Tres generaciones del Ateneo / Discurso de Don Manuel Azaña

Posted on 2015/11/08

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user_50_0el_sal_n_de_actos_decorado_por_arturo_m_lida_Azaña, Manuel. Tres generaciones del Ateneo .

Discurso leído, como Presidente del Ateneo, el 20 de noviembre de 1930, en la sesión de apertura de curso. Discurso procedente de las Obras Completas de Manuel Azaña [compilación, prefacio, prólogo y biografía. Juan Marichal]. MéxicoMadrid, 1985

MIS RECUERDOS personales del Ateneo de Madrid se remontan a una treintena de años. De esta sociedad, ya pronto centenaria, he visto transcurrir el tercio de su vida. Estoy, pues, con la gente de mi tiempo que ahora llega normalmente a la madurez fructuosa del otoño, en el grupo de ateneístas volcado a participar en la cuarta generación de nuestra historia social, si esta casa perdura. La generación primera incluye a los románticos fundadores, que dio al Ateneo, cuando menos, tres presidentes: el duque don Ángel; Galiano, ya desviado del romanticismo como de un extravío juvenil, y Donoso Cortés, de quien hemos visto retoñar no hace mucho, a la vera de su efigie, las tesis ultramontanas. La generación segunda incluye a los artistas e intelectuales burgueses llegados a la vida pública después de fracasar en toda Europa la revolución de 1848. Bajo la férula del moderantismo, lo más granado de la sociedad española se aplica a vendimiar el poder, haciendo bueno el apóstrofe de Javier de Burgos: ¡Hay mucha gloria que conquistar; mucho dinero que ganar!” En el Ateneo preside Martínez de la Rosa, elegante filósofo de la moderación y del justo medio. Pero hay en el Ateneo, no obstante su novedad, juventud y veteranía. En la década de los 50 brillan los hombres que han de llenar la segunda mitad del siglo: Campo amor, Cánovas, Valera, Castelar. El ocaso de esta generación incide en la crisis del 98. La juventud que incorpora a su vida sentimental y padece en su formación de bancarrota del siglo será la generación tercera del Ateneo, y sin haberlo gobernado nunca, difunde su espíritu, crea el Ateneo disidente, sacándolo del marasmo en que lo tenían preso los númenes canovistas. En el ápice de esta generación veo a Unamuno. Citar a otros no hace al caso. No establezco una nómina; evoco el sentir general, que algunos acertaron a expresar superiormente, formado de esquivez, sabor acerbo y soledad.

En cada generación de las tres que el marco histórico del Ateneo me da hechas, la inteligencia especulativa, la sensibilidad, la fantasía creadora y el espíritu crítico, valores que el Ateneo estimula y pone en curso, se manifiestan según las vicisitudes del conflicto entre la sociedad y la persona.

La generación romántica, al fundar este Ateneo en 1835, no estaba ya en la primera juventud, y no hizo más que restaurar o reponer con mayor lustre el Ateneo científico, literario y artístico, nacido al calor del movimiento liberal de 1820.

Del primer Ateneo dice uno de sus fundadores, Antonio Alcalá Galiano, comparándolo con la sociedad de Amigos del orden, instalada en La Fontana de Oro, que, a diferencia de la sociedad de La Fontana, en el Ateneo no se hablaba para el público, sino para los socios; de donde puede colegirse que en sentimientos e inclinaciones ambas sociedades se parecían. Y consta luego el primer Ateneo, “sociedad pacífica y sesuda, tranquila e ilustrada”, al decir del mismo grandilocuente tribuno de La Fontana, intervino, fuera de sus muros, en los asuntos públicos: con motivo del proceso y prisión de los hermanos del marqués de Cerralbo, constitucionales ardorosos y miembros del Ateneo, complicados en una algarada de los guardias de Corps, el Ateneo, igual que La Fontana, elevó una representación al Gobierno, de la que resultaron la libertad de los detenidos y el procesamiento, por resolución de las Cortes, de la autoridad que los había encarcelado.

Cuando hablo, pues, de los fundadores, no quiero decir que el Ateneo fuese derivación del romanticismo, sino que, de cuantos concurren a crearlo, los más eminentes y memorables son románticos, y de resultas le imprimen carácter, como fueron parte principal y ?por algún tiempo? acento llamativo de la revolución política, anterior, y, más vasta que la reforma literaria.

El Ateneo de los románticos nace liberal, y liberal templado, con propósito de civilizar mediante la difusión de las luces. En aquel Madrid, trabajado por la calentura política, donde iban a contrapelo la desidia popular, la majeza pintoresca, el servilismo ignorante y la frenética acción de la nueva clase directora, que apenas pudo dirigir, se abre un refugio sereno, un poco adusto, en general respetado, frente a ras sociedades literarias más brillantes y más frívolas. Por respeto al saber, en nombre de la ciencia o de lo que tal parece, en nombre seguramente de los valores espirituales puros, el Ateneo se mantiene firme en tanto vaivén y teje una tradición sin desmentir su origen. La tradición del Ateneo se resume en tolerancia. Pero esta virtud no se adquiere de golpe: ha de acendrarse y clarificarse en buena solera.

Poblado de liberales que a veces ocupaban el gobierno legal y público de la nación, casi siempre el gobierno oculto de las logias, y que regían, en cuanto escritores, el gusto literario, cuando todo era combate en política y letras, podemos conjeturar que el Ateneo, en su primera forma no sería el archivo de la serenidad. Cargándose de años y de experiencia, el Ateneo sube a un grado más alto de sabiduría y se convierte en amparo de la libertad de opinión. La celebridad del Ateneo, en virtud de un privilegio que él solo se ha tomado, y más aún que su renombre, la autoridad moral basada en su largo ejercicio, son en cierto modo desconsoladoras: me desconsuela que en un país organizado sobre planta liberal una compañía se haga célebre porque en ella -salvo tropezones ruidosos, como el de hace seis meses, felizmente dominado- sé puede hablar con libertad. La primera generación del Ateneo es unitaria, activa, creadora.

De nada desentiende, nada restringe de su espíritu. Ninguno escatima la más humilde facultad de acción. Todas las biografías se asemejan: la logia, el club, el periódico, el presidio, el Parlamento, el Ministerio: estancias de los más notables. Llevan de frente la reputación literaria y el poder político.

El talento discursivo o la imaginación fértil, habilitan a un hombre para el gobierno. Nunca el Estado ha tenido servidores más brillantes; nunca la política y las letras han sellado más íntimo acuerdo. Su argumento es el progreso; su arma las luces; su título, el mérito propio; su fin, la libertad. Creían como en su propia vida, rasgo que importa subrayar, como iremos viendo. Leal a su sistema, aquella generación vivió las instituciones que fundaba, miró el Estado como la proyección moral de sus personas, de él se penetró y le dio su aliento, idénticos en el origen y en la suerte. Se instalaron sobre ruinas. Pero ellos, dejándose a la espalda el grandioso espectáculo inicial de la Península en llamas, el hambre, la desolación, la peste; dejándose a la espalda la feroz adversidad que Goya resume en Los fusilamientos del Dos de Mayo, no extraen de los caprichos negros de la fortuna motivos de desaliento, antes de coraje, de irrestañable amor a la vida, de confianza en el porvenir. Sobre las ruinas se ponen a edificar el alcázar de su ensueño. Del contraste entre la voluntad de su vida y el destino que la presidió, nace el apasionante dramatismo de aquella edad, compendio del drama político de nuestro siglo XIX El siglo está muy lejos de ser estúpido. Es peligroso poner en circulación una tontería en Madrid; arraiga como sus feas acacias. Salgo de la historia política pura y me acerco a lo humano. Veo el siglo en sus hombres, en la trama de sus vidas, y descubro su valor dramático, más profundo que el de los dramas expresados literariamente por los mejores poetas de su generación. El drama resulta de considerar en la intimidad calurosa de su ser personal lo que cada uno amó y pensó, tejiéndolo con sus deseos en acción, y verlos arrollados por lo que pudieron llamar fatalidad, para nosotros simple historia, aunque gravite sobre nosotros, y en parte nos determine, sea que queramos torcerla o proseguirla. Se ve, pues, que los hombres de este tiempo estamos inclusos en aquel drama y habremos de añadirle un acto, porque soportamos el peso de acciones ajenas y en su reato consiste el primer elemento dramático de nuestra vida pública.

