Reseña: «La crisis económica 1929-1939». Charles. P. Kindleberger. Ed. Capitán Swing (2009)

Posted on 2015/03/08

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Reseña: «La crisis económica 1929-1939». Charles. P. Kindleberger. Ed. Capitán Swing (2009).

Epílogo de Lloyd C. Gardner. Traducción de Lluís Argemí D`Abadal

Esta obra de Charles P. Kindleberger, profesor de economía del Massachusetts Institute of Technology (MIT) y uno de los más destacados historiadores de la economía del siglo XX, es considerada universalmente como el mejor estudio que hasta hoy se haya publicado acerca de la crisis económica de los años treinta, denominada por Churchill como la «Segunda Guerra de los treinta años».

Kindleberger –que conoció de niño los años de euforia de Wall Street y que más tarde desempeñaría altos cargos en la administración económica norteamericana– nos ofrece un texto de máximo interés analítico que no sólo nos narra la crisis, sino que nos muestra sus entresijos y trata de establecer sus causas. Conviene señalar que el texto que ahora presentamos al lector de habla hispana no reproduce la edición original de 1973, sino que corresponde a una nueva versión ampliada, revisada y actualizada.

Algunas reseñas

  1. Joaquín Estefanía, «El futuro parece brillante», El País » 26.10.2009
  2. Joaquín Estefanía. «La Gran Recesión: segunda oleada», El País » 07.11.2009
  3. Joaquín Estefanía, «Una recesión dentro de la depresión», El País » 11.09.2011
  4. «La crisis económica: 1929-1939». Caes | Diciembre 2009

 “El futuro parece brillante” El País » 26.10.2009

“El futuro parece brillante”. Así terminaba textualmente un informe que cinco días antes de que arrancase el crash de octubre de 1929 en la Bolsa de Nueva York le enviaba Thomas Lamont -accionista de referencia de JP Morgan- al presidente de EE UU, Herbert Hoover, para darle cuenta de lo que pasaba ante la inquietud del mandatario de que se estuviesen recalentando los mercados. Lo contaba el estupendo documental titulado 1929, el gran crash, de la televisión pública británica BBC, que emitió La 2 de TVE la madrugada del pasado domingo en su espacio La noche temática.

Ese documental, pasado el día que se cumplían 80 años del jueves negro de Wall Street, servía para establecer analogías y diferencias entre lo que sucedió entonces y la Gran Recesión que ahora estamos tratando de superar. Los distintos analistas que aparecen en él no son demasiado optimistas: hemos olvidado muchas de las lecciones que se desprendieron del origen de la Gran Depresión de los años treinta, y durante las décadas de los ochenta y noventa se permitió un proceso contrarreformista que ha devuelto al mundo a los abusos del pasado.

A destacar, dentro del documental, tres momentos estelares: el banquero Paul Warburg previó lo que iba a suceder, pero no le creyeron; su nieto destaca que hizo el papel de Casandra en aquella crisis y salvó a su banco de la quiebra saliéndose a tiempo de la Bolsa; segundo, las imágenes, poco conocidas, del drenaje del lago de Central Park, para instalar en su base seca decenas de chabolas de cartón para que los pobres y arruinados pudieran dormir en ellas; y tercero, la reacción que supuso en 1932 la elección como presidente del demócrata Franklin Delano Roosevelt, el hombre que logró sacar a EE UU de la Gran Depresión, que no acabó sino cuando se inició la Segunda Guerra Mundial.

Ha coincidido este documental con la cuidada reedición del mejor libro escrito nunca sobre aquellos acontecimientos: La crisis económica 1929-1939, del historiador norteamericano de la economía Charles P. Kindleberger (editorial Capital Swing). De él dijo John K. Galbraith (autor del clásico El crash de 1929) que era “una auténtica lección. Sin duda se trata del mejor estudio sobre la década decisiva, desde el punto de vista económico, de este siglo”.

Kindleberger, que analiza con gran didactismo las diferentes versiones que se han dado sobre los orígenes y el desarrollo de la Gran Depresión, llega a la conclusión de que los mercados planetarios (entonces no se hablaba de globalización) no se pueden controlar por sí mismos porque son inestables, con información asimétrica y competencia imperfecta.

