Entrevista con Evgeny Morozov sobre la evolución de la red / New Left Review

Posted on 2015/11/06

0



Entrevista al escritor e investigador Evgeny Morozov sobre la tecnología
“¡Socializad los centros de datos!”

New Left Review.
Tu trabajo marca un camino distintivo –diferente al de cualquier otro crítico de la tecnología– desde su propio punto de partida en la política de la era posterior a la Guerra Fría en Europa del Este, pasando por una crítica del soniquete sobre Silicon Valley, hasta los debates sociohistóricos alrededor de las relaciones entre Internet y el neoliberalismo, ¿Cuál fue el contexto que produjo esta evolución?

Nací en 1984, en la región bielorrusa de Minsk, en una nueva ciudad minera llamada Soligorsk fundada a finales de la década de 1950. En general, toda la mano de obra vino de fuera y hay escaso sentido de pertenencia nacional. La familia de mi padre venía del norte de Rusia; mi madre, que nació cerca de Moscú, llegó de Ucrania en la década de 1970 con una licenciatura en Minería. La ciudad está dominada por una gran empresa de propiedad estatal que se dedica a extraer potasio y produce fertilizantes que se venden muy bien en el mercado mundial; sigue siendo la empresa más rentable de Bielorrusia. Toda mi familia trabajaba para ella, desde los abuelos a los tíos y tías. La URSS se disolvió cuando yo tenía siete años, y aunque podía haber toda clase de problemas a la hora de vivir en una pequeña ciudad como Soligorsk, no estaban relacionados con la desaparición de la URSS. Con Lukashenko, que llegó al poder cuando yo tenía diez años, Bielorrusia era oficialmente bilingüe, aunque el ruso era la lengua predominante, y crecer en Soligorsk venía a ser como hacerlo en una provincia rusa. Estábamos más conectados con los acontecimientos en Moscú que con los acontecimientos en Minsk. Al principio no había una televisión bielorrusa; los medios de comunicación nacionales no eran muy fuertes, así que los periódicos que teníamos, y la mayoría de los programas de televisión que veíamos en casa, eran rusos. La gente en Kaliningrado probablemente se sentía más aislada que yo en Soligorsk. Más tarde Lukashenko se dio cuenta de que si no controlaba el flujo de los medios de comunicación en el país, podía perder la capacidad de argumentar a favor de Bielorrusia como Estado independiente, aunque prorruso. Así que empezó a limitar la programación en ruso a tres o cuatro horas diarias y a mezclar algunas noticias locales y programación en bielorruso. Pero entonces la gente como mis padres compró antenas parabólicas y continuó viendo la televisión rusa, no especialmente porque desconfiaran de la política de Lukashenko, sino porque el material local era muy aburrido.

¿Cómo te fuiste de Bielorrusia?

Mi prima tuvo la suerte de haber estudiado el bachillerato en San Petersburgo antes de irse a Holanda. Así que en mi familia había esperanzas de que pudiera hacer algo fuera del país. Quise pasar un año en la enseñanza secundaria en Estados Unidos, pero no pudo ser. La siguiente alternativa era ir a la American University en Bulgaria, que se había creado a principios de la década de 1990 con dinero de Soros y USAID –puede que también del Departamento de Estado­– en un antiguo colegio para dirigentes comunistas de una pequeña ciudad llamada Blagoevgrad, cerca de la frontera con Macedonia y Grecia. Como Soligorsk, es una pequeña ciudad de alrededor de 70.000 habitantes; un lugar extraño, pobre, donde llegaba un montón de estudiantes del antiguo bloque soviético o de países adyacentes: Bulgaria, Rumanía, Yugoslavia, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Mongolia. Muchos, como yo mismo, teníamos becas. En el campus había muchas tensiones étnicas cuando llegué en 2001, poco después del conflicto de Kosovo. Allí pasé cuatro años y aprendí más sobre la antigua Unión Soviética de lo que había aprendido en Bielorrusia.

¿Qué estabas estudiando?

El objetivo de la universidad era educar a los futuros dirigentes de la región, a sus alumnos se les preparaba para hacer carreras políticas en el gobierno o en la sociedad civil. Algunos lo hicieron, pero la mayoría se encontró trabajando en empresas: consultoras, auditorías o firmas contables. Yo acabé con una doble licenciatura en Administración de empresas y Economía. Mi ambición inicial era trabajar en un banco de inversión. Paradójicamente, lo que me salvó de ello fueron unas prácticas de diez semanas en JP Morgan en Bournemouth (Reino Unido), durante las que debía asegurar que todas las transacciones se llevaran a cabo; así que si alguno de los operadores tecleaba equivocadamente un «0» por un «1» tenías que darte cuenta. Nunca entendí por qué no podían automatizar el proceso. Me di cuenta de que la banca de inversión no estaba hecha para mí.

¿Qué hiciste después de graduarte en Bulgaria?

Decidí pasar un año en el European College of Liberal Arts, un pequeño centro que ahora forma parte del Bard College y que también se creó con dinero estadounidense, en este caso, de un filántropo obsesionado por la educación en humanidades. No era un programa de posgrado, pero podías hacer un verdadero curso en humanidades durante un año con todos los gastos pagados. El programa en el que acabé se centraba sucesivamente en tres pensadores: Freud, Marx y Foucault. Durante nueve meses nuestro plan de lecturas fue muy variado; la teoría de la novela de Lukács, Jameson, Norbert Elias, mucha literatura secundaria. Fue un programa intelectualmente muy estimulante. Pero aunque sabía que no quería dedicarme a la banca de inversión, tampoco quería convertirme en un académico, así que pensaba que gran parte de estos estudios eran inútiles. Desde luego, retrospectivamente, me alegro de haberlos realizado.

¿Cómo pasaste de la banca de inversiones a escribir sobre los nuevos medios de comunicación?

Una influencia decisiva fue un corresponsal de guerra anglo-holandés, Aernout van Lynden, que daba clases en Blagoevgrad porque estaba casado con la embajadora holandesa en Bulgaria. Los niveles culturales del campus eran bajos, pero él era un auténtico intelectual que nos animaba a leer The New York Review of Books y el Financial Times todos los días. Viviendo en Blagoevgrad –esencialmente en medio de ninguna parte–, esas no eran en absoluto las clases de cosas que leía la gente. La mayoría de los estudiantes estaban centrados en sus carreras. Gracias a él empecé a leer periodismo «narrativo» y a experimentar seriamente escribir en inglés. Al mismo tiempo, más o menos en el último año de estancia, noté que había un repentino flujo de artículos dedicados al blogging; no al blogging como fenómeno en sí mismo, sino como herramienta política. Esto fue durante las elecciones presidenciales estadounidenses de 2004, cuando Howard Dean estaba en la carrera por la nominación como candidato del Partido Demócrata. Su campaña estuvo marcada por el despliegue horizontal de microcaptaciones de fondos a través de Internet y el blogging, y por una retórica emancipadora: «Finalmente podemos sortear las afianzadas instituciones que financian las elecciones y a los medios de comunicación dominantes que las influyen». Más o menos al mismo tiempo, finales de 2004, vi la misma oleada de entusiasmo por la utilización de estas herramientas en la Revolución Naranja en Ucrania, donde LiveJournal –una plataforma de blogs que era muy popular en el mundo de habla rusa– desempeñó un significativo papel.

