Seis meses para Siria: los movimientos geopolíticos (incluyendo el Kurdistán) / Alberto Cruz

Posted on 2015/09/12

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Fuente CEPRID.

Uno de los aspectos tangenciales del acuerdo de Viena sobre el programa nuclear con Irán, sea retificado o no por el Congreso de EEUU, es el futuro de Siria. Este acuerdo se firmó a finales de julio y desde entonces se han generalizado los movimientos de todos los actores, internos y externos. Sobre todo, los externos. Rusia, Estados Unidos, Turquía, Arabia Saudita y el propio Irán se han puesto en marcha dejando un claro rastro de por dónde van a ir las cosas respecto al país árabe. Y se han puesto en marcha porque hay un plazo máximo para que la balanza se decante hacia un lado u otro: seis meses. Porque en este plazo, y en virtud del acuerdo de Viena, Irán va a recibir una buena parte de los millones de dólares que tiene congelados en cuentas bancarias occidentales. Son 100.000 millones en total de los que ahora, va a recibir 29.000 y una buena parte de ellos –y se está publicando que alrededor de 9.000 millones- va a ir a Siria con lo que, de hecho y de derecho, se fortalecerá económica y militarmente al gobierno de Bassar al-Assad.

Turquía y el Kurdistán (e Israel)

El recorrido de estos movimientos hay que comenzarlo por Turquía, que ha sorprendido a propios y extraños, poco avezados éstos en analizar los movimientos geopolíticos, con los ataques -pequeños, muy locales y cortina de humo- contra el llamado Estado Islámico y contra los kurdos, su verdadero objetivo. Turquía y EEUU son muy conscientes de lo que se les avecina dentro de seis meses y lo que han hecho ha sido, el uno con la aquiescencia del otro, prepararse para una batalla integral contra el Ejército Árabe Sirio en este plazo. Esa, y no otra, es la razón por la que EEUU ha sido autorizado a utilizar la base aérea turca de Incirlik.

Y para ello, lo primero que tienen que hacer es eliminar la amenaza kurda que, en estos momentos, ya controla un territorio entre Siria e Irak similar al de Kuwait y Qatar juntos (1). Esta amenaza no proviene de los kurdos iraquíes, aliados de EEUU y de la propia Turquía, sino de los kurdos sirios. Veamos. Cuando Turquía comenzó los bombardeos a gran escala contra ciertas bases del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en el Kurdistán iraquí, donde siempre ha estado y a donde retiró el grueso de sus combatientes mientras estuvo en vigor al alto el fuego con Turquía alcanzado en 2012, los kurdos iraquíes pidieron “amablemente” al PKK que se retirase de la zona “para evitar las víctimas civiles” que provocaban los bombardeos turcos. Es decir, los kurdos iraquíes, que mantienen unos excelentes vínculos políticos y económicos con Turquía (2), no pidieron a los turcos que dejaran de bombardear, sino a sus “hermanos” kurdos que se fueran.

El Kurdistán iraquí es desde hace un tiempo un hervidero, donde cada vez hay un mayor enfrentamiento entre los dos clanes tradicionales que han monopolizado el poder desde finales de la década de 1940, los Barzani y los Talabani. El parlamento regional acaba de suspender su reunión extraordinaria (20 de agosto) porque el Partido Democrático del Kurdistán (PDK), del clan Barzani, boicoteó la reunión en la que se iba a discutir sobre la reelección de su jefe, Massud Barzani, como presidente. EEUU, Gran Bretaña y la propia ONU llevan meses insistiendo en que Barzani sea reelegido ante “la necesidad de aplicar reformas políticas” en el Kurdistán y porque “es el único candidato que contaría con respaldo de la comunidad internacional” para combatir al llamado Estado Islámico (EI).

Es una muestra más, otra de miles, de cómo a la muy democrática “comunidad internacional” le importa muy poco la legalidad, aunque sea la suya. Porque resulta que la legislación kurda, aprobada y sancionada por la “comunidad internacional”, establece que no puede haber reelección del presidente. Así está establecido en la Constitución de 2005, elaborada conjuntamente por los kurdos y asesores estadounidenses tras la invasión y ocupación neocolonial de Irak en 2003. Barzani fue elegido en 2009 y, violentando la Constitución, fue autorizado a prorrogar su mandato dos años más, hasta este 2015. Pero ahora “la comunidad internacional” quiere violentar la ley, otra vez más, y prorrogar su mandato, otra vez más. A los amigos hay que protegerlos. Sobre todo, porque está quitando cuota de petróleo, y territorio, al gobierno iraquí, muy debilitado por la guerra con el llamado EI. Así ha ocurrido con la zona de Kirkuk, donde los kurdos iraquíes se han hecho con el control de campos petrolíferos que hasta ahora gestionaba el gobierno de Bagdad.

