Iglesias-Rivera: una disputa narrativa / Pablo Muñoz, en Diagonal

Posted on 2015/10/19

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“Siempre me ha parecido que la responsabilidad primordial de un presidente es ser un narrador” escribía Junot Díaz en las páginas del New Yorker hace un lustro. Díaz, un autor dominicano-americano, ha hecho de la tensión de su identidad un punto de partida para su imaginación literaria. En ese sentido, cabía leer su texto, dedicado a la presidencia de Barack Obama, como una reflexión también en clave de imaginario. Es decir, Díaz sabía que escribía en Estados Unidos, un lugar donde la disputa de quien y cómo pronuncia las palabras sigue siendo vital.

Díaz reprochaba a Obama haber disminuido sus capacidades narrativas. En 2008, Zadie Smith pensaba su llegada al poder también en términos lingüísticos: para ella, Obama podía hablar en todos los registros y ésa era una virtud extraordinaria, la de saber contar y saber contarse. Ejemplificaba sus talentos literarios cuando ya en Los sueños de su padre se imaginaba a sí mismo como un hombre joven y ya leal, cómo, en pocas palabras, creaba una voz.

Es muy curioso que las dos últimas presidencias previas a Rajoy y al desmoronamiento que viví siendo adolescente, la etapa última de Aznar y la de Zapatero, usaran una lengua tan, en cierto sentido, extravagante.

Aznar invocaba un relato donde las palabras nación, estado, atlantismo tenían sentido. Era, en más de un sentido, un rehén de la coyuntura geopolítica, pero un magnífico narrador de la misma: les daba un peso, que no por extravagante dejaba de tener sentido.

Para Zapatero, la estrategia retórica era un poco más serpenteante. Su Borges es contradictorio “una mezcla de pasión y escepticismo” y por no salir, era alguien con una “lúcida locura”. Leído hoy su discurso de investidura parece también anacrónico: “la constitución es propiedad de todos. De todos”.

Pero solo vagamente. El otro día vimos a dos narradores discutir en televisión. Uno, con barba y coleta, y el otro, afeitado, elegante, peinado hacia adelante. El primero dijo defender a la gente, entendiendo como gente sobre todo aquellas personas débiles o en condiciones de injusticia. El segundo, fácilmente reconocible, hizo suyo aquel espíritu de Aznar (la nación) y de Zapatero (“de todos”).

Eran Pablo Iglesias y Albert Rivera, debatiendo cara a cara. Otros narradores nos han dicho que son “la nueva política” y no actores en medio de un escenario cuyo resquebrajamiento narrativo –sucedido en 2011– nunca encontró una nueva fuerza (o varias) si no que vino a reforzar el aturdimiento, la dificultad para discernir, la capacidad para no escuchar: en ese contexto, los malos relatos, de zanahoria y distracción han abundado.

Con todo, la narración de Rivera fue la más convincente. No fue exactamente como la de Aznar y como la de Zapatero y fue una síntesis cuasi perfecta de ambas. Para empezar, construyó una estrategia retórica sencilla, ideológica: manejar un dato económico, sin comentar las variables a las que somete la economía y la agenda europea cualquier proyecto, y trenzar una metáfora que genere consenso de país razonable (Dinamarca).

A partir de esa estrategia retórica, Iglesias aceptó todo el entramado con relativa calma. Cambió su actitud física, prefiriendo la calma frente a un Rivera frenético, con tendencia a la interrupción, pero Rivera hizo suyo el conservadurismo.

¿Conservadurismo? Ciertamente. El liberalismo que Rivera defiende es, en términos narrativos, una mezcla calculada entre el imaginario previo y algo nuevo, diferente. ¿Qué es lo diferente? Acaso una mayor certidumbre en ciertos ardides narrativos del conservadurismo. La idea potente la expuso un inteligente filósofo conservador, Roger Scrutton: “La izquierda piensa que yo soy malo mientras que yo pienso que están equivocados”.

En esa narración, el conservadurismo se revela no como una opción que justifica el pesimismo antropológico y limita decisivamente la capacidad de acción política, no como una opción que, en aras de una injusticia mayor, termina amparando un conjunto de injusticias que a la fuerza del a posteriori y la prevención habrá de tachar de asumibles sino como una opción sensata de hacer frente a lo absurdo del mundo.

Y en esa narración, el izquierdista es un criminal, un idealista y un estético desmedido. No resulta de extrañar pues que todas las narraciones enfaticen en los fracasos del estalinismo, en los peligros de cualquier romanticismo y en lo superficial de cualquier opción.

Resulta obvio que Rivera, reformulando las preguntas como buen campeón de la oratoria y apelando a Europa como una idea uniforme de modernidad sin garantías, hizo un discurso ideológico y esto se vio cuando el presentador, Jordi Évole, trazó una segunda mitad del debate en la que se hablaba, en efecto, de ideología.

También fue la única vez que oímos hablar a otro Pablo Iglesias. “Joder, coño” decía para defender el clásico mensaje de que solamente TV3 manipula a los catalanes y señalar, partiendo de la palabra malsonante, el resquicio: en este caso, el silencio de Ciudadanos frente a otras manipulaciones y su alcance. ¿Es la propaganda algo único y que no tiene relación con los medios? ¿O con el hecho periodístico y con cómo construimos nuestra subjetividad? Esas preguntas quedaron bien acotadas dentro del palabro.

Iglesias parece recuperarse cuando huye de la difícil colina metafórica donde empezó su partido. Difícil porque la “casta” y la “gente” eran metáforas que limitaban: si la tensión era resoluble con un extra de honestidad ¿qué está pasando ahora que algunas cosas han empezado a pasar? ¿En qué momento estamos? Las preguntas no están incluidas en ese dispositivo narrativo, lo que lo hace fácil de desacreditar o fácil de captar.

Por eso mismo, lo que no resultó obvio es que Pablo Iglesias pudiera ser un narrador al mando. Se conformó con las metáforas y las trampas del rival y quedó vencido en una sociedad en la que las narrativas deben apoyarse en datos concretos para crear un efecto (retórico, calculado, estratégico, narrativo) de credibilidad.

Porque el mayor reto de la izquierda –antes y después del 15M– fue poder poner alguna narrativa en marcha y algún buen narrador al cargo.

Que, aunque parezca inverosímil, fue, también conviene recordarlo, el más exitoso cuento de nuestro adversario.

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