Reino Unido: Un orden social en quiebra / Owen Jones

Posted on 2014/10/10

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Reino Unido: Un orden social en quiebra

Owen Jones / The Guardian
Una consigna debería morder la conciencia de todos los delegados del “partido del pueblo” cuando vayan a reunirse a Manchester esta semana: “Vota no, el riesgo es excesivo”. Esa fue una de las ofertas finales del Partido Laborista al pueblo de Escocia en el momento álgido del referéndum por la independencia. Ningún llamamiento a la recuperación de las nobles tradiciones compartidas de escoceses, galeses e ingleses cuando desafiaron a los poderosos para construir una sociedad mejor; ninguna promesa convincente de forjar una nueva Gran Bretaña donde impere la justicia, la igualdad y la honestidad y que el “nuevo laborismo” fue incapaz de impulsar. En su lugar, la cáscara vacía que es el Partido Laborista escocés se alió con un Partido Conservador que en Escocia no es más que un grupo marginal y aplaudió a las grandes empresas que amenazaban con retirarse de Escocia y dejar la economía en el alero.

“El riesgo es excesivo.” Es una expresión conocida, emitida tradicionalmente por las élites que se oponen a todo intento de llevar a cabo las reformas más modestas. “No toquéis nuestras boyantes cuentas bancarias” no es después de todo una consigna convincente en una democracia, así que en su lugar hacen ver que están preocupados por el bienestar de la población. En el pasado, el Partido Laborista se enfrentó a ese alarmismo y asumió riesgos al crear un servicio nacional de salud, un Estado de bienestar y reconocer derechos y dignidad a la gente trabajadora. Cada vez, los de arriba clamaron que la casa se hundiría, pero el edificio permaneció intacto.

Toda crítica a la orientación del laborismo –particularmente en una conferencia de lanzamiento de su campaña para las elecciones generales– es rechazada con el argumento de que solo ayuda a los conservadores. ¡Quietos ahí, apoyad la única posibilidad de tumbar a este gobierno! Después de lo de Escocia, esta actitud es suicida. Cientos de miles de votantes escoceses del Partido Laborista están tan desilusionados que acaban de votar a favor de crear un país nuevo. Fue la clase obrera, fueron las comunidades tradicionalmente laboristas las que protagonizaron el voto masivo por la independencia de Escocia. Esta desilusión se manifiesta de modo diferente al sur de la frontera, pero no es menos profunda. La base de apoyo del laborismo está diluyéndose, a punto de quedar reducida a la nada.

La conferencia anual del Partido Laborista es un lugar tan irreal como cualquier otro en la pantomima de la moderna política británica. No faltan los activistas bienintencionados y fieles a los principios, pero la gente que se supone que debía representar el laborismo está excluida, salvo quizás en el ramo de la hostelería, con los repartidores, camareros y el personal de limpieza que atienden a la conferencia. Los políticos trepas pronuncian frases sin verbo, miran con quién les conviene más hablar y –sospechamos– se humedecen el dedo para ver de dónde sopla el viento político. Los sindicatos y los gobiernos municipales fuertes formaron en su tiempo a quienes de otro modo habrían quedado amordazados para convertirlos en políticos con arraigo, proporcionándoles recursos, confianza y formación política. Cuando los dos pilares de la democracia británica han quedado socavados sin piedad, muchas de esas voces se han apagado.

La política británica, y buena parte del laborismo, se han convertido en un deporte, en una escala profesional por la que ascender como cualquier banco de inversiones, por mucho que el salario máximo sitúe a los políticos tan solo en el 3% de los que más ganan en vez del 0,01%. Claro que uno siempre puede utilizar un futuro cargo ministerial de trampolín para un empleo lucrativo en una empresa privada de la sanidad o en un gigante de la industria militar.

Esto explica por qué la conferencia laborista parece tan irreal. El Reino Unido es un país inmensamente rico, y como muestra sirva un botón: en los últimos cinco años de la crisis económica más persistente desde el siglo XIX, la fortuna de las 1.000 personas más ricas se ha duplicado con creces. Este aumento de la riqueza –unos 261.000 millones de libras esterlinas– equivale a dos veces y media el déficit anual británico. Si juntamos todas esas fortunas veremos que suman 519.000 millones de libras, es decir, alrededor de un tercio del PIB del Reino Unido. Y en esta sexta economía más grande del mundo, casi un millón de personas se han visto obligadas a acudir a los bancos de alimentos para no pasar hambre. Por vez primera desde la segunda guerra mundial, la Cruz Roja ha repartido paquetes de alimentos a familias británicas. Tal vez hay algo en estos datos que impide que hagan mella en nuestra conciencia, de modo que vale la pena ponerlos de manifiesto de modo sucinto. En el Reino Unido en 2014, cientos de miles de personas ya no pueden adquirir los alimentos que precisan.