Este petróleo llega, en sus dos terceras partes -incluso hay quien dice que el 75% del total-, a Israel (3) en virtud de un acuerdo establecido el mes de mayo y que ha llegado a un total de 19 millones de barriles. Lo curioso es que una parte importante de este comercio cubre la ruta Kurdistán iraquí-Turquía (puerto de Ceyhan)-Israel (puerto de Ashkelon). Y lo más curioso de todo es que este comercio se realiza a precios por debajo de los que marca el famoso mercado del petróleo (4). El Gobierno Regional del Kurdistán (GRK) niega una y otra vez esta realidad argumentando que los cargamentos de petróleo “cambian varias veces de mano” antes de llegar a su destino final, pero lo cierto es que varios petroleros que recalan en Israel han podido ser seguidos en sus rutas por satélite y se ha podido rastrear cuándo y dónde han realizado sus cargas y dónde las han entregado. Es lo que se ha podido averiguar con el petrolero “Altai”, de bandera liberiana, una bandera de conveniencia, y que tiene una capacidad de carga de un millón de barriles. No debería sorprender, por lo tanto, que el primer ministro israelí, Benjamín Netanhayu, dijese en el verano de 2014 que apoyaba la creación de un estado kurdo en la zona de Irak (5). Tampoco debe sorprender que el GRK haya condenado el ataque del PKK contra el oleoducto en la zona de Sirnak, en territorio turco pero cerca de Irak, “porque atenta contra el medio de vida del Kurdistán” iraquí según aparece publicado en la página oficial del GRK (6).

El descubrimiento de estos embarques ha llevado a que el GRK y el gobierno iraquí hayan llegado a un acuerdo sobre las exportaciones de petróleo en esta zona y hayan decidido exportar conjuntamente el crudo a cambio de que los kurdos reciban el 17% del presupuesto nacional de Irak por ello (7). Sin embargo, la caída de los precios del petróleo está provocando que el dinero que reciben los kurdos sea menor de lo que esperaban, por lo que el GRK ha vuelto a vender petróleo por su cuenta dado que “hay que conseguir fondos para los peshmerga para combatir al DAESH [acrónimo en árabe del llamado EI] y pagar el salario de los empleados” (8).

La famosa “comunidad internacional” tiene que proteger a los amigos como Barzani porque enfrente tiene a un enemigo temible, el PKK. El prestigio de esta organización es enorme dentro del mundo kurdo y, ahora, más allá. El PKK es la única fuerza que hace sombra al GRK, sus prácticas políticas y militares suponen un desafío radical a los partidos tradicionales kurdo-iraquíes con una estrategia flexible e imaginativa que combina la lucha armada con una cultura política de participación popular en todos los aspectos de la vida política, social y económica. Si su prestigio ya era grande, cuando en agosto de 2014 acudió en ayuda de los kurdos yazidíes que habían sido atacados por el llamado EI, adquirió proporciones estratosféricas.

Mientras que los famosos “peshmerga” del Kurdistán iraquí se mantenían al margen de la masacre que el llamado EI llevaba acabo en las montañas de Sinjar contra los kurdos yazidíes, el PKK y el Partido de la Unión Democrática (PYD) kurdo-sirio, organización hermana cuasi-hija del PKK, acudieron sin dilación y lograron derrotar a los takfiristas del llamado EI pudiendo salvar a unos 20.000 yazidíes. Era la primera vez que lograba una victoria sobre los takfiristas, la segunda fue en Kobani (Siria) unos meses más tarde. Muchos jóvenes yazidíes, en agradecimiento, se enrolaron tanto en las filas del PKK como de las Unidades de Protección del Pueblo (YPG), la rama armada del PYD.