Cuando Kindleberger se pregunta qué provocó la depresión mundial de 1929; por qué fue tan amplia, tan profunda, tan larga; si fue causada por factores reales o monetarios; si fue una debilidad fatal de la naturaleza del sistema capitalista internacional o de la forma en que éste era gestionado; si las políticas aplicadas por los Gobiernos eran consecuencia de la ignorancia, la limitación de horizontes o los malos deseos; si la profundidad y la duración de la depresión fueron un reflejo de la fuerza de un shock sobre un sistema relativamente estable, o una medida de la inestabilidad del sistema en presencia de un vendaval o de una serie de vendavales de fuerza normal, etcétera, parece estar interrogándose acerca de la Gran Recesión actual.

Sin embargo, afortunadamente hay cosas distintas. Existen al menos tres grandes diferencias en lo ocurrido en este intervalo de ocho décadas: primero, hoy los Gobiernos han actuado antes, más rápidamente, dando protagonismo a las medidas públicas de reactivación de la demanda y a los rescates del sistema financiero; segundo, han evitado (al menos hasta ahora), que la crisis económica devenga en una crisis política, ayudados por el hecho de que en la actual coyuntura no hay una alternativa ideológica al capitalismo (todo lo más se pretende reformarlo o refundarlo).

Y tercero, existe en algunas partes del mundo un Estado de bienestar que reduce las peores secuelas de la recesión y aminora las posibilidades de una crisis social. La incógnita es si se avanzará en las políticas reformistas para evitar que los abusos vuelvan a suceder, y aquí, tanto el documental de la BBC como Kindleberger son más bien pesimistas. Joaquín Estefanía

Joaquín Estefanía. La Gran Recesión: segunda oleada, El País » 07.11.2009

Nuevos textos ponen de relieve la necesidad de no tratar la crisis como un paréntesis entre dos etapas brillantes de enriquecimiento. Lo que vendrá después seguramente se parecerá poco a lo que había antes. Varios autores alertan de que la persecución indefinida del crecimiento económico es incompatible con un planeta finito.

A punto de cumplirse los dos años y medio desde el inicio de la crisis económica aparece poco a poco la segunda oleada de libros relacionada con la misma. Casi dos docenas de nuevos textos, algunos muy notables, con tres características iniciales: primero, la falta de consenso sobre el diagnóstico de la misma se va quebrando y emerge un relato potente sobre lo ocurrido; hay bastante coincidencia en que sólo conociendo el sistema económico dominante -el capitalismo-, desagregando sus componentes y relaciones, desentrañando su lógica, se puede interpretar la forma en que se comporta la economía. Segundo, la mayoría de los libros publicados son más críticos que los anteriores, son libros cabreados que se centran en los abusos perpetrados sobre todo en el sector financiero, y exigen reformas, en ocasiones bastante radicales. Y tercero, con discreción, muy minoritariamente todavía, como si les diese vergüenza saludar al tendido, empiezan a publicarse textos justificativos del neoliberalismo anterior (presentados como defensa del capitalismo), que opinan que las dosis de keynesianismo que se han aplicado para sacar al planeta de la anemia inversora y de la desconfianza tendrán consecuencias peores que las recetas propias de la revolución conservadora; entre un exceso y otro, es mejor el primero (que no reconocen como tal).

Algunos de los manuscritos editados no pertenecen estrictamente al ámbito de la Gran Recesión, pero ayudan a entenderla mejor. Son anteriores o muy anteriores a la misma y sirven para desvelar las tendencias a largo plazo de la economía mundial, sin concesiones a la coyuntura. Permiten ir hacia atrás para comprender el presente y acercarse al futuro. Entre ellos se pueden destacar el trabajo de Kindleberger sobre la década de los años treinta del siglo pasado, o los dos tomos del economista español Ángel Martínez González-Tablas -la obra de una vida- sobre la economía política mundial, que autoriza a utilizar el concepto de “fuerzas estructurantes” como ideas-fuerza profundas que dan espacio a un modelo de desarrollo emergente que tanto se cita y tan poco se profundiza. O el libro de Brenner sobre la turbulencia global, publicado previamente en la New Left Review, y que excepto en el epílogo no trata de los acontecimientos actuales, pero que tolera su interpretación.

