Después de París, ¿Occidente como baluarte de la libertad de expresión y de los derechos individuales? / Domenico Losurdo

Posted on 2015/01/12

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Tras el ataque terrorista de París, los medios occidentales a coro se presentan como ejemplo de libertad de expresión. ¡ Qué repugnante hipocresía! Traigo aquí una página de mi libro “La izquierda ausente. Crisis, sociedad del espectáculo, guerra”. DL.

… Veamos la suerte que se le reservó, durante la guerra de Yugoslavia, a la libertad de prensa y expresión: durante la noche entre el 23 y el 24 de abril de 1999, tras una acción ordenada y reivindicada por los más altos mandos, los aviones estadounidenses y europeos destruían el edificio de la televisión serbia matando e hiriendo gravemente a decenas de periodistas y empleados que estaban trabajando. No se trata en absoluto de un caso aislado: “En el momento probablemente más difícil para el frente rebelde, la OTAN vuelve a bombardear el área de Trípolo en un intento de frenar la propaganda de Gadafi”. Esta vez, las bombas golpeaban la televisión libia, callada con la destrucción de sus estructuras y el asesinato de los periodistas (Cremonesi, 2011). Además de violar la Convención de Ginebra de 1949, que prohíbe los ataques deliberados contra la población civil, tales comportamientos pasaban por encima de la libertad de prensa hasta el punto de condenar a muerte a los periodistas televisivos yugoslavos y libios, culpables de no compartir la opinión de los jefes de la OTAN y de obstinarse en condenar la agresión sufrida por su país.

Es conocida la respuesta que a estos hechos dan los altos cargos políticos y militares de Occidente, además de los defensores de oficio del Imperio: poniéndose a favor de Milosevic o de Gadafi (e indirectamente de su política “genocida”), los periodistas serbios y libios no se limitaban a expresar una opinión, sino que inducían a un delito y, por tanto, cometían un crimen. Habría podido ser la ocasión para un debate sobre el papel de la prensa y de los medios en general: ¿cuál es la línea que separa la libertad de opinión y de información de la inducción al delito? Por poner sólo un ejemplo, no hay duda de que los titulares periodísticos, las radios y las televisiones chilenas la víspera del 11 de septiembre, puestos al servicio de la CIA y generosamente financiados por ella, desarrollaron un papel golpista y criminal, se hicieron corresponsables de los crímenes perpetrados por el régimen de Augusto Pinochet y por los gobernantes de Washington (Chierici 2013, p.39). Este debate nunca tuvo lugar. Si hubiera tenido lugar, antes de ser asesinados, los periodistas serbios habrían podido objetar a sus acusadores que los responsables de crímenes que debían ser señalados, en su gran mayoría, eran los periodistas occidentales. Ellos justificaban o celebraban la acción de la OTAN (desencadenada contra Yugoslavia sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU y, por tanto, contraria al derecho internacional) y sus bombardeos (a menudo con uranio empobrecido), que sistemáticamente destruían infraestructuras civiles y no ahorraban personas inocentes, mujeres y niños. De forma análoga, con alguna pequeña variante, habrían podido argumentar los periodistas libios antes de ser asesinados.

Se prefirió el recurso a las bombas antes que al debate, en última instancia al pelotón de ejecución. Los que deciden soberanamente qué es una opinión y qué es un delito son Occidente y la OTAN, los que disponen del aparato militar (y mediático) más potente. Los más débiles pueden expresar su opinión sólo bajo su propio riesgo. ¿Qué pensar de una “libertad de expresión” que puede ser soberanamente cancelada por los dueños del mundo justo cuando sería más necesaria, durante guerras y conflictos?

En cuestión de libertad de expresión y de prensa, hay una circunstancia que da qué pensar: entre los periodistas más famosos en nuestros días hay que mencionar a Julian Assange, que con Wikileaks ha sacado a la luz, entre otras cosas, algunos crímenes de guerra cometidos por los contratistas estadounidenses en Irak; y a Gleen Greenwald, que ha llamado la atención sobre la red universal de espionaje puesta en marcha por los EEUU. El primero, acusado de violencia sexual, para evitar ser extraditado al otro lado del Atlántico, se ha refugiado en la embajada de Ecuador en Londres; el segundo, aunque no está sometido a ningún proceso judicial, parece aterrorizado y en Rio de Janeiro “vive cambiando continuamente de techo, número de teléfono y e-mail” (Molinari, 2013). Hay que añadir que la fuente del primer periodista (Bradley Manning) está en la cárcel, donde puede pasar el resto de su vida, mientras que la fuente del segundo (Edward Snowden), aunque refugiado en Moscú, no se siente en absoluto seguro y vive en una especie de clandestinidad.