Aquellas gentes, como revolucionarias, sabían de sobra lo que no todos los aspirantes a revolucionar han sabido, ni tal vez saben: que una revolución, para ser cumplida, necesita dos condiciones: cambiar la base económica del Poder; variar la base psicológica de la fidelidad. Más fortuna tuvieron en lograr la primera que la segunda. Unos cientos de familias, mediante el órgano legislativo de su creación, privaron de riquezas incalculables a sus dueños seculares, dueños en virtud de principios que los mismos expoliadores no se atrevieron en último término a destruir. Desde las apropiaciones territoriales por derecho de conquista, fuese en la Península para enriquecer a los grandes señores, fuese en la América colonizada, los españoles no habían presenciado suceso comparable ni visto alzarse de la nada una clase terrateniente resuelta a defender su título adquisitivo con todos los excesos de la autoridad. Los fundadores del Estado liberal formulan principios ante cuyas consecuencias retroceden; y a la inversa: se arrojan a tales actos de gobierno, cuya justificación reside en puntos de vista que en su original crudeza les horrorizan. Por otra parte, el Estado que esta clase de nuevos ricos viene llamada a sostener, soberano, heredero de la omnipotencia absorbente de la Corona borbónica, es un Estado inerme, una entelequia que a nadie intimida, y apenas se extiende más allá de las personas de sus conductores. Los liberales eran pocos, de hecho, y no podían dejar de serlo. “La revolución de España? escribe uno de los promotores del alzamiento de las Cabezas de San Juan? había sido obra de la conjuración de unos pocos y de la inquietud y asombro de la muchedumbre, y la nueva forma de gobierno establecida, no descansaba ni en la opinión general ni en interés de clases poderosas, y antes teniendo mucho contra sí, había menester algo que la mantuviese trabada y sólida, y este algo podría encontrarse en el interés y aun en las pasiones de secta.” No podían llegar a ser muchos en virtud de su doctrina.

Democracia y república los espantaban. Fundaron la libertad sobre un país “legal”, constituido por la riqueza y la ilustración de los mejores. El Estado liberal tendría que vivir sin base popular, falto del apoyo de los nueve décimos de la nación. Abajo quedaba la masa innumerable de las blusas y zamarras. Enfrente los poderes seculares desposeídos. La raíz psicológica de la fidelidad no tenía apenas donde encarnar. ¿A quién se obedece? ¿En virtud de qué? ¿Quién es capaz de hacerse obedecer libremente, o quién es dueño de la fuerza coactiva para implantar la obediencia? Estas preguntas no podían tener para los desposeídos ni para los proscritos respuesta satisfactoria.

La conclusión de este proceso, que no es cronológico, como bien se comprende, sino psicológico, se impone sola. La experiencia probó en 1823 que la pasión de secta no bastaba ?como quisiera Galiano? a mantener el régimen contra la hostilidad o la indiferencia de la mayoría. Los mismos que en 1812 degollaban franceses, los recibieron con alborozo y aplauso cuando venían a libertar al rey neto. De suerte que, decretada la expoliación territorial necesaria para formar un interés de clase adicta al régimen, los liberales necesitaron además “algo que lo mantuviese trabado y unido”; ese algo fue la transacción con las potencias históricas. Transigieron con la realeza, más aún: con la dinastía; transigieron con la Iglesia, y en apoyo del Estado, nacido de la Revolución, llamaron a las potestades en cuyo menoscabo la Revolución se había hecho. A transigir con la realeza dio ocasión una trifulca doméstica: “Tolero un poco de libertad ?dice la atribulada viuda de Fernando? si defiendes el trono de la inocente Isabel.” “Proscribo a la mitad más peligrosa de tu familia ¿responde el liberal? a cambio de los prestigios sentimentales e históricos que irradia la Corona.” Transigir con la Iglesia apaciguaba a los adeptos y podía desarmar a los adversarios. Los adquirentes de bienes nacionales tenían la conciencia escrupulosa. Que la Iglesia sobresanase lo hecho y lo diese por merced, a cambio de no repetirlo, y disfrutaran tranquilos las heredades de los frailes sin perder la esperanza del cielo. La Iglesia, temible por su acción pastoral, lo era también por otros motivos. El cura trabucaire, glorificado en la guerra de la Independencia, seguía pronto a lanzarse al campo, y de hecho se lanzaba o impelía a otros para que se lanzasen a luchar con el trono constitucional excomulgado. El precio de la transacción fue la libertad de conciencia, es decir, lo más valioso del principio liberal. El Estado renegó de su origen, ofuscó la razón política que lo define, y para seguir viviendo soberano en apariencia, decapitó la libertad individual, de que pretendía ser expresión y baluarte.

La transacción no debe entenderse como resultado de dos fuerzas sensiblemente iguales, que chocan, y ninguna prevalece. La transacción se concierta de antemano en los espíritus que gobiernan la fuerza asaltante. Ninguna lección quebranta su inverosímil lealtad. Casi regando con lágrimas el chaleco de Martínez de la Rosa, Fernando VII decía: “¿Qué haré si los hombres honrados como tú me abandonan?” Escena de lágrimas, de que ha llegado, hasta nosotros algún vapor, bastante a sofocar el natural recelo de un hombre metido seis años en presidio por sentencia personal del rey. A la nueva clase, advenida al poder político y a la riqueza merced a la Revolución, no le costó trabajo alguno ladearse a los valores históricos: a fuerza de oírse llamar a la obediencia, al respeto y a la fidelidad, en nombre de la Corona y de la Iglesia, concluyó poniendo al servicio de ambas la fuerza política y el poderío económico que frente a ellas y para tenerlas a raya conquistó.

La disputa por la fuerza coactiva, y su resultado de más bulto: el papel preponderante del ejército en nuestro siglo XIX, denotan en la realidad del gobierno aquella disociación profunda del Estado liberal. El liberalismo español nace entre guerras. Siempre hay ruido de armas entre los defensores la nación. Una coplilla los moteja:

Vosotros, nacionalistas y
liberales,
andabais poseídos
de aires marciales.

En el campo opuesto el estruendo bélico no es menor. Deshecha la jerarquía, abolidos los antiguos resortes de obediencia, los nuevos no sujetan el espíritu del soldado. La fuerza adquiere noción de su calidad decisiva. Si en la sociedad española los caminos están abiertos a la ambición, al talento y a la audacia, sucede lo mismo en el ejército, imagen reducida de la sociedad que lo sostiene. Se constituye un poder árbitro entre la Corona y el Parlamento. La Corona, malcontenta en su nueva situación, adula y soborna al ejército para lanzarlo contra las Cortes. El rey Fernando urde el primer pronunciamiento por la tiranía. A su vez el Parlamento, y en su nombre los partidos parlamentarios, conspiran con el ejército para amedrentar a la Corona, o lo sublevan para rescatar el poder. La Corona y el Parlamento no han sido bastante fuertes ni audaces para arrojarse a destruir al adversario definitivamente. Este juego engendró una fábula capital del siglo: la fábula del ejército instaurador de la libertad. Idea popular a cuya difusión consagró Galdós no sé cuántos volúmenes; bastaría la cuenta de los pronunciamientos para demostrar su falsedad. El ejército, en su papel de árbitro, no iba a ser distinto de la clase social que en su organismo prepondera, y la ha seguido en su evolución. A muchos les habrá pesado; era inevitable que la burguesía española, por no haber sido a su hora, que tal vez pasó para siempre, bastante radical, se viese un día a los pies de sus hijos, tenientes de infantería, y con los burgueses toda la nación.