Así que pensé que aquí había algo interesante. En Estados Unidos proliferaba el discurso de la democratización del acceso a los medios de comunicación y a la recaudación de fondos, y ya se podían ver los resultados de esos cambios en Ucrania y anteriormente en Georgia y Serbia. Los activistas de Otpor!, la oposición patrocinada por Estados Unidos en Serbia, decían que habían aprendido a organizar protestas jugando a juegos de ordenador. Para mí, esto encajaba: los juegos de ordenador, los mensajes de texto, el blogging… Aumentó mi interés por estas tecnologías. Al año siguiente encontré un libro escrito por destacados analistas sobre la utilización de Internet que había hecho Howard Dean, una colección de ensayos titulada Blog! Quizá iba un poco por delante de la gente de mi edad en Europa en cuanto a entender que había una gran transformación en marcha.

¿Fue en ese momento cuando empezaste a escribir sobre política?

No, eso vino antes. Aproximadamente en 2003, cuando estaba en una escuela de verano en Berlín, me encontré con una estudiante rusa de periodismo que realizaba trabajos por su cuenta para Akzia, un periódico del que nunca había oído hablar, y cuyo editor me presentó ella. Akzia se distribuía gratuitamente en cafés y plazas rusas donde intelectuales y hipsters pasan el rato y tenía una activa presencia online. No era simplemente una publicación de entretenimiento y cultura: publicaba artículos políticos sobre la juventud rusa y sobre otros movimientos, algunos más radicales que otros. Me ofrecieron una columna y así empecé con el periodismo; estuve escribiendo en ruso mucho antes que en inglés. Pero no sobre Rusia: la columna se llamaba Kosmopolit y trataba temas de todas partes, por ejemplo, elecciones en Estados Unidos, periodismo ciudadano y tecnología móvil en Brasil, publicación online y derechos de autor, arquitectura. En aquellos días no estaba demasiado preocupado por la política rusa. De haberlo estado, habida cuenta de que venía de la American University en Bulgaria, donde diariamente nos alimentaron con el evangelio del neoliberalismo, probablemente me hubiera inclinado por una alternativa a Putin del estilo de Jodorkovsk. Sobre temas de política exterior me identificaba con Estados pequeños como Moldavia o Georgia en sus diversas disputas con Rusia, en parte debido a mi origen; todavía era lo suficientemente ingenuo como para pesar que Bielorrusia algún día podía unirse a la UE.

¿Cómo y cuándo conectaste en tu trabajo la política y la tecnología?

En 2005 me creía la historia de que los manifestantes en Ucrania y en otras partes se habían movilizado a través de mensajes de texto y blogs. En Bielorrusia había elecciones a la vista en marzo de 2006, así que me pregunté: ¿Qué va a pasar ahí? En ese momento empecé a colaborar con una ONG de Praga llamada Transitions Online, anteriormente una revista impresa llamada simplemente Transitions, que a finales de la década de 1990 se convirtió en una publicación exclusivamente online. Para financiarla tenían que desarrollar todo tipo de actividades secundarias, de manera que se transformaron en una ONG inicialmente centrada en enseñar a periodistas del antiguo bloque soviético cómo hacer periodismo de investigación, o a los romaníes que querían escribir sobre sus vidas; cualquier cosa para la que hubiera dinero. Una gran parte de la financiación vino de elementos de la red de Soros preocupados por la educación o las cuestiones regionales. Otras fuentes de dinero incluían la National Endowment for Democracy, Internews, puede que el Fondo Marshall Alemán y, junto a estas organizaciones estadounidenses, al gobierno checo y la Agencia Sueca de Desarrollo Internacional. Gran parte de esa financiación llegaba proyecto a proyecto. Finalmente Transitions Online empezó a mostrar interés por los nuevos medios de comunicación, el blogging, las redes sociales, etcétera. Me ofrecí para escribir algunos posts sobre lo que estaba sucediendo en ese terreno y finalmente me hice cargo del blog sobre Bielorrusia. Cuando quedó claro lo rápidamente que se estaba desarrollando el nuevo espacio de comunicación a lo largo de la antigua Unión Soviética, acordamos que trabajaría para ellos con dedicación completa. Eso significó viajar extensamente por la antigua Unión Soviética, realizando sesiones de formación para ellos.

¿Dónde estabas establecido durante esos años?

Estuve en Berlín durante tres años y medio, un año en el European College of Liberal Arts y después dos años y medio trabajando para la ONG. Pero en agosto de 2008 me encontraba frustrado, no solo con el trabajo en esta última, sino también con la actitud de muchos financiadores y sus supuestos sobre la tecnología y la política. Soros había creado las Becas Sociedad Abierta, que te permitían trabajar en un proyecto desde cualquier sitio que quisieras. Cuando conseguí una de ellas, tuve que decidir dónde establecerme y consideré que probablemente sería más fácil publicar un libro si me trasladaba a Nueva York. Ya estaba escribiendo muchas cosas, nada muy profundo, pero un montón de artículos de opinión trabajando como periodista independiente para The Economist; desde luego mi nombre no aparecía en los artículos, pero trabajé bastante en sus suplementos trimestrales sobre tecnología y en la sección internacional de la revista. Ya tenía algunas ideas sobre lo que estaba equivocado en gran parte de las habituales ideas sobre tecnología y política.

¿Cuáles eran?

Estaba frustrado no solo por la falta de la clase de resultados que habíamos esperado de nuestros proyectos, sino también por el daño potencial que podíamos estar causando. Se suponía que estábamos salvando el mundo contribuyendo a promover la democracia, pero me parecía que estaba claro que mucha gente –incluso en países como Bielorrusia o Moldavia, o en el Cáucaso– que podía haber estado trabajando por su cuenta en proyectos interesantes con nuevos medios de comunicación se echaba a perder por nuestra intervención. Nosotros llegábamos con un montón de dinero, les entregábamos una subvención y ellos pronto empezaban a cambiar su manera de pensar: «Estupendo, incluso si fracaso, puedo obtener otra subvención». Más tarde empecé a cuestionar también nuestros objetivos, pero hasta entonces creía en ellos y pensaba que si nuestro objetivo era promover una cultura independiente de publicaciones y diálogo –un cierto tipo de esfera pública habermasiana–, tratar de organizarla repartiendo dinero era una manera equivocada de alcanzarlo.