Los medios occidentales a coro expresan su indignación por el comportamiento del ISIS. Y, de nuevo, su hipocresía resulta repugnante. El fundamentalismo islámico no levanta objeciones cuando lleva su furia contra la Libia de Gadafi y la Siria de Assad. Es decir, contra los países que están en el objetivo de Occidente.

(También de mi libro “La izquierda ausente. Crisis, sociedad del espectáculo, guerra”, tomo otro párrafo:)

El retorno de las “mujeres de confort” y de la esclavitud sexual.

Es precisamente al respecto de este tema, que la barbarie de la excitación neocolonial actualmente en curso se revela con particular evidencia. En Oriente Medio, las revoluciones anticoloniales comportaron un neto avance de la emancipación femenina, si bien impuesta a una sociedad civil ampliamente hegemonizada por usos patriarcales y machistas, tanto más duros en cuanto santificados por una tradición religiosa secular. Sobre esta cultura y sobre estos ambientes, Occidente ha hecho palanca para volver a un área dominada durante mucho tiempo. Los resultados son devastadores: en Libia, “la sección constitucional de la Corte suprema de Trípoli reintroduce la poligamia en nombre de la ley musulmana”. No se trata de un giro inesperado, en el “discurso de la victoria” pronunciado el 28 de octubre de 2011, el líder impuesto por los aviones de la OTAN, por los mercenarios y por el dinero de las monarquías del Golfo, se había apresurado a decir que “en la nueva Libia cada hombre tendría el derecho de tener hasta cuatro mujeres con pleno respeto al Corán”.

Sì: «Tal y como decía, esta era una de tantas medidas orientadas a cancelar para siempre los restos de la dictadura de Gadafi. Éste, especialmente en la primera fase, más socialista y nasserista, de sus cuatro décadas en el poder, había intentado conceder algunas mejoras al estatus de las mujeres, introduciéndolas de forma masiva en el mundo del trabajo y, en la práctica evitando en lo posible en una sociedad tribal como la libia, la poligamia” (Cremonesi, 2013).

¿Socialismo?, ¿Nasserismo? Es lo más odioso que puede haber a ojos del Occidente neoliberal y neocolonialista. La contrarevolución neocolonial es al mismo tiempo la contrarevolución antifeminista.

Entre la masa de refugiados, quienes sufren especialmente son las mujeres, a menudo destinadas a ser vendidas como “esposas”. Veamos lo que ocurre en Jordania: “Muchos taxistas de Amman ya se han especidalizado. Llevan a sauditas ricos y de los países del Golfo al aeropuerto o frente a los hoteles de cinco estrellas. No hace falta mucho para entender lo que quieren”. Las chicas y las mujeres sirias son valoradas por su belleza, y además: “Cuestan poco, niñas de 15 o 16 años cedidas por sus familias por cifras que pueden andar entre los 1000 y los 2000 euros. Una menudencia, pipas para los hombres de negocios del Golfo. Están acostumbrados a gastar bastante más. Una noche en compañía de prostitutas ucranianas en un hotel de Dubai puede costar el doble” (Cremonesi, 2012)

Y así, los miembros de la aristocracia corrupta y parasitaria en el poder en los países del Golfo, , desde siempre apoyada por Occidente, pueden sacar doble ventaja de la política de desestabilización que persiguen en Siria: debilitan un régimen laico, incluso blasfemo por promover la emancipación de las mujeres y pueden procurarse a precios de saldo mujeres, chicas y niñas de belleza fuera de lo común. Se sobreentiende, en las áreas de Siria conquistadas por los “rebeldes”, las mujeres son obligadas a sufrir el retorno al Antiguo régimen: deben cubrir por entero su cuerpo y son condenadas a la segregación y a la esclavitud doméstica.