La segunda generación del Ateneo aparece en un momento crítico. Después de las tormentas del 48, la ilación del siglo se trunca. El humanitarismo revolucionario que hacía verter sangre en la misma barricada al obrero y al burgués, cambia de signo. Todavía en la revolución alemana, Marx y sus amigos se juntan con los republicanos de tipo clásico; todavía el 48, los católicos liberales y nacionalistas de Italia confiaban en que el Papa acaudillase la insurrección libertadora. Pero ha surgido un nuevo concepto de revolución y de clase, que se engendra en una nueva dialéctica de la historia. El siglo cambia de faz, de aspiraciones, de motivos. Los gestores del Estado liberal estrechan las filas e imponen para salvar el régimen un orden legal sofocante. Las gentes de que voy a hablar conocieron la reacción austriaca contra las libertades italianas, el desquite prusiano contra la república alemana, el sacrificio de Hungría, ?el asiento del orden bonapartista en Francia, la ruptura doctrinal de la Iglesia con la libertad, y la amenaza de Rusia, llamada elegantemente por los periódicos “el coloso del Norte”, guardián de la paz pública. Los motivos dominantes en esta generación, más que para impulsarla a ensayar novedades, son propios para retenerla, porque todos se reducen a desconfianza y temor, que refuerzan su altanería y su orgullo, basados en la posesión del mando. Desengaño de las promesas revolucionarias, de cuyos desórdenes y fracaso hacían gran argumento; temor a las masas, soliviantadas por la conciencia de clase; altanería de hombres importantes, instruidos, adinerados. depositarios de la civilización moderna.

El moderantismo se instala para siempre, mediante una corta oligarquía de hombres entendidos en la administración y en los negocios, y acaba por anexionarse el Estado, convirtiéndolo en dependencia de un partido. Su política consiste en hallar un orden legal que cubra el despotismo, y en cebar las ambiciones con el fomento de los intereses materiales. Sus armas: el autoritarismo despótico y la corrupción. Dos hombres las manejan superiormente: Narváez y Sartorius. El general, providencia y un poco también castigo de los moderados, tuvo sus veleidades progresistas, y en un banquete patriótico improvisó un soneto horrible, henchido de amor a la libertad. Al poco tiempo, durante su primer ministerio, fusilaba por delitos políticos a unas doscientas personas. Esta criatura amable gobernó la represión del 48, con más víctimas que revolucionarios. Por su parte, Sartorius eleva a sistema la corrupción política, y alcanza la maestría en el arte de fabricar Parlamentos, sin diputados de oposición. Joven, atrayente, dúctil, reviste la corrupción en lo que tiene de personal, con apariencias de mecenazgo; el fundador del Teatro Español y del Teatro Real se atrae la lisonjera adhesión de una clientela de artistas; y, con pretexto de ayudar al talento, acomoda, pensiona y, en definitiva, soborna a una legión de escritores y periodistas. La nómina, que poseo y no la copio por su longitud, es aterradora.

Conocemos la ingenua confesión de un escritor de tercer orden, Miguel Agustín Príncipe, colaborador en una sociedad similar del Ateneo, el Museo científico literario y artístico. Príncipe quiere describirnos la crisis de la juventud, y los profundos motivos que lo llevan a pasarse al moderantismo. Hablando en plata, se reducen a esto: no se puede vivir fuera del aprisco ministerial. La política moderada se propone la felicidad del país enriqueciendo a los secuaces; o como ya se decía: “Alumbrando nuevas fuentes de riqueza.” (Las imágenes se petrifican en la prosa oficial.) Procura el auge de la industria y los valores mobiliarios, de que era arquetipo la fortuna inglesa. Pero, más que en el industrialismo inglés y en su órgano político, baluarte de la oligarquía fabril, los moderados se inspiran en la práctica Luis-Filipesca. De Inglaterra temen y admiran el dinero y la escuadra. Entonces se forja el mito prodigioso del oro inglés, antecesor ilustre en las preocupaciones ministeriales y en las diatribas contra la oposición, del oro ruso. El moderantismo declara concluida la era de las revoluciones y aseguradas sus conquistas. El progreso existe, pero se realiza dentro del marco de la Constitución moderada. Por vez primera se opone, como doctrina de gobierno, el bienestar personal a las controversias de principio. Se reputan estériles las batallas de partido. Se llama a la reconciliación en torno de un montecillo de oro. El porvenir es brillante. Cierto que España ?declara la prensa ministerial? está muy atrasada; pero su mismo atraso es gran ventaja, porque nos permite progresar con paso de gigante. Y se progresa, en efecto. Se negocia turbiamente a la sombra del poder, y en, la ganancia participan manos blancas. Notable sino: las concesiones de ferrocarriles se repartían en el Palacio Real. Y un realismo beato pretende encubrir el desorden con abusos de autoridad. Los directores de la sociedad española son autoritarios: unos, por fanáticos; otros, por escépticos. Hay ministro de Instrucción Pública que pide permiso al jefe de Policía para leer y tener libros socialistas. Otros ministros conservadores guardan en su biblioteca la literatura descreída y licenciosa del siglo XVIII francés. La Iglesia, ajustada la paz del Concordato, apoya al régimen, como si al fin la Providencia se hubiera decidido a tomarlo bajo su protección: se espera que, en caso de apuro, Dios dará la razón al Gobierno, si le obedece la Guardia civil.

Madrid ofrecía una extraña mezcla de primitivismo y dureza, de corrupción social y refinada elegancia. Los nuevos ricos remedaban a los nobles, se preocupaban del buen tono, introducían del extranjero comodidades y utensilios domésticos que no sabían usar; por ejemplo, las lámparas de cuerda. La zarzuela los enloquece y la diputan por lo más acabado y sublime del arte nacional. Se introducen por su dinero en la sociedad encopetada, que, concluidas las guerras y la revolución, se divierte locamente: en el invierno del 49 al 50 se dieron en las casas de la nobleza 250 grandes bailes, sin contar los de Palacio.

La juventud dorada se apasiona en pro o en contra de la Fuoco. Madrid se deja pisotear por los menudos pies de la bailarina. Luchan en la plaza un tigre y un toro: el tigre muere, y se forma una sociedad de salvamento del toro para que, curado, pueda estoquearlo Cúchares; la prensa publica el parte diario con los altibajos de la calentura del toro. Una noche pasa el viático junto al Teatro del Instituto: la escena se interrumpe, y el público permanece de hinojos hasta que deja de oírse la campanilla. ¿Puede extrañarnos que por los mismos días apareciese en las excavaciones de Itálica un pergamino con el parte que Publio Léntulo, gobernador de Judea, envió al Senado romano, comunicándole la aparición de Jesús y el comienzo de sus predicaciones? Los periódicos reproducen el texto. Cierta barbarie ostentosa, de gente adinerada y sin gusto, resplandece en las fiestas oficiales.

En el banquete de clausura de la junta o conferencia agrícola, al que asistían el Gobierno, el marido de la reina Cristina y el arzobispo de Toledo, se ofreció a la voracidad de los trescientos invitados dieciocho platos fuertes, sin contar los adornos y sainetes. Acabada la comida, los invitados acordaron llevar a la reina un ramillete colosal; y así lo hicieron, “yendo procesionalmente al Real Palacio, precedidos de la música de ingenieros, llevando en medio el ramillete monstruo, conducido por una veintena de hombres ocultos en el tinglado que lo sostenía, entre dos filas de hachones de viento y otras dos de guardias civiles”. Sobre todo esto, más revelador que los discursos académicos o los mensajes de la Corona, una capa de refinamiento y dandismo. Los diarios insertan las prescripciones de la moda masculina, con minuciosa cuenta de los botones del chaleco y del frac y la traza de los pespuntes. Los pollos suceden al petimetre, al currutaco, al calavera, al pisaverde, al calvatrueno, y anuncian al gomoso. El romanticismo en fuga deja en los modales urbanos un tono afectado, perifrástico. Había gente para saludarse de este modo: “Yo gozo del bien inestimable de la salud. ¿Se encuentra usted en el mismo venturoso caso?”

