Grexit, Novorossía y el futuro de Europa / Borís Kagarlitsky

Posted on 2015/04/28

0



Grexit, Novorossía y el futuro de Europa / Borís Kagarlitsky / rabkor.ru

El 8 de abril de 2015 en Grecia debe terminarse el dinero. Bueno, no totalmente, por supuesto, pero el gobierno formado por el partido de izquierdas Siriza se encuentra ante una elección: o dejar de pagar a los acreedores, o dejar de pagar el salario a los funcionarios. Paralelamente, las fuente oficiales griegas organizan “filtraciones” en la prensa occidental advirtiendo de que están preparadas para notificar un default sobre la deuda e incluso a salir de la eurozona, volviendo a la moneda nacional, el dracma.

En el momento en que escribo este artículo todavía no se sabe cómo terminará todo esto, tanto más cuanto la publicidad sobre la determinación del gobierno griego y sus planes son, sobre todo, parte del juego diplomático de Atenas, buscando otro retraso por parte de los creditores. Sin embargo, a fin de cuentas, lo más importante no es cómo actúan los políticos izquierdistas que han llegado al poder en Grecia, y ni siquiera cómo reaccionarán ante sus amenazas las sociedades bancarias y los líderes de la Unión Europea. Esta crisis local se puede resolver con otro compromiso que posponga el colapso final. Lo más importante es otra cosa: la lógica general de la crisis hace este colapso inevitable. Y no importa cuánto se retrase, tarde o temprano se producirá.

Mientras tanto, cualquiera que haya observado el drama griego durante un tiempo se plantea la pregunta: ¿Por qué la Unión Europea rechaza tozudamente condonar la deuda y aliviar la situación?

En la etapa inicial de la crisis la “cuestión del precio” en relación a Grecia era aproximadamente de unos 15-20 mil millones de euros, suma, por supuesto, considerable, pero en relación al tamaño de la Unión Europea, no crítica. En este momento se trata ya de aproximadamente 320 mil millones, y no se espera el final de la crisis. En otras palabras, como resultado de la política anticrisis de la Eurounión, la austeridad económica y las medidas para evitar el default, ¡la deuda de Grecia se ha multiplicado casi por 20!

Una situación así difícilmente se puede explicar simplemente por los errores de los políticos y los banqueros que toman las decisiones, tanto más cuanto ellos (al menos aparentemente) no parecen idiotas. Para ser justos hay que decir que la “calidad” de las clases dirigentes contemporáneas en los últimos 20 años ha disminuido incesantemente, su nivel intelectual y cultural ha caído catastróficamente, y las medidas neoliberales de reducción de fondos para ciencias humanas y de reducción de programas educativos ha llevado a una degradación crítica de la calidad de los análisis disponibles por parte de los gobiernos. En este sentido Rusia, con todas sus limitaciones, se encuentra completamente en la tendencia general.

Y sin embargo la persistencia de Berlín y Bruselas en relación a Grecia no se puede explicar simplemente por tozudez y estupidez.

Se trata más bien de que quienes toman las decisiones se encuentran atrapados en trampas institucionales de las que no se puede salir sin cometer un suicidio político.

Los griegos -no solo los políticos sino también los ciudadanos comunes- temen la salida del país del euro no ya menos sino quizá más que los banqueros alemanes. Y el daño que sufriría la eurozona por estos acontecimientos no será tan grande como los problemas para la misma Grecia. Pero el problema es que la salida de Grecia de la eurozona, el Grexit, pueda ser un precedente para otros países en situación análoga, desequilibre el sistema y muestre lo que más teme Bruselas: que las políticas y las decisiones de gestión tomadas por la Eurozona no sean irreversibles.

Si la crisis afectase solo a Grecia o solo al sur de Europa, no sería tan terrible para la Unión Europea. Pero estamos hablando de contradicciones sistémicas que han llegado a su cénit. Por un lado, el modelo económico y social neoliberal aplicado en todos los países de Europa (incluyendo, naturalmente a Rusia), ha socavado el mercado interno, ha destruído los estímulos al desarrollo de la producción, la ciencia, la educación. De hecho, todos los sectores de la economía excepto el bancario. Por otro lado, cambiar cualquier cosa resulta prácticamente imposible porque a partir del tratado de Maastrich, los principios del sistema neoliberal se convirtieron en los fundamentos constitucionales de la integración europea y abandonarlos es imposible sin que colapse toda la estructura que se ha construído en los últimos 20 años.