Pero la tragedia de las mujeres en Oriente Medio aún no ha alcanzado su culmen. El objetivo y el agravamiento de la crisis en Siria han hecho surgir la terrible realidad de la “jiyad del sexo”, que aquí conviene describir partiendo siempre de los corresponsales más autorizados de la prensa occidental. Convencidas por las autoridades religiosas y por los predicadores fundamentalistas, sobre todo en Túnez, “prostitutas niñas” y “chicas de familias pobres, menores de edad y a menudo analfabetas” llegan clandestinamente a Siria para ofrecerse a los guerreros islamistas y alegrarlos entre una batalla y otra, de forma que se garantizan el acceso al Paraíso. El trabajo de las “esclavas tunecinas” es duro: “Muchas de ellas han tenido relaciones sexuales con veninte, treinta, cien mujaidines”. Algunas se quedan embarazadas y la tragedia entonces se agrava: “En el Magreb rural, en los pueblos del sur tunecino, una madre sin marido sólo es una prostituta”. Por esta razón, a menudo no es reconocida y sus propios padres reniegan de ella. Pero, ¿quiénes son los responsables de todo esto? No se trata sólo del fundamentalismo tunecino, incitando a la “guerra santa del sexo” hay también un jeque de Arabia Saudita (el país que no mira gastos para armar a los rebeldes). Las chicas y las niñas llamadas a ofrecer consuelo sexual, como los guerreros, llegan a Siria “vía Libia o Turquía” y, “según un informe de la ONU”, quien provee los gastos de transporte es “el dinero de Qatar” (Battisti 2013).

Por tanto, además de los propios guerreros islámicos, que vienen de todos las esquinas del mundo y del propio Occidente, para desestabilizar e intentar volcar el régimen sirio, protagonista de un importante proceso de emancipación de la mujer, hay también chicas y niñas (sobre todo tunecinas) que sufren una total des-emancipación. Nos lleva a pensar en las comfort women, en las mujeres coreanas y chinas durante la segunda guerra mundial, obligadas a prostituirse con los militares del ejército de ocupación japonés, necesitados de “consuelo”. Si las comfort women propiamente dichas eran compadecidas por el pueblo al que pertenecían, las protagonistas, las víctimas de la “guerra santa del sexo” son despreciadas e incluso repudiadas por su propio pueblo. No hay duda de que Occidente es corresponsable de esta infamia, promovida por predicadores y autoridades de Arabia Saudita, financiada por Qatar, hecha posible por la complicidad de Turquía y Libia. Se trata de países que disfrutan del apoyo político o por lo menos de la benévola tolerancia de Washington y Bruselas. Turquía incluso forma parte de la OTAN y su gobierno “mantiene abierta la frontera con Siria y consiente a los combatientes (islámicos) tener un puerto franco en el sur del país, mientras que armas, dinero líquido y otros suministros afluyen al campo de batalla” (Arango 2013). Entre estos “suministros” están, evidentemente, las chicas y niñas destinadas a la prostitución sacra y bélica.

Si en este caso quienes alimentan la “jihad del sexo” son en teoría “voluntarias”, en otros casos surge con toda claridad la violencia de la esclavitud sexual. Leamos el “Corriere della Sera”:

“Los milicianos de las brigadas islámicas en Siria tienen un sistema propio para escoger a las mujeres curdas. Normalmente ocurre en los puestos de control. Suben al bus civiles con mitras, el conductor les entrega la lista de pasajeros y buscan los nombres no árabes. Identificadas las más jóvenes y guapas, las obligan a bajar, las hacen arrodillarse y apoyando la palma de su mano sobre la cabeza de ellas, las declaran “halal”, que en la tradición indica la carne tratada según la ley coránica. Así son “islamizadas”, purificadas, preparadas para unirse carnalmente con los caballeros de la guerra santa. Violencia de uno o de grupo: las chicas son consideradas esposas temporales. Pueden ser retenidas por pocas horas o durante semanas. Algunas vuelven a casa, otras son asesinadas (…) Según Ipek Ezidxelo, de 30 años, activista del Partido de Unión Democrática (PyD), el movimiento armado más importante en las regiones curdas de Siria, los extremistas qaedistas, especialmente los afganos, chechenos y libios, harían competiciones para capturar vivas a las combatientes curdas” (Cremonesi, 2013).

Estamos obligados a pensar en las comfort women, la realidad de la esclavitud sexual está bajo nuestros ojos en toda su repugnancia. Y de nuevo emerge el papel poco halagador de Occidente, poco interesado en llamar la atención de la opinión pública mundial sobre la tragedia de las mujeres curdas y todavía menos interesado en bloquear el paso a Siria de los violadores provenientes de la Libia “liberada” por la OTAN.
Fuente: http://domenicolosurdo.blogspot.it/2015/01/dopo-parigi-loccidente-come-baluardo.html

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