Del Ateneo, que vivía próspero, dirigido por Martínez de la Rosa; ni de sus cátedras, que eran más de veinte: de lenguas clásicas y modernas, de filosofía, literatura e historia, de religión y derecho, de ciencias naturales y arquitectura; ni de sus debates y sesiones literarias, nada diré. Por descargo de conciencia mencionaré a un conferenciante, el señor Montemayor, que había inventado un aparato de volar, de nombre El Eolo, y que en 1851 dio en el Ateneo algunas lecciones sobre Airestación. Confieso que nunca he oído hablar del Eolo ni de su inventor; y habiéndome tropezado con ellos en mis devaneos de curioso, pesan algo en mi conducta, si los relaciono con el estado actual de la navegación aérea. Si algún extraviado solicita esta tribuna para formular cualquier disparate, pienso en Montemayor, y me inclino a ser tolerante, no vaya a convertirse la extravagancia de hoy en la realidad de mañana. Hay que precaverse contra los chascos del porvenir.

La segunda generación de ateneístas, cuyos representantes más ilustres he citado al comienzo, aparece dividida contra sí misma. Unos, por escepticismo, se adaptan al orden establecido; otros, con voluntad creadora, se esfuerzan en subir la realidad española a un grado de compostura civil arreglado al interés de su clase. El de más allá, se opone al Estado, pensando que la reforma necesitada por el progreso abrirá una era de bienandanzas.

Campoamor, escéptico y algo cazurro, gobierna una provincia y es diputado con la “moderación”. Valera, humanista de cepa, incrédulo como un contertulio de D’Holbach, imbuido de filosofía crítica, conocedor de la indigencia y literaria de su tiempo, se alista en el moderantismo, a sabiendas de que hacerse “sartoriesco” es mancha imborrable. Castelar se eleva al humanitarismo conciliador, y su verbo amplifica el sentimiento de religiosidad que habita en su alma y la emoción estética ante la historia universal; a su modo, es providencialista, supliendo por la providencia personal la idea de progreso.

Cánovas, menos filósofo, menos artista y sensible que los otros tres, es el talento pragmático que pretende aprovechar las lecciones de la historia española y los datos positivos de la sociedad en que vive. Los cuatro denotan otros tantos modos de la mente española; prueban que la unidad de la generación anterior se había perdido, como la adhesión íntima a las instituciones y jerarquías en que estaban puestos. Siempre en disensión, trabaron polémicas ruidosas de que no queda ni memoria. Los cuatro representan la cumbre de los valores oficiales de España, en lo que afirman y en lo que niegan. En el Ateneo apenas circulaban otros.

Cuarenta años más tarde, los mismos hombres, en lo sumo del poder o la celebridad, pueblan el Olimpo de la restauración y apuran su vida en el Ateneo: sobre la restauración y el Ateneo pesa la mano de Cánovas. Su obra ¿les compensa la vida? Cánovas, político de realidades, ha creado el sistema más irreal de la historia española. La restauración proscribe el examen de las realidades del cuerpo español; no podía progresar dentro de sus líneas y se condenaba a la esterilidad; o si progresaba iba derecha a su propia destrucción. Cánovas lo sabía. Nadie ha tenido de los españoles peor opinión que Cánovas, y al caer fulminado como pertenecía a sus pretensiones de Titán, llevándose quizá la convicción de que su patria no le había merecido, rodó también el fardo que llevaba a cuestas. Castelar se rinde a la apariencia gobernada de todas maneras por Cánovas. El profetismo, la exaltación humanitaria se apagan. Castelar da por buena la ficción transaccional de la Regencia, como si la pasión de antaño no hubiese tenido otro designio que implantar, sin electores, el sufragio universal. Valera conoce la hinchazón y las representaciones ilusorias que alimentan la vida pública y nos da ejemplo de conformidad desalentada y burlona: “Donde Selles es un Sófocles ??escribe a su amigo Marcelino Menéndez y Pelayo? bien puede usted ser un ‘Píndaro y yo un Cervantes.” Con lo cual Valera destruye la base de su propia posición. Durante la guerra se había burlado dulcemente de los generales de Cuba: “¡ Pobrecitos! ?viene a decir???. No hay que hablar mal de ellos. Si no acaban con la insurrección, hacen cuanto pueden. ¡Bendígalos Dios! Consumada la catástrofe, Valera aconseja que nos dediquemos a tocar la zampoña, así como Don Quijote, después de su vencimiento, pensó hacerse pastor. Ninguno acertó a poner en línea la conducta y el pensamiento, lo que era y lo que representaba. Cánovas, en el ápice del poder, quisiera ser gran prosista, crítico e historiador. Discernía fallos sobre escuelas literarias como pudiera repartir actas de la mayoría. Valera, no contento con su autoridad de escritor, ambicionaba ser ministro, ganar amigos, adquirir poder. Castelar quisiera ser novelista sin observación, e historiador sin método.

Campoamor, más filósofo, tomaba el sol en el Retiro, viviendo sus Doloras, y oía misa los dorningos por no oír a su mujer.

Aquellos hombres, y los grupos en que solían brillar, declinaban o habían traspuesto el horizonte cuando pude incorporarme al Ateneo. Que me pareció entrar en un templo, sería hipérbole; el recinto lóbrego bastaba para creerme en las catacumbas. Viniendo del aire libre, el prestigio del local, formado de ranciedad, de misterio, sobrecoge al novato, que se imagina caer en el seno de la gran pirámide; al menos, yo me sobrecogí, síntoma de ingenuidad como ya no se usa. Frialdad, silencio, vejeces: eso había. Salas fuliginosas, el paramento negro, costumbres inveteradas, rutinas impuestas por los antiguos; y un tono casero, propiamente ateneísta, como el ambiente confinado, tabacoso y friolento. Concurrían ancianos ilustres que habían desempeñado papeles de importancia. En la Cacharrería, el más ameno conversador, Echegaray, tiritando en su abrigo de pieles juntos a la lumbre, mordíase la perilla para sofocar el enojo de alguna impertinencia mal sufrida. Figueroa, ciego, se hacía leer la prensa por un joven servicial. Pirala revolvía libros en la biblioteca. Otros personajes, a quienes yo creía sepultados en las páginas de La Estafeta de Palacio y demás cronicones del siglo, alentaban aquí, contemplando sus cicatrices. Concurrían eruditos de marca, acaudalados de saber noticioso, del saber que se dispersa estérilmente al morir el coleccionista. Concurrían algunos locos que la sorna glacial del doctor Simarro nos enviaba, elegidos en su clientela. Los viejos contaban como de ayer cosas antiguas, para mí antiquísimas. Un mozo sin experiencia del tiempo ni medida psicológica de la duración se imagina separado por un abismo ?del no ser al sede cuanto no han visto sus ojos. Pronto advertí en la situación moral del Ateneo cierta correspondencia con su hechura cavernosa: debía su aislamiento a la reputación de casa docta y sabihonda. Advertí también que esta catacumba lo es mucho más de cuanto promete su aspecto: por ella se penetra en lo recóndito del siglo.

Viniendo al Ateneo en los albores del 900, ateneístas más antiguos me contaban horrorizados que en julio del 98 los tertulianos de la Cacharrería brindaron con champaña por la supuesta victoriosa salida de la escuadra de Cervera en Santiago de Cuba. Ello denota hasta dónde subió la marea del patriotismo en este hogar del libre examen. También en el Ateneo la depresión se proporcionó al chasco padecido. Un aluvión de gente nueva lo puso a tono con el ambiente social. Madrid entraba en una fase de renovación, semejante, pero menos fuerte, a la que produjo años después la guerra europea. Madrid se esforzaba por subir un poco en el rango de capital: quería mejorarse, modernizarse. En aquella ciudad despaciosa, soleada, provinciana, propuesta a los desfiles regios y a las procesiones católicas, vestida de limpio el 2 de mayo, girando sobre el polo elegante del Teatro Real y el polo plebeyo de la plaza de toros, entonada por la humanidad galdosiana de la politiquería y los gomosos del Veloz club; plantel de jóvenes desbravados en Fornos, en la cuarta de Apolo y en las hospederías lúgubres del barrio de la Universidad, se enquistó un exotismo primerizo. Vinieron espectáculos insólitos. Los señoritos asistían de frac a las primeras funciones de variétés. Conocimos, aunque no lo parezca, mejoras urbanas: los primeros faros y los primeros tranvías eléctricos transformaban la calle.

