros

PABLO R. SUANZES 2/4/2014 El mundo

A Jacques Le Goff, sus amigos, sus colegas, sus centenares de discípulos y miles de admiradores, le llamaban el historiador ogro. Parafraseaban a Marc Bloch, fundador junto a Lucien Febvre de la Escuela de Annales, para quien el historiador de verdad, el bueno, como los ogros de los cuentos y las fábulas: «Allí donde huele carne humana, sabe que se encuentra su presa».

Le Goff, como sus maestros, encabezó una de las más grandes revoluciones historiográficas del siglo pasado, la que rompió las cadenas del positivismo rankeano y combatió las estructuras anquilosadas del marxismo británico. La que se centró en las personas, los detalles, la vida cotidiana. La que apostó por las mentalidades, la imaginación y la antropología en lugar de las batallas, la cronología y las dinastías reales.

Le Goff, fallecido ayer a los 90 años, fue el padre del medievalismo moderno, un gigante de prosa elegante a cuyos hombros se han subido generaciones enteras. Y fue, junto a George Duby, una de las personas que más hizo para acabar con el mito que siembre ha rodeado a la Edad Media. No era, aseguraba, un agujero negro, un tránsito secular y lineal a olvidar desde la Edad Antigua al Renacimiento, sino todo lo contrario. «La Edad Media fue un período de violencia, de condiciones de vida duras, dominado por el mundo natural», pero «fue también un período de excepcional creatividad que sentó las bases para el desarrollo de la civilización occidental», explicaba en La Civilización del Occidente Medieval, una de sus grandes aportaciones.

Le Goff nació en enero de 1924 en el seno de una familia con principios de firmeza inquebrantable. Su padre, abogado, íntegro, honesto, profundamente anticlerical, había servido de traductor a las tropas norteamericanas en la Primera Guerra Mundial. Su madre, católica ferviente de izquierdas, era profesora de piano. Entre ambos le dieron fuerzas para ir contracorriente en una ciudad pequeña, asfixiante, racista.

Durante siglos, en Tolón, los niños se han asomado a los muros de la ensenada, una de las más bellas del sur de Europa, buscando la esperanza en las olas del Mediterráneo. El joven Jacques, en cambio, buscó su futuro en el pasado. Descubrió y amó la historia desde muy pequeño, con Walter Scott, con las historias de piratas y sarracenos, de hombres de mar y soldados, de reyes y guerras.

Estudiante brillante, lector incansable, destacó de inmediato. En el instituto recibió clases de un vibrante Henri Michael. Después, en París, en la Ecole Normale Supérieure. Políglota superdotado, recorrió Europa como los monjes medievales, de universidad en universidad. Lille, Roma Oxford o Praga, donde en 1948 vive en persona el golpe de Estado y se le quitan, de por vida, las veleidades comunistas.

Durante décadas de trabajo, aprendió que el verdadero pasado estaba en los detalles, no en los grandes apellidos. En una historia del cuerpo humano, del miedo, de la oscuridad, de la idea de purgatorio. Del dinero y la introspección. En la historia de las catedrales, de los mitos, de las leyendas. En el Cid y en Robin Hood, pero también en San Luis.

En 1972 sucedió al legendario Fernand Braudel al frente de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, y en 1977 cedió su lugar a François Furet. En 1978, el increíble éxito de Montaillou, la obra de Le Roy Ladurie sobre un pequeño e increíble pueblo occitano, con más de 200.000 ejemplares vendidos, le demostró que iban por el buen camino. Que la historia debía evitar ser un «cajón de sastre», pero que no estaba reñida con la difusión. Por eso hizo ediciones para niños o dirigió un programa semanal en la radio francesa, con la esperanza de llegar a millones de hogares. Era la Nueva Historia que encabezó junto a Pierre Nora.

Afable, de risa fácil, pegado a su pipa y con un apetito pantagruélico, por el conocimiento y la comida, Le Goff añoró siempre lo que llamaba la «izquierda ideal», la del Frente Popular que conoció y le ilusionó de niño. El dolor más insoportable llegó hace unos años, tras la muerte de Hanka, su inseparable mujer, la madre de sus dos hijos, polaca a la que desposó en Varsovia en 1962 y a la que añorada y lloraba cada día.
De su trabajo, si queda algo, es la defensa de una realidad sepultada por los románticos decimonónicos. A la Edad Media, aseguraba en una lúcida entrevista al diario La Nación, «le debemos el Estado, la nación, la ciudad, la universidad, los derechos del individuo, la emancipación de la mujer, la conciencia, la organización de la guerra, el molino, la máquina, la brújula, la hora, el libro, el purgatorio, la confesión, el tenedor, las sábanas y hasta la Revolución Francesa».

Con él se va una forma de entender y de hacer la Historia. Una forma de ver el mundo multidisciplinar, lenta, profunda. La de aquellos que podían escribir obras maestras desde una prisión, con erudición y miles de notas en la cabeza. Con Le Goff la Edad Media volvió a la luz. Hoy, sin él, el resto, los que seguimos asomados al futuro mirando siempre hacia atrás, nos quedamos un poco más a oscuras.

Jacques Le Goff, historiador y escritor, nació en Tolón (Francia) el 1 de enero de 1924 y murió en París el 1 de abril de 2014.

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