Entre las críticas que sobresalen de una lectura transversal de los textos en cuestión hay algunas muy recurrentes: la ceguera de los economistas a la hora de prever lo que va a suceder, en el mejor caso por ignorancia y en el peor por estar presos de una ideología desreguladora que les impedía acceder a la realidad. Robert Skidelsky califica a estos últimos de “mayordomos intelectuales” de los poderosos, y Frédéric Lordon, de “intelectuales orgánicos de las finanzas” por haber defendido “la plaga de la innovación financiera” sin haber considerado nunca sus límites. Alguno de los libros publicados continúa en el interior de ese economicismo, sin apoyarse en las lecciones que pueden dar otras ciencias sociales como la sociología, la historia, la filosofía, incluso la política o pasiones como la codicia o la avaricia. Lo que Keynes denominaba animal spirits, que son revindicados ahora por Akerloff y Shiller.

Según estos últimos analistas, para comprender esta Gran Recesión hay que ir más allá de los responsables directos o de los chivos expiatorios (los banqueros, los reguladores, las agencias de calificación de riesgos, los fondos de alto riesgo, etcétera) y preguntarnos por qué encontraron los alicientes para abusar, o errar, sin que fueran denunciados: porque partían de unas ideas que lograron acomodarse prácticamente sin discusión. Lo que se ha denominado el pensamiento único: la autorregulación, que era en realidad una ausencia absoluta de regulación; el Estado es el problema y el mercado la solución; presupuestos equilibrados en sociedades con muchas necesidades; primero es crecer y sólo después distribuir; la inflación como prioridad económica absoluta… Ideas que llegan a la opinión pública mezcladas con los intereses creados de quienes las defienden (muchas veces, opacos), la política, las circunstancias de cada época y lugar. En resumen, la ideología dominante.

Esta segunda oleada de libros sobre la Gran Recesión todavía tiene como protagonista principal al sistema financiero. No únicamente, pero sobre todo. Será la próxima generación de libros la que ahonde en las huellas que va a dejar en la economía real y en las secuelas en forma de empobrecimiento colectivo, paro y endeudamiento público y en sus efectos sobre la calidad de la democracia, en el sentido que le daba Stiglitz en el informe que presentó ante las Naciones Unidas el pasado mes de junio: la crisis económica ha hecho más daño a los valores fundamentales de la democracia “que cualquier régimen totalitario en tiempos recientes”. El lado oscuro de la economía.

Un sistema financiero presentado, en palabras de Frederic Mishkin, ex gobernador de la Reserva Federal, como “el cerebro de la economía. Actúa como un mecanismo coordinado que asigna el capital, la savia de la actividad económica, a sus usos más productivos por parte de las familias y las empresas. Si el capital va a parar a usos equivocados o no fluye en absoluto, la economía operará de manera ineficiente y, en última instancia, el crecimiento económico será bajo”. En este contexto, la historia financiera es definida (por ejemplo, por Ferguson) como una especie de montaña rusa llena de altibajos, burbujas y pinchazos, de manías y pánicos (otro homenaje a Kindleberger), de choques y conmociones. Y Guillermo de la Dehesa, que escribe desde dentro del sector, recuerda la fatalidad de ser adanistas y considerar algo excepcional las crisis financieras, pues esta que nos abruma sólo es la primera del siglo XXI de una cosecha documentada que se remonta a ochocientos años. Ramonet escribe que el capitalismo experimenta, en promedio, una crisis grave para cada diez años, pero una de la gravedad de la actual, sólo una vez cada centuria.

De la lectura de tantas páginas pesimistas se desprende la necesidad de no tratar la Gran Recesión como un paréntesis entre dos etapas brillantes en cuanto al crecimiento. Lo que vendrá después seguramente se parecerá poco a lo que había antes. Casi todos los autores pronostican una salida de crecimiento débil de la economía, con consecuencias para el empleo que durarán bastante tiempo. En este contexto, también aparecen varios libros que demandan el abandono del crecimiento económico tratado como una religión. E indican que la persecución indefinida del crecimiento es incompatible con un planeta finito. Coinciden en ello con el último informe del Banco Mundial sobre el desarrollo, que dice que siendo la disminución de la pobreza la máxima prioridad mientras la cuarta parte de la población de los países en vías de desarrollo siga viviendo con menos de 1,25 dólares al día, el cambio climático afecta al mundo entero. Esta es otra de las características más positivas de los libros comentados: la mayoría ha incorporado ya la dimensión ecológica a la lógica económica y reformista de las soluciones.