Al mismo tiempo, aunque se suponía que los gobiernos de estos países eran nuestros aliados –por lo menos nadie nos dijo que fueran nuestros enemigos–, estaba claro que sus prioridades eran las opuestas a las nuestras. Pensábamos que todo lo que necesitábamos hacer era conseguir que se escucharan esas voces independientes. Pero los gobiernos rápidamente empezaron a desplegar herramientas, técnicas y estrategias en este nuevo espacio de comunicación mucho más inteligentes de lo que habíamos previsto; no solo intensificando la vigilancia, sino contratando a blogueros para crear su propia propaganda, manipulando las charlas online, realizando ataques de negación de acceso a las páginas web. No estábamos planteando las cuestiones correctas sobre estos asuntos. Desde luego, retrospectivamente había una razón para no hacerlo. No entraba en la competencia de la Fundación Nacional por la Democracia el cuestionar por qué las empresas estadounidenses estaban suministrando equipo de vigilancia al gobierno de Uzbekistán.

Así que cuando empecé mi primer libro, The Net Delusion, mi objetivo era mostrar que muchas de las herramientas, plataformas y técnicas que estábamos alabando como emancipadoras podían igualmente volverse en contra de los mismos activistas, disidentes y causas que estaban tratando de promover. Actualmente esto parece evidente. Pero entonces la mayor parte de los donantes y la mayoría de los gobiernos occidentales simplemente daban por sentado que los dictadores –o lo que llamaban los gobiernos autoritarios– nunca serían capaces de controlar «Internet» porque eran demasiado tontos, estaban demasiado desorganizados y eran demasiado tecnófobos, y que esta nueva ola de tecnología de la información produciría su caída. En Washington la narrativa del fin de la Guerra Fría fomentaba esa idea: si Radio Europa Libre y las máquinas de Xerox fueron las que acabaron con la Unión Soviética, ahora los blogs y los medios de comunicación sociales podían acabar el trabajo de exportar la democracia.

Me parecía que estaba claro que esta formulación de la libertad de Internet como un pilar de la política exterior estadounidense amenazaba con socavar cualquier potencial que tuvieran las nuevas herramientas y plataformas para crear una esfera pública alternativa, ya que cuanto más se implicaba en ella el Estado estadounidense, más trasmitiría a otros gobiernos que se debía hacer algo con ellas. Pero cuando escribí The Net Delusion tenía veinticinco años y pensaba que podía acabar en un think-tank en Washington, así que parece que estoy tratando de hacer ver a los estrategas políticos estadounidenses que estaban tendiéndose una trampa a sí mismos, y que les aconsejo que actúen de forma diferente. Desde luego, ahora no escribiría el libro de esa manera.

¿No eras consciente de que la NSA supera en mucho a cualquier gobierno del mundo en su vigilancia electrónica universal?

No, no sabía nada de la NSA. Pero muchas cosas se producían abiertamente, por ejemplo, los ciberataques del gobierno estadounidense. Ya en 2006 o 2007 estaba meridianamente claro que había unidades especializadas dentro del Departamento de Defensa cuya tarea era acabar con las webs de yihadistas y otros enemigos, incluso aunque habitualmente hubiera una tensión entre el Pentágono y la CIA, que quería obtener información de ellas y por eso no quería cerrarlas. Así que cuando Hillary Clinton condenaba a los países que realizaban ciberataques en su discurso de 2010 sobre la libertad de Internet, era una muestra de la peor clase de hipocresía. Siempre que los funcionarios estadounidenses hablan de apoyar a los blogueros en todas partes, solo hay que mirar su política real en países como Azerbaiyán o Arabia Saudí. No se trata solamente de una contradicción en relación a la libertad de Internet, sino también a los derechos humanos y muchas más cuestiones. Estas contradicciones de la política exterior se reflejaban en mi libro, donde trataba de entender qué clase de herramientas y técnicas estaban desarrollando Rusia, China, Irán, Egipto y otros Estados semejantes en términos de vigilancia, censura, compra de blogueros o establecimiento de controles sobre empresas, sin prestar atención a lo que hacía Estados Unidos.

¿Cómo abordarías esto actualmente?

Bueno, tomemos el ejemplo de una persona como Jared Cohen, que estudió en Stanford con Larry Diamond, y se promocionó él mismo como el siguiente niño prodigio de la política de defensa/exterior. Publicó dos libros –uno sobre la respuesta estadounidense al genocidio de Ruanda y otro sobre la radicalización de la juventud– antes de conseguir trabajo en la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado en 2006, a la edad de veinticuatro años. Allí trabajó con el antiguo organizador de la Contra nicaragüense John Negroponte, que era secretario adjunto de Estado, y con el vicesecretario de Estado para la Diplomacia James Glassman, autor de un himno a la «nueva economía» poco antes de que estallara la burbuja puntocom. Pero su carrera despegó realmente con la elección de Obama en medio de una oleada de euforia tecnológica. Desde su puesto en el Departamento de Estado, Cohen utilizó la movilización contra las FARC en Colombia en 2008 para demostrar la decisiva importancia que tenía para el Departamento de Estado la «libertad de Internet», afirmando que todo había empezado con un tipo en Facebook que había creado un grupo de protesta contra las FARC. Desde luego, la realidad es que fue Álvaro Uribe quien promocionó el grupo de Facebook en una comparecencia presidencial en la televisión y el que organizó todo el asunto. Pero en el Departamento de Estado esto se convirtió en la muestra de cómo se podía conseguir por arte de magia una movilización de masas en apoyo de buenas causas mediante la nueva tecnología. Junto a Cohen ahora estaba Alec Ross, treinta años y poca experiencia en relaciones internacionales o política exterior, a quien Obama nombró asesor principal de Hillary Clinton. Esta pareja empezó a organizar lo que llamaban «viajes para ejecutivos de empresas tecnológicas». Dado que la principal exportación cultural estadounidense y la base de la diplomacia «blanda» parecía ser la tecnología, decidieron que los altos ejecutivos de estas compañías podían ayudar a promover la imagen de Estados Unidos en el exterior. Así que enviaron a los jefes de Silicon Valley a México, Siria –donde se reunían con Assad– o Iraq como si fueran embajadores culturales. Resulta bastante simbólico que Jared Cohen se reuniera con Eric Schmidt, el patrón de Google que es un apoyo clave de Obama, en un viaje a Bagdad. Luego fueron los coautores de The New Digital Age. The Net Delusion, mi objetivo era mostrar que muchas de las herramientas, plataformas y técnicas que estábamos alabando como emancipadoras podían igualmente volverse en contra de los mismos activistas

¿Cuál fue el resultado político de esta agenda?

