Reseña: «El carnaval de la tecnociencia», Lafuente, Antonio

Posted on 2014/11/18

0


libros


El carnaval de la tecnociencia. Lafuente, Antonio. Ed. Gadir. Madrid, 2007. 365 páginas.

Del conocimiento científico como bien común

Este libro reúne una selección de textos publicados por Antonio Lafuente en el blog”Tecnocidanos” desde abril de 2005. Dicho blog ha aparecido regularmente en las páginas electrónicas de madri+d, noticiero electrónico de la ciencia de muy amplia difusión, publicado por la Consejería de Educación de la Comunidad Autónoma de Madrid. El blog de Lafuente ha adquirido un merecido prestigio en los últimos años. Probablemente es el más influyente en lengua española sobre temas de ciencia y tecnología.

En cuanto al libro, lo primero que hay que destacar es la elegancia y calidad de la escritura, así como la variedad de los temas tratados. Al hilo de los avances, novedades y debates que suscita la tecnociencia contemporánea, Lafuente ofrece una profunda reflexión sobre los cambios que ha experimentado la actividad científica en las últimas décadas. El libro atrae, tanto por el rigor y claridad con el que está escrito como por la enjundia de las tesis que, al hilo de los diversos artículos, el autor mantiene. Defensor del conocimiento científico como bien común, y por tanto de la ciencia moderna, Lafuente hace una crítica aguda, ponderada y muy documentada de la tecnociencia actual. Hay buenas prácticas, pero también malas. El autor muestra en todo momento su rechazo al secretismo, los fraudes y la corrupción en la actividad tecnocientífica.

“El proceso de privatización del conocimiento es abrumador” – se dice en el prólogo. “La ciencia va camino de ser otro de los recursos que manejan las grandes multinacionales para conquistar mercados, imponer gobiernos o intoxicar la opinión” – se afirma a continuación. Aun reconociendo que “la mayoría de los investigadores y profesores son gente honesta y comprometida con el bien común” (p. 15), en la tecnociencia contemporánea “hay sitio para los mentirosos, los seudoexpertos, los científicos comprados y los terceros actores a sueldo” (Ibid.). Y Lafuente remacha en la introducción: “el sistema de control de calidad de la ciencia, el llamado peer review, está en crisis, como también el que se utiliza para asignar patentes” (Ibid.).

Dicho en términos de Merton, lo que ha entrado en crisis es el ethos de la ciencia. El desinterés pecuniario de los científicos y su escepticismo crítico organizado siguen existiendo, pero menguan ante imperativos empresariales, económicos o políticos. “No todo el mundo quiere hacer del conocimiento un negocio” (p. 16), pero algunos sí. La investigación científica está mediatizada muchas veces por objetivos económicos, empresariales, políticos, comerciales, bursátiles y, en ocasiones, también militares. Lo que más alarma a Lafuente es la política del avestruz que muchos científicos practican, haciendo oídos sordos al problema. Todo el libro es una llamada a la conciencia ética de los científicos, que deberían volver a defender el conocimiento como un bien común. Tanto el blog como el libro “militan a favor del procomún, un concepto fácil de entender y extremadamente difícil de gestionar” (p. 17). En la tercera parte se argumenta la necesidad de implementar el open access, el open peer review (tal y como se practica en la Wikipedia), el open data y el peer to patent. La razón principal es clara: “todo cuanto se pague con fondos públicos debe ser público también” (p. 19).

Cabe apuntar una objeción a esta tesis de fondo, aun aceptándola. Una de las características de la tecnociencia consiste en la primacía de la inversión privada, que supera a la inversión pública en I+D (70% frente a un 30% en EE.UU. desde la década de los 80). ¿Qué hacer, entonces, con lo que se paga con fondos privados -o privatizados por la vía de las ayudas de I+D+i-, que es la parte del león? Ese conocimiento financiado por fondos privados, ¿ha de ser privado? ¿Cómo evitar que una empresa tecnocientífica poderosa convierta en secretos los códigos fuente del software, patente los genes y los alimentos transgénicos o publicite mediáticamente sus futuras innovaciones en el ámbito de la biomedicina, con el fin de capitalizar en bolsa las expectativas que dichos futuros avances aportan? En los sistemas de I+D+i más desarrollados, la ciencia financiada con fondos públicos sólo es una parte del sistema tecnocientífico. ¿Qué hacer con el resto?