Libros para entender la crisis

La crisis económica 1929-1939. Charles P. Kindleberger. Capitán Swing Editorial. Madrid, 2009. 566 páginas. 24 euros. El regreso de Keynes. Robert Skidelsky. Crítica. Barcelona, 2009. 249 páginas. 19,90 euros. Economía política mundial. Ángel Martínez González-Tablas. Ariel. Barcelona, 2007. Dos tomos, 367 y 381 páginas. 25 euros cada uno. Animal Spirits. Cómo la psicología humana dirige la economía. George A. Akerloff y Robert Shiller. Ediciones Gestión 2000. Barcelona, 2009. 327 páginas. 19,95 euros. La primera gran crisis financiera del siglo XXI. Guillermo de la Dehesa. Alianza. Madrid, 2009. 583 páginas. 24 euros. El triunfo del dinero. Cómo las finanzas mueven el mundo. Niall Ferguson. Debate. Barcelona, 2009. 441 páginas. 24,90 euros. Una crisis y cinco errores. Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Zallo. Editorial Lid Empresarial. Madrid, 2009. 126 páginas. 19,90 euros. El gran crac del crédito. Charles R. Morris. Valor Editions de España. Barcelona, 2009. 171 páginas. 25 euros. La reforma de la arquitectura financiera internacional. José Antonio Alonso, Santiago Fernández de Lis y Federico Steinberg, coordinadores. Ediciones Empresa Global. Madrid, 2009. 218 páginas. 21 euros. Lucro sucio. Economía para los que odian el capitalismo. Joseph Heath. Taurus. Madrid, 2009. 357 páginas. 21 euros. La economía de la turbulencia global. Robert Brenner. Akal. Madrid, 2009. 568 páginas. 45 euros. El porqué de las crisis financieras y cómo evitarlas. Frédéric Lordon. Ediciones La Catarata. Madrid, 2009. 191 páginas. 18 euros. En defensa del capitalismo. José Luis Feito. La Esfera de los Libros. Madrid, 2009. 282 páginas. 15 euros. El crack del año ocho. Miguel Ángel Lorente y Juan Ramón Capella. Mínima Trotta. Madrid, 2009. 156 páginas. 10 euros. Pequeño tratado del decrecimiento sereno. Serge Latouche. Icaria. Barcelona, 2009. 143 páginas. 10 euros. El capitalismo roto. Rolando Astarita. La Linterna Sorda. Madrid, 2009. 287 páginas. 15 euros. La catástrofe perfecta. Ignacio Ramonet. Icaria. Barcelona, 2009. 129 páginas. 15 euros. El caso Madoff. Los secretos de la estafa del siglo. Andrés Weitmann. La Esfera de los Libros. Madrid, 2009. 238 páginas. 20 euros. ¿Y después de la crisis, qué…? Jacques Attali. Gedisa. Barcelona, 2009. 106 páginas. 11,90 euros. Crack planetario. Giulio Sapelli. Gedisa. Barcelona, 2009. 109 páginas. 9,90 euros. El lado oscuro de la economía. Juan Tugores. Gestión 2000. Barcelona, 2009. 223 páginas. 16,95 euros.     Joaquín Estefanía

Joaquín Estefanía, Una recesión dentro de la depresión, El País » 11.09.2011

En abril de 2009, medio año largo después de la caída de Lehman Brothers, cuando todo parecía posible que sucediese en el sistema financiero y en la economía real, dos historiadores económicos, Barry Eichengreen y Kevin O?Rourke, publicaron una comparación histórico-estadística de la Gran Depresión con la crisis actual. Su análisis fue de los más pesimistas que hasta entonces habían aparecido: lo que está pasando tiene todas las dimensiones de una depresión y el rótulo de Gran Recesión se puede quedar corto. Incluso criticaron por blando, amablemente, a Krugman, que había utilizado el concepto de “Gran Depresión a medias” y luego usó el de “Gran Depresión menor”.