Solo un sociópata redomado concebiría una sociedad así, pero nuestra élite política mantiene y defiende este orden grotesco y tacha a quienes disienten de maniáticos y extremistas. De ahí, quizá, que una conferencia laborista de reuniones marginales presididas por sesudos expertos (sí, como yo) y ambiciosos candidatos a ministros que advierten contra “decisiones duras” (¿duras para quién exactamente?) parezca más bien perversa. Está claro que el Reino Unido es fundamentalmente una sociedad rota –en la que la riqueza y el poder han sido absorbidos por una élite rica y desvergonzada mientras cunde la miseria al estilo victoriano– y es preciso cambiarla: bueno, pero no es ese el lugar.

Tomemos el compromiso de Ed Miliband de fijar un salario mínimo de 8 libras esterlinas a la hora hasta 2020. Tal vez se supone que un escritor como yo debería deleitarse con esta noticia como si fuera un manjar, una clara línea de separación con respecto al partido conservador, que ha hundido en la pobreza a más de un millón de trabajadores con sus salarios de miseria. Duro, duro. Este compromiso es de risa. Después de seis años de inflación, se calcula que semejante promesa representa un incremento del 2,2 % anual. En 2020, millones de trabajadores todavía tendrán que sudar la gota gorda por su miseria. Los trabajadores de la limpieza seguirán tomando autobuses nocturnos para acudir a trabajar para millonarios que ganan en un día más que ellos en un año y pagan en proporción menos impuestos. Únicamente si el Estado sigue aflojando miles de millones de libras para subsidiar a estos empresarios que pagan una miseria abrigarán estos trabajadores la esperanza de poder arañar una existencia medianamente digna.

El Partido Laborista promete construir 200.000 viviendas al año hasta 2020, pese a que ahora mismo tendríamos que construir 250.000 al año para cubrir las necesidades. Uno de cuatro niños que viven en la floreciente ciudad de Londres –terreno de juego de gestores de fondos de cobertura y oligarcas rusos– habita en una casa con exceso de ocupación, lo que menoscaba sus posibilidades educativas, su salud y su bienestar. ¿Qué hay del compromiso decisivo de construir una nueva generación de viviendas municipales de calidad gracias a la elevación del límite de endeudamiento de las autoridades municipales? Se promete una congelación de la factura energética, lo cual es loable, aunque la mayoría de electores –inclusive partidarios del Partido Conservador y del UKIP– prefieren la propiedad pública de la energía. Se propone una política infumable para nuestro ferrocarril privatizado, fragmentado, descuartizado y subsidiado con dinero público, pese a que una gran mayoría apoya un compromiso claro de renacionalización. Y así sucesivamente.

Pero he aquí el problema: podemos encontrar apoyos a políticas radicales en todas las encuestas, pero cualquier político que las defienda se hundirá estrepitosamente en las urnas. A los electores les pueden gustar medidas como una renta mínima legal, la propiedad pública o la subida de impuestos a los ricos, pero no confían en que un político vaya a ser capaz de ponerlas en práctica. Esa es la cuestión. Cuanto peor se comportan los políticos, tanto más socavan la fe en la democracia como vehículo del cambio social. La gente no sale a la calle, sino que se resigna. Insulta a los políticos cuando aparecen en televisión, pero no les exigen que rindan cuentas.

Comparemos la timidez de los laboristas con la desvergüenza de los conservadores. Estos perdieron unas elecciones generales imposibles de perder y las utilizaron de trampolín para unas políticas radicales por las que nadie votó, como la privatización de la sanidad o la rebaja de impuestos para los ricos. Convirtieron una crisis del sector privado –de la City que les financia– en un ataque al sector público. Cuando se vieron envueltos en un escándalo de favoritismo, lo utilizaron para promulgar leyes que trituran a los sindicatos y las organizaciones benéficas. Ahora utilizan la casi salida de Escocia de la Unión –en parte impulsada por el deseo de quitarse de encima a los conservadores– para reajustar el parlamento a su favor y contrarrestar su prolongado declive.

Así que la tarea nos corresponde a los demás. La campaña de Escocia por el Sí no ganó, pero movilizó a los olvidados y logró sacar promesas de una élite política desconcertada. Ahora hay una lucha por que se cumplan aquellas promesas, desde luego, pero imaginemos que se pusiera en marcha un movimiento similar que acabara con toda desilusión y resignación política y apretara las tuercas a los dirigentes laboristas para que ofrecieran un cambio significativo. Señalaría que –en España y Grecia– los partidos socialdemócratas han caído o están a punto de caer en el olvido a manos de partidos que proponen una ruptura radical. Transformar efectivamente la sociedad británica es un riesgo excesivo, predicará tal vez la élite tecnocrática laborista. Pero bien puede ser que el riesgo de verdad radique en mantener un orden social en quiebra que debería haber desaparecido hace tiempo.

Fuente http://www.theguardian.com/commentisfree/2014/sep/21/miliband-memo-britain-social-order-bankrupt?CMP=EMCNEWEML6619I2

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