Gracias Moncho, por todo. En recuerdo a Moncho Alpuente / Pedro A. García Bilbao / Sobre « «La Reina del Nilo».

Posted on 2015/03/22

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Ha fallecido el periodista, poeta y músico Moncho Alpuente. Se nos ha ido, Hemos perdido a uno de los nuestros, otro más, uno insustituible. Es una pérdida y un gran dolor. En 1986, siendo estudiante en Madrid, acudí al estreno de su obra musical «La reina del Nilo»  [comedia musical en tres actos como se definía] en el Teatro Albeniz. Era una zarzuela muy divertida, interpretada en verso, con canciones y coreografías con humor, ritmo, belleza y mucho estilo, muy desenfadada y simpática, muy muy divertida, Fue una gran producción que costó un gran esfuerzo. Estaba ambientada en ese mundo de aventura y épica, donde la leyenda se mezcla con la maravilla, Estaban allí Las Minas del Rey Salomón, Beau Geste, la zarzuela Los hijos del Capitan Grant y la estética del cómic clásico de Harold Foster, Principe Valiente, o el de Alex Raymond en Flash Gordon, o de Burnett Hoggarth, de Tarzán. Eran las lecturas que habíamos hecho todos cuando adolescentes y que habían llenado nuestras vidas de ilusión y sentido de la maravilla. Moncho Alpuente lo recogió a la perfección y lo mezcló con lo mejor de nuestra tradición musical del XIX y los espectáculos musicales de los años 20 y 30, fundiendo todo en un algo moderno y clásico a la vez. Y muy divertido. Alpuente sería tenido como uno de los creadores de la «movida madrileña», pero más allá de las simplificaciones absurdas que se han hecho, Alpuente demostró ser que para ser bueno en algo y para poder innovar, uno ha de conocer la tradición y la técnica clásica, Lo hizo, y lo hizo muy bien. Aquel espectáculo fue algo mágico. Así lo recuerdo treinta años después.

Cuando Eduardo Hsro Tecglen publicó la crítica del estreno fue muy duro. De interminable obra de la que que no se sabe cuando comienza, de versos que son rípios y de conseguida estética de cómics, de síndrome de Peter Pan, de todo ello califica Haro Tecglen la obra, de la que dice fue acogida glacialmente. Con todo el respeto debido a don Eduardo, su crítica denota, tal vez, que no comprendió nada. Cuando afirma que Pedro Muñoz Seca escribía acompasado a su época lo que no lograba Alpuente, olvida referirnos que el verso satírico del autor de La venganza de Don Mendo fue tachado también de ripio y tan despreciado por la crítica pública como celebrado por el público. Alpuente lograba, en realidad, con esta obra suya reconstruir en clave divertida y llena de épica amable y desenfadada el universo de aventuras y mitos de las novelas que leíamos de adolescentes o vimos en el cine de aventuras, con el añadido sorprendente de ponernos en contacto con el teatro musical, perdido para nuestra generación. Haro Tecglen no supo verlo, se le hizo larga la obra, lo que prueba únicamente que no le gustó. Me atrevo a suponer que a Pedro Muñoz Seca, que parodió tanto la novela histórica romántica como las de don Manuel Fernández y González como las obras del siglo de Oro, le hubiera causado mucha curiosidad por la fuente de la nueva parodia y tal vez le hubiera divertido. ¿Quine sabe? En cualquier caso, La Reina del Nilo sólo pretendía defender el sentido de la maravilla y mezclarla con la mágia del teatro musical. Y era muy nuestro.   ¿Qué habría dicho don Eduardo de producciones  prefabricadas de la marca Disney como El rey León que hoy se mantiene en la escena madrileña?