¿En qué se basaban? En que la mayor parte de los trabajos sobre la Gran Depresión-Gran Recesión cotejaban los EE UU de los años treinta con los de la primera década del siglo XXI, pero la Gran Depresión ya fue un fenómeno global (solo se salvó de la misma la Unión Soviética, que tenía otro sistema político y económico), como lo es la crisis actual. Si se estudiaba lo que estaba acaeciendo en el conjunto del planeta, “globalmente estamos en situación análoga, si no peor, que en la Gran Depresión, tanto si la métrica es la producción industrial, como si son las exportaciones o los valores de las acciones (…) Estamos ante un acontecimiento que tiene todas las dimensiones de una depresión”.

Eichengreen y O?Rourke ponían dos cauciones a su análisis: que cuando lo publicaron apenas han pasado dos años y medio desde el origen de los problemas de las hipotecas locas, y la Gran Depresión duró más de una década; por tanto, se necesitaba más perspectiva de tiempo. Y que las respuestas políticas del siglo XXI (tipos de interés muy bajos, ayudas a la gran banca para que no cayese y generase el pánico entre sus clientes, planes de estímulo a la economía real) parecían estar dando resultado y habían sido más apropiadas y más rápidas que las implantadas por el presidente Hoover y su secretario del Tesoro, Andrew Mellon, entre 1929 y 1932, dominadas por el capitalismo de laissez-faire. Se ha mejorado, como decía Galbraith (El crack de 1929, Ariel) porque “los conocimientos de economía han experimentado un modesto aumento (…) los economistas y todos aquellos que ofrecían consejo económico durante los últimos años veinte y primeros treinta eran fundamentalmente malos economistas y perversos consejeros”. ¿Qué pensaría hoy Galbraith de las políticas públicas de austeridad que se están aplicando para salir de esta endemoniada coyuntura? Sería asimismo muy oportuno conocer si Eichengreen y O?Rourke aún sostienen que las respuestas políticas de ahora son parte de la solución a la crisis, o se han unido a las tesis de su benevolentemente criticado Paul Krugman de que multiplican los problemas que tratan de arreglar.

En la actualidad prosigue entre los analistas el juego de semejanzas y diferencias entre las dos contracciones mayores de la historia del capitalismo. Aunque hay que cuidarse mucho del pensamiento analógico sin matices, la última comparación que se ha puesto de moda es entre 1937 y 2011. En 1937 hacía siete años del crash de la Bolsa de Nueva York y cuatro desde que el presidente Roosevelt empezó a poner en práctica una política económica keynesiana a la que denominó New Deal, basada en el incremento de la inversión pública, las reformas financieras, un mayor equilibrio de poder entre los empresarios y los sindicatos, y la generación de puestos de trabajo y protección social a los más desfavorecidos. La economista Cristina Rohmer, que fue jefa de los asesores económicos del presidente Obama, cuenta lo que sucedió: “La recuperación en los cuatro años después de que Franklin Delano Roosevelt tomase posesión en 1933 fue increíblemente rápida. El crecimiento real anual del PIB fue de un 9% de media. El desempleo cayó del 25% al 14%. Aparte de la II Guerra Mundial, EE UU nunca ha experimentado ese crecimiento sostenido tan rápido. Sin embargo, ese crecimiento se vio detenido por una segunda gran caída en 1937-1938, cuando el desempleo volvió a aumentar hasta el 19% (…) La causa fundamental de esta segunda recesión fue un desafortunado y, en buena medida involuntario, cambio a una política fiscal y monetaria contractiva. [Los recortes del gasto y las subidas de impuestos] redujeron el déficit a aproximadamente un 2,5% del PIB, ejerciendo una presión contractiva significativa”. En 1937, la producción de acero se redujo un 70%, la de automóviles un 50%, de los productos manufacturados un 35%.

Escribe Kindleberger (La crisis económica 1929-1939. Capitán Swing) que cuando se produce esa inesperada “recesión dentro de la depresión” en 1937, a causa del levantamiento de los estímulos públicos antes de lo debido, cambia el clima intelectual desde la consolidación fiscal hacia el keynesianismo, y Roosevelt no tiene más remedio, contra sus expectativas previas, que volver a las políticas de expansión pública de la demanda. El pleno empleo no llegará hasta la entrada de EE UU en la guerra mundial, en diciembre de 1941, tras el ataque de Pearl Harbour. Roosevelt mantuvo el porcentaje de la deuda respecto al PIB en el 40% como media durante todo el New Deal y solo lo incrementó hasta el 128% durante la conflagración.

