Un país que podría haber sido / Boris Kagarlitsky

Posted on 2014/06/26

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Ucrania volverá a estar unida solamente si las fuerzas insurgentes del este plantan su bandera en Kiev

Cuando se derribó el monumento a Lenin en Kiev, uno de los editores del sitio web ucraniano Liva («izquierda») ironizó con tristeza: el Estado ucraniano moderno fue creado como resultado de una revolución, y durará el tiempo que los monumentos de ésta hayan permanecido en pie. Si se destruyó la estatua de Lenin, Ucrania también caerá en pedazos. Y fue de hecho sólo unas pocas semanas después de la «caída de Lenin» que el colapso del Estado comenzó.

Cuando se dice que Ucrania fue construida a principios del siglo XX de una forma artificial, se puede objetar que lo mismo podría decirse de casi todas las naciones europeas, incluyendo las altamente exitosas.

Los reyes de Francia, y luego la república, debieron empeñarse en ensamblar territorios y comunidades dispares en una sociedad unificada, que más tarde sirvió como modelo de identidad nacional para toda Europa. Bismarck tuvo que trabajar duro para lograr que hannoverianos, sajones y prusianos se reconocieran a sí mismos en primer lugar como alemanes.

El problema, sin embargo, es que el «trabajo» de los gobernantes ucranianos en el último cuarto de siglo ha tenido precisamente en el sentido contrario. El problema no radica en la «naturaleza artificial» del Estado ucraniano, sino en su propia construcción, o más precisamente, en lo que los ideólogos y practicantes de la «independencia» hicieron con esa construcción.

Los elementos en los que hoy en día Ucrania se «ensambla» (no sólo los elementos territoriales, sino también los económicos, sociales y culturales), se reunieron en el curso de la revolución rusa, y durante el proceso de construcción, defensa y desarrollo de la Unión Soviética. Al igual que en cualquier proceso de construcción, estos elementos, en el curso del desarrollo histórico, eran el «terreno potencial» en el que unos y otros encajaban en un todo unificado e integrado. También hubiesen podido girar en diferentes direcciones. Para el desarrollo del Estado, para seguir el camino de la integración nacional, eran necesarias políticas apropiadas.

De palabra, también ese era el objetivo proclamado por los presidentes que luego se sucedieron en Kiev. Pero en la práctica, todas sus medidas sirvieron para promover exactamente el resultado opuesto. Tratando mecánicamente de implantar una «identidad ucraniana» que fue concebida artificialmente y que no respondía a las necesidades reales de la mayoría de la población, en lo esencial le quitaron a la gente cualquier posibilidad de trabajar de forma independiente hacia una identidad colectiva común.

Todo estado va a crear siempre sus propios mitos, desinfectando e idealizando la historia, pero estos mitos sólo funcionan si no entran en absurda y flagrante contradicción con la lógica del desarrollo histórico real, ni con los hechos evidentes que se encuentran a la vista y que recuerdan a la gente constantemente su presencia.

Esto significa por lo menos que el Estado ucraniano estaba obligado, aunque más no fuese por su propia conservación, no sólo a reconocer la herencia soviética sino también en descansar en ella y desarrollarla, ya que esta fue la herencia de la época misma durante la cual los ucranianos se reunieron dentro de sus fronteras modernas, y en su forma contemporánea.

Hablando con propiedad, todos los estados post-coloniales que lograron realizarse, desde Canadá a la India, han actuado de esta manera. Pese a todas las críticas que podría merecer el Imperio Británico, estos estados se apoyan en las estructuras establecidas por este imperio, y no en negar ese hecho. Están orgullosos del papel que ellos mismos cumplieron en la historia de ese imperio y argumentan que, sin ellos, la historia del imperio no habría sido posible. Esto se aplica en particular a la Unión Soviética, que en relación con Ucrania no actuó como un imperio extranjero depredador.

Bielorusia, vecina de Ucrania, ha basado gran éxito actual en hacer uso de la herencia soviética como base de su identidad como Estado, a menudo contraponiendo su propia fidelidad a la tradición soviética a las tendencias de la Rusia actual en renegar de esta tradición. Podemos ver que con el Gobierno de «Papá» Lukashenko, el Estado bielorruso moderno ha demostrado ser viable, aunque nadie al principio podría haber creído que eso fuese posible.