Mudaba el gusto: sobrevinieron las sinrazones atroces del arquitecto modernista. Progresó el confort doméstico: la moralidad y el agua sellaron paces. El uso del baño dejó de ser, al menos en teoría, síntoma de inclinaciones pecaminosas: ciertas heroínas de Galdós al emprender lo que llaman las familias “mala vida”, comienzan a lavarse y fregotearse, como si llegaran al infierno de sus pecados por la vía acuática. Madrid pugnó, ganando el tiempo perdido, por acomodarse al nuevo siglo. La consigna era: modernidad.

Nos importa aquí sobremanera la modernidad en la disposición del ánimo, que tomó dos formas: tristeza y violencia. En el desmayo general del ánimo público, los más finos estuvieron tristes por influjo literario, contagiados de la moda delicuescente, tristes por desengaño precoz de una egolatría sin porvenir; el análisis los dejaba apáticos. Los jóvenes de veinticinco años hablaban de su fracaso. La inauguración de la vida miraba al Poniente :ninguna delicia mayor que demorarse en la melancólica languidez de un crepúsculo de otoño. La imagen cabal de una sazón tan rara pondría al joven desolado ?en un atardecer del bello octubre madrileño, bajo el primer aguijón del frío?, retrayéndose de la algazara a una intimidad clandestina, picada la facultad sensible por el ansia de un mañana sin objeto, la inquietud poética y la morbidez juvenil inexperta, con primores de perversión y extravío. La imagen implica los temas usuales: ” ¡La Vida… ! La Tarde… ! ¡Las Hojas… !” Todo con mayúscula. Ampara esta imagen el esplendor de un Poniente veneciano, cargado de aromas letales, abierta la granada simbólica. Los exquisitos percibían un eco perturbador, un son de remos, el sesgo paso de la góndola de D’Annunzio en la laguna de Venecia, portando el amor de Evelio Effrena y la Duse. La moda en el vestir prestó fugazmente librea a la tristeza. Se introdujo un atuendo lúgubre: gabán hasta el tobillo, ceñido a la cadera; corbata de abultado plastrón, liada dos veces al cuello; la cabellera larga, pegada al cráneo, que les daba aspecto de náufragos. Los pollos barbiponientes traían el rostro poblado de pelos románticos. La perversión, el satanismo, la afectada marchitez de flores desfallecidas, protegían la entrada de galicismos nuevos, que es gran mejora. Jacinto Benavente pugnaba por dominar al público, que aún lo repetía, temiéndolo introductor de una moral, de una estética demasiado audaces. Y en su avatar primero, quevedesco y bohemio, insospechado antecedente de su actual hechura de faquir indostánico, circulaba por Madrid, melenuda, enchisterada, escándalo de burgueses y señoritos, insolente promesa de un mañana fecundo, la magra humanidad de Valle Inclán.

Otra corriente de modernidad menos apacible rayó en lo tremebundo. En sus formas populares, o si se quiere triviales, que tejen lo cotidiano, se componía de una acepción bastante fútil del principio de la lucha por la vida, adaptado del darvinismo, y de fórmulas conversacionales de moral nietzscheana. Todo sujeto con pretensiones eludió el anatema común, profesando en la superhombría, declarándose animal de presa. El desdén, la agresión, la violencia, eran las virtudes teologales de la nueva escuela. La pedantería ingenua ensalzó el tipo de luchador. Todos luchaban, ignoro todavía con quién. Si pasado algún tiempo de no verlo, preguntábamos a un amigo: “¿Qué es de ti? ¿Qué haces?”, respondía: “Ya ves, siempre luchando.”

¡Cuántos luchadores de esta marca, aspirantes a romper la vieja moral de los esclavos y a darse su ley propia, concluyeron administrando justicia por cuenta del Estado en un villorrio pacífico; y muy contentos que viven!

Las primeras novelas de Azorín y Pío Baroja retratan hombres indecisos, flojos, desorientados, que por desdoblamiento enfermizo están como aparte de su vida y antes de cursarla se plantean mil cuestiones sobre su valor intrínseco. La Voluntad, Camino de perfección, son testimonios irrecusables.

La fuga lírica, en alas de la emoción amatoria, entreverada de añoranzas que palpitan en la fuerza del estilo, como el fantasma morador del vetusto y umbrío pazo de su quimera, se debe a tal creación memorable de Valle?Inclán. El personaje bravío y antisocial se cuaja en Pío Cid, más cargado de buenas intenciones que de aciertos. Si la rebeldía romántica, arremolinada en torno de Larra, lo subía en el pavés ??con mediana penetración de la intimidad del personaje y de la época, pues sólo pegándose un tiro en edad temprana pudo librarse Larra de ser ministro, embajador, académico y consejero de Estado los anarco-aristócratas, tal era el mote, propendían a encontrarse en el jirón de Ganivet, por más empapado que estuviese de sentimentalismo histórico y español de pura cepa ochocentista. Un crítico vino a promulgar ruidosamente en el Ateneo el evangelio ganivetiano: según dijo, Ganivet, en lo físico y lo moral, fue el tipo del superhombre, precursor de una raza que por misteriosas combinaciones zoológicas dejaría muy atrás al homo sapiens de nuestra era. El Ateneo, muy docto, pero entusiasta, crujía con los aplausos.

En el primer debate que presencié, el Ateneo quiso dilucidar si la forma poética está o no llamada a desaparecer.

Discutieron con largueza de palabras y tiempo. En el hogar de las letras hubo gente, y no poca, para creer extinguida la porción de la actividad espiritual designada por los hombres prácticos con el nombre de retórica; gente para creer que el nuevo siglo consistiría en máquinas, abonos químicos y sociedades para el fomento del crédito o la agricultura. En el teatro, el personaje simpático solía ser ingeniero, adornado del prestigio de las ciencias aplicadas, triunfantes sobre la especulación pura, la poesía y el arte. A veces, el médico reemplazaba al ingeniero, como en Amor y Ciencia, de Galdós, en espera de ser desalojado por el pedagogo o el biólogo. Tal espíritu cundió en el Ateneo precisamente al abrir su espléndida flor la lírica renovada; cuando la prosa ?que Campoamor equiparó al balido, como medio de expresión? recobraba por virtud del estilo un valor cuasi poemático, una categoría estética perdidos en nuestra lengua desde hacía dos siglos. Es difícil, aun siendo ateneísta, darse cuenta de lo que verdaderamente ocurre a nuestro alrededor.

En otro debate característico vinieron a desfogarse los impulsos de rebeldía. Formaban piña en el Ateneo algunos sociólogos, de quien no me queda tiempo para escribir los buenos ratos que les debimos. Desperdigados más tarde comisiones, congresos e institutos internacionales, mantienen la reputación de España, si no es que la crean, ante los cónclaves más graves de la suficiencia mundial. El tema en discusión sería el socialismo o el anarquismo, no recuerdo bien. Los sociólogos aportaron su dictamen. Junto a ellos concurrían los militantes: Pablo Iglesias, Jaime Vera y otros socialistas; el doctor Madinaveitia, intelectual anarquista; Federico Urales y su mujer, Soledad Gustavo, encargada de leer los discursos del marido; el futuro duque de Maura, tocado de diletantismo socializante; y entre Urales y la Gustavo, ,un joven entrerrubio, rasurado, impávido, que si lo aludía un adversario erguíase en el escaño y, abiertos los brazos, exclamaba: ” ¡Yo soy hombre de acción, no de palabra!” El hombre de acción, de pocas palabras, era don José Martínez Ruiz, todavía sin seudónimo

Lo más crudo y memorable de aquella transición fue la contienda de la gente nueva contra los viejos; memorable por su inaudito furor. Que una generación desaloje con poco miramiento a quien la antecede, es fenómeno útil y necesario; por tanto, normal en los pueblos que trazan su historia sobre la razón de variar. En el orden literario, el fenómeno se produce cuando en la cabeza de los escritores viejos se forma, como en la cabeza de los sapos viejos, la piedra sabia o estelión, panacea de los venenos. No sucede lo mismo en todas partes. Tengo yo leído que algunas tribus negras del centro de África veneran en tanto grado a la ancianidad, que los jóvenes, por asimilarse la prudencia, la cordura y el saber de los viejos, se los comen; el canibalismo viene a ser, aunque nos pese, un rito estomagante del culto a los antepasados y a la tradición, muy favorecido en España. Otras tribus del mismo color acostumbraban conservar el cráneo de los viejos untado de rojo y aceite, como estimulante reliquia y talismán defensivo. Los españoles, si no padecemos el tradicionalismo letárgico de los negros, somos inclinados a la admiración benévola. Aquí, en el Ateneo, no se conservan los cráneos; pero en algún modo los veneramos, confiriendo a los ilustres la ominosa distinción de quedar retratados en nuestra galería.