En 2009 la fábula de que el Departamento de Estado ayudó a las protestas de la «revolución verde» en Irán obtuvo un tratamiento de portada en The New York Times. La historia oficial era que Twitter, sin saber demasiado lo que estaba sucediendo en otras partes del mundo, decidió programar el mantenimiento de su website justamente cuando se avecinaban las protestas en Irán después de la elección de Ahmadineyad, provocando la indignación dentro de la comunidad de Twitter (aunque se exageró mucho la cantidad de iraníes que utilizaban Twitter). En ese momento, Cohen pidió a uno de los altos ejecutivos de Twitter que retrasaran el mantenimiento y la historia se filtró (o fue trasmitida) a The New York Times. Más tarde se informó de que Cohen tuvo problemas con la Casa Blanca porque eso se podía interpretar como una intervención estadounidense en las elecciones iraníes. Después, el episodio fue utilizado para sugerir que el gobierno estadounidense estaba por lo menos en contacto con la emergente utilización de los medios. Realmente, los diplomáticos de carrera odiaban todo esto. Algunos escribieron largas entradas en los blogs quejándose de que estos dos jovenzuelos estuvieran dirigiendo la política exterior estadounidense en todos los aspectos relacionados con el mundo digital. El episodio fue utilizado por los medios de comunicación de propiedad estatal en Rusia, Irán, China y de otros lugares, para demostrar que Silicon Valley era simplemente una prolongación del Departamento de Estado. En Rusia, se oyeron los primeros llamamientos en círculos del gobierno pidiendo que se hiciera algo sobre la dependencia rusa de la infraestructura estadounidense. Repentinamente, hubo movimientos de oligarcas cercanos al Kremlin para comprar a los propietarios de las compañías rusas de Internet, de manera que pudieran cerrar o eliminar sus contenidos si amenazaban con provocar cualquier protesta social.

¿Hasta qué punto consideras que el resultado de la Primavera Árabe es una confirmación de The Net Delusion?

Hasta cierto punto. Mucha gente consideró que el libro llevaba un mensaje único, aunque pocas veces se pusieran de acuerdo en cuál era. Un grupo de lectores pensó que yo estaba diciendo que Internet inevitablemente favorecería a los gobiernos por encima de los manifestantes y disidentes; otro, que yo sugería que Internet llevaba a un activismo superficial, ineficaz, y que podía ser descartado por aquellos que estaban interesados por un cambio real. Realmente, mi argumento era que ciertos aspectos de las tecnologías digitales son proclives a la movilización social y otros a la represión de la movilización; cuál de estas dos tendencias es la predominante depende en gran parte de las dinámicas políticas imperantes en un país. También quería dejar claro que el discurso popular sobre estas tecnologías estaba completamente desconectado de tres realidades: que son gestiondas por empresas privadas que, por encima de todo, están interesadas en ganar dinero; que consignas como la «libertad de Internet» no han hecho que desaparezcan repentinamente las viejas consideraciones sobre política exterior (la fascinación estadounidense con ellas tiene sus raíces en la Guerra Fría); y que su atractivo utópico no encaja con la mayoría de las cosas (ciberataques, vigilancia, manipulación) que el propio gobierno estadounidense estaba haciendo online.

Así que la Primavera Árabe confirmó muchas de mis corazonadas. Nos enteramos de que las compañías occidentales estaban proporcionando tecnologías de vigilancia a Libia y Egipto; que la facilidad de movilización horizontal que ofrecen las redes sociales es una ayuda limitada si no genera estructuras políticas más duraderas que puedan oponerse fuera de las plazas al dominio militar; que la generalizada celebración del papel de Twitter y Facebook en la Primavera Árabe llevó a Rusia, China e Irán a dar nuevos pasos para reforzar el control sobre sus propios recursos online. De hecho, gran parte del discurso sobre la Primavera Árabe considerando que representaba la llegada de un nuevo estilo de protesta digital era una versión actualizada de la teoría de la modernización que nos invitaba a creer que la utilización de unos medios sofisticados conduce a la emancipación intelectual, a mayor respeto por los derechos humanos, etcétera. Una mirada a la estrategia de comunicación del Estado Islámico (ISIS) es suficiente para ver que eso es un disparate.

¿Cuáles son en tu opinión las actuales estructuras de propiedad en Internet?

No he desarrollado un mapa complejo de todo el grupo de estructuras, y gran parte de mi actual trabajo es sobre la ambigüedad de este término, Internet. Pero evidentemente, si hablamos de empresas, desde el hardware al software se trata de empresas abrumadoramente estadounidenses. Samsung puede tener una respetable parte del mercado de los teléfonos móviles, pero su sistema operativo –Android– pertenece a Google. Esto plantea una nueva cuestión: Android es de código abierto, pero un montón de software de código abierto es suministrado por empresas con sede en Estados Unidos. El software de código abierto es mejor, sin duda, que el cerrado, pero el hecho de que Android esté dirigido por Google, e integrado con otros productos que también son propiedad de Google, disminuye sus ventajas. El resultado sigue siendo el de una compañía estadounidense que controla una enorme cantidad de tráfico y datos. La esperanza inicial que acompañaba al software de código abierto era que cualquiera podía examinarlo para buscar «puertas traseras» en el código que lo pudieran hacer vulnerable a organismos como la NSA. Pero sabemos que hay un enorme mercado de exploits. Si tienes el dinero puedes utilizar el software de código abierto. ¿Quién tiene el dinero? Desde luego, la NSA.

Con el software libre o de código abierto, son posibles por lo menos los juegos del ratón y el gato entre hacker y vigilante, mientras que con los sistemas cerrados como el de Apple hay pocas maneras de saber qué acceso a tus datos pueden tener organizaciones como la NSA. ¿Habría que dejar de hacer esa diferenciación?
Aquí es donde necesitamos ser explícitos sobre los puntos de referencia normativos con los que queremos valorar la situación. Si la cuestión es simplemente la privacidad, entonces el código abierto es mucho mejor. Pero eso no resuelve la cuestión de si queremos que una compañía como Google, que ya tiene acceso a una enorme reserva de información personal, continúe su expansión y se convierta en la proveedora predeterminada de infraestructuras –en sanidad, educación y todo lo demás– durante el siglo XXI. El hecho de que algunos de sus servicios estén un poco más protegidos del espionaje que su contrapartida en Appel no aborda esa preocupación. Yo ya no estoy convencido de la idea de que el software de código abierto ofrezca una manera transnacional de escapar del control de los gigantes estadounidenses, aunque seguiría animando a otros países o gobiernos a que empezaran a pensar en maneras de construir alternativas propias que les resulten menos comprometedoras.

Desde Snowden, un montón de hackers están especialmente preocupados por el espionaje de los gobiernos. Para ellos ese es el problema. Ellos son defensores de las libertades civiles y no cuestionan el mercado. Muchos otros están preocupados por la censura. Para ellos, la libertad para expresar lo que quieran decir es decisiva y realmente no importa si se expresa en plataformas empresariales. Admiro lo que hizo Snowden, pero él está básicamente en sintonía con Silicon Valley siempre que eliminemos empresas que tienen prácticas de seguridad poco fiables e instalemos una supervisión mucho mejor, más estrecha, en la NSA, con mayores niveles de transparencia y responsabilidad. Encuentro que este programa –y lo comparten muchos liberales estadounidenses– es muy difícil de tragar; me parece que pierde de vista la intrusión del capital en la vida diaria por medio de Silicon Valley, algo que probablemente tiene más impacto que la intrusión de la NSA en nuestras libertades civiles. Las propias propuestas de Snowden son muy legalistas: basta con establecer cinco niveles más de control y equilibrio dentro del sistema judicial estadounidense, y unos tribunales que estén mejor controlados socialmente, para que todo vaya mejor.