El idioma

No menos absurdo en Ucrania ha sido el intento de hacer del ucraniano el único idioma oficial. En la práctica, esto ha condenado al Estado al provincianismo y a la alienación de sus propias raíces culturales. Sería totalmente natural y eficaz declarar a ambos, ucraniano y ruso, como idiomas oficiales del Estado, y promover, junto con esto, un auténtico federalismo como base para el intento de asociación europea por parte de Ucrania. Esto podría aportar el contrapeso a una Rusia centralista y uniforme. Pero las élites de Kiev han actuado de una manera exactamente opuesta.

El problema no es que el idioma ruso sea objeto de una especial represión en Ucrania. A nadie se le prohíbe hablar o escribir en ruso, y los intentos de imponer la ucranianisación de la educación se han esfumado una y otra vez. Ucrania necesita el ruso no simplemente como el lenguaje que la población habla y seguirá hablando en casi todas las grandes ciudades, sino también como un poderoso instrumento para la construcción del Estado. Rechazando al ruso como ese instrumento se caería automáticamente en que el sistema estatal retrocedería un siglo o más.

Una lengua no es simplemente un conjunto de palabras, sino el producto de la evolución a lo largo de muchos siglos, una herramienta afilada y refinada para la realización de tareas concretas. Conseguir para el idioma ucraniano el mismo nivel cualitativo del ruso (o el inglés o el francés) requeriría 100 o 150 años. No es casualidad que países como Irlanda o la India, después de liberarse de la dominación británica, no sólo se abstuvieron de excluir al idioma Inglés de la arena estatal, sino que por el contrario, han hecho que sea un elemento obligatorio de su cultura política.

Si se toma la decisión de hacer del ucraniano el idioma exclusivo de los asuntos de Estado en Ucrania, sería necesario invertir un enorme presupuesto en la traducción no ya de cientos sino miles de libros sobre filosofía, política, minería, astronomía, sociología, arqueología e historia de todos los idiomas del mundo. Con el fin de desterrar la lengua rusa como un medio para la transmisión de los conocimientos universales y un puente a la cultura europea, sería necesario invertir 20 años para que una generación tenga un dominio del inglés como para ponerse a nivel de los países escandinavos, y al mismo tiempo formar a una nueva intelectualidad que, junto con poseer ese impecable Inglés, también hable fluidamente en francés, alemán e italiano.

Todo esto costaría muchísimo. Pero si los fondos y la voluntad faltan, los ucranianos tienen que elegir el criterio de no ir a la guerra contra el idioma y la cultura rusa, sino emplearlos como recursos para su propia construcción nacional. Tienen que declarar a Gogol, Babel y Bulgakov como clásicos nacionales, explicando a todo el mundo cuánto más cerca está el discurso de Kiev que el de Moscú de las raíces de la lengua rusa, y exigiendo que Rusia, Bielorrusia y Kazajstán acepten un acuerdo de política lingüística, sobre la base de que la lengua rusa es su patrimonio común.

Intelectuales nacionalistas

En lugar de esto, grandes sumas se han gastado en la alimentación de una intelectualidad nacionalista que se niega deliberadamente a participar en una actividad cultural positiva, ya que el criterio de éxito ha sido la lealtad a la ideología oficial y un mejor conocimiento (en lo posible) de la «lengua materna». Sin embargo, un lenguaje en el que no se están creando nuevos tesoros culturales y textos académicos serios, no sólo no puede desarrollase; no está realmente vivo y está en retroceso. Ahora que el enfoque de mercado para la edición de libros ha sustituido a la política soviética de apoyo a la literatura y la cultura nacional de Ucrania, la degradación de éstas es inevitable.

La intelectualidad nacionalista ha transformado el conocimiento de la «lengua materna» en una fuente de poder, una fuente que funciona sólo en condiciones de constante confrontación con otras lenguas y culturas, es decir, en contradicción objetiva con la práctica cotidiana de la sociedad, y que genera un incesante y doloroso conflicto en las bases mismas de la vida del Estado.