Siempre se ha entendido esta costumbre como recompensa rara, dirigida a despertar la emulación de los principiantes jóvenes; pero yo, a veces, lo dudo. Mirando el conjunto, me asalta la sospecha de hallarme ante una severa recordación de la vanidad de la gloria, como si al individuo trabajado por el afán de encumbrarse le pusieran delante, con la intención de Valdés Leal, las postrimerías del renombre. Dice la gente moza de aquel tiempo, rebelde a los valores tradicionales, arremetió contra los viejos como si fuera a devorarlos a usanza negra, no por reverencia, sino de aversión que les tuvo.

El impulso dado al Ateneo y el giro que lleva desde hace treinta años, expresan la mudanza sufrida en la conciencia pública. El Ateneo, enteco y casi arruinado merced a su gravedad en tiempos anteriores, se hizo numeroso, bullicioso y libre como nunca. Roto el acatamiento a lo consagrado, perdió aquí prestigio cuanto las instituciones de la sociedad española encumbran y avaloran. Buen síntoma fue que empezara a extenuarse la correspondencia tradicional entre la órbita ateneísta y el mundo político, singularmente el parlamentario. El Ateneo dejó de ser el palenque donde la imaginación del provinciano ambicioso soñaba distinguirse ante las autoridades de la Casa, ante un gran ministro, quizá ante el presidente del Consejo, que lo subirían de la mano a eminentes posiciones. La siembra del espíritu nuevo y la cosecha de sus frutos se han logrado sin mengua de nuestro carácter; antes, acendrándolo cuanto ha sido posible. A los jóvenes de entonces, la gravedad del Ateneo se nos imponía con fuerza que no puedo medir en los de ahora. Era el sentimiento de agregarse a una tradición viva, de recibir la primera hospitalidad ilustre y el reconocerse, perdido cada cual oscuramente en la masa de socios, partícipe de una función discordante, mal definida. El Ateneo excita la curiosidad personal mediante su biblioteca y sus debates, pero recibe y amplía impulsos individuales; es móvil, es resonador; recoge y propone. Muy pródigo y complejo, a veces fútil, con malgasto de tiempo y energía, es la más durable creación libre de un siglo, durable a causa de su libertad, que nos permite modelarlo sobre lo urgente. Borroso de límites, podemos pensarlo a nuestro modo, darle el contenido menos disímil con nuestro ser personal.

Inmediatamente, sin proponérselo siquiera, las gentes de que voy hablando influyeron su ánimo en las fortunas de acción del Ateneo. Sobre el efecto afinar la sensibilidad hasta el punto necesario para capital que las resume que, viniendo de las más distintas aplicaciones del talento y del trabajo, a la inteligencia “obcecada en el estudio” se eleve a los problemas generales de interés nacional? quedó impreso el cuño de aquella generación, que es el del Ateneo moderno.

Los románticos fundadores creyeron en el Estado que daban a luz como en su propia sustancia; los moderados, imbuidos de un doctrinarismo rígido a quien se debe los fundamentos del régimen representativo, aceptaron un Estado de cuya falacia original vivían persuadidos. Los hombres del 98, y sobre todo ?recuerdo las defecciones personales? su espíritu, en que nos hemos criado, instauraron la actitud de repulsa, trazaron el ángulo crítico, abrieron cauce al movimiento inaugural de una edad nueva, rompieron con cuanto el Estado representa; bien entendido que no empleo esa expresión en su estricta categoría jurídica, sino como representación, guía y tutor de una continuidad histórica. La repulsa, la crítica, el movimiento reformador, llegan ahora a punto de exaltación nacional, causados por recientes desdichas; pero antes de ser un hecho nacional, ya eran, en cuanto va de siglo, un hecho ateneísta. Cada vez que el Estado español organiza una catástrofe o presume eludir un problema cometiendo un crimen, se recrudece y ensancha la protesta. Las catástrofes se suceden con periodicidad bastante corta para que los sentimientos motores no se apaguen. Pero el manantial primero está en la aurora del siglo. Cuanto hemos visto suceder más tarde es imagen reducida de la conmoción original. Doloroso es el desastre de África, de menos monta, sin embargo, en el orden político, técnico y moral que las guerras coloniales y su término. Ominoso es que el Estado organizase hace diez años el asesinato, llevándolo de las Bellas Artes, en que un extravagante quiso situarlo, al régimen de gobierno; y muy sonrojante que los autores del crimen fuesen elevados a la dignidad ?si desde entonces puede aplicárseles este vocablo de consejeros de la Corona; no sé yo qué le habrán aconsejado. Pero ello no hace sino ampliar en cuantía, nunca en calidad, el sistema de fusilamientos, persecuciones y atrocidades memorables. Cada vez que la protesta recrece en el país, el Ateneo se agita, se vigoriza y aun se congestiona. La tensión actual del Ateneo condensa el estado paroxístico del ánimo público; dilata y corrobora otros días de agitación que acuden raudamente a mi memoria. Quien no los viese podrá entender por la agitación actual, como ante un experimento de laboratorio renovado a voluntad, la agitación antigua. No seré yo, ni los camaradas que conmigo vienen de la punzante soledad inscrita por Unamuno en la imagen del cardo silvestre; no seré yo, que con otros aguardaba verme un día menos solo, quien siembre desde esta tribuna la moderación ni el desmayo.

Volviendo ahora los ojos al mañana, es obvio que el Ateneo pondrá en las contiendas futuras su aportación genuina. Si mi esperanza no falla, cumplidas las setenta semanas de Daniel, saldremos de cautividad y podrá construirse el templo nuevo. En la gran renovación y trastorno necesitados por la sociedad española, la función del Ateneo es primordial. De las fuerzas activas, determinantes, que han de provocar las destrucciones irreparables deseadas, está en primer rango la inteligencia. Es menester una ideología poderosa, armazón de las voluntades tumultuarias. Es menester el hábito y la técnica de discurrir con tino para afrontar las creaciones históricas que se presentan ante el vulgo como argumentos irrebatibles. Solamente la facultad crítica, ebria de absoluto, avezada a las abstracciones, puede contrarrestar los monstruosos accidentes que pretenden vivir, ya esquilmada la sustancia de que fueron parásitos. La potencia intelectual se irrita del atropello de la verdad, y no puede, aunque quisiera, disimular el atropello, porque hay un pudor del entendimiento y no sufre ver profanado lo verdadero. Esta cualidad fomenta el Ateneo cuando provoca el acercamiento desinteresado de la inteligencia a los problemas políticos; hablo de política en su acepción más noble, eterna, inteligible para Demóstenes, para Colbert y para Trotzki. La tarea de suscitar y educar esa cualidad es necesaria y difícil. La sensibilidad política, como yo la pongo, es rara. Se conquista a fuerza de ilustración, de generosidad y de experiencia; pero el ánimo generoso y humanizado es el o de la cultura personal, equivalente en el orden cívico a la santidad. Se dirá -ya me lo han dicho? que esta fase de la actividad del Ate neo rompe la disciplina mental, quebranta la especialización, inexcusable si ha de hacerse algo bueno en la vida. Yo no lo entiendo así. No se pretende que el jurista, el biólogo, el filósofo, el poeta, prostituyan su trabajo profesional llevándolo a fines bastardos, extraños al puro objeto de su ciencia o suerte. Se pretende que, especialistas a su hora, sean hombres a todas. Y puesto que en su cualidad de hombres los constituye, entre otros, el hecho de pertenecer a una sociedad en trance de disolución y reforma, se pretende que la inteligencia pura explore esta parte de su humanidad verdadera, la entienda, la articule, la promulgue con el celo y la suficiencia conquistados en su oficio propio. Del sujeto que rehúsa mezclarse en las agitaciones del vulgoso pretexto de vivir en esfera sublime, yo desconfío: de su capacidad, si en efecto nuestras preocupaciones no le importan, y veo en ello, antes que distinción, señal de mengua y cortedad de espíritu; de su carácter, si se esquiva y retrae a una abstención prudente por ventaja personal o por librarse de la incómoda refriega.