Pasó algún tiempo. Tal vez fue en 1990. Me encontré por casualidad con Moncho Alpuente en el Café Comercial de Madrid, en la Glorieta de Bilbao. No nos conocíamos, pero él estaba allí. Estaba el con unos conocidos, pero su mirada pensativa, en silencio, recorrió el local y se cruzó con la mía; yo estaba entrando y me había parado un segundo al reconocerle. Sonreí y le ofrecí mi mano y el respondió. Apenas cruzamos unas palabras. «Gracias Moncho, Gracias por la Reina del Nilo. Sinceramente». Me dio las gracias a su vez cuando ya me marchaba. No quería interrumpirle ni molestarle, sino solo eso, expresarle reconocimiento y simpatía. En sus ojos brilló una emoción. No volví a verle, pero todos estos años no he dejado de leerle en la prensa. Nunca se volvió a estrellar la obra aquella.  Hoy la noticia es que Moncho Alpuente nos ha dejado. Falleció el último día de invierno de 2015 mientras pasaba unos días en Canarias con su esposa.

Gracias compañero, por todo. No te olvidaremos.

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Esta fue la precrítica de la obra que publicó el Diario El Pais en febrero de 1986

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Un montaje ambicioso para ‘La reina del Nilo’ / Rosana Torres.
La obra, escrita por Moncho Alpuente, se estrenará en el próximo festival de teatro de Madrid

La reina del Nilo se estrenará el mes que viene dentro de la programación del VI Festival Internacional de Teatro de Madrid. Un ambicioso proyecto, presentado por Producciones RA, que mucho antes de su estreno levanta las suficientes expectativas como para que sea esperado como uno de los montajes más refrescantes de la temporada teatral madrileña.

Su autor, Moncho Alpuente, viene esperando la puesta en escena desde hace ocho años, en los que ha estado paseando la obra debajo del brazo intentando que viera la luz. Él la define como un relato de aventuras contado a la manera del género chico, en el que intervienen un total de 50 personas, entre bailarines, músicos, figurinistas y actores, encabezando la interpretación Santiago Ramos, Carmen Maura, Ágata Lys, Guillermo Montesinos, Wyoming, Félix Rotaeta y Ricardo Solfa.Empezada a ensayar el pasado 8 de enero, la obra, con un presupuesto hasta el momento de 23 millones de pesetas, cuenta de momento con una subvención de cinco millones de la Comunidad de Madrid, la cual también parece ser que se hará responsable del teatro Albéniz, donde se estrenará el próximo 14 de marzo.

La reina del Nilo es una parodia escrita en verso, de toda la literatura y del cine de aventuras. En ella se presenta al clásico héroe, señorito inglés de buena familia, algo alocado y que se apunta a la legión extranjera francesa tras tener problemas en su tierra natal. De allí es expulsado tras un affaire con la hija del coronel y pasa al servicio de la Reina del Nilo, de la que pensaba era tan sólo una leyenda. Una vez allí, su desastroso carácter provoca tantos líos y meteduras de pata que el antihéroe cambia el curso habitual de este tipo de relatos.

Para Moncho Alpuente, la obra “viene a ser parte de ese momento en que la gente deja de tener un cierto compromiso político, aunque sea con la revolución ecológica mundial o mayo del 68, para pasar a la escapada, a la búsqueda de las direcciones perdidas, al Príncipe Valiente… Y para mí esto no es negativo hacerlo después de haber vivido encerrados en las cloacas del franquismo. Es una parodia de ese mundo, que de ser para niños y jóvenes pasó a ser una literatura de éxito para la intelectualidad”.

Moncho Alpuente escribió la obra pensando en Santiago Ramos y en otros actores y actrices que tenían una tradición en el teatro independiente con el que Alpuente estuvo más en contacto, como Goliardos, Tábano, TEI, etcétera. También para Ramos escribió años antes otra obra que se llamaba Dick el de la mano roja, una historia de piratas que la censura se cargó porque veía fantasmas y referencias a la vida política de aquel entonces, cosa que no se correspondía con la realidad ya que se trataba de una fábula que transcurría en el Caribe, con referencias a la literatura de aventuras. “Pensaba en Santiago Ramos escribiendo estas obras porque me gusta su onda como actor, y en otros muchos que hoy, ocho años después, están incorporados al montaje