Hay quien dice que las YPG han crecido espectacularmente desde el triunfo de Kobani. Se llega a decir que tienen 40.000 combatientes, hombres y mujeres. Y que una parte de ellos, pequeña, pero significativa, no son kurdos sino árabes e, incluso, cristianos. Eso pone de manifiesto que han llegado a territorios que no eran propiamente kurdos, por lo que las YPG anuncian con orgullo que tras la derrota del llamado EI en Kobani han logrado una espectacular expansión territorial que abarca en estos momentos desde el Éufrates iraquí, en este, hasta Afrín y partes de Alepo sirio en el oeste. En total, 21.000 kilómetros cuadrados que son algo más que un territorio bajo su control: son un embrión de Estado porque ya tienen continuidad territorial, no son cantones aislados entre sí como hasta ahora. Si a eso se añade que el PKK ha proclamado la autonomía de una región en el Kurdistán turco, Dersim, tenemos el cuadro completo del por qué de los ataques turcos a los kurdos.

Esto es a lo que tiene miedo Turquía. Bajo ningún concepto va a aceptar un embrión de Estado como el que representa la experiencia de un Rojava ampliado (9). Lo que quiere el gobierno de Erdogan es crear una “zona segura” de kurdos en su frontera porque, tal y como van las cosas, apenas queda ya una franja de la frontera turca con Siria que no esté bajo el control de los kurdos. Más o menos son unos escasos 80 kilómetros, el único espacio que queda para que se pueda colocar a los famosos “sirios moderados” que EEUU está entrenando tanto en Turquía como en Jordania, una fuerza que, por el momento, ha llegado a la extraordinaria cifra de 54 reclutas, como han reconocido.

Así que tanto Turquía como EEUU son conscientes que eso sólo es posible si destruyen definitivamente Siria. De hecho, Turquía lo ha dejado muy claro a través de su ministro de Exteriores, Mevlut Cavusoglu, al decir que la creación de las “zonas seguras” supondrá “enviar un mensaje claro al presidente Bashar el Assad y ayudar a poner presión sobre su gobierno para llegar a la mesa de negociaciones”. Eso puede significar que Turquía ya asume que la salida de Al-Assad del poder no será tan fácil, aunque aún no ceja en su empeño. El ministro también dejó claro que los kurdos “no van a tener ningún papel” en esas “zonas seguras”. Dijo textualmente: “preferimos que las fuerzas moderadas de la oposición [siria] controlen realmente la zona de seguridad o la zona libre del DAESH, en el norte de Siria, a que las controle el PYD a menos que cambie radicalmente su política” (10).

El miedo turco es patente porque la expansión territorial kurda ha sido posible no sólo por el ímpetu combativo de las YPG y su rama femenina, las Unidades de Protección de la Mujer (YPJ), sino por el apoyo del gobierno sirio. Aunque los kurdos reconocen sólo una ayuda “puntual”, como ha dicho el copresidente del PYD, Saleh Muslim, lo cierto es que, por ejemplo, durante la batalla de Kobani las unidades kurdas contaron con apoyo logístico, armas y municiones sobre todo -además de algunos centenares de ataques de la aviación siria sobre el llamado EI-, y así está reconocido incluso documentalmente por varios comandantes militares de las YPG. Un ejemplo de esta colaboración se está dando en la localidad de Hasaka, en el noreste del país, y con gobernalidad compartida entre el gobierno sirio y las YPG. En esto el PYD sigue el diseño de política exterior del PKK, totalmente independiente y sin alineamiento alguno. Así se explica que el PYD no forme parte de la alianza anti-Assad de la que sí forman parte otras organizaciones kurdas sirias aunque sin el arraigo del PYD.

Así que visto lo rápido que van las cosas, tanto Turquía como EEUU tienen que acelerar el proceso porque el tiempo para derrocar a Bashar al-Assad se les termina. Ya sólo tienen seis meses para finalizar con lo que empezaron hace cuatro años y no han podido hacer en este tiempo.

