Textos en Plaza Podemos: NUEVE CONSEJOS PARA UN DISCURSO DE MAYORÍAS: Consejo Nº 8: No rechazar ni imponer un color a la bandera española

Posted on 2015/02/17

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Este texto y los otros de la serie de «consejos» constituye una significativa muestra de lo que se esconde bajo toda la palabrería de la nueva política. Se hace difícil controlarse ante cargas de demolición tan cínicas como esta que aquí recogemos, pero es preciso hacerlo; estos son los argumentos con los que nos enfrentamos.

«Consejo Nº 8: No rechazar ni imponer un color a la bandera española

Fuente: Plaza Podemos. Aportación realizada por Debate constituyente. 

En los últimos años hemos podido presenciar como la que fue la bandera de España durante la II República se enarbola en múltiples manifestaciones de protesta social. Sin embargo, una bandera que representaba a todos los españoles del 1931 al 1936, hoy en día se ha convertido en un símbolo político escorado ideológicamente a un sector concreto de nuestra sociedad. La carga ideológico-política que lleva al día de hoy esa bandera la limita como aglutinador de mayorías. A día de hoy no simboliza a la inmensa mayoría del pueblo español como en 1931, sino que tiene una representación más partidista, más ideológica. Quienes enarbolan o defienden esa bandera como la legítima española o la presentan como la deseable para un futuro Estado republicano, suelen entrar en el espectro de las izquierdas, en general más a la izquierda del PSOE o en la izquierda extra-parlamentaria. En definitiva, la bandera tricolor al día de hoy ha dejado de ser una bandera nacional, para ser una bandera política, y hoy en día está muy lejos de ser identificada como propia para la mayoría de la población. No pretendemos trasladar a los que nos leen la falsa impresión de que somos monárquicos. Todo lo contrario, como defensores de una profundización democrática en todos los niveles, reclamamos firmemente un modelo de Estado republicano donde su jefe de Estado sea elegido por sufragio y donde los derechos sociales y las libertades sean una garantía consagrada. Sobra decirlo, pero tampoco queremos con este comentario quitarle peso histórico y simbólico a la bandera tricolor, ni restar trascendencia a las memorables conquistas sociales que hubo durante el período de la II República ni a las luchas antifranquistas y por la democracia que vinieron durante la guerra o la dictadura. También la bandera roja con la hoz y el martillo tiene un gran peso histórico y simbólico en la lucha por los derechos de los trabajadores y la lucha antifascista que conllevó decenas de millones de muertos. Y comprendemos y apoyamos su uso cuando se trata de conmemoraciones y actos de recuperación de memoria histórica o reivindicación de justicia y reparación. Sin embargo entendemos que, en este momento, ni la una ni la otra (la tricolor o la roja con la hoz y el martillo) pueden servir de símbolos aglutinadores para un proyecto político de mayorías en nuestro país.
De igual manera, no nos parece conveniente que se rechace o critique de plano la oficialidad o el uso de la bandera rojigualda. Si la bandera tricolor de la II República ha condensado una fuerte carga ideológica, la bandera rojigualda la ha perdido con el paso de los años. En España la mayoría de la población identifica, con más o menos devoción, la bandera rojigualda con su país. No la identifica con el franquismo, el fascismo, las fosas comunes, la dictadura y el terror; tampoco con la monarquía. Y en los últimos años hemos visto en las celebraciones futbolísticas como millones de jóvenes se echaban a la calle con la bandera actual a festejar los triunfos de su selección. Dudamos mucho que esos millones que colgaban la bandera rojigualda en los balcones, se la pintaban en la cara o la agitaban en los festejos deportivos, sean neonazis, franquistas, monárquicos o derechistas militantes. Otro ejemplo lo tenemos en el ámbito de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (FCSE) y en las Fuerzas Armadas donde es una costumbre extendida entre sus miembros portar algún lazo en su coche, alguna pegatina o pulsera con los colores de la rojigualda en sus muñecas. Y aunque en algunos de estos cuerpos exista el pensamiento conservador entre algunos de sus miembros, la mayoría de los que portan esta bandera no lo hace por ser borbónico o falangista convencido. En estos colectivos (FCSE y Fuerzas Armadas), que en suma superan los 330.000 miembros, encontraremos en numerosas ocasiones este tipo de manifestaciones personales como muestra del amor a su país y también como símbolo de su profesión, como distinción gremial en la defensa y seguridad pública del país. La bandera rojigualda para estos funcionarios (muchos de los cuales comparten el proyecto democrático propuesto desde PODEMOS) es el símbolo que conecta a la vez el hecho patriótico con su dedicación profesional particular. Son detalles a tener en cuenta si alguien pretende llegar a estos colectivos y a una buena parte de la sociedad.