En 2011, el consenso de los organismos multilaterales y servicios de estudios privados indica que la coyuntura de amplias zonas del planeta se encamina nuevamente hacia el estancamiento o, posiblemente, hacia una nueva recesión, en la que confluyen varios tipos de problemas a la vez: abundancia de recortes de la inversión y el gasto público motivados por las políticas de austeridad y consolidación fiscal puestas en marcha, lo que acentúa la marcha lenta de la coyuntura; gigantesco endeudamiento privado y público, con dificultades de algunos países para pagar su deuda soberana, y por tanto con menores márgenes que en 2008 para activar otra vez políticas de estímulo, so pena de que se les escapen aun más los desequilibrios macroeconómicos (acabar con la deuda con más deuda); y falta de liquidez y fuertes necesidades de recapitalización de la banca, multiplicadas por la crisis de la deuda anterior. Por ello, también ahora se podría estar a las puertas de una “recesión dentro de la depresión”, aunque todavía no se ha generado con nitidez, como antaño, un cambio de clima intelectual desde una política de austeridad uniforme a políticas de crecimiento selectivo. JOAQUÍN ESTEFANÍA, EL PAÍS.

«La crisis económica: 1929-1939». Caes | Diciembre 2009

 “una auténtica lección. Sin lugar a dudas se trata del mejor estudio sobre la década decisiva, desde el punto de vista económico, de este siglo”. John Kenneth Galbraith

Kindleberger no se dedica solamente a mostrarnos estadísticas y comentarios al hilo, sino que nos ofrece explicaciones, argumentos y contraargumentos que posibilitan ubicarnos en el contexto en el que el autor hace el recorrido a lo largo de esa década.

La principal tesis de esta obra que, en términos muy generales, el autor expone específicamente en el capítulo14: “Una explicación de la depresión de 1929”, es que la gran duración y profundidad de la crisis del 29 se debió a que Gran Bretaña, por un lado, fue incapaz de continuar siendo la principal valedora de un sistema económico en desequilibrio, a cambio, USA, el país que podía haberla sustituido en tal tarea, no asumió su responsabilidad. Es decir, en otros términos, el vacío de un país hegemónico que manejara la situación fue el principal causante de este desaguisado capitalista.

Otra de las tesis que queremos destacar y que emana directamente de la lectura de esta obra, es la defensa de la necesidad de intervención en el mercado mundializado de capitales. Vaya, diremos, la primera base ideológica, si no teológica, del capitalismo: la no intervención por fuerzas extrañas al mercado (1) se va al traste:

“De vez en cuando alguno de mis amigos me habla del plan del gobierno como si fuera ridículo o peligroso —se refiere a las medidas intervencionistas del New Deal— le contesto que cuando yo hacía negocios la planificación era fundamental para la dirección exitosa, y no creo que las cosas hayan cambiado desde entonces” (2).

Karl Polanyi más directo y esclarecedor: “Los orígenes del cataclismo, que conoció su cénit en la II GM, residen en el proyecto utópico del liberalismo económico consistente en crear un sistema autorregulador” (3).

Si bien es cierto que la presente obra de Kindleberger nos sirve para clarificar algunos aspectos de la crisis actual, y, dentro del discurso y acto de rendir pleitesía al sistema capitalista, obtener alguna herramienta para salir del paso, afirmamos que, en cualquier caso, tal y como dice Polanyi, el problema está en la base, en la fe en un sistema autorregulador que no lo es y que, además de no serlo, atenta continuamente contra la biografía de todas y cada unas de las personas inscritas en esta sociedad de mercado, me refiero al proletariado, al cada vez mayor ejército de reserva de mano de obra, es decir, l@s parad@s y a las amplias capas marginales que apenas se contabilizan.

En fin, un sistema económico que ya no puede justificarse en nada, sino en sí mismo. Como dios: Yo Soy el que Soy.

  • (1) Por extrañas nos referimos a medidas económico-políticas de regulación del mercado.
  • (2) En el momento, Secretario de Estado Estadounidense, Edwanrd R. Stettinius, anteriormente ejecutivo de U.S Steel. Citado en pp. 554 de esta obra, en el Epílogo a cargo de Lloyd C. Gardner.
  • (3) “La Gran Transformación”. Karl Polanyi. Ed. La Piqueta. 1989. Pp. 65