Pero para ello hay que comenzar por reprimir o controlar a los kurdos. Turquía está agitando el espantajo kurdo como una forma de eludir la presión social interna. Los ataques al PKK, la guerra total declarada contra los kurdos tiene varias razones entre las que hay que mencionar el ascenso político del Partido Popular Democrático (HDP) en las pasadas elecciones y el brusco descenso de la economía y que ha llevado a la moneda turca, la lira, a mínimos históricos frente al dólar y el euro. Una de las razones por las que se van a volver a celebrar elecciones en Turquía, cuando apenas han transcurrido dos meses desde las anteriores, es para evitar que se consolide la presencia del HDP en el parlamento. Durante las conversaciones mantenidas por el partido de Erdogan, el Partido Justicia y Desarrollo (AKP), y el resto de fuerzas políticas en lo que se ha insistido por parte del AKP es en esta necesidad y la ofensiva militar contra el PKK se enmarca en la línea de descrédito de los kurdos puesto que el HDP recibió una buena parte de votos de sectores turcos de izquierda, más o menos “moderada” y al sobrepasar la barrera del 10% de los votos, necesaria para entrar en el parlamento impidió que el AKP revalidase la mayoría absoluta de que había venido disfrutando desde 2002. Dado que el HDP es un claro mediador entre el PKK y el gobierno turco, el que este partido desaparezca del parlamento es un objetivo inmediato de Erdogan porque su sola presencia dificulta la estrategia genocida turca.

Por lo tanto, ni Turquía ni EEUU van a aceptar que el PYD se consolide en las zonas liberadas al llamado Estado Islámico en el Kurdistán sirio. EEUU está manteniendo conversaciones con el PYD para que consienta que en esas zonas operen las “fuerzas de oposición moderadas [al gobierno de Al-Assad]” que está formando, entrenando y armando en campamentos de Jordania. Una vez asentados estos mercenarios en ellas, se convertirán en “zonas seguras”. Aquí Turquía y EEUU discrepan sobre lo que supondría ser “zona segura”. Para el gobierno de Erdogan, sólo puede ser “segura” si se implanta en ella una “zona de exclusión aérea” en la que no pueda incursionar la aviación del Ejército Árabe Sirio del gobierno de Damasco. Y esta pretensión se enmarca en lo que el Ejército turco llama “creación de zonas militares cerradas” – es decir, en la práctica bajo estado de sitio en las que la población estará bajo control y en la que se realizarán las operaciones militares contra el PKK- en el sur de Turquía y que, curiosamente, están colindantes con las pretendidas “zonas seguras” que se quiere implantar en el norte de Siria. En Washington hay ahora mismo un debate sobre si conviene dar este paso, como ha sugerido de forma abierta el general John Alen, o si eso implicaría un mayor enfrentamiento con Rusia, el gran sostenedor del gobierno de Al-Assad.

Así tenemos que en el mes de agosto se comenzó a vivir una escalada de la guerra en Siria, incluyendo una intensificación de los combates en ciudades cercanas a Damasco. Y, al mismo tiempo, una intensificación de los contactos y esfuerzos diplomáticos para impedir esa guerra que tanto Turquía como EEUU quieren agudizar. Son tres países quienes se han puesto a ello: Rusia, la propia Siria e Irán, cada uno desde su propia óptica. Rusia lo está haciendo desde el punto de vista diplomático, Siria desde el punto de vista militar, Irán desde el más claro del apoyo público. Incluso se podría añadir un cuarto país: Arabia Saudita.

Rusia y los países del Golfo Pérsico (incluyendo Yemen)

En los últimos meses se está asistiendo a un curioso giro de Arabia Saudita. De ser uno de los principales agresores de Rusia (con el petróleo como arma, apoyando que se abaraten los precios) a ser uno de los principales interlocutores. La historia del cambio de postura saudita empieza en junio, en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo. Un foro que boicoteó Occidente argumentando las sanciones impuestas por Ucrania y que fue rápidamente aprovechado por otros países para ocupar el espacio vacío dejado por Occidente. Uno de ellos, Arabia Saudita. Se inició entonces un acercamiento que está yendo cada vez a más y que comenzó con un acuerdo de colaboración sobre la energía nuclear. Rusia tiene mucho que aportar en ese campo y Arabia Saudita está pensando de una forma muy seria cómo reemplazar en el medio plazo al petróleo como fuente energética. Luego llegó en julio otra noticia de calado: Arabia Saudita invertirá 10.000 de dólares en la economía rusa. En unos momentos en los que Occidente impulsa las sanciones contra Rusia, el que un país aliado tradicional suyo como el árabe dé este paso y se desmarque de las sanciones es algo más que relevante.