Nada es más urgente en España que el concurso de la inteligencia pura en las contiendas civiles. Normalmente, los españoles somos poco propensos al libre examen, a valernos de nuestra razón personal. Hace tiempo, el señor Rodríguez Marín publicó un catálogo de 21.000 refranes; creo que después ha publicado otro de 13.000 refranes. Y yo me pregunto, un poco asustado: ¿Qué puede esperarse de un país con 34 000 refranes? Es de esperarse atonía del entendimiento. En cada trance específico, el español, antes que de su razón, echará mano de una fórmula genérica que le permita salir del paso sin fatiga de las meninges. No es menos clara nuestra falta de memoria, que nos impide en toda ocurrencia entender su origen, hallar su antecedente, presentir sus resultados probables. Refiere el historiador de los pinguinos, ponderando la frágil memoria de estos inocentes pájaros, que algunos se acostaban con su abuela y al día siguiente ya no se acordaban. De incontables nupcias nefandas los españoles no guardan recuerdo. Sin tales faltas de experiencia y actividad racional independiente, no habría españoles dispuestos a comulgar con ruedas de molino, ni habría habido, siete años ha, cuantioso número de gente (los hombres oscuros y modestos alabados por el profeta) capaz de creer que los problemas de gobierno rebeldes a la controversia libre iban a resolverse, mediante la supresión de toda actividad espiritual, por ocho brigadieres cuchicheando en torno de una mesa. Tamaña injuria al entendimiento no fue rechazada por cuantos debieron protestarla. De algunos corros intelectuales salieron consignas esotéricas, haciendo creer que el caso denigrante encerraba gran misterio, virtud de justicia distributiva, inasequibles para nosotros los vulgares. En España, de todo quiere hacerse pretexto para eludir el deber social. Ningún pretexto más pernicioso que el de fundar en el talento o el saber un privilegio contrario a la regla común. El talento es don natural, que por si a nadie cualifica. La sabiduría está al alcance de quien la quiera: basta estudiar para ser sabio, aunque el estudioso, larva de sabio, sea tonto. El talento y el saber se cualifican por la probidad de su empleo: consiste en reconocer la deuda con la sociedad y abnegarse para servirla, porque sin su apoyo y socorro, imperfectos cuanto se quiera, muchos que se engríen de ser talentudos, sabios o técnicos, y toman de ello ocasión para infringir las reglas elementales de la decencia pública, estarían destripando terrones. En España, las cosas de la cultura suelen tener pobre arraigo, aire de advenedizas, de ropita dominguera, como en país colonial, y desvanecen a los espíritus ligeros que con ella se adornan. La sabiduría, o lo que pasa por tal, corrompe a veces más que el dinero.

Concibo, pues, la función de la inteligencia en el orden político y social como empresa demoledora. En el estado presente de la sociedad española, nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparnos de la historia. Como hay personas heredo sifilíticas, así España es un país heredo?histórico. No hablo de la historia impasible, objetiva y, en fin, científica, si puede llegar a tanto, que algunos lo niegan; precisamente, si ha de ser ciencia, la historia debe abandonar cualquiera pretensión normativa ulterior al hallazgo de la verdad; no hablo tampoco de la historia en cuanto significa el hecho natural de un pueblo vivo, en su inconsciente devenir. El morbo histórico que corroe hasta los huesos del ente español no se engendra en la investigación ni en la crítica o análisis de los hechos; antes, la falta de esos hábitos mentales prepara el terreno y lo dispone a la invasión morbosa. España es víctima de una doctrina elaborada hace cuatro siglos en defensa y propaganda de la monarquía católica imperialista, sobrepuesta con el rigor de las armas al impulso espontáneo del pueblo. Inventa unos valores y una figura de lo español y los declara arquetipos. Exige la obligación moral de mantenerlos y continuar su linaje. Provee de motivos patéticos a la innumera caterva de sentimentales y vanidosos, semilocos, averiados por una instrucción falaz y un nacionalismo tramposo que ni siquiera se atreve a exhibir sus títulos actuales. Cada vez que la tiranía tradicional arroja la máscara y se costea a nuestras expensas el lujo de ostentar una semejanza de pensamiento y una emoción fluente, se vuelve al pasado. Hace siete años la tiranía fue a encerrarse con su legión de secuaces en el patio de la Mota de Medina, y ante los roídos ladrillos de una fortaleza medieval ?ilustre testigo, por cierto, de la última insurrección popular española? se declaró heredera y continuadora de Isabel la Católica. Hecho más significativo ?allende su primaria grotesquez? de lo que aparenta. Si la ocasión lo permitiese podría demostrarse que las pretensiones hereditarias del general dictador y su alucinación providencialista, emanadas del poso de una menguada enseñanza española, no fueron puro desatino. Precisamente por no serlo, el caso denota la profundidad de la lesión y la urgencia del remedio.

Ha de haber en el espíritu español un encogimiento medroso, que a muchos revolucionarios les ha impedido soltarse del pasado y botar su nave en las libres aguas del porvenir. Hace un siglo, los revolucionarios liberales se empeñaron en demostrar que su revolución restauraba instituciones arcaicas: Toreo, Argüelles, Martínez de la Rosa, el propio Martínez Marina y otros expositores del liberalismo español, torturan la tradición para autorizar su obra política. En tiempos modernos, un apóstol, casi un mártir de la regeneración española, estaba también poseído del mismo afán. Y no es raro todavía que de un pedazo de carta municipal del siglo XIII se pretenda sacar ??como de un hueso perdido dedujo el naturalista la armazón del esqueleto– la planta jurídica, amparo de mi libertad en el siglo xx. A favor de esta inclinación hereditaria, el morbo histórico estraga la porción dominante de la sociedad española. Los más de los españoles no lo reciben directamente, por que no pasan de la escuela, si por ventura la frecuentan, pero lo sufren en sus costillas. El cultivo se hace en la parte menor, a través de la educación, del contagio adquirido en su ambiente social. Ellos escriben después en los periódicos, publican libros, echan discursos, dirigen la producción, pueblan las oficinas, el ejército, gobiernan el Estado. De esta clase timorata, precavida, tullida de ánimos, recontando miserablemente los ochavos de su hacienda y los ochavos de su gloria, menos disconforme en la entraña con el espíritu y los métodos de la tiranía de cuanto ahora quiere decir, no debe esperarse nada; yo no lo espero, a causa del amoralismo de su técnica y la corrupción de su cultura. La obligación de la inteligencia, constituida, digámoslo así, en vasta premisa de demoliciones, consiste en buscar brazos donde los hay: brazos del hombre natural, en la bárbara robustez de su instinto, elevado a la tercera potencia a fuerza de injusticias. A ese hombre debe ir el celo caluroso de la inteligencia, aplicada a crear un nuevo tipo social. Tal es la semejanza de la política y el arte; en su virtud, la pasión política prende con facilidad en los más sensibles. La ciencia no se preocupa de los destinos de su objeto. Nosotros decimos que el cangrejo es un crustáceo; pero el cangrejo no la sabe. Esta es la ciencia, y al cangrejo no le importa ignorar dónde lo clasifican. Nosotros decimos que el hombre es ciudadano, pero los más de los hombres no lo saben.

Hacérselo saber y entender es admirable cebo para la facultad creadora. Los gruesos batallones populares, encauzados al objetivo que la inteligencia les señale, podrán ser la fórmula del mañana. En rigor, nunca las cosas han ocurrido de otra manera.