Estos debates no abordan cuestiones de propiedad o cuestiones políticas de mayor alcance sobre el mercado. En mi trabajo más reciente, he sostenido que todavía no sabemos cómo abordarlas. Los datos que se extraen de nosotros tienen un valor gigantesco que se refleja en los balances de Google, Apple y otras compañías. ¿De dónde proviene este valor en un sentido marxista? ¿Quién está trabajando para quién cuando ves un anuncio? ¿Por qué Google o Apple deben ser los propietarios predeterminados? ¿En qué medida estamos siendo impulsados a controlar, reunir y vender estos datos? ¿Hasta qué punto está convirtiéndose esto en una nueva frontera en la financiarización de la vida diaria? Estos temas no se pueden abordar en términos de libertades civiles.

¿La cuestión clave no es la velocidad y el grado de monopolización en este terreno? Estas compañías han crecido mucho más, y más deprisa, que sus predecesoras. Hizo falta mucho más tiempo para que surgieran los oligopolios en la industria del automóvil o la aviación. Google solamente empezó en 1996.
Eso es una consecuencia de la naturaleza del servicio y de los efectos de red en compañías como Google y Facebook. Cuanta más gente haya en Facebook, más valiosa se vuelve, y realmente no tiene sentido tener cinco redes sociales en competencia con veinte millones de personas en cada una; quieres que todas ellas estén en una sola plataforma. Sucede lo mismo con los buscadores: cuanta más gente utilice Google, mejor se vuelve, porque cada búsqueda es en algún sentido un retoque y una mejora del servicio. Así, la expansión de Google a otros dominios ha sido muy rápida. Ahora mismo hacen termostatos, coches autodirigidos y han entrado en el terreno de la salud. Google y Facebook están tratando incluso de llevar la conectividad a los llamados países del Tercer Mundo. Para ellos es importante conseguir que todo el mundo en África y Asia esté conectado, porque ahí están los siguientes miles de millones de ojos que convertir en dinero de la publicidad. Pero incorporan a sus clientes a la red en términos muy específicos.

Facebook se asocia con los operadores de móviles, ya que en los países pobres la mayoría de la gente se conectará por medio de sus teléfonos móviles. Los usuarios pagan por las páginas que visitan y los contenidos que descargan, pero no tienen que pagar por acceder a Facebook. Facebook es gratuito y todo lo demás tiene un precio; eso supuestamente es algo positivo porque es mejor que pagar por todo. El resultado es que todos los demás servicios tienen que establecer su presencia en Facebook, que de ese modo se convierte en el cuello de botella y en la puerta a través de la cual el contenido llega a los usuarios. Así que si quieres proporcionar educación a los estudiantes en África, lo haces mejor a través de Facebook porque así no tendrán que pagar por ella. De ese modo se acaba en una situación en la que los datos sobre lo que la gente aprende los reúne una empresa privada y los utiliza para publicidad durante el resto de sus vidas. Una relación que anteriormente solo estaba mediada en un sentido limitado por las fuerzas del mercado queda repentinamente capturada por una empresa global estadounidense por la única razón de que Facebook se convirtió en el proveedor de la infraestructura a través de la cual la gente accede a todo lo demás. Pero la acusación que hay que hacer aquí no es simplemente contra Facebook; es una acusación contra el neoliberalismo. Gran parte de la crítica maliciosa sobre Silicon Valley que actualmente es tan popular lo trata como si fuera su propia fuerza histórica, completamente desconectada de todo lo demás. En Europa muchos de los que atacan a Silicon Valley simplemente representan clases más viejas de capitalismo: editoriales, bancos, etcétera.

En una periodización de todo este proceso, ¿cuál consideras que fue el punto de inflexión en la corta pero veloz historia de Internet, y cuáles son las distinciones analíticas más importantes que hay que hacer en ella?
Como he dicho, no me satisface la ambigüedad del término Internet. Desde las décadas de 1950 o 1960 había desarrollos separados, paralelos, de software, hardware y redes. Retrocediendo a la situación a finales de la década de 1970, encuentras una docena de redes conectando el planeta: la red de pagos, las redes de reservas de viajes, etcétera. El que la red que finalmente se convertiría en Internet iba a surgir como el sistema dominante no era algo obvio. Hicieron falta muchos esfuerzos –en comités de estandarización y a escala de organizaciones, como la Unión Internacional de Telecomunicaciones– para que eso sucediera. También hubo evoluciones, como las aplicaciones de los teléfonos móviles, que ahora percibimos como parte de Internet porque funcionan en plataformas producidas por compañías gigantes como Google, pero que tienen más sentido dentro de la historia del software que en la de la conexión en red. El hecho de que todas esas historias convergieran discursivamente en el término Internet es en sí mismo un significativo desarrollo histórico. Si estudias el debate entre 1993 y 1997, el término más popular para hablar de estas cuestiones no era Internet sino ciberespacio.

Durante la mayor parte de la década de 1990, todavía tenías una multiplicidad de diferentes visiones, interpretaciones, ansiedades y anhelos sobre este nuevo mundo, y un montón de términos en competencia para reflejarlo: realidad virtual, hipertexto, World Wide Web, Internet. En algún momento, Internet como medio se apoderó de todos ellos y se convirtió en la metacategoría organizadora, mientras que los demás desaparecieron. ¿Qué hubiera pasado si hubiéramos continuado pensando sobre él como un espacio en vez de como un medio? Preguntas como esta son importantes. La Red no es una categoría atemporal, no problemática. Yo quiero entender cómo se convirtió en un objeto de análisis que incorpora todas esas historias paralelas: software, infraestructuras respaldadas por el Estado, privatización de infraestructuras, y las despoja de su contexto político, económico e histórico para generar una típica historia sobre un origen: hubo un invento –Vint Cerf y la DARPA– que se convirtió en una fascinante fuerza nueva con una vida propia. Esencialmente, ese es nuestro discurso sobre Internet en la actualidad.

Pero ¿no hay por lo menos una base objetiva para la unidad de todos estos discursos sobre Internet, dado que aunque todas esas redes anteriores existieran separadamente, una vez que entró en escena el protocolo básico de Internet –TCP/IP–, todas tendían a converger en una única estructura integrada?

Estoy dispuesto a aceptar la realidad del protocolo TCP/IP al mismo tiempo que también rechazo la unidad discursiva de Internet como término. Lo que me preocupa es que la gente asume que hay una serie de hechos que se derivan directamente de esta arquitectura, como si los servicios que se construyen sobre ella no estuvieran manejados por empresas o controlados por los Estados. Empiezan diciendo cosas como eso romperá Internet, o Internet fracasará, o Internet no aceptará esto. Esta clase de discurso es casi religioso. Incluso podría decir que Internet no existe, lo cual no supone negar que haya algo que utilizo todos los días, pero hay mucha más continuidad de la que sugieren muchas de estas narrativas entre lo que utilizo en mi ordenador y un sistema de información que funcionaba en alguna biblioteca hace cuarenta años, antes de Internet.

