Un imán debajo de la mesa / Bernardo Atxaga

Posted on 2014/09/22

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Metafórico estoy, y lo primero que me viene a la cabeza al preguntarme sobre el referéndum escocés es el misterio del que fui testigo en la escuela primaria. Los alfileres y las chinchetas que había sobre una mesa de madera se movían de un lado para otro animados por una fuerza que, creíamos los niños, residía en la mano que el maestro escondía debajo de aquella. Enseguida se descubrió la verdad: la causa era una pieza de acero en forma de herradura. “Es un imán”, dijo el maestro levantándola como si fuera un trofeo.

La pregunta es ahora, en la realidad de nuestros días, pensando en Escocia: ¿de qué imán se trata? ¿Qué fuerza ha movilizado a más de un millón y medio de personas y les ha llevado a votar por la independencia? Hace unos treinta años, resultaba imperceptible para quienes estábamos allí pasando una temporada. Cierto que se insistía en las particularidades culturales, y que la danza, que tantas veces sustituye a la lengua como elemento identitario, era socialmente tan importante que hasta los jóvenes de Japón y de Pakistán que estudiaban en la Universidad de St. Andrews se animaban a aprender las Scottish Country Dances; cierto, también, que los escritores nacionales como Robert Burns o Walter Scott, recreadores de la tradición oral e inventores de un pasado legendario, eran estudiados en las escuelas y citados una y otra vez durante las celebraciones; pero, en comparación con lo que ocurría en otra región británica, Irlanda del Norte, o en el País Vasco, el caso escocés parecía políticamente suave, y pocos imaginaban que en el 2014 el duelo entre independentistas y unionistas iba a ser cerrado y, literalmente, conmovedor. Solo recuerdo, en todo el tiempo que pasé allí, una postura política radical, la de un habitante de las Highlands que, dirigiéndose a un miembro de nuestro grupo que se había identificado como vasco, le tendió la mano diciendo: “¿Es usted nacionalista? Porque si no lo es ahora mismo retiro esta mano”.

Se ha hablado estos días, tratando de describir el imán, el origen de la fuerza que guía Alex Salmond, de los nacionalismos tradicionales que, como el vasco o el catalán, hacen suya la fórmula del estado-nación: “tendrá derecho a una unidad política diferente toda sociedad que tenga una cultura diferente”. En ese sentido, han abundado los comentarios sobre si en Escocia se hablan realmente lenguas diferentes del inglés, como el scots o escocés, o sobre si el gaélico pasa de un mínimo dos por ciento de hablantes. Ha habido incluso comentaristas que, recién llegados al parecer del futuro, han afirmado que en ningún caso se impondría en Escocia “una lengua adicional” ni se enseñaría una “historia distorsionada” Pero, a mi modo de ver, pocos son los alfileres y las chinchetas que ha movido ese imán, la reivindicación que podríamos llamar “nacional”. De los 18 documentos cinematográficos que, copiados en un CD, los defensores del YES ofrecían este verano en las calles de Edimburgo, solo uno está en gaélico, y en ninguno de ellos se menciona que la cultura escocesa esté en peligro “por culpa de Londres”. Tampoco se hace hincapié en las diferencias con el resto de los británicos, porque, en realidad, todo está claro y no hay ningún lío de faldas. Todos saben cuál es la suya; todos saben también que, como demostró el libro The Invention of Tradition de E.J. Hobsbawm y T.O. Ranger, las teorías de Walter Scott y otros románticos sobre los clanes y sus diferentes tartanes tienen más de fantasía que de realidad histórica, y que el éxito de la, para nosotros, extravagante vestimenta, se debió fundamentalmente a los intereses de los pañeros y a la coquetería de los varones. Pero, ¿qué importa? Ya se sabe que lo cultural se parece poco a los imanes naturales, y que, en ese campo, todo es creado, histórico. Además, ¿qué es nuevo y qué es viejo? Las casas que en Virginia o Georgia son antebellum, anteriores a la guerra civil de 1861, se consideran antiquísimas; en Grecia, Italia o España serían de antes de ayer.