Si me preguntan cómo será el mañana, respondo que lo ignoro; además, no me importa. Tan sólo que el presente y su módulo podrido se destruyan. Si agitan el fantasma del caos social, me río. “Caos social” es muy necia expresión. De chico me enseñaban a probar la existencia de Dios con el argumento ?entre otros? del orden maravilloso reinante en el Universo. Y yo me preguntaba: ¿se concebiría el Universo desordenado? Si no hubiese Dios, ¿andarían las estrellas dándose trompicones por el espacio? ¿No se establecería por acción y reacción de las masas un equilibrio que los físicos me describen en las leyes de la Mecánica? Este argumento -concluía- no prueba nada. Otro tanto digo del caos social; no es menester que yo intente ordenarlo. Si me arrojan a la cara como un baldón que este punto de vista hace tabla rasa de lo español, evapora las esencias nacionales y maltrata nuestro carácter, me niego incluso a rebatir el argumento.

No todo lo español merece conservarse por el hecho de existir. Nadie podrá delimitar con criterio que se me imponga como una verdad científica la imitación y lo genuino. Abundar en lo español no es regla utilizable en ninguna creación: lleva a risibles anacronismos y mascaradas. Díganle a un pintor con talento original que se atenga a recopilar los maestros del Prado; sería condenarlo a muerte eterna, y, en definitiva, sería impedirle continuar la tradición que tanto se alaba. Así en política. Ninguna obra podemos fundar en las tradiciones españolas, sino en las categorías universales humanas. Subsistirá lo español compatible con ellas; el carácter, en su fuerza profunda, sabrá manifestarse, tal vez a nuestro pesar, de seguro sin nuestro permiso, como se revela y declara en las civilizaciones florecidas sobre el suelo peninsular. Es peligroso emplazar a las gentes para un mañana próximo, sobre todo si está en alguna manera pendiente de nuestra acción personal. Sobreviene el fracaso y queda uno expuesto al sarcasmo y la burla. También yo manejo el sarcasmo, pero me abstengo si la ocasión excede de mi gusto e interés propio, ni puede someterse a los altibajos del humor. El porvenir será nuestro como obra del pensamiento, del trabajo, de la energía, no de la Providencia ni de un vago Destino, formado generalmente con la suma de los desmayos y menguas de la voluntad. Esta confianza tiene otro arraigo y vigor que las volátiles quimeras juveniles. Se funda en mi experiencia de la vida. Imaginarse que el brío personal repone la novedad del mundo, es propio de un joven. Cada cosa nueva en su experiencia vale por un hallazgo no soñado siquiera. Oleadas de sangre moza sustituyen a la sangre amortecida y caduca. Tantas veces como la marea ascendente de la sangre penetra en la vida pública, viene bajo la hechicera imagen de una misión inaugural: comienza otra jornada, tiempo nuevo. Pretenden rehacer el mundo a su semejanza: condición de nuestra felicidad jamás cumplida, porque las imperfecciones del mundo consisten en no estar hecho a mi gusto, es decir, para cada uno, a su igual. De este deseo, por más que se malogre, sólo es posible hablar bien: engendra el progreso, libra sobre albores remotos la razón de la vida, y, según la explicación mitológica de nuestro origen, le debe el mundo su advenimiento al ser. En los senos de la eternidad y la nada, al pensar el mundo, Dios lo creó a medida de su deseo, por donde viene a saberse, gracias al Génesis, que Dios tenía imaginación. Se logró, por una vez, ese afán de que arde en cada hombre una chispita. En el hombre hay, pues, algo de divino. La fantasía, la quimera, la voluntad creadora, el don poético y el arrebato fatídico, recuerdan su hijuela en la divinidad; o bien el hombre, al pensar sus dioses, les regala un entusiasmo capaz, en el orden sensible, de aquello que el hombre sólo acaba en lo poético: engendrar criaturas, o, mejor dicho, crearlas a su imagen y semejanza mediante la palabra.

La misión inaugural del tiempo nuevo tropieza, antes de agotarse, con un obstáculo vencible a costa de la vida: la posesión del mundo por otras gentes, que no admiten ser desahuciadas de su posesión. El deseo de la gente vieja, o siquiera madura, no es diverso del de la gente moza.

Cabalmente por ser el mismo, les es contrario o enemigo. Ellos también quisieron acomodar el mundo a su imagen, creyeron perfeccionarlo. En día no lejano salieron a este piélago, soplando amenazas. Han expulsado y reemplazado a otros, como ahora se ven en trance de expulsión y reemplazo. Si no conservan la candorosa esperanza juvenil de salir todavía a un mañana perfecto, o están muy corrompidos, pero dichosos y se regalan en los favores y ofrendas del mundo, o están chasqueados y melancólicos, creyendo saber que en el mundo nada se reforma ni se restaura. De advertir que los jóvenes caerán, como ellos cayeron, en esa trampa, proviene la pausa socarrona y la algidez de los viejos. La sangre moza está llamada a triunfar, y es mucha lástima, del obstáculo que se le opone: sin remisión lo vencerá, dejándose en el camino la virtud misma de vencer. De pronto no halla delante nadie que estorbe, nadie que por contraste le acentúe la novedad. Cuando menos lo espera se ve en la cúspide del respeto, de la gravedad, e incluso se figura que es grave y respetable con mejores motivos que otros no lo fueron. ¿Qué se ha hecho del tiempo nuevo inaugurado en la juventud? Si enumero las razones de creer que el mundo no ha variado ante mis ojos, conozco, aun siendo las razones verdaderas, que me engaño; conozco también que me engaño si pondero las razones de creer que es ya muy otro. Así, todo es incertidumbre y zozobra. No puede negarse el movimiento, pero la gradación es tan sutil y pausada, que el ritmo de la vida personal resulta, por contraste, velocísimo. La actitud filosófica sería reconocer que las condiciones generales de la vida moral varían por trancos apenas perceptibles; que entre novedad y marchitez, la distancia es biográfica y personal, sin correspondencia con el mundo impasible. Esta prevención razonable no la atienden todos, los viejos no más que los jóvenes. La sangre moza se imagina que el mundo nace de su calor; la sangre amortecida, que con ella descaece la
vida. Cada generación se persuade que las desdichas de su edad han corrido de un otro a un ocaso. Cuando echa de menos el brío juvenil, imaginase que concluye y resume en sí una vuelta redonda del tiempo histórico. De tales preocupaciones y falacia el espíritu vigoroso está obligado a emanciparse. Como del localismo geográfico, así está obligada la razón a liberarse del localismo temporal, que corta la duración en círculos intangentes, trazados sobre la edad. Veinte años, o veinticinco, o cincuenta, o sesenta, se
tienen una vez, y sólo por trescientos sesenta y cinco días si el año no es bisiesto.

Ninguna justificación más frágil de la generosidad del ánimo, que el título de juventud; es preparar la coartada al egoísmo de la vejez. En materias pendientes del raciocinio, la colaboración se establece por pareceres. Y en el juego de las generaciones del Ateneo que me ha servido de marco para trazar este discurso, si ha de formarse una nueva, se compondrá de los hombres de, cualquier edad que suban arrebatados por el mismo vendaval al rango de testigos excepcionales del tiempo venidero. Barrunto que no se ha organizado todavía la generación a que quisiera pertenecer.

Otros vendrán a formular y comentar aquí la solución del enigma. Quien ocupe este puesto dentro de cinco años, en ocasión más solemne, y esté con vosotros celebrando el primer centenario del Ateneo, recordará, al conjugar nuestra historia social, la del espíritu público y la acción de los hombres que fugazmente hayan pasado por el cenit de esta casa, si el acierto y la fortuna han corroborado mis previsiones, o si no hemos hecho más que prolongar la cadena de descontentos, murmurante y quejosa desde hace siglos al margen de la España oficial.

Nota: Discurso sacado de las obras completas de Manuel Azaña[compilación..prefacio..prologo y bibliografía..Juan Marichal…]
[Primera Edición]
México Oasis.-[Al Fin Panamericanas]
[1966-68]
4 Vols.-27,5 cm
Volumen I

 

 

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