Entonces, ¿cómo podríamos empezar a contemplar estas evoluciones dentro de una perspectiva sociohistórica más acentuada?

En la década de 1960, los ingenieros del MIT y de otros centros tenían una visión de la informática como una utilidad pública que se parecía mucho a la contemporánea computación en la nube. Su idea era que tendrías un gigantesco ordenador en un lugar como el MIT, y después la gente en sus casas tendría un suministro similar al de la electricidad o el agua. No necesitarías manejar tu propio procesador o tener tu propio hardware ya que todo estaría centralizado en un solo lugar. En aquel momento, las grandes empresas de informática, como IBM, estaban sobre todo suministrando ordenadores centrales para grandes empresas. No atendían a usuarios individuales, a familias o consumidores. Gracias en parte a la contracultura y al clima antiinstitucional de la década de 1970, compañías como Apple desafiaron el dominio de esos grandes actores. Hicieron falta muchos esfuerzos por parte de gente como Steve Jobs y sus mentores intelectuales en publicaciones como Whole Earth Catalog –Steward Brand y el ala contracultural que estaba promoviendo este paradigma del «hazlo tú mismo»– para convencer a los consumidores de que los ordenadores podían ser poseídos y manejados por individuos; que eran nuevas herramientas creativas de liberación y no simples máquinas de agresión y burocracia.

A no ser que entiendas esto, es difícil ver cómo todo quedó interconectado; para interconectar necesitas algo. Al principio solamente tenías a las universidades, y todo habría seguido así de no haber habido un cambio de mentalidad, un cambio hacia la informática personal. Actualmente, el paso hacia la computación en la nube está reproduciendo parte de esa anterior retórica, con la evidente excepción de que las compañías rechazan ahora cualquier analogía con la prestación de servicios públicos como el agua y la electricidad, ya que eso podría abrir la posibilidad de una infraestructura de carácter público y públicamente controlada.

¿Cómo se debería situar el actual fenómeno de los big data centralizados en este panorama más general?

Los big data no son algo exclusivo de los últimos años. Para entender lo que está impulsando esta recolección de datos necesitas olvidarte de los debates sobre Internet y empezar a centrarte en los bancos de datos que venden información en el mercado secundario, en compañías como Axiom y Epsilon. ¿A quién venden sus datos? A bancos, compañías de seguros, investigadores privados, etcétera. A finales de la década de 1960 hubo un debate sobre el papel y el potencial abuso de los bancos de datos en Estados Unidos que no era tan diferente a los debates actuales sobre los big data. Estaba en juego si Estados Unidos debía gestionar bancos de datos nacionales y reunir toda la información recogida por los organismos federales en una gigantesca base de datos que fuera accesible para cada organismo y universidad. Fue un extenso debate que llegó hasta el Congreso. Finalmente la idea fue desechada debido a preocupaciones por la privacidad, pero muchos investigadores y empresas argumentaron que ya que los datos se habían recogido, debían hacerse accesibles a otros investigadores porque eso podía ayudarnos a curar el cáncer; exactamente la misma clase de retórica que se escucha ahora sobre los big data. Actualmente, la información puede producirse con mucha mayor facilidad porque todo lo que hacemos deja huellas en teléfonos, aparatos inteligentes u ordenadores y esto aumenta su volumen. La acumulación de datos es tan grande que se puede argumentar que merece un nombre nuevo. Pero estos debates sobre Internet tienden a funcionar con una especie de amnesia, haciendo una narración de todas las cosas que acaba en una cierta clase de historia abstracta de la tecnología.

Hay mucho que contar incluso sobre el principal algoritmo de clasificación de Google, que realmente es el resultado de décadas de trabajo sobre la ciencia de la información e indexación. El mecanismo que utiliza Google para determinar qué ítems son relevantes o no –fijándose en qué se vincula con qué, en modelos de referencia, etcétera– se desarrolló en relación a la indexación de la bibliografía académica; no es un invento suyo, lo cual nunca te imaginarías sin saber algo de la evolución de la ciencia de la información. Igualmente, la gente que busca ahora estos «cursos masivos abiertos online» no sabe por lo general que en las décadas de 1950 y 1960 gentes como B. F. Skinner estaban promoviendo lo que él llamaba «máquinas de enseñanza» que prescindirían de un instructor. Hay una continua tradición de tratar de automatizar la educación. El hecho de que un montón de empresas recién creadas se hayan desplazado a este campo no borra los desarrollos anteriores. Ahora que «Internet» se propaga en todas las áreas –educación, sanidad (con el «yo cuantificado»), etcétera– tenemos el peligro de acabar en una cierta clase de historia idiota, en la que todo empieza con Silicon Valley y no hay otras fuerzas o causas.

¿Hasta qué punto consideras inevitable este impulso hacia la centralización técnica y organizativa de la última década más o menos?

Hay tendencias hacia una centralización generalizada, aunque también hay dinámicas industriales que proporcionan un ritmo específico a cada dominio y cada capa. Así que lo que está sucediendo con los datos debería diferenciarse de lo que está sucediendo en la industria de la telefonía. Pero Google y Facebook han llegado a la conclusión de que no pueden estar en el negocio de organizar el conocimiento del mundo si no controlan también los sensores que generan ese conocimiento y los portales que atraviesa. Eso significa que tienen que estar presentes a todos los niveles –sistemas operativos, de datos e indexación– para establecer un control sobre todo el proceso.

¿Se puede percibir actualmente alguna contratendencia?

Pueden surgir tensiones cuando cada vez más sectores y empresas se den cuenta de que, si el objetivo de Google no es solamente organizar todo el conocimiento del mundo, sino también dirigir la subyacente infraestructura de la información de nuestra vida diaria, estará en una buena posición para desbaratarlos a todos. Eso puede generar resistencias. Actualmente hay presiones sobre los responsables políticos europeos para romper con Google, impulsadas por empresas nacionales, a menudo de capital alemán, que compresiblemente temen que Google pueda lanzarse a la industria del automóvil. Los grandes imperios de comunicación en Alemania también tienen motivos para preocuparse por Google. Esta clase de lucha entre sectores puede ralentizar las cosas un poco, pero no creo que beneficie tanto a los ciudadanos, ya que Google y Facebook se basan en lo que parecen ser monopolios naturales. Desde el punto de vista económico, político o ecológico, los débiles llamamientos en Europa para debilitarlos o romperlos carecen de cualquier perspectiva alternativa.

Desechas la resistencia europea a Google considerándola simplemente una oposición de viejas empresas a otras nuevas. Aun así, ¿no supone una piedrecita en el camino del gigante estadounidense, que puede interpretarse como si invitaras a la gente a la resignación, ya que todos los gatos neoliberales son igualmente negros de noche?