Lo que empezó con un acuerdo comercial se ha ido transformando en un cuasi-acuerdo político con Siria como referente. Aunque las diferencias aún son muchas, por ejemplo en cuanto al mantenimiento o no de Al-Assad como presidente (11), el camino hacia el acuerdo se está haciendo cada vez más corto. Poco después del Foro de San Petersburgo tuvo lugar en Moscú una reunión entre el Director de la Oficina de Seguridad Nacional de Siria y el ministro de Defensa saudita. Lo que se hablase ahí es un misterio, pero lo que no cabe duda es que a partir de ella Arabia Saudita ha dado un giro, leve pero giro, a su política respecto a Siria. Uno de los resultados más visibles de la misma es que también en Moscú han tenido lugar las primeras conversaciones directas entre el gobierno de Bashar al-Assad y la llamada Coalición Nacional Siria. Nunca hasta ahora estos opositores, armados y financiados desde el exterior, especialmente por Arabia Saudita, habían aceptado una invitación así y unas conversaciones directas.

Este movimiento se puede interpretar sólo de una manera: Rusia y Arabia Saudita se sitúan en una parte del tablero, mientras que Turquía y EEUU están en otro. Los recientes ataques del llamado EI en Arabia Saudita parece que están comenzando a poner de los nervios a la casa Saud, cada vez más consciente de que ha estado alimentando un alien que ahora amenaza con devorarla a ella (y de que este alien es una herramienta estadounidense para debilitarla; aquí habría que añadir el enfrentamiento existente por el precio y extracción del petróleo con la fracturación hidráulica que está haciendo de EEUU autosuficiente y cuasi-exportador en estos momentos). Si finalmente se produce la visita del rey saudita a Moscú, como se ha dicho que se estaría negociando, se puede hablar ya abiertamente de que Arabia Saudita está buscando una puerta de salida del avispero sirio.

Hay un dato, además, que ayuda a comprender este giro saudita: Yemen. Los intereses geoestratégicos sauditas son aquí mucho más importantes que en Siria y si en este ya se han agitado las avispas, en Yemen lo que está ocurriendo es que el empantanamiento saudita es de tal calibre (la aventura injerencista se inició en marzo) que está comenzando a afectar tanto a sus arcas como a sus tropas.

Arabia Saudita está en estos momentos registrando un déficit fiscal del 20% de su Producto Interior Bruto, según reconoce el FMI en su último informe sobre este país (12). Hacía más de una década que no sufría una situación parecida. La razón no son sólo los bajos precios del petróleo, sino el coste de su aventura injerencista en Yemen. A ello hay que añadir que el número de soldados sauditas muertos se incrementa, con ataques de los rebeldes hutíes a puestos y bases militares sauditas -como acaba de suceder en la provincia fronteriza de Jizán- mientras que comienza a extenderse en el mundo, incluso en el siempre sordo y mudo Occidente, la imagen de los civiles muertos por los bombardeos sauditas y la hambruna, reconocida por la propia ONU, que está afectando a la población yemení. La ONU ha tenido que reconocer que “millones de yemeníes están en necesidad urgente de suministros básicos”. Además, hay que contar con que en el Yemen rebelde la influencia iraní es grande, incluso mayor que la del país persa en Siria.

Por eso Arabia Saudita ahora está realizando tímidos movimientos para buscar una solución negociada en Yemen. Las reuniones del segundo heredero de la corona saudita, y al mismo tiempo Ministro de Defensa, Mohamed bin Salman, con diferentes interlocutores yemeníes se multiplican (13) aunque aún no se ha reunido con los hutíes, sin los cuales no hay acuerdo posible.

Pero Rusia no sólo ha establecido lazos con los saudítas, sino con otro de los principales jugadores en la crisis siria: Qatar. Este emirato viene financiando al Frente al-Nusra (de la Victoria), cada vez más enfrentado con el llamado EI. Así que los movimientos rusos en el emirato sólo tienen una explicación: integrar a los cataríes en el frente anti-EI que viene impulsando Rusia desde hace un tiempo. Aunque la propuesta rusa no va a cuajar en el corto plazo porque eso supondría para sauditas y cataríes reconocer que han cometido un error mayúsculo apoyando el derrocamiento de Al-Assad -dado que tendrían que trabajar estrechamente con el gobierno sirio para combatir al EI- el paso es significativo porque cada vez se enreda más el conflicto y los enfrentamientos ya son de todos contra todos, por lo que la propuesta rusa es la única que hay encima de la mesa para hacer frente a esa amenaza.

Si los rusos son los únicos que han planteado una estrategia contra el llamado EI, Irán es uno de los últimos que han planteado una propuesta para resolver la crisis de Siria. Pero la iniciativa de Irán ha sido consensuada con Rusia, según ha dicho el primer ministro sirio Jaled al-Aboud. Aún no se conocen los detalles exactos de esta propuesta, pero se sabe que será presentada ante la ONU en breve plazo.

