Leon Tolstoi, palabras a los políticos. (extracto)

Posted on 2014/12/03

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Tolstoi

Tolstoi

“EI poder se ha convertido en inquebrantable, pero ya no se apoya sobre unción, la elección, la representación u otros principios espirituales; se mantiene por la fuerza, y al mismo tiempo, el pueblo cesa de creer en el poder y de respetarle, y sólo se somete a el porque no puede hacer otra cosa.

Desde la mitad del siglo último, desde que el poder se hizo inquebrantable y al mismo tiempo perdió en el pueblo su justificación y su prestigio, empezó a aparecer entre los hombres una doctrina de la libertad -no esa libertad fantástica que propagan los partidarios de la violencia afirmando que el hombre está obligado bajo pena de castigo, a ejecutar las órdenes de los demás hombres, y si la sola y verdadera libertad, que consiste en que cada hombre pueda vivir y proceder según su propia razón; pagar o no los impuestos, entrar o no en el servicio, estar o no en buenas o malas relaciones con el pueblo vecino- que esta libertad sola y verdadera es incompatible con cualquier poder de los hombres sobre los demás.

Según esta doctrina, el poder no es como antes se creía, algo de divino, de augusto, ya no es una condición necesaria para ia vida social, sino, simplemente una consecuencia de la violencia grosera de unos sobre otros. Que el poder esté en manos de Luis XVI o del Comité de Salvación Pública, del Directorio o del Consulado, de Napoleón o de Luis XVI, del Sultán, del Presidente, dei Mikado o de los primeros ministros, en todas partes en donde existe el poder de los unos sobre los otros, no habrá libertad y sí opresión. Por esta causa el poder debe ser destruido.
¿Pero cómo destruirle? ¿Y cómo una vez destruído arreglarse para que los hombres no vuelvan al estado salvaje de grosera violencia ejercida por unos sobre otros?

Todos los anarquistas -como se llaman los propagadores de esta doctrina- están completamente de acuerdo sobre la respuesta a la primera pregunta, y dicen que el poder, para ser destruído de un modo eficaz, debe ser destruído, no por la fuerza, y si por la conciencia que tendrán los hombres de su inutilidad y de su peligro. Pero a la segunda pregunta: ¿Cómo debe establecerse la sociedad sin poder?, responden de diferentes maneras.

El ingles Godwin, que vivía a fines del siglo XVIII y en los comienzos del XIX, y el francés Proudhon que escribió a mediados del siglo último (siglo XIX), respondían a la primera pregunta que bastaba para destruir el poder, que los hombres tuvieran conciencia de que el bien general (Godwin ) y la justicia (Proudhon) eran violados por el poder y que si se extendía entre el pueblo la convicción de que el bien general y la justicia pueden realizarse, pero únicamente con la ausencia del poder, éste se destruiría por si mismo.

A la segunda pregunta: ¿cómo sin poder podría garantirse el bienestar de la sociedad? Godwin y Proudhon respondían que los hombres guiados por la conciencia del bien general(Godwin) y por la justicia (Proudhon) encontrarían necesariamente las formas de la vida más razonables, más justas, y más ventajosas para todos.

Otros anarquistas, como Bakunin y Kropotkin, reconocen también como medio de destrucción del poder, la conciencia, entre las masas, del perjuicio que causa y de sus anomalias con el progreso de la humanidad; pero creen, sin embargo, posible y hasta necesaria la revolución a la que aconsejan estén los hombres preparados. A la segunda pregunta, contestan que desde que el Estado y la propiedad queden destruídos, los hombres se acomodarán con facilidad a las condiciones razonables, libres y ventajosas de la vida.

A la pregunta sobre los medios de destruir el poder, el alemán Max Stirner y el escritor americano Tucker responden casi lo mismo que los citados anteriormente. Ambos estiman que si uno comprendiese que el interés personal de cada uno es una guía suficiente y legal para los actos humanos y que el poder no hace más que impedir la manifestación de esos principios directores de la vida humana, el poder se destruiría por si solo, gracias a la no obediencia y principalmente, como ha dicho Tucker, a la no participación en la autoridad. Su respuesta a la segunda pregunta, es que los hombres, desembarazándose de la creencia supersticiosa sobre la necesidad del poder, no seguirían más que su interés personal, se agruparian entre ellos según las formas más regulares y más ventajosas para cada cual.