La continua demanda de políticos locales para poner en marcha un Google europeo y la mayoría de las demás propuestas que vienen de Bruselas o Berlín están desencaminadas o respaldadas a medias. ¿Qué haría un Google europeo? Google actualmente es mucho más que una empresa de búsqueda. Controla un sistema operativo para teléfonos móviles y pronto para otros artefactos inteligentes, un navegador, un sistema de correo electrónico e incluso bastante infraestructura por cable y de banda ancha. Hay un montón de sinergias entre estas actividades; no hay ninguna manera de reproducirlas simplemente arrojando una docena de miles de millones de dólares en una universidad y pidiéndoles que lleguen a un algoritmo de búsqueda mejor que pueda superar al de Google. Google seguirá siendo dominante mientras que los que le desafían no tengan los mismos datos de usuarios que él controla. Un algoritmo mejor no es suficiente.

Para que Europa sea relevante tendría que afrontar el hecho de que los datos, y la infraestructura que los producen (sensores, teléfonos móviles, etcétera), van a ser la clave para la mayoría de los dominios de la actividad económica. Es una vergüenza que se haya permitido a Google moverse y aprovechar esto a cambio de algunos servicios gratuitos. Si Europa fuera realmente seria, necesitaría establecer un régimen legal diferente sobre los datos, quizá asegurando que no puedan venderse en absoluto, y después hacer que empresas más pequeñas desarrollaran soluciones (desde la búsqueda a los correos electrónicos) a través de esos datos protegidos.

¿Cómo describirías tu evolución política desde The Net Delusion?

Bueno, originalmente me consideraba a mí mismo en el centro pragmático del espectro, con una apariencia más o menos socialdemócrata. Mi reorientación vino con una ampliación de la clase de cuestiones que estaba dispuesto a aceptar como legítimas. Así que mientras hace cinco años más o menos me hubiera contentado con buscar maneras mejores y más eficaces de regular a gente como Google y Facebook, ahora eso es algo a lo que no dedico demasiado tiempo. En vez de ello, estoy cuestionando quién debería dirigir y poseer tanto la infraestructura como los datos que pasan por ella, puesto que ya no creo que podamos aceptar que todos estos servicios deban ser proporcionados por el mercado y regulados a posteriori. En el transcurso de mi investigación genealógica sobre la historia de Internet –es un desafío escribir desde puntos de vista tanto discursivos como materialistas– he empleado una gran cantidad de tiempo tratando de entender lo que ha estado pasando en Silicon Valley; no puede surgir una historia convincente a no ser que se sitúe a Silicon Valley dentro de alguna narrativa histórica más amplia, dentro de los cambios en la producción y el consumo, de los cambios en las formas del Estado, en las capacidades de vigilancia y las necesidades de los militares estadounidenses. Hay mucho que aprender aquí de la historiografía marxista, especialmente cuando la mayoría de las historias existentes de «Internet» parecen quedarse estancadas en alguna clase de irrelevancia ideacional prestando poca o ninguna atención a cuestiones como el capital y el imperio.

En algún momento entre el verano y el otoño de 2013 empecé a prestar atención a la creciente mercantilización de los datos personales. Básicamente, ahora que todo el mundo está mediatizado de una u otra manera por Silicon Valley –camas inteligentes, coches inteligentes y todas las demás cosas inteligentes– es posible capturar y monetizar cada momento que pasamos despiertos (y parece que también los que pasamos dormidos). Se nos invita a que seamos empresarios de datos organizando nuestras carteras de datos. Desde luego, analíticamente, este proceso de traducir todo a datos es una ampliación del fenómeno mucho más general de la financiarización de la vida cotidiana. He pasado mucho tiempo tratando de imaginar por qué está sucediendo esto y cómo puede detenerse, y llegué a la conclusión de que las respuestas a estas preguntas estaban mucho más relacionadas con la política que con la tecnología. También me di cuenta de que podía seguir presentando propuestas políticas alternativas, pero que no serían aceptadas por razones estructurales. La razón por la que a Europa le cuesta tanto formular un proyecto alternativo a Silicon Valley tiene poco que ver con la falta de conocimiento o de técnica en Europa. Se debe simplemente a que la clase de intervenciones que habría que hacer –disminuir la dependencia de compañías estadounidenses, promover iniciativas que no menoscaben la competitividad y la iniciativa empresarial, encontrar dinero que invertir en una infraestructura que favoreciera los intereses de los ciudadanos– van directamente contra lo que representa la actual Europa neoliberal. Todo ello sin hablar de la manera en la que los grupos de presión que representan a las grandes empresas tecnológicas dominan el debate en Bruselas. En otras palabras, para entender las relaciones de Europa con «Internet» es mucho mejor mirar a la historia de Europa que a la de «Internet». Una vez que empecé a trabajar sobre el nivel más elemental, quizá superficial –por ejemplo, fijándome en la evolución de las leyes sobre monopolios y competencia en Europa o en la propagación de diversas ideas que solían relacionarse con la Tercera Vía bajo la inocente etiqueta de «innovación social»–, encontré muy difícil no cuestionar mi propia complacencia socialdemócrata.

¿Cuáles son las implicaciones políticas de la propagación de Internet en todos los terrenos y de la masiva recopilación de datos centralizada?

Las empresas tecnológicas pueden establecer toda clase de agendas políticas y actualmente las agendas dominantes imponen el neoliberalismo y la austeridad, utilizando datos centralizados para identificar a inmigrantes que deportar o a gente sin recursos que no puedan afrontar el pago de sus deudas. Sin embargo, creo que hay un enorme potencial positivo en la acumulación de más datos en una buena configuración institucional, esto es, política. Una vez que monitorizas una parte de mi actividad y me ofreces algunas propuestas o predicciones sobre ella, es razonable suponer que tu servicio sería mejor si monitorizaras también mis otras actividades. El hecho de que Google monitorice mis búsquedas en la red, mi correo electrónico, mi localización, hace que sus predicciones en cada una de estas categorías sean mucho más exactas que si monitorizara solamente una de ellas. Si llevas esta lógica a su conclusión final, queda claro que o quieres que haya doscientos proveedores diferentes de servicios de información, o solamente quieres uno porque los efectos acumulados hacen que las cosas sean más fáciles para los usuarios. Desde luego, la cuestión importante es si el actor tiene que ser una empresa capitalista privada o algún conjunto de servicios, federados, con una dirección pública que pudiera alcanzar un acuerdo para compartir datos, libre de la monitorización de las agencias de inteligencia.

