Series tv: «Boardwalk Empire, la memoria de las balas» / Luis Javier González

Posted on 2014/10/28

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Publicado en El País / 28 de octubre, 2014// “Nada hasta que no puedas volver”. Nucky Thompson recuerda melancólico una cita de su infancia en la costa de Atlantic City para después responderse a sí mismo: “Si lo haces no te darás cuenta hasta que ya sea demasiado tarde”. Ya no habla ese despiadado mafioso cuyo nombre despertaba temor. Es la voz de un hombre consumido por tantos años sin alma, las cicatrices de la ambición innegociable que le ha convertido en  un millonario cautivo. Por muchos billetes que colmen sus bolsillos, en su conciencia solo hay grilletes. Se despide de el paseo marítimo que ha presidido su vida. Las maletas están hechas, está dispuesto a empezar de cero lejos de toda la sangre derramada: “Hay cosas que ya no hare más”. Como si, después de haber perdido de vista la costa, de verdad pudiera volver a pisar tierra firme.

Boardwalk Empire, serie de HBO creada por Terence Winter (Los Soprano), se despidió este lunes en Canal + Series con un último episodio que da verdadero sentido a la narración de las cinco temporadas. La brillante entrega final ha dotado en tan solo ocho episodios al personaje de Nucky de una profundidad extraordinaria. Del mafioso a la persona, un reto a la altura de un Steve Buscemi que ha trazado con un gesto sobrecogedor el mejor papel de su carrera. La arriesgada apuesta de mostrar el alma de Nucky a través de su juventud ha sido un éxito rotundo: el republicano sin escrúpulos que amasó una fortuna en los años veinte gracias a la prohibición del alcohol queda desnudado en un simple botones que hizo lo que fuera necesario para abrirse camino.

La quinta temporada plantea la enésima guerra de Nucky con quienes quieren derrocarle. Aunque mantenga su elegancia impoluta, su ambición ya sufre el paso de los kilómetros. Entiende las normas y juega la partida. Mata cuando hay que matar, pero cuando llega el momento, el mafioso cae derrotado por la persona. Arrinconado, renunciar a su imperio por salvar la vida de su sobrino. Es el último resorte de esa mafia primitiva y efímera. “Los mafiosos tradicionales están enterrados”, dice el ahora rey, una década después de sentirse privilegiado por compartir mesa con quienes en el futuro serían sus víctimas.

El final de Al Capone, interpretado por Stephen Graham, es igualmente profundo. Sus últimos instantes antes de ser procesado por defraudar impuestos son sobrecogedores. Queda destapado su disfraz, los chascarrillos de un hombre aparentemente impenetrable que en el fondo tiene tanto miedo como el que desata, en una emocionante charla con su hijo sordo. “Todo lo que he hecho ha sido para dejarte una vida mejor, y eso no puede haber sido en vano”. La respuesta emocionada del niño y la mirada encharcada del padre logran una de las escenas más potentes de la serie.

Otra gran transformación es la de Margaret Schroeder (interpretada por Kelly Macdonald). De mujer maltratada a experta del mercado bursátil. Rescatada y después condenada por Nucky, esta inmigrante irlandesa transforma el rechazo inicial al mafioso en cariño. De desvalida a independiente y confiada, capaz de marcarse sus propias reglas. Ahora mira con agradecimiento al hombre al que abandono después de que el amante con el que pensaba fugarse, sicario de Nucky, terminara embalado en una caja de madera. La mirada perdida de ese cadáver, en la tercera temporada, es digno de recuerdo.

Pese a todas las batallas que ha librado, Nucky acabaría derrotado por sí mismo en un giro narrativo que deja verdadero poso. A las órdenes del comodoro, dueño de la ciudad, el entonces imberbe ayudante del sheriff anhela su parte del pastel y no piensa en las consecuencias. Quiere dar un futuro mejor a su esposa y al niño que espera, pero acaba convirtiéndose en un extraño. En ese descenso a los infiernos detiene a Gillian, una ladrona huérfana. Su dulce mirada representa la pureza a la que Nucky está renunciando. Cuando la vende al comodoro a cambio de la placa de sheriff acaba con su última oportunidad de salvación. Es la brazada que jamás le permitiría volver a la orilla.

Gillian, esa víbora de las primeras entregas de la saga capaz de cualquier cosa, tan solo era una superviviente de una vida que le arrebataron cuando dio a luz siendo una niña. Su hijo, James, desafío a Nucky para morir a sus manos cuando quiso limar asperezas. Acabaría siendo el nieto de Gillian, Tommy, ese niño inocente de las cuatro primeras entregas, el que empujase definitivamente a Nucky hacia el fondo del mar. “Cuando mi abuela hablaba de ti no distinguía si era amor u odio”, dice ese huérfano sin historia ni hogar cuando desvela su identidad. La excelente ambientación de la serie, con una fotografía sobresaliente, mejora si cabe en el apartado sonoro: una música angustiosa a la que sucede la mezcla final entre los últimos coletazos de Nucky y el silencio del mar.

Tommy era la consecuencia, la factura del pasado que Nucky trataba ingenuamente de eludir. Hijo de padres brutalmente asesinados, nieto de una abuela demente e hijo adoptivo de un veterano de la  Primera Guerra Mundial que no vivió lo suficiente para salvarle, la vida de Tommy es la máxima expresión de la violencia que los mafiosos provocaron, sin contemplar que algún día todo ese dolor les devolvería la llamada. Su gatillo encontró a un Nucky redimido que había recobrado la sinceridad, un hombre que luchaba por encontrarse en el espejo. Valiente utopía. Claro que se dio cuenta de que había nadado demasiado lejos cuando ya no había marcha atrás. Las balas tienen memoria.