Todos los sectores y grupos sociales, incluyendo incluso a una parte significativa de la burguesía, se ven obligados a pagar un tributo al capital financiero, y las dimensiones de este tributo deben crecer progresivamente para mantener la rentabilidad de las operaciones bancarias, desconectadas de la economía real. Como resultado de una presión cada vez más creciente sobre la producción simplemente se vuelve no rentable hacer productos de calidad para los que hacen falta trabajadores especializados y bien pagados, invertir en complejos y caros equipamientos, comprometerse en proyectos a largo plazo lo que es imposible sin el apoyo del estado. La rentabilidad se mantiene por la sobreexplotación de trabajadores no especializados, razón por la cual las empresas se están moviendo a países periféricos, y la otra cara es no solo la desindustrialización de Europa sino también una continua disminución del ingreso de sus residentes y por tanto de la demanda. La caída de la demanda se compensa por la concesión de créditos, que cada día resulta más difícil devolver. Alemania sigue siendo, hasta ahora, la única feliz excepción, porque ante un panorama de caída general de la demanda de los productos de calidad y alta tecnología, utilizando sus ventajas competitivas desplaza a los productores más débiles y aumenta su cuota de mercado. Además los principales bancos, que exprimen el jugo de todo el continente, son precisamente alemanes. A menudo están orgánicamente conectados con los consorcios industriales y la industria en Alemania recibe créditos mucho más baratos que en los países competidores. Pero, ¡ay!, hemos llegado aquí a los límites del crecimiento. El sistema empieza a colapsar y por tanto se plantea la cuestión de cómo mantenerlo sin cambiar nada en lo substancial.

Hay solo dos caminos que si no lo impiden, pueden al menos retrasar la catástrofe: mantener la demanda efectiva en condiciones de caída del mercado gracias a un crecimiento continuo de la burbuja del crédito y lanzar al sistema económico nuevos recursos expandiendo este gracias a conquistas coloniales, como hizo Europa occidental a finales del siglo XIX durante la “depresión tardovictoriana”. Ambos escenarios se llevan a cabo: uno en Grecia, España y Portugal, el otro, en Ucrania.

En última instancia la bancarrota del modelo económico se convierte en una crisis social, política y militar.

De forma paralela, el desarrollo de los acontecimientos en Grecia y Novorossía son en realidad parte de un único proceso.

Está en juego no tanto el destino del modelo económico neoliberal como el de la democracia europea como tal. Todo el sistema institucional de la Unión Europea alineado gradualmente en las dos últimas décadas debía servir (como en las repúblicas oligárquicas de la Antigüedad y la Edad Media) para defender al capital financiero de los ataques democráticos de la “plebs”. En condiciones en las que la economía y el consumo podían de alguna manera crecer, esta política podía, aunque no sin problemas, combinarse con el mantenimiento de prácticas democráticas, al menos en un nivel formal. Pero en la situación de crisis abierta eso resulta una tarea irrealizable. La voluntad de la mayoría se ignora de forma cada vez más abierta y con ostentación. Se destruye la soberanía democrática popular en el nivel nacional. El establishment político corrupto forma un frente único contra todos aquellos que atenten contra el status quo. Además ya no hay ninguna diferencia entre las alas “izquierda” y “derecha” del establishment, están unidas en su determinación de no permitir cambios que amenacen el hecho mismo de su existencia institucional.

Tienen lugar intentos de ruptura democrática y, ¡ay!, no solo en el flanco izquierdo. Si en España y Grecia han llegado al primer plano partidos izquierdistas fuera del sistema -Siriza y Podemos-, en Francia este mismo nicho lo ocupa el Fente Nacional. Este es el vergonzoso resultado de la política de los izquierdistas franceses, incluyendo una parte significativa de los “radicales anticapitalistas”, quienes con todas sus fuerzas intentaron adaptarse a la estructura del nuevo orden europeo.