Montaje caro

Además de Ramos, estos actores son Carmen Maura, Wyoming, Guillermo Montesinos, Félix Rotaeta u otros como Rafael Álvarez, El Brujo, que no pudo incorporarse al montaje. “Ha sido divertido ver cómo los nombres en que pensaba, e incluso el mío, eran totalmente desconocidos. No había forma de que hicieran caso a La reina del Nilo. Los empresarios a veces ni la leían y los resultados de mis movimientos para estrenarla siempre eran negativos. Ha sido divertido ver cómo los nombres en los que pensaba a nadie le decían nada. Hoy suenan y funcionan y ello ha coincidido con el hecho de que a mí también me empiezan a ir bien las cosas. Cuando la escribí estaba en, el paro más absoluto, entre otras cosas porque las revistas en las que trabajaba habían cerrado todas, y La reina del Nilo se creó en un período en el que yo era casi un vegetariano obligado”.Moncho Alpuente nunca tuvo intención de que le subvencionaran la obra, aunque todo el mundo le comentaba que era un proyecto imposible de llevar a cabo y que nadie se arriesgaría con él. “Yo sabía que era un montaje caro, pero otra cosa que deseaba era quitarme la vieja espina heredada del teatro independiente, donde todo era cutre. Tenía ganas de escribir una fastuosa obra musical donde a la hora de poner un palacio no fuera una sábana colgada de un palo y que un actor no tuviera que interpretar 22 personajes”.

No obstante, para Alpuente el que hoy pueda montar su esperado proyecto ha sido motivo de reflexión. “No me ha costado ni pensarla ni escribirla ni buscar reparto ni que se escribiera la música, sino la cantidad de despachos y ventanillas que he tenido que pisar para que alguien confiara en La reina del Nilo, y a veces llegaba a la conclusión, amarga y escéptica, de que como ahora mi nombre suena más y soy un chico de EL PAÍS, ya se sabe… Si eres famoso haces lo que quieres y si eres un gran genio de incógnito pues te pudres, y no te promocionan porque no vendes. Aunque ahora esto me beneficia, no deja de preocuparme”.

Para el autor de La reina del Nilo, hay otros aspectos que han sido importantes para la puesta en escena. “A ello hay que unir el cambio de mentalidad, y que hoy al frente de la política teatral está gente que también perteneció al teatro independiente y que no son simples funcionarios, aunque de momento sólo estamos en un pasilleo algo más grato que antes y a la espera de posibles subvenciones”.

La reina del Nilo de alguna manera es una zarzuela, aunque con sus componentes especiales. Moncho Alpuente la encuadraría dentro del género chico. Tanto él como muchos de los actores que intervienen en el espectáculo tenían deseos atrasados y contenidos desde hace tiempo de montarla. Otros, como Ágata Lys o Ricardo Solfa, vocalista polifacético surgido de la costilla intercostal de un cantautor galáctico catalán desaparecido el pasado año, se incorporan al montaje por sus recursos propios.

La música, realizada por Alberto Gambino y a la que se han incorporado canciones de Radio Futura y Siniestro Total, es parte fundamental del espectáculo, que está codirigido por Moncho Alpuente, Jesús Cracio y Ángel Facio, y Óscar Mariné como coordinador entre la parte musical y el texto. La coreografía, está realizada por Arnold Tarabourelli y la escenografía por Christian Boyer y en el dificil cometido de la producción de un espectáculo de esta índole Carlos Sánchez, uno de los pocos profesionales que existen en España en este terreno.

El lenguaje de La reina del Nilo, aunque tiene toques de terminología pasota y modelna, tiene más que ver con la premovida madrileña. El montaje, en el terreno de trucos, decorados, artificios y efectos especiales, se parece más al teatro tradicional que a las llamadas nuevas corrientes vanguardistas, independientemente de soluciones más o menos ingeniosas para resolver transformaciones necesarias de personajes y situaciones.

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Y ésta la crítica del estreno, de manos de Eduardo Haro Tecglen,

CRÍTICA: EL PAÍS 24 DE MARZO DE 1986
Persiguiendo la época
TEATRO / ‘LA REINA DEL NILO’

La reina del Nilo Autor: Moncho Alpuente. Música de Alberto Gambino, Radio Futura, Siniestro Total y José María Silva. Intérpretes: Carmen Maura, Santiago Ramos, Ágata Lys, Guillermo Montesinos, Félix Rotaeta, Alfonso Vallejo, Pilar Barrera, Fernando Martín, Juan Carlos Lavid, Pedro Luis Lavilla, Gloria Blanco, Esperanza Hervás, Paco Torres, Julila Gil, Jerónimo Martínez, Gran Wyoming, Ricardo Solfa, etcétera. Escenografía de Christan Boyer. Vestuario: Mamen Escobar. Director artístico: Óscar Marine. Director musical: Alberto Gambino. Directores de escena: Ángel Facio y Jesús Cracio. Producción de la Comunidad de Madrid. 6º Festival de Teatro. Estreno, 21 de marzo.

