Las nuevas sanciones: periodo prebélico. Impacto en el frente de Moscú / El Murid Anatoly Nesmeyan

Posted on 2014/09/14

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[El Murid lo ve muy negativamente. Las nuevas sanciones occidentales indican que apuestan por un cambio en Moscú hacia la rendición —no ya del Donbass, sino de la propia Rusia—, o eso o una escalada. Muy preocupante la situación interna rusa que se deduce de todos estos hechos]

Original: El Murid (Anatoliy Nesmeyan) LiveJournal

Traducción de Nahia Sanzo

La última ronda de sanciones impuestas por la Unión Europea acaba con cualquier discusión sobre la posibilidad de un acuerdo de Rusia con Occidente. Y eso a pesar de las concesiones y de la traición.

Al titubear en Ucrania y no defender sus intereses nacionales, abandonando a su suerte a la región de Donbass antes quienes tratan de romperla en pedazos y aceptando la derrota por parte del liderazgo ruso y la traición, Occidente se ha convencido aún más de que puede dictar sus exigencias y aplicar cada vez mayor presión.

Es difícil saber lo que los traidores prometieron al Presidente, pero es ya obvio que le mintieron. No habrá reconciliación. El problema es que la presión occidental ya no tiene solo una dimensión ucraniana. Las sanciones y su escalada buscan únicamente fomentar un cisma en la élite rusa, dañando los intereses de una parte y buscando un golpe.

Lo que está en juego ahora es nada más y nada menos que la cabeza del mismo Putin. Solo eso podrá satisfacer a Occidente. Ya tras Crimea, las asustadas élites euro-americanas habían decidido que no había cómo lidiar con la Rusia de Putin, razón por la que sancionaron los planes para derrocarle. Por ahora, por la vía de un golpe es Estado a manos de los agraviados y desventurados oligarcas, pero si eso no funciona, por la vía de un conflicto militar.

Parece que el liderazgo ruso ha comprendido esto y los ejercicios militares de las tropas del Distrito Militar del Este, que implica una preparación de combate, demuestran Que Rusia está preparada para cualquier desarrollo de los acontecimientos. La única pregunta que queda por resolver es si está preparada para la traición.

El último lustro ha dado buena cantidad de material de estudio de posibles escenarios para la guerra contra Rusia. Libia, Egipto, Yemen, Ucrania son algunos de los países en los que Occidente ha logrado sus objetivos por la vía del motín de partes de las élites locales, seguido por la llegada de la democracia a esos salvajes suburbios de la civilización. Los bombarderos de la OTAN lo facilitaron en Libia; en Egipto, la financiación masiva de los grupos terroristas por parte de corporaciones occidentales en Qatar; en Yemen, los líderes tribales y el lanzamiento del proyecto de “Al Qaeda en la Península Arábiga” y en Ucrania, lo que vemos ante nuestros ojos.

El plan falló en Siria, donde las élites se negaron a traicionar a Assad porque sus intereses coinciden con los del país y sus negocios y el bienestar de sus miembros está basado en la existencia de un Estado unido y estable. Por eso traidores individuales infiltrados en el liderazgo del país no pudieron minar su estabilidad y Occidente se vio obligado a apoyarse en los terroristas de Al-Nusra, ISIS, el Frente Islámico, Las Brigadas Farouq o Free Syrian Army, entre otros. Ahora Obama se prepara para bombardear territorio sirio bajo la falsa premisa de luchar contra el Estado Islámico (Islamic State, o IS, en sus siglas en inglés, nuevo nombre que se da el grupo antes llamado ISIS o ISIL). No cabe duda de que la campaña de bombardeos irá mucho más allá y que si Rusia pasa por alto el bombardeo de Ar-Raqqa, los halcones de Obama estarán bombardeando Damasco en el plazo de unos meses. Si Rusia no suministra a Siria un sistema de defensa aérea capaz de luchar contra los terroristas americanos, nos encontraremos ante un empeoramiento de la situación en el sur además del problema de Ucrania.

Rusia se encuentra ante un dilema similar. En primer lugar se puede esperar un golpe. Al contrario que en Siria, una buena parre de la élite rusa contemporánea tiene poco en común con el país salvo el hecho de que es a costa de Rusia de quien se enriquece. Es esta gente, y sus dueños occidentales, la que ahora comienza a ejercer presión, usando las sanciones como un látigo con el que forzar un golpe. Y cuanto más esperen, más fuertes serán las sanciones.

Pero las sanciones tienen también otro aspecto: si el golpe fallara, Occidente necesita debilitar, en la medida de lo posible, los sectores que mueven la economía rusa, para asegurarse así de que Rusia no podrá estar mínimamente preparada cuando se enfrente a un posible conflicto armado. En relación a un conflicto armado, podemos decir sin temor a equivocarnos, que la base de la intervención militar contra Rusia será la idea de George Friedman de unir las guerras de Irak y Ucrania. Solo es una cuestión técnica si esto se hará por la vía de una guerra en Crimea o un conflicto armado en Chechenia. Está claro que se están formulando diferentes escenarios y que estos serán llevados a la práctica inmediatamente después de un golpe o de forma simultánea.

Los acontecimientos de los últimos años demuestran de forma clara que Occidente busca la destrucción del orden mundial vigente. Occidente no ve con buenos ojos la aparición de nuevos centros de poder, lo que pone al borde del precipicio ese viejo orden. La dulce existencia del “billón de oro” está basada en la premisa de que el resto del mundo trabaja para sus maestros. Los nuevos centros de poder o la tracción que ganan las nuevas asociaciones de países del Tercer invalidan el concepto de neocolonialismo. Y Occidente irá a la guerra. En realidad, no tiene muchas más opciones.

Las revoluciones de colores han dado a Estados Unidos y sus aliados un instrumento con el que esperan derrotar a sus rivales estratégicos con necesidad de una confrontación directa que lleve a la destrucción total. Extendiendo por el mundo el cáncer de la democracia y los derechos humanos tal y como los entiende Occidente, se prepara el terreno para revoluciones de colores de distintos grados de ferocidad.

La presión de las sanciones a Rusia, que ya nadie tiene intención de parar, eleva el nivel de confrontación a un grado cualitativamente superior. Es evidente que hay un punto de no retorno, llegado al cual deshacer el camino andado ya no es posible. Existe ya la sospecha de que hemos pasado ese punto de forma casi casual e imperceptible. Ese punto puede ser la negativa rusa a luchar por Ucrania. Mayo de 2014, cuando el pueblo de Donbass fue inexplicablemente traicionado, puede ser ese punto. Occidente recibió entonces la prueba de que tenía la capacidad de forzar sus intereses. El Presidente es quién mejor sabrá quién de las élites rusas y del aparato del Estado ejerció presión y le traicionó. Pero esa es la misma gente que estará tras el golpe.

Si hemos entrado en un periodo pre-bélico, la lógica de nuestro comportamiento ha de ser diferente a la de tiempos de paz. Cualquier posibilidad de un golpe ha de ser eliminada. Aquellos que traicionarían y venderían el país han de ser apartados del poder. Han de ser privados de sus armas y de su influencia. Entonces Occidente encontrará solo la opción militar, un camino que teme, un camino que le da muchas menos posibilidades que una traición.

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