En realidad ni Siriza, a pesar de su sonoro nombre, que en traducción del griego significa “Coalición de izquierdas radicales”, ni Podemos a pesar de una clara retórica antisistema, son partidos revolucionarios. En realidad son simplemente socialdemócratas moderados que se ven forzados a luchar por aquello que los viejos partidos socialdemócratas sencilla y abiertamente han traicionado. Sin embargo la principal diferencia de estas organizaciones, como la del FN en Francia, se encuentra en su “no inclusión” en el sistema de acuerdos e instituciones de las élites políticas. Pero el sistema simplemente no tiene tiempo y recursos para, en condiciones de crisis, dedicarse a la “domesticación” de la nueva ola de movimientos de oposición como hizo durante el periodo 1990-2000 con los políticos socialdemócratas y comunistas, con “respetables” intelectuales trostquistas. Por eso la política de la élite en relación a estas fuerzas políticas será extremadamente dura, condenándolos a la radicalización incluso contra su propia voluntad. De forma similar, la presión ejercida por los círculos dirigentes franceses sobre el Frente Nacional de Marine Le Pen, ha llevado al paradójico resultado de forzarlo a buscar una nueva base social, insensible a la propaganda de la prensa oficial y los sermones de los intelectuales. Esta base ha resultado ser los descendientes de emigrantes árabes y africanos, que votaron masivamente por el partido de Marine Le Pen en las últimas elecciones regionales. La insurrección de outsiders políticos y sociales en Europa es la reacción lógica e inevitable al colapso de la política. Y cuanto más aguda sea la crisis, más gente se vea expulsada del sistema o pierda su posición en él, mayor será la explosión. Ante este panorama la guerra en Novorossía, muy probablemente, es el detonante que trabaja para que tarde o temprano vuele el sistema en todo el continente teniendo en cuenta todo el “material explosivo” que se ha acumulado. Y no sorprende que los círculos dirigentes de la Unión europea apoyen al gobierno de Kiev con la misma tenacidad con la que continúan estrangulando a Grecia. Precisamente por eso, por cierto, se unieron con tanta decisión del lado del Maidán los intelectuales “izquierdistas” de élite y los políticos de Occidente junto a los funcionarios de Bruselas y los militares de la OTAN. Defienden sus privilegios de “la invasión de los bárbaros”. Y estos bárbaros se encuentran, no en Donetsk y Jarkov, sino en las afueras de París y en las ciudades deprimidas europeas una vez orgullosas de sus logros industriales. Millones de “vatniks” europeooccidentales esperan su hora.

La democracia deberá volver a su sentido inicial: como poder de la mayoría.

La política de ampliación de la Unión Europea y la OTAN hacia Oriente ha llevado a un resultado paradójico (o más bien, dialéctico) cuando millones de personas que vivían fuera de la “Europa unida” se encontraron de hecho incluídas en la órbita de su política y de ellos, de su resistencia, sus luchas y sus decisiones empieza a depender el destino del continente en su conjunto. La guerra en Ucrania es un episodio decisivo para el futuro de la Unión Europea.

Precisamente la lucha contra el régimen neoliberal de la Unión Europea puede y debe, en última instancia, unir a los pueblos de Europa y crear para nosotros un auténtico continente unido (no solo en el sentido político sino también social). Para construir una nueva Europa unida es necesario destruir el edificio construido por la oligarquía financiera. Hasta los cimientos.

Y solo después, sobre sus ruinas se puede construir un nuevo edificio de integración democrática, basado en el respeto al derecho de los pueblos y los ciudadanos.

No hay otro camino. No porque nos apasione la destrucción sino porque es históricamente inevitable y necesario. El orden existente está condenado en cualquier caso. La cuestión es solo qué y quién vendrá tras él. Si este edificio del orden neoliberal en Europa y en Rusia no es desmontado, simplemente se derrumbará sobre nuestras cabezas.

Fuente original: http://rabkor.ru/columns/editorial-columns/2015/04/04/grexit/