Y puestos a hacer un poco de memoria, la bandera rojigualda no es la bandera exclusiva del franquismo ni siquiera de la monarquía. Ni tampoco la bandera tricolor de la II República fue la bandera del antifranquismo: durante los primeros meses de la Guerra Civil también fue la bandera de los golpistas de Franco y militares fascistas fueron enterrados con todos los honores bajo la bandera tricolor. La bandera rojigualda, que tiene un origen militar en el siglo XVII, en concreto para uso en la Marina de guerra, se usó como bandera nacional en la Revolución española liberal de 1808, en las Cortes de Cádiz. Fueron fundamentalmente las milicias nacionales, la expresión armada y popular más progresista habida en el siglo XIX, las que extendieron el uso de la bandera rojigualda como símbolo nacional. La bandera borbónica que ondearon los carlistas, en su enfrentamiento contra el liberalismo y el constitucionalismo, era blanca con el aspa roja de Borgoña. En 1843 Isabel II decreta la bandera rojigualda como bandera nacional frente a la bandera del absolutismo carlista que ondeó durante las tres guerras civiles de aquella centuria. Este hecho hizo identificar aún más a la bandera rojigualda con las posiciones políticas más avanzadas frente a la bandera carlista que representaba el inmovilismo y la reacción. Durante el Sexenio Revolucionario (1868-1874), en su etapa de Gobierno Provisional o en su etapa de Primera República española, se ondeó la bandera rojigualda (con distinto escudo) como bandera oficial. Es decir, la bandera bicolor fue la insignia que representó al periodo más democrático y progresista de todo el siglo diecinueve incluyendo la primera experiencia republicana de nuestra Historia. La rojigualda también ha sido bandera republicana.
Con esta breve y sintética semblanza histórica no queremos caracterizar a la bandera rojigualda como la elegida para representar un futuro proyecto nacional de progreso y democracia. Pero tampoco creemos oportuno ni correcto que se la identifique con la bandera de la reacción y los valores antidemocráticos (cosa diferente sería hablar de los escudos habidos). De hecho, en el siglo XIX los colores de esta bandera significaron precisamente lo contrario. Incluso en el siglo XX, el propio General Vicente Rojo, el que fuera Jefe del Estado Mayor del Ejército Popular de la II República, criticó el cambio de color en la bandera nacional que se realizó y defendió mantener la rojigualda.
Por lo tanto, nos parece que el rechazo o crítica actual a la bandera rojigualda por connotaciones políticas, no sólo supone un error historiográfico sino una insensatez estratégica. La guerra a banderazos (manifestación simbólica del inútil y peligroso izquierdas/derechas) no va a facilitar la constitución de una mayoría social para el cambio y creemos que PODEMOS debería desmarcarse de la identificación con una u otra bandera.
No se debe querer imponer la rojigualda ignorando los legítimos sentimientos que cargan una parte de la población hacia la bandera tricolor ni apostar ni reivindicar la tricolor como futura bandera demonizando a la rojigualda. Cualquier ciudadano que comulgue con los principios de PODEMOS, apoye la banca pública, la renta básica, la sanidad y educación pública y de calidad, la democracia participativa y el respeto a los Derechos Humanos, y además le guste la bandera rojigualda, debe sentirse cómodo en esta organización. Habremos avanzado muchísimo cuando en los círculos, asambleas, mítines o votando a PODEMOS encontremos tanto a los que llevan un bandera, camiseta o pulserita rojigualda como las que la llevan tricolor como los que no llevan. Porque esto es lo verdaderamente importante: aglutinar al mayor número de personas en torno a ideas y proyectos por encima de etiquetas y colores. La división izquierdas/derechas en nuestro país (con guerra y dictadura de por medio) ha cristalizado en la actualidad en un enfrentamiento lleno de estereotipos y símbolos, que sustituyen al debate tranquilo de las ideas, representándose esta puja hasta en los colores de la propia bandera nacional. Salir de este entuerto sólo es posible reconociendo la rojigualda como la actual bandera oficial, poniendo en valor el contenido histórico y democrático que carga la bandera tricolor y planteando que sea el propio pueblo español democráticamente, en un futuro proceso constituyente, el que determine la insignia que nos represente a todos en un próximo Estado republicano. Mientras tanto, se debe continuar construyendo movimiento dejando a un lado cualquier fetichismo estéril o enfrentamiento por colores.»