El transporte público probablemente funcionaría mucho mejor si lo pudiéramos coordinar basándonos en la localización de cada uno, con alguna clase de analítica predictiva sobre dónde necesitas recoger a la gente, a diferencia de los rígidos sistemas actuales, en los que los trenes algunas veces van vacíos. Eso no solamente reduciría los costes, sino que ayudaría a organizar una infraestructura más beneficiosa para el medioambiente. No quisiera obligar a todo el mundo a llevar un brazalete electrónico, pero no estoy en contra de los mecanismos de monitorización como tales, aunque quizá deberían funcionar a escala del país y no necesiten ser globales. Si intentas imaginar cómo puede funcionar un régimen no neoliberal en el siglo XXI, y ser constructivo tanto en relación al medioambiente como a la tecnología, tienes que abordar esta clase de cuestiones. No hay manera de evitarlas. Hará falta cierta clase de planificación básica y pensar en una infraestructura de información general para nuestra vida comunitaria, en vez de un grupo de servicios que puede proporcionar cualquier compañía. Los socialdemócratas te dirán que de acuerdo, que regularemos a las empresas privadas para que lo hagan. Pero no creo que eso sea plausible. Resulta difícil maginar que significaría regular Google en este momento. Para ellos, regular Google significa hacer que pague más impuestos. Bien, dejemos que paguen más. Pero eso no serviría para abordar las cuestiones más fundamentales. Por el momento no tenemos ni el poder ni los recursos para hacerlo. En Europa no hay una voluntad política para desarrollar la necesaria perspectiva alternativa. Desde luego, las cosas pueden cambiar, ¿quién sabe lo que puede suceder si Podemos y Syriza ganan las próximas elecciones? Actualmente todo lo que podemos hacer es intentar articular alguna clase de perspectiva utópica de lo que supondría un mundo no neoliberal pero favorable a la tecnología.

¿Cuáles serían los requisitos previos para los acuerdos relativamente benignos sobre los big data centralizados que imaginas que habría que cumplir?

A escala nacional necesitamos gobiernos que no ofrezcan el evangelio neoliberal. En este momento habría que ser muy audaz para decir que no pensamos que las empresas privadas deban dirigir estas cosas. También necesitamos gobiernos que hagan una apuesta y digan: creemos en la privacidad de los individuos, así que no vamos a someter todo lo que hacen a la monitorización, y vamos a poner en marcha un sólido sistema legal para apoyar todas las solicitudes de datos. Pero aquí es donde el asunto se vuelve engañoso porque podrías acabar en un excesivo legalismo que corroa la infraestructura de manera contraproducente. La cuestión es cómo podemos construir un sistema que favorezca realmente a los ciudadanos y que quizá incluso favorezca alguna clase de competencia en sus mecanismos de búsqueda. Las compañías más poderosas obtienen sus ventajas no de sus algoritmos, sino de los datos, y la única manera de frenar ese poder es sacar los datos completamente fuera del ámbito del mercado de manera que no sean propiedad de ninguna empresa. Los datos pertenecen a los ciudadanos y podrían compartirse a varios niveles sociales. Las empresas que los quisieran utilizar pagarían alguna clase licencia y solo podrían acceder a atributos de la información, no a la totalidad de la misma.

A no ser que encontremos un régimen sociolegal que permita que este volumen de datos continúe creciendo sin que acabe en silos empresariales como Google o Facebook, no iremos demasiado lejos. Pero una vez que lo tengamos, podría haber toda clase de experimentación social. Con suficientes datos se podría empezar a planificar más allá del horizonte del consumidor individual y hacerlo a escala de comunidad, vecindario, ciudad, etcétera. Esa es la única manera de evitar la centralización. A no ser que cambiemos el estatus legal de los datos, no vamos a ir muy lejos.

¿Crees que la elección fundamental está entre dos clases diferentes de mundos de big data, uno dirigido por empresas privadas como Google y Facebook, y el otro, por algo parecido al Estado?

No estoy diciendo que el sistema deba ser dirigido por el Estado, pero por lo menos habría que aprobar alguna clase de legislación para cambiar el estatus de los datos y se necesitaría que el Estado impusiera su cumplimiento. Ciertamente, por lo demás, cuanto menos esté implicado el Estado, mejor. No estoy diciendo que debería haber una actuación al estilo de la Stasi absorbiendo los datos de todo el mundo. La idea de la izquierda radical sobre lo común probablemente tenga alguna contribución que hacer aquí. Hay maneras por las que puedes definir una estructura para este almacenamiento de datos, su propiedad y formas de compartirlos, que no revierta en un depósito centralmente planificado y dirigido. Cuando es propiedad de los ciudadanos, no tiene que ser necesariamente propiedad del Estado.

Así que no creo que esas sean las dos únicas opciones. Otra idea ha sido romper el monopolio de Google y Facebook dando a los ciudadanos la propiedad de sus datos, pero sin cambiar su estatus legal fundamental. De ese modo tratas la información sobre individuos como una mercancía que ellos pueden vender. Este es el modelo de Jaron Lanier. Pero si conviertes los datos en máquinas para que los ciudadanos hagan dinero, con lo que todos nos convertiremos en empresarios, eso llevará el grado de financiarización de la vida diaria a su nivel más extremo. Conducirá a que la gente se obsesione con monetizar sus pensamientos, emociones, hechos e ideas, sabiendo que, si se pueden expresar, quizá encuentren un comprador en el mercado. Eso produciría un escenario humano peor que la actual subjetividad neoliberal. Creo que solamente hay tres opciones. Podemos mantener las cosas tal y como están, con Google y Facebook centralizando todo y recogiendo todos los datos, sobre la base de que ellos tienen los mejores algoritmos y generan las mejores predicciones, etcétera. Podemos cambiar el estatus de los datos para permitir que los ciudadanos sean sus dueños y los vendan. O los ciudadanos pueden ser los dueños de sus datos, pero no pueden venderlos, para permitir una planificación más comunal de sus vidas. Esa es la opción que prefiero.

¿Así que rechazas la idea de que el futuro inevitablemente parecerá más de lo mismo: concentraciones a gran escala de poder informático y gestión de los datos por algún monopolio?

Los frentes de batalla están claros. Se trata de si todos estos sensores, filtros, perfiles y algoritmos pueden ser utilizados por ciudadanos y comunidades para alguna clase de emancipación de las burocracias y empresas. Si continúan las actuales tendencias económicas, sociales y políticas, resulta concebible que acabemos con una automatización de los datos para los pobres –de manera que puedan dedicar todo su tiempo al trabajo– mientras que los ricos disfruten cultivando sus sentidos, aprendiendo idiomas, arte y estudiando. Esos son mis temores. Pero este no es un asunto del futuro de la informatización como tal; es sobre para qué puede utilizarse. Por un lado, podemos imaginar a estas compañías ampliando su alcance todavía más en la vida cotidiana, hasta tal punto que sería muy difícil incluso articular por qué se querría un modelo diferente, ya que nuestra utilización de estas tecnologías, y las políticas que llevan incorporadas, también permite o limita nuestras maneras de pensar sobre cómo vivir. Por otro lado, podemos especular sobre un futuro utópico en el que la tecnología desempeña el papel que le asignó en la década de 1960 Murray Bookchin en su ensayo Post-Scarcity Anarchism: ayudándonos a vivir en la abundancia.

Fuente: https://www.diagonalperiodico.net/saberes/28233-socializad-centros-datos.html

Fuente original: http://newleftreview.org/II/91/evgeny-morozov-socialize-the-data-centres