El nacionalismo es una ideología que sirve para levantar movimientos agresivos, pero no, por desgracia para la construcción de un Estado. Ni una sola nación moderna de éxito ha sido construida por los nacionalistas. Ningún pueblo puede desarrollarse bajo condiciones en las que su vida política y la ideología del Estado se basen en contradicciones neuróticas.

En última instancia, sin embargo, las contradicciones políticas y culturales están basadas en la realidad económica. La economía de la Ucrania soviética combinó el oeste agrario atrasado y el sudeste industrial desarrollado dentro de un organismo unificado. Durante la época soviética, el desarrollo planificado tenía por objeto elevar al oeste hasta el nivel de las regiones del este, y en parte esto se ha realizado correctamente. Pero en el transcurso de las décadas post-soviéticas hemos observado el colapso de la industria en el oeste de Ucrania, que ahora ha pasado a depender cada vez más de la redistribución de recursos desde el este.

No hay nada fundamentalmente malo en esa redistribución. Pero para que esto tuviese lugar, también era necesario permitir que el ucraniano del sudeste se pueda desarrollar, crecer, expandir su economía y modernizarse. Era necesario invertir en la región. Pero esto no se hizo; los recursos del sudeste fueron utilizados por los oligarcas de manera puramente parasitaria. La industria del sudeste era como una vaca lechera que nadie alimentaba.

Mientras tanto, la redistribución de los recursos no trajo tampoco prosperidad a las regiones occidentales. Sólo dio lo suficiente como para dejarlos sobrevivir, pero no como para permitir su desarrollo. Las regiones occidentales seguían siendo deficitarias, y su población se fue volviendo cada vez más desclasada (fueron precisamente estos jóvenes desclasados [lumpenizados, ya no son ni obreros ni campesinos] los que proporcionan la base para el sector de ultraderecha). Pero sumas cada vez mayores fueron destinadas a apoyar a la élite parasitaria en Kiev y a su sus numerosos «sub-parásitos», los propietarios de restaurantes caros, y los especialistas en relaciones públicas e innumerables politólogos que eran la clientela de medio pelo de esos restaurantes.

Política económica

Del mismo modo que la política cultural, con la política económica implementada el Estado ucraniano está inevitablemente condenada a derrumbarse. La élite que ha crecido sobre la base de esta política económica no sólo no está interesada en el desarrollo, ni siquiera comprende ese concepto. Junto con las hordas de la intelectualidad nacionalista, y el no menos numeroso estrato de mercenarios ideológicos y políticos, los miembros de la élite tienen todos de una manera u otra responsabilidad en la caída del Estado ucraniano.

Dicho Estado ya no existe, y no va a ser restaurado. La «guerra fría» civil comenzó en Ucrania mucho antes de que sonasen los primeros disparos. Las posteriores crisis económica y política, se aseguraron de que este conflicto pudiese avanzar a la fase «caliente».

El sudeste del país ha entrado en ella a su manera, y aquí no estamos hablando sólo de las repúblicas de Donetsk y Lugansk, sino también de todas las demás provincias que objetivamente han terminado en la posición de territorio ocupado. La resistencia que está creciendo en estas provincias tiene que desarrollar su propio programa y su concepto de construcción estatal, con la realización de las tareas en que los nacionalistas de Kiev no son los únicos que han fallado.

Igualmente ineptos han sido los líderes en Donetsk y Lugansk, que por la fuerza de los hechos han llegado a la cima del poder en sus repúblicas no reconocidas. Si quiere resistir, Novorossiya [«Nueva Rusia», un nombre tradicional para los ruso-parlantes que son la gran mayoría en las provincias del este y sur de Ucrania] tiene que descubrir su propia forma política, para resolver los problemas que dejó pendientes la vieja élite, y transformarse como sociedad.

Puede ser que luego de un tiempo volvamos a ver un estado ucraniano que no esté dividido por los bandos enfrentados de una guerra civil. Pero va a ser un Estado fundamentalmente diferente, construido sobre la base de muy diferentes principios, no sólo políticos y culturales, sino sociales y económicos. Sin embargo, y esto puede sonar trágico, el camino hacia la fundación de un Estado de esta naturaleza pasa por la guerra civil. Ucrania volverá a estar unida solamente si las fuerzas insurgentes del este plantan su bandera en Kiev.

Links. Traducción: Fernando Moyano. Revisada por La Haine