Unos movimientos para evitar la guerra

Estamos en el terreno de las especulaciones, pero la impresión que dan todos los movimientos que se están haciendo es que si el ministro sirio tiene razón, las dos iniciativas, la de Rusia y la de Irán, se complementan. Y también, viendo cómo el Kremlin está situando a sus militares, que si ambas iniciativas fracasan por el rechazo occidental, al menos Rusia estará dispuesta a integrar a sus asesores militares directamente en el conflicto sirio. El Kremlin lleva días negando que haya un plan para enviar tropas aerotransportadas a Siria, pero hay evidencias ciertas de que al menos los asesores militares que ya están en Siria están teniendo un papel mucho más activo en la guerra. Así habría que interpretar los últimos acontecimientos, como el derribo de un avión israelí F-16, de fabricación estadounidense, el pasado 21 de agosto. No es una noticia que se haya difundido en Occidente, pero curiosamente sí ha salido publicada tanto en Siria como en Rusia e Irán y confirmada indirectamente por Israel.

Se han dado detalles técnicos que ponen de manifiesto que sí, que se derribó ese avión. Con ser importante este hecho, aún lo es más el cómo se le derribó. Y lo que se cuenta es la forma en que fue derribado: primero, el Ejército Árabe Sirio lanzó dos misiles, un SA-2 y un SA-9, con la finalidad de que fuese en ellos donde se centrasen las contramedidas electrónicas del F-16 y entonces, unos momentos después, se lanzó un S-300 que lo alcanzó de pleno. Esto significa dos cosas: la primera, que Siria ha decidido responder a las constantes agresiones de la aviación israelí, que ataca prácticamente cada mes objetivos sirios con la excusa de que son “armas para Hizbulá”, el movimiento político-militar libanés que tiene de los nervios a Israel; la segunda, que eso sólo se ha podido realizar con el visto bueno de Rusia, que con esta medida habría dejado muy claro que ha levantado todo tipo de restricciones sobre el uso de armamento avanzado ruso por el Ejército sirio.

Este hecho bélico tiene lugar justo en el medio de dos movimientos seguidos: la visita a Moscú de altos responsables del Ejército sirio (el 17 de agosto) y el comienzo de la llegada a Damasco de un alto número de consejeros militares rusos (24 de agosto). A partir de aquí se ha venido especulando que Rusia estaría preparada para enviar sus tropas aerotransportadas a Siria si la situación se complica para el gobierno de Al-Assad, aunque eso ha sido desmentido por el Kremlin.

Como estamos en el terreno de las especulaciones, lo más probable es que estos movimientos de sirios y rusos tengan que ver, además, con el hecho de que Obama ha autorizado al Pentágono a bombardear a “cualquier entidad” que luche contra sus mercenarios de esa famosa y fantasmagórica “oposición moderada” a quien se quiere implantar en las “zonas seguras” que se quieren crear en el norte de Siria. Esa denominación de “cualquier entidad” sirve para atacar al Ejército Árabe Sirio si osase enfrentarse a los mercenarios, provocación que llevaría a una intensificación abierta de la guerra, el bombardeo de las instalaciones civiles y militares del gobierno de Al-Assad y el cambio de régimen, la gran aspiración.

Es decir, Siria y Rusia están viendo cómo hacer frente a esta amenaza e impedir un escenario tan nefasto como el de Libia. Y, de paso, Rusia está enviando un mensaje muy claro a EEU: cuidado con lo que estáis haciendo porque mis soldados pueden estar involucrados. En ese caso, ya se estaría ante palabras, y actos, mayores.

El derribo del avión israelí se produce, también, cuando tiene lugar en Rusia la feria de armas anual, Maks 2, en la que presenta sus avances militares para la venta. Moscú está en estos momentos lleno de delegaciones árabes, lógicamente junto a las de otros países. Pero más allá de las delegaciones en busca de armas, lo que se está moviendo en paralelo es otra cosa: Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita están gestionando visitas a Moscú y entrevistas personales con Putin. El presidente egipcio, Abdel Fatah al-Sisi, ya lo ha hecho. Tal movimiento de dirigentes árabes es absolutamente inusual, máxime si tenemos en cuenta que desde Occidente se lleva un año largo demonizando a Rusia y a Putin en particular.