Londres inició la relación con los independentistas perdonándoles la vida
Pero, bueno, ¿cuál es entonces el imán? Creí identificar su naturaleza cuando escuché a Irvine Welsh, el autor del mundialmente conocido libro Trainspotting, protestar contra el stablishment literario británico que, con instrumentos como el Booker Prize, favorecía descaradamente a los escritores que eran del gusto de la clase media-alta de Londres. Pensé en aquel momento que estaba nombrando algo importante, y que si su percepción de que la metrópoli trataba injustamente, abusivamente, a Escocia, era general, ahí estaba la fuerza, el núcleo del imán que ponía en movimiento a los independentistas. Mi creencia se fortaleció cuando repasé el CD que repartían los militantes a favor del YES, ya que la mayoría de los documentos cinematográficos contenidos en él denunciaban situaciones económica y socialmente injustas. Entre ellas, la relacionada con el petróleo, la más sangrante. Los políticos-títere habían dejado el negocio en manos de las grandes corporaciones, y los beneficios viajaban a Londres, Nueva York o Houston, dejando las sobras para Escocia; además, los empleados de las plataformas del Mar del Norte trabajaban en condiciones penosas, una prueba más del modo de hacer las cosas de la metrópoli. Pensé que tenía razón Rubert de Ventós al percibir un cambio en el contenido de los nacionalismos, que ya no serían etnicistas, ni plantearían, en lo fundamental, cuestiones identitarias, sino pragmáticas, transaccionales, relacionadas con el reparto de la riqueza, con los intereses de cada cual, do ut des, te doy para que me des… y si no me das, me voy. Es evidente que el Gobierno de Londres, que inició la relación con los independentistas perdonándoles la vida, y pasó luego —como un partenaire machista cogido en falta— a las declaraciones de amor y, enseguida, a las amenazas, decidió cubrir ese flanco prometiendo ceder competencias fiscales y otras palpables materias.

No se ha hecho hincapié en las diferencias con el resto de los británicos, porque todo está claro
Pero hay algo más. Hay más imán de lo que parece, porque el ser humano no es del todo economicus, un ser guiado únicamente por el interés. Podría decirse, citando una rondalla catalana, que en su corazón soplan al menos catorce vientos, de los que siete son buenos y siete dolents, malos. Pues bien: de todos ellos, el peor viento para la política y el buen gobierno es el que se llama Humillación. Recordemos, en ese sentido, lo que escribió Isaiah Berlin al analizar el romanticismo alemán de los siglos XVII y XVIII. Alemania —vino a decir el filósofo en El fuste torcido de la humanidad— se sentía en el rincón de Europa por no haber tenido Siglo de Oro, ni genios como Cervantes o Leonardo, y por ser consciente de la aplastante superioridad de la gran Francia de aquel tiempo. La sensación de atraso relativo creo entonces “una sensación de humillación colectiva, que se convertiría luego en indignación y hostilidad. Este talante alcanzó un tono febril durante la resistencia nacional contra Napoleón, reaccionando como la rama doblada”. Reaccionando, añado, de forma exagerada, como la explosión que sigue a una larga acumulación de grisú.

Ese viento, Humillación, que sopló en Alemania en siglos pasados, ha soplado ahora en Escocia. Ha sido, también, junto con las sólidas reivindicaciones de los economicus, el componente gaseoso del imán, quizás el que más influyó en los primeros meses del proceso, cuando todos los grandes —grandes bancos, grandes partidos, grandes periódicos y cadenas de televisión— seguían haciendo chistecitos sobre las faldas, o similares. Debería analizarse el caso escocés también desde este punto de vista. En un siglo en el que los poderosos hacen ostentación de su riqueza y poder, y son implacables con los, antes así llamados, pobres de la tierra, Humillación e Injusticia pueden alimentar un imán que —metafórico empecé, y metafórico acabo— no solo moverá alfileres y chinchetas, sino clavos y barras de hierro, o, incluso, el propio eje del mundo.

Bernardo Atxaga es escritor