El nuevo Trudeau impulsa el cambio en Canadá / El País

Posted on 2015/10/20

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El nuevo Trudeau impulsa el cambio en Canadá / El país MARC BASSETS Montreal (ENVIADO ESPECIAL) 20 OCT 2015

La victoria arrolladora del liberal Justin Trudeau en las elecciones canadienses del lunes otorgará al nuevo primer ministro un mandato para rectificar las políticas de su antecesor en el cargo, el conservador Stephen Harper. El cambio que abandera el quebequés Trudeau, hijo del mitificado primer ministro Pierre Elliott Trudeau, propicia un regreso al Canadá de siempre, el del consenso en el interior y el multilateralismo en el exterior. La década de revolución conservadora de Harper ha transformado el país, pero algunas tendencias, como el desplazamiento del poder hacia el Oeste, son irreversibles.

Las elecciones se plantearon como un referéndum: Harper, sí o no. En esa línea, había dos alternativas: cambiar tras una década de gobierno conservador, o evitar los experimentos. Durante la campaña, Harper, de 56 años, retrató a Trudeau, de 43, como un político inexperto y liviano.

Ganó el no y ganó el cambio (“Los canadienses han elegido el cambio. El cambio verdadero”, dijo Trudeau en el hotel de Montreal donde los liberales celebraron la victoria), y la lista de prioridades es larga. Destaca una, la que centró su discurso de campaña, una campaña milagrosa, la más larga en el Canadá moderno, 78 días, en la que Trudeau empezó tercero en los sondeos y acabó, no sólo ganando, sino con mayoría absoluta en el Parlamento de la capital, Ottawa. La prioridad es subir los impuestos a los más ricos y bajarlos a la clase media.

El de Trudeau es un discurso contra las desigualdades y contra la austeridad. Quiere aprobar presupuestos con déficit para invertir en infraestructuras y en servicios sociales. No es revolucionario, pero rompe con la doctrina conservadora —Estado mínimo, rebajas de impuestos, desconfianza hacia lo público— que Harper inyectó en la política canadiense.

Más cambios. Trudeau ha planteado retirar a Canadá de la misión aérea contra el Estado Islámico (ISIS en sus siglas en inglés). Quiere restablecer relaciones diplomáticas con Irán e implicarse a fondo en la lucha contra el cambio climático, que Harper veía con escepticismo. Sus asesores hablan de una diplomacia proactiva, sin los acentos neoconservadores de Harper en las intervenciones militares, las relaciones con Rusia e Israel e incluso con EE UU.

La falta de sintonía con el presidente Barack Obama alineaba a Harper con el Partido Republicano. En la derecha estadounidense, exasperada ante la supuesta falta de nervio de Obama, Harper es un ídolo, un líder con la claridad moral que aparentemente le falta a su presidente. Una de las acusaciones lanzadas en Canadá contra Harper fue la de ser demasiado estadounidense: por su arraigo en el Oeste —una región culturalmente más cercana, en algunos aspectos, al Oeste de EE UU que al núcleo histórico de Canadá, en la cuenca del río San Lorenzo— y por su conservadurismo, alejado de la moderación del partido tradicional de la derecha, el Partido Progresista Conservador, cuyo nombre era una declaración de principios.

A Harper se le acusaba de haber importado de EE UU los métodos políticos que llevaban a la demonización del rival, a la manipulación emocional de los votantes y a la polarización de la vida pública. Trudeau promete romper con esto, y en el discurso de la victoria retomó algunos estribillos de la campaña: que un conservador no es un enemigo, sino un vecino; que la política es un trabajo honorable; y que no hay lugar para la destrucción personal del contrario.

Un cínico dirá que se trata de las palabras habituales del recién llegado al poder —oficialmente, y hasta que no jure el cargo, Trudeau es primer ministro designado— y que los liberales canadienses son especialistas en el transformismo ideológico, en moverse de la izquierda al centro, o a la derecha incluso, sin despeinarse. O puede recordar que precisamente el padre de Trudeau —primer ministro entre 1968 y 1984, con una breve interrupción— fue el gran polarizador de la política canadiense.

Justin recupera el legado de su padre en tanto que líder del Partido Liberal, defensor de la unidad canadiense y los valores del federalismo y el multiculturalismo. Pero, como dijo en la noche electoral Stephen Clarkston, biógrafo de Pierre Elliott Trudeau, su hijo, como político, se parece bien poco. Pierre era un intelectual con ideas claras, inflexible, por ejemplo, en su oposición feroz a los soberanistas de Quebec —como solo un quebequés podía serlo— pero también implacable en la defensa del bilingüismo oficial en todo el territorio canadiense. Justin es menos rígido ideológicamente, menos agresivo, menos carismático también, más proclive a escuchar que a imponer.

El país idealizado
Hay en Trudeau una voluntad, quizá ingenua, de regresar al idealizado Canadá de siempre, el del diálogo y el Estado del bienestar, la Norteamérica más igualitaria y menos violenta, la burbuja de bienestar, el del respeto casi sagrado a los usos y costumbres de los inmigrantes, un país que a veces peca de superioridad moral. Este país no despareció con Harper. Pero él introdujo matices en la canadeidad —lo que significa ser canadiense— y una parte del país lo vio como una agresión.

Por el propio carácter de Canadá, y de Trudeau, es probable que el cambio sea suave. Y no todo el legado de Harper es descartable. John Ibbitson, biógrafo de Harper y teórico de la transformación de Canadá en esta década, escribe en el diario Globe and Mail que hoy Canadá es una nación más orientada al Pacífico. Cita tres causas: la inmigración de esos países, los acuerdos comerciales en la región y la mayor implicación del Oeste en el gobierno federal. En todo esto, no hay marcha atrás.

El hartazgo con Harper fue clave para la victoria

Las elecciones del lunes en Canadá eran legislativas. Se decidían los 338 escaños de la Cámara de los Comunes, uno por circunscripción. El Partido Liberal, de centroizquierda, obtuvo una mayoría absoluta con 184. El Partido Conservador, 99. Los socialdemócratas del NDP, 44. Los soberanistas francófonos del Bloque Quebequés, 10. Y Los Verdes, uno.
La victoria del liberal Justin Trudeau fue una sorpresa. Se explica por el hartazgo con el primer ministro conservador Stephen Harper, en el poder desde 2006. No es insólito que tras un periodo similar los votantes quieran un cambio.
Al hartazgo se suma una animosidad hacia Harper. Harper no era ni quiso ser nunca un líder simpático. Entiende la política como una batalla de ideas, y sus ideas no coinciden con las de la mayoría de canadienses. Muchos votantes no votaron a favor de Trudeau, sino que vieron en Trudeau, más que en Tom Mulcair, candidato del NDP, un voto útil para derrotar al primer ministro.
El estilo de Trudeau —amable, humilde, conciliador y hostil a la descalificación— y su estrategia electoral —muchos kilómetros y muchas conversaciones con canadienses de a pie— le ayudaron.
Harper buscó el cuerpo a cuerpo. En sus mítines se oían pocas propuestas y muchas descalificaciones. Se metió en un asunto delicado en el Canadá multicultural cuando criticó el uso del velo que cubre el rostro de algunas mujeres musulmanas durante una ceremonia de jura de la ciudadanía. Y se dejó fotografiar con Rob Ford, el exalcalde de Toronto, conservador como Harper y famoso por las imágenes que le muestran fumando crack.

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