Todas estas doctrinas tienen completa razón sobre el punto de que si el poder debe destruirse no ha de ser por la fuerza, puesto que del poder quedaría el poder, y que no puede esperarse ese resultado más que iluminando la conciencia de los hombres, y que los hombres no deben ni obedecerle ni participar de él. Esta verdad es indiscutíble. El poder no puede ser destruido más que por la conciencia razonable de los hombres. ¿Pero en qué debe consistir esta conciencia? Los anarquistas suponen que puede basarse en las condiciones relativas al bien general, en la justicia, en el progreso, y en el interés general de los hombres. Pero sin descubrir que todos esos principios no concuerdan entre sí, las mismas definiciones del bien general, de la justicia, del progreso, del interés personal son infinitamente variadas; por esto es dificil suponer que los hombres en desacuerdo y comprendiendo de una manera diferente los principios, en nombre de los cuales luchan contra el poder, puedan destruirle cuando está establecido con tanta fuerza y se defiende con tanta habilidad. Y la suposición de que las consideraciones del bien general, de la justicia, de la ley del progreso puedan ser suficientes para que los hombres se libren del poder, ya que no tienen ninguna razón para sacrificar el bien personal al bien general, por lo que resulta lógico que se agrupen en las condiciones equitativas que no coharten la libertad individual, es una suposición aún menos fundada. En cuanto a la materia utilitaria y egoísta de Max Stirner y de Tucker, que afirma que los procedimientos de cada uno según su interés personal establecerían aproximaciones equitativas entre todos, no es solamente arbitraría, sino contraría en absoluto a lo que ha pasado y aún pasa en realidad.

De manera que, reconociendo con razón el arma espiritual como único medio de la destrucción del poder, la doctrina del anarquismo, basándose en una concepción no religiosa y materialista del mundo, no posee esta arma espiritual y se limita a suposiciones, a sueños que dan la posibilidad a los defensores de la violencia -gracias a la falsedad de los medíos de realización de su doctrina- de negar sus verdaderas bases.

Y esta arma espiritual es conocida por los hombres desde hace mucho tiempo, siempre destruyó el poder y dió a los que la emplearon una libertad tan completa, que nadie se la ha podido quitar. Esta arma -y no hay otra- es la concepción religiosa de la vida en la cual el hombre considera su existencia terrestre como una manifestación parcial de su vida, ligada con la vida infinita, y juzga que la sumisión a estas leyes es más obligatoria para él que la obediencia a cualquiera de las leyes humanas.

No hay más que una concepcion religiosa del mundo, uniendo a todos los hombres en la misma concepción de la vida, incompatible con la sumisión y la participación del poder, que puede destruirse y efectivamente serlo.
Y semejante concepción del mundo, puede sólo dar a los hombres la posibilidad, hasta sin participar del poder, de encontrar las formas razonables y equitativas de la vida.

Y, cosa asombrosa, después de haber sido guiados por la vida misma a la convicción que el poder existente es inquebrantable y, en nuestro tiempo, no puede ser destruido más que por la fuerza, los hombres han comprendido -pero solamente entonces- esta verdad evidente hasta el ridículo, que el poder y todo el mal que hace no son más que consecuencias de su mala vida, y he aquí por qué es necesario que los hombres hagan buena vida para destruir el poder y el mal que éste hace.

Los hombres han empezado a comprenderlo, y ahora es preciso que lo comprendan, que no hay más que un medio de realizar bien la vida humana; profesar y cumplir la doctrina religiosa accesible a la mayoria de los hombres. Y solamente será cuando profesen y cumplan esta doctrina religiosa como podrán alcanzar el ideal que ha nacido ahora en su conciencia y al cual aspiran.

Todas las restantes tentativas de destrucción del poder y de una buena organización de la vida de los hombres sin el poder, no será más que un gasto inútil de fuerzas, no acercando sino alejando a la humanidad del fin a que tiende.”
Leon Tolstoi, palabras a los políticos.
fuente: http://www.antorcha.net/