Bolonia a destiempo / ANTONIO VALDECANTOS

Posted on 2015/07/22

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Bolonia a destiempo
POR ANTONIO VALDECANTOS
Uno de los aspectos más enojosos del Espacio Europeo de Educación Superior es el triunfo de todo un discurso oficial, de textura granítica, que durante casi una década apenas ha suscitado debate. Salvo un puñado de honrosas excepciones, se diría que hasta ahora el profesorado universitario estaba apasionadamente entregado a la causa bononiense o por lo menos reducía su enfado a tímidas conversaciones de pasillo. De hecho, las ocasiones de expresarse sobre el particular han abundado muy poco porque, más que discusión pública, lo que se ha dado es una inundación de prosa burocrática capaz de intimidar o de adormecer a cualquiera. Conviene advertir, además, que en muchos aspectos las reformas en curso utilizan la Declaración de Bolonia como una mera coartada, europeísta y modernizadora, para propósitos que no se derivan de ningún acuerdo internacional. Aducir, sin embargo, que son exigencias de «Bolonia» ofrece la ventaja de evitar la discusión, como si ésta fuese inoportuna por haberse zanjado ya en foros más cosmopolitas.

Pueden señalarse sobre todo tres muestras de lo anterior, cuya relación con las exigencias europeas no siempre resulta indiscutible. La primera es quizá la más conocida. Nuestros reformadores privatizan de hecho la última fase de los estudios universitarios y, salvo en unos pocos másteres oficiales, convierten el posgrado en un mero reclutamiento laboral, renunciando la Universidad a su misión propiamente académica y limitándose a prestar sus instalaciones para que las empresas adiestren a su futuro personal a precio de mercado. Sorprende mucho que sólo los estudiantes hayan reparado en tan llamativa metamorfosis de la Universidad.

La segunda es la lesión que inflige a la libertad de cátedra un modelo en el que la manera de concebir una asignatura, de impartir las clases y de calificar está sometida, hasta en sus detalles más nimios, a imposiciones abusivas. Que, como ha llegado a ocurrir, el 40% de la calificación del curso tenga que resultar de trabajos prácticos y de una ‘orwelliana’ «evaluación continua» es una intromisión en la libertad docente que ni el propio franquismo osó permitirse y que convierte la Universidad en un colegio y a los profesores en preceptores. Por fortuna no es fácil hacer cumplir una norma así, pero su propósito no puede ser más invasor ni más ordenancista. Cualquier profesor de hace dos generaciones se habría resistido con indignación a este desafuero que ahora parece aceptarse sumisamente, protestando si acaso entre dientes o con mohínes de fatalismo.

La tercera es la severa dieta de adelgazamiento intelectual a que se somete a los primeros cursos universitarios. Si la parte final de los estudios será formación empresarial, la primera constituirá una mera prolongación del bachillerato, un conjunto de enseñanzas «flexibles» con métodos y fines muy semejantes a los que propiciaron en décadas pasadas la conversión de la enseñanza media en un jardín de adolescencia. Esta especie de LOGSE universitaria hace de los cursos iniciales un batiburrillo polivalente donde importa menos enseñar algo que adaptar la mente de los jóvenes a los retos del presente, a la interacción con el entorno, a la percepción de lo cambiante, al valor de lo diverso y a los demás tópicos oficiales, tan insustanciales como implacables.

Son un verdadero enigma los motivos capaces de llevar a un profesor universitario a bendecir reformas que lo convierten en un ser casi prescindible, en un animador tecnológico-audiovisual o en un tutor privado a quien se encomienda el honesto entretenimiento de la juventud. En verdad, los extremos de mansedumbre alcanzados a lo largo del «proceso de Bolonia» no siempre han sido compatibles con la dignidad profesional. Pero las discusiones que no se producen a tiempo irrumpen, a veces con aspereza, cuando ya no son bienvenidas. Aunque tarde, es hora de iniciar con seriedad un debate intelectual que debió darse en su día y que entonces fue sustituido por la desidia y la genuflexión. Y de suspender, mientras tanto, la ejecución del «proceso».

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