El Celta ya no se embarra / JUAN L. CUDEIRO

Posted on 2015/04/27

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La temporada que viene el Real Club Celta cumplirá cincuenta campañas en Primera División. Solo nueve equipos han jugado más tiempo entre los grandes. Se trata también del club que más veces ha estado a ese nivel sin haber levantado un trofeo, vacío que duele a su gente por el recuerdo de tres finales de Copa del Rey (1948, 1994, 2001), pero no impide que antes de cada partido cante con orgullo un himno que retrata la historia de la camiseta celeste y la cruz de Santiago: “Hala Celta a demostrar/ por historia y tradición/ que tu lema es noble juego/ valentía y corazón”.

Ese es el Celta de siempre. El de ahora agrega otros matices. “Antes no se tocaba tanto y cuando dabas muchos pases Balaídos no lo aceptaba. Vino un técnico argentino, Dellacha, que quería que jugásemos desde atrás y la gente no lo entendía y se aburría”, recuerda Manolo Rodríguez Alfonso, que entre 1966 y 1982 cultivó la leyenda del Gran Capitán, el hombre que más veces (432) ha vestido la camiseta del Celta. Hoy su equipo toca, gusta y gana. En los 32 partidos de Liga que ha disputado esta temporada solo en cuatro (Espanyol y Sevilla lejos de Balaídos y los dos duelos contra el Barça) tuvo la pelota menos tiempo que el rival. Incluso en el Bernabéu contra el Real Madrid, al que recibe esta noche en Vigo (21 horas, Canal +1), disfrutó más tiempo de ella. “Hay una clara evolución”, colige Manolo.

Durante años el Celta forjó un estilo condicionado por el medio. Un vistazo al podio histórico de sus futbolistas más alineados muestra a Manolo y Atilano, dos coriáceos centrales, Maté, un meta de carácter, y Vicente, un todoterreno de los que nada se guardaban. Tras ellos dos ferrolanos, Juan Fernández Vilela y Santiago Castro, dos futbolistas contemporáneos con un enfoque diferente al que se cultivaba en Vigo. El primero fue esencial para que el Celta llegase a su primera participación en competición europea, un debut y despedida contra el Aberdeen en 1971. “Era un equipo un poco diferente. Teníamos una defensa que daba, pero delante éramos más técnicos que de perseguir la pelota”, recuerda Rodilla, uno de los referentes de la época, que se rebaja ante el bloque actual. “No éramos tan buenos. Ahora apenas los tres grandes juegan mejor que el Celta”.

Rodilla rescata una fotografía de un Celta aguerrido, “de fuerza, presión y empuje”, de sudor y barro, de estrecheces porque el equipo fue sexto, llegó a Europa, pero no pudo quedarse en lo alto. “Sin capacidad económica no se pudo reforzar la plantilla”, lamenta. Tres temporadas después el equipo bajó a Segunda, encadenó dos ascensos y tres descensos. Durante diez campañas no repitió en la misma categoría, del tirón bajó de Primera a Segunda B y del tirón volvió adonde estaba. Los ochenta fueron corajudos. “Luego el Celta cambió”, concluye Moncho Carnero.

“Antes no se tocaba tanto y cuando dabas muchos pases Balaídos no lo aceptaba”, recuerda el veterano Manolo
Carnero ejerció de segundo entrenador en los primeros noventa con Chechu Rojo, Castro Santos, Irureta, Víctor Fernández, Lotina, Fernando Vázquez y Antic. “Pasamos de un fútbol físico a uno técnico, vinieron Mostovoi, Karpin, Mazinho o Makelele y se vivió la etapa más gloriosa del club”.

Hay detalles que varían respecto a aquel tiempo en el que el dinero de los primeros grandes contratos televisivos ofreció réditos de un fútbol de postín o cuando un poco antes, en 1994, un grupo aguerrido y con carácter (Cañizares, Patxi Salinas, Engonga, Alejo, Otero, Gudelj, Vicente…) se quedó a un penalti de ganar una Copa del Rey. Dos décadas después, salido de un desierto de cinco años en Segunda, en este Celta se percibe que hay un filón en la cantera. Partieron Rodrigo y Yoel, ahora en Valencia; Denis Suárez y Iago Aspas están Sevilla; Joselu en Hannover y Peleteiro se fue al Brentford. Pero los talentos no dejan de brotar y en las últimas convocatorias de la selección sub-19 ningún otro club aportó más futbolistas. “Santi Mina es muy bueno”, alerta Carnero. “Jonny durará poco en Vigo”, avisa Rodilla.

Cuentan los veteranos del coliseo vigués que a Maguregui la grada, harta de tanto cerrojo, le exigía sacar al equipo de la cueva. “Cuando me subió me pidió trabajo, sacrificio e intensidad”, rememora Otero, internacional con Clemente. “Todo cambió con la gente porque antes las pitadas eran monumentales aunque fueras un debutante. ¡Ceder la pelota al portero era como un sacrilegio! Y las condiciones de trabajo variaron porque en invierno peregrinábamos por la provincia en busca de un campo para trabajar”. En cuanto dispuso el Celta de buenos campos se le dio un impulso a toda una estructura, y a un estilo que ya no solo exhibe corazón.

“Durante años entrenamos y jugamos en lameiras [barrizales] y sacamos partido ante muchos rivales que no estaban acostumbrados”, se defiende Carnero. “El balón no circulaba por abajo, con el agua se quedaba”, se explica Manolo. “Y hay que atreverse. Pasamos de centrarnos en lo físico a fijarnos en que al fútbol se juega con un balón”, concluye Otero, que con todo se guarda un último despeje: “Hay que saber que a veces no está de más sacar el carácter y pegar un pelotazo”.

 

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