Ni qué decir tiene que lo que se va a discutir en estos encuentros es la propuesta rusa de “gran coalición” contra el llamado EI. Casi hay que atreverse a decir que, de todas ellas, la más importante es la del presidente egipcio. Las relaciones entre Egipto y Rusia han visto un rápido fortalecimiento en el último año y medio incluyendo una colaboración económica que casi vuelve a los niveles que tuvo en las décadas 1960-1970 durante la presidencia del mítico Gamal Abdel Nasser. Y eso, en unos momentos en que los movimientos geopolíticos están en pleno auge en Oriente Próximo, sobre todo en torno a Siria, adquiere una nueva dimensión. Sin perder de vista el nuevo papel de Irán tras el acuerdo de Viena sobre su programa nuclear.

Se ha publicado que el presidente egipcio se reunió con el representante saudita en esa feria de armas de Moscú (14) y que según la versión ofrecida por el portavoz de la presidencia egipcia “ambos revisaron los últimos acontecimientos que tienen lugar en varios países de la región… haciendo hincapié en la necesidad de iniciar una acción rápida para hacer frente a los peligros que amenazan la seguridad nacional árabe, así como la paz y seguridad internacionales, especialmente a la luz de la cada vez mayor propagación del terrorismo”.

Es decir, el plan ruso está comenzando a andar en el mundo árabe y Egipto se convierte en uno de sus principales valedores. Si ello supone un aval a la postura rusa sobre Al-Assad o no aún es pronto para decirlo –aunque en la rueda de prensa conjunta con Putin dijo Al-Sisi que “el único camino para Siria es la solución política”-, pero lo que sí es evidente es que Egipto comparte la premisa rusa de que la prioridad es derrotar al llamado EI y en esa derrota tiene que tener un papel Al-Assad, guste o no.

Otro país que puede jugar un papel importante es Jordania. La visita del rey Abdulá II a Moscú va a tener como objetivo no sólo un acercamiento a Rusia sino el ser considerado el mediador, junto con Egipto, con los países del Golfo Pérsico para que ablanden sus posiciones respecto a Siria y las endurezcan sobre el llamado EI.

Estamos asistiendo, y esto ya no es especulación, al reconocimiento árabe del error comedido hace cuatro años cuando dieron por buena la estrategia para derrocar a Al-Assad sin tener en cuenta los intereses rusos en ese país. Ahora tienen que rectificar y reconocer que Rusia es un actor importante no sólo en Siria, sino en todo Oriente Próximo, una zona que está ahora mismo en ebullición y en la que se están produciendo movimientos geopolíticos claros para evitar que esa ebullición llegue hasta el punto de estallido.

Cada vez está más claro en el mundo árabe que no se quiere otro caos como el de Libia, por lo que quienes abogan por el derrocamiento de Al-Assad son ahora muchos menos que hace un tiempo. Por eso estos seis meses que quedan para que Irán reciba parte de sus fondos congelados van a ser cruciales: mientras unos quieren el estallido, otros están haciendo todo lo posible por evitarlo.

Notas:

(1) Reuters, 16 de agosto de 2015.

(2) Alberto Cruz: “La potencialidad transformadora de la resistencia kurda en Kobani”, http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article1916

(3) Financial Times, 24 de agosto de 2015, y As-Safir (Líbano), 25 de agosto de 2015, es quien habla del 75%.

(4) Ibid.

(5) Middle East Eye, 24 de agosto de 2015.

(6) Middle East Online, 1 de agosto de 2015.

(7) As-Safir, 25 de agosto de 2015.

(8) Ibid.

(9) Alberto Cruz, Ibid.

(10) Reuters, 25 de agosto de 2015.

(11) France Press, 13 de agosto de 2015.

(12) As-Safir, 26 de agosto de 2015.

(13) Saudi Press Agency, 26 de agosto de 2015.

(14) As-Safir. 26 de agosto de 2015.

Alberto Cruz es periodista, politólogo y escritor. Su nuevo libro es “Las brujas de la noche. El 46 Regimiento “Taman” de aviadoras soviéticas en la II Guerra Mundial”, editado por La Caída con la colaboración del CEPRID.

Los pedidos se pueden hacer a libros.lacaida@gmail.com o bien a ceprid@nodo50.org También se le puede encontrar en librerías.

Fuente: http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article2050

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