La reina del Nilo es un interminable fastidio. Despierta. una sola admiración: la de que, sin ninguna ocurrencia por parte del autor y del músico ni una chispa de los actores o una aportación del director, la hagan durar tres horas y media, incluyendo los, dos descansos, en los que prosigue el romance en el vestíbulo del teatro, con una ansiedad en la persecución del espectador sin darle cuartel, aunque no pudieran seguir a los muchos que emprendieron la huida hacia la tranquilidad de la calle. Así inauguró la Comunidad de Madrid su teatro Albeniz, con una producción propia y una presentación del presidente Leguina. El teatro produce a veces estos misterios: un grupo de nombres de toda solvencia produce algo que no cuaja. En el fondo de La reinadel Nilo se ve la voluntad de estilo de estar dentro de la movida, de la modernidad o de la posmodernidad, o como quiera que se llame todo ello. Está la parte de Peter Pan, del niño que no quiso nunca crecer: la negación de los miembros de unas generaciones a hacerse adultos; el subconsciente de una mitología infantil -de lecturas y cine-, la iconografí8a del comic. El legionario perdido, la misteriosa belleza del desierto, el collar robado, los buenos y los malos… La despreocupación por códigos y el intento de sustituirlos por el desenfado.

Y una cierta afición por lo kitsch que resulta, sobre todo, del emparentamiento con los pastiches orientalistas del viejo musical español -El asombro de Damasco, La corte de faraón- y del verso parodístico de autores menores como Ramos de Castro o Pedro Muñoz Seca. Pero aquéllos asentaban en su época, dentro de la cual eran adultos y ofrecían lo que entonces podía llamarse picardía, o doble sentido, y una riqueza melódica y orquestal adecuadas. No corrían detrás de su época ni pretendían hacerla ni definirla: formaban parte vegetativa de ella y, además, eran conscientes -y si no lo eran ya se lo decían los demásde que lo que hacían estaba en los estratos más bajos de la literatura dramática. Nunca, en aquellos casos, habrían podido estar patrocinados por presupuestos públicos y no se les habría podido incluir en nada que llevase el nombre oficial de cultura. Conseguían claramente lo único que se proponían: hacer reír y ganar dinero.

La voluntad de estilo está lograda en la parte plástica, quizá porque esas generaciones tienen por ahora más fijación en lo visual, en la imagen: los decorados de Christian Boyer y el vestuario de Mamen Escobar tienen buena calidad; unas veces, con cierta evocación del modernismo; otras, con la traducción del comic. La creación de muñecos, los gigantones o los seres viscosos de la gruta del segundo acto conectan bien con lo que parece buscarse. No es, claro, suficiente. La música es pobre, y pobres y sin ocurrencias son los versos de Moncho Alpuente. Dos excelentes actores como Carmen Maura y Santiago Ramos se pierden en el marasmo, como sus compañeros; la persona que se hace llamar el Gran Wyoming, encargada de los entrecuadros, saca el mejor partido de la representación, y no así quien se hace llamar ahora Ricardo Solfa, para no comprometer su pasado. La dirección de Ángel Facio no pone ningún sentido ni explota ninguna de las posibilidades latentes de obra y actores.

La expectación era grande y la recepcion llegó a ser glacial. Se vio al principio que la obra no llegaba a empezar nunca; fue más alarmante ver que no terminaba nunca, como si sus creadores no pudieran desprenderse de ella. Los espectadores supervivientes pusieron, ante esa voluntad de estilo, una voluntad de por lo menos recompensar el denodado trabajo de todos, y Moncho Alpuente salió a saludar entre sus intérpretes.

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