Lafuente es muy consciente de que estas prácticas de privatización y capitalización del conocimiento están a la orden del día en la tecnociencia contemporánea. De hecho, aporta ejemplos y datos particularmente lacerantes. “El 30% de las ganancias que logran las farmacéuticas va a marketing, un porcentaje que contrasta con el 12% que emplean en investigación” (p. 153). “La prensa convierte muchas veces en noticia, lo que no es sino una nota de prensa fabricada por expertos a sueldo de la industria farmacéutica, alimentaria o química” (p. 139). “Proliferan un alud de informes, fundaciones y expertos, todos a sueldo del lobby petrolero y químico, dedicados a manufacturar incertidumbre, es decir, a sembrar dudas sobre el papel de los humanos en la destrucción del medio ambiente y a desacreditar por radicales a quienes están pidiendo acciones urgentes de gobierno” (p. 83). Por tanto, no niega el problema, al contrario, lo describe en toda su acuidad y lo analiza críticamente. Aunque sus propuestas concretas se restringen a la ciencia financiada con fondos públicos, sus tesis de fondo van más allá. Reivindican el conocimiento como bien común, lo cual es digno de elogio, aunque con una salvedad, como veremos al final de esta recensión.

El autor tiene una alternativa a proponer, en ello radica la fuerza de este libro. “Lo más urgente es implementar mecanismos que permitan a los ciudadanos participar en la elaboración de la política científica, tanto en los procesos de configuración de objetivos y prioridades, como en la asignación de recursos y evaluación de resultados” (p. 249). Ocurre, además, que ya existen numerosas comunidades de conocimiento que aportan un modelo alternativo al de la ciencia privatizadora impulsada por las empresas tecnocientíficas multinacionales. “El nuevo paradigma emergente open, iniciado por loshackers que han sabido mantener vivo su proyecto open source, se está extendiendo por todos los ámbitos de la actividad social, desde la ciencia (open access) y los negocios a la misma democracia (open democracy)”(p. 272). Lafuente aporta una teoría a dicho paradigma, contrastada con otros muchos autores que convergen a favor del conocimiento abierto y libre (Stengers, Jasanoff, Miller, Latour, Haraway, Bollier, Rose, Benkler, Suber, Winner, Stallman, Berners-Lee y muchos otros). El la denominaeconomía del don (p. 40), basada en el conocimiento voluntariamente compartido. Hay un voluntariado científico (p. 63) que, aun siendo anónimo y poco visible, sigue manteniendo los valores del conocimiento como bien público. No venden conocimiento, lo dan al público, como en la antigua República de las Artes y las Ciencias, donde cobró sentido la expresión “publicar”.

La teoría del procomún afirma la existencia de un tercer sector de bienes, los procomunes, que difieren de los bienes que pertenecen a los Mercados y de los tutelados por los Estados. Son aquellos bienes que “pertenecen a todos, y que forman una comunidad de recursos que debe ser activamente protegida y gestionada por el bien común” (p. 287). Ejemplos de procomunes: el aire, el agua, los océanos, la vida salvaje y los desiertos, pero también Internet, el espacio radioeléctrico, las bibliotecas, los parques, los espacios públicos, las obras de creación y, ante todo, el conocimiento, empezando por el conocimiento científico. La tecnociencia amenaza los bienes procomunes, de ahí la decidida crítica de Antonio Lafuente a buena parte de la actividad tecnocientífica contemporánea.

Ello no le impide ser un defensor de la ciencia. Siendo un prestigioso historiador de la ciencia, Lafuente defiende el origen mundano y artesanal de la ciencia moderna, es decir, su raigambre procomún. Suscribiendo las tesis de Clifford D. Conner y Pamela H. Smith, Lafuente invierte el paradigma historiográfico vigente y afirma que la ciencia “no la hicieron los sabios subiéndose a los hombros de gigantes, sino sobre las espaldas de los artesanos, los comerciantes, las matronas, y los agrimensores” (p. 100). Por ello vincula con las bases de la democracia su lucha por una ciencia procomún, opuesta a la tecnociencia que cotiza en bolsa y privatiza el conocimiento: “la República de las Letras funciona como la República Civil, es decir, con el trabajo anónimo de muchos y la capitalización de beneficios por pocos” (p. 101).

Antonio Lafuente tiene razón. Pero ante la tecnociencia la razón no basta, no estamos en la época de la ciencia moderna. La estrecha vinculación entre tecnociencia y capitalismo explica los bienes y los males de la ciencia o, en general, los bienes y males del conocimiento. También hay males comunes, o procomunes, no sólo bienes. Contrariamente a la creencia de la mayoría de los científicos, en la época de la tecnociencia ya no puede afirmarse de manera absoluta que el conocimiento es un bien en sí. Cuando está subordinado a estrategias empresariales, políticas y de grupos inversores, el conocimiento adquiere otras dimensiones axiológicas, que desbordan la búsqueda de la verdad y se adentran en la mercadotecnia, la realización rápida de beneficios y la búsqueda de la capitalización y el poder. Entonces empieza el desfile del carnaval de la tecnociencia.

Javier Echeverría
CSIC