Cruz Roja Española. Recuerdos de un sociólogo de servicio / Pedro A. García Bilbao

Posted on 2015/09/03

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Cruz Roja, Comunidad de Madrid, Servicio de Extranjeros, desde hace poco Servicio de Refugiados. Invierno de 1991

Un dia era yo el oficial de guardia, me trae la policía municipal a una madre angolana con tres pequeñines. La tranquilizamos, le damos de beber, les quitamos lo mocos a los pequeños, y buscamos alojamiento. ¿qué ha pasado? Su portugués lo siento como propio, me une a ella profundamente.

Han sido recogidos por la policía tras llegar a Madrid y vagar por las aceras cuatro días, sin comer, les llevan a un albergue de transeúntes, al llegar y mientras les hacen la ficha, al marido, que está con ella y los niños, le da algo; Un brote psicótico; Tiene miedo, no sabe que les van a hacer, se pone violento , grita fuera de sí, salta por una ventana de un primer piso y escapa herido en la caída… La angustia de la mujer es inmensa. Los policías de acuerdo con el personal les traen a nosotros.Tengo a la psicóloga, a los voluntarios, algunos recursos. Que no le maten, por favor que no le maten me pide la mujer. La policía ha informado y las patrullas le buscan. Un hombre de color, violento, huye en la noche, tal vez con un arma blanca, enloquecido… eso es lo que transmiten. «Negro, con arma blanca», escucho, me parece surrealista el juego de las palabras. Les exijo que me informen, que estemos nosotros en el operativo si le encuentran. Pasan unas horas y me viene a buscar un coche patrulla. Hace frío es invierno, me pongo la trinchera y salgo con ellos. La radio informa, códigos, luces, chasquidos de la radio, el cielo es de plomo.

El hombre esta en la calle, recostado en el asfalto y sangra por la pierna, lleva un cuchillo o navaja, llora, es como si trazara un circulo a su alrededor para que nadie se acerque. Hay dos coches, motos, policías, esta rodeado. El oficial de la policía habla conmigo. No ha hecho daño a nadie pero puede hacerlo, está fuera de sí, tenían orden de avisarnos si le encontraban. Le pido que me deje hablar con él. Le miro a los ojos del policia con seguridad, con firmeza, como si hubiera hecho esto montones de veces. Me acerco. hay pistolas desenfundadas. Me acerco. Empieza a gritar, pero veo sus ojos,, estan llenos de lágrimas, está a punto no de saltar sino de derrumbarse. Me mantengo a unos metros, el no puede moverse mucho, me pongo en cuclillas. El oficial me ha dicho, haga que tire el cuchillo. Le muestro las manos, le hablo. Le llamo por su nombre, dijo su nombre varias veces. Le cuesta entenderme pero me oye, me mira, le digo en portugués que ella, su esposa, está bien, que no se preocupe que ella y as crianças están bien. Digo otra vez el nombre de la esposa y de los pequeños, le digo que estan en un hostal y que están a salvo; al oír los nombres la emoción le puede, está destrozado, herido, llora compulsivamente, arroja el cuchillo. Los policías se tiran a por él y le esposan. Lo ha hecho usted muy bien, me dice el oficial.
Una ambulancia le lleva al ala psiquiatrica del San Carlos en Madrid, le acompaño en el vehículo. Le han metido de todo. Hay una zona psiquiátrica especializada. Hay rejas de malla, no es broma el sitio. Firmo unos papeles, nosotros nos encargamos de él. Ire a verle dos veces en los veinte días siguientes y hablo con el psiquiatra. Un brote psicótico cuyo detonante por la desesperación de verse en la calle con los hijos y la esposa, de verse impotente, sin dinero, sin saber donde meterse. Habían venido desde Portugal, pero sin recursos.
Pasan seis meses. Ya no les tenemos en programa. ellos no son refugiados, ni solicitantes de asilo que son «los nuestros», actuamos de emergencia como es nuestra obligación, al menos moral.
Tengo visita. Han venido a verme.
Están bien, ya es primavera. El ayuda como cocinero, ella está con los críos, y reciben ayuda una parroquia de Madrid y tienen un pisto barato. Reciben paquetes de comida, no están solos. Son buena gente. Los pequeñines son un encanto. Mis compañeras del servicio y yo nos hacemos fotos con los pequeños, para comérselos de ricos que son.
El hombre me dice. Me ha salvado usted la vida, Está emocionado, y yo también. Estrecho su mano. Apenas puedo decir nada. Me alegra mucho saber que las cosas han ido bien.
Se van. Hay una gran dignidad en ellos: Se llama humanidad y mi trabajo en la Cruz Roja consiste en luchar para que no sucumba ante la adversidad, la desgracia, el racismo, la necesidad.
Cuando me quedo solo en el despacho me rompo, aquel día en la calle con los policías y las pistolas no podía, pero ahora sí que puedo. En este trabajo todos nos rompemos un día u otro, pero esta vez, por lo menos, las cosas fueron bien, no hemos arreglado el dolor del mundo pero hemos ayudado en la medida de nuestras posibilidades.

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