Ucronía: El punto jumbar en la obra de Phillip K. Dick, «El hombre en el castillo»

Posted on 2015/11/26

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Inquietante y polisémico trailer de «The man in the high castle», la serie basada en la novela de P.K. Dick

El punto Jumbar en esta novela de Phillip K. Dick es el asesinato de Roosevelt en Miami en 1933 (Ver noticia de la época: ABC-17.02.1933, cuando acababa de ser elegido; si en la historia real el asesino Giuseppe Zangara fracasó en su intento de matarle —al parecer deseaba matar al presidente saliente Hoover—, en la novela lo logra. El resultado es el colapso del proyecto del  New Deal que ni siquiera será aplicado con el consiguiente resultado de que la Depresión continua y se profundiza en el hundimiento económico y del nivel de vida, para finalmente acabar en el retorno al poder de los conservadores y aislacionistas, que desarrollaran una política exterior filonazi que no por ello impide que al atacar Japón, la Alemania nazi entre en guerra para derrotar a Estados Unidos tras el colapso de la URSS (la batalla de Stalingrado no se produce, pues caen antes); los EE.UU son los que firman el Pacto de No Agresión con el Reich, que así puede atacar libremente a la URSS. En la actualidad se está emitiendo en los EE.UU. una serie de tv que recrea la novela, y algunos anuncios promocionales están causando protestas

Phillip K. Dick, El hombre en el castillo, Minotauro, pp. 31-33

La muchacha se vistió, y luego mientras Wyndam-Matson iba al ropero a buscarle el abrigo, se paseó por la sala. Parecía pensativa, ausente, hasta un poco deprimida quizá. El pasado entristece a la gente, reflexionó Wyndam-Matson. Maldita sea, ¿por qué se le habría ocurrido sacar el tema? Pero demonios, era tan joven. Lo más probable era que no hubiese oído nunca el nombre de Roosevelt.

Rita se arrodilló junto a la biblioteca.
—¿Leíste esto? —preguntó sacando un libro.
Wyndam-Matson acercó los ojos miopes. Una cubierta de colores brillantes. Una novela.
—No —dijo—. Mi mujer compra esas cosas. Lee mucho.
—Tendrías que leerla.
Sintiéndose aun decepcionado, Wyndam-Matson tomó el libro y miró el título. La langosta se ha posado.
—¿No es uno de esos libros prohibidos en Boston? —preguntó.
—Prohibido en todos los Estados Unidos. Y en Europa, por supuesto.
La muchacha había ido hacia el vestíbulo y ahora estaba allí, esperando.
—He oído hablar de este Hawthorne Abendsen —dijo Wyndam-Matson.
En realidad nunca había oído el nombre. Y no recordaba nada del libro, excepto que era muy popular en ese momento. Otra moda. Otra locura colectiva. Se inclinó y metió el volumen en el estante.

—No tengo tiempo para leer obras populares de ficción. Estoy demasiado ocupado con el trabajo.

Las secretarias, pensó ácidamente, leían esa basura, solas, en cama, antes de dormir. Un menguado sustituto de la realidad, que temían y deseaban.

—Una de esas historias de amor —dijo mientras abría malhumorado la puerta del vestíbulo.
—No —dijo la muchacha—. Una historia de guerra. —Y añadió mientras iban por el pasillo hacia el ascensor—: Dice lo mismo que mis padres.

—¿Quién? ¿Ese Abbotson?
—Sí. Sostiene la teoría de que si Joe Zangara no lo hubiese matado, Roosevelt habría sacado a EE.UU. de la depresión, y luego de armar al ejército…

Se interrumpió. Habían llegado al ascensor y había otra gente esperando.

Más tarde, mientras iban por las calles nocturnas en el Mercedes Benz de Matson, Rita prosiguió: Según Abendsen, Roosevelt hubiese sido un presidente tremendamente enérgico. Tanto como Lincoln. Nos dejó una muestra en el año que fue presidente, con todas esas innovaciones. El libro es una obra de ficción. Quiero decir que es un relato novelado. Roosevelt no es asesinado en Miami. Continua su mandato y lo reeligen en 1936, de modo que es presidente hasta 1940, hasta los primeros años de la guerra. ¿Entiendes? Es todavía presidente cuando Alemania ataca a Inglaterra, a Francia y a Polonia. Es testigo de todo eso y prepara al país. Garner fue un presidente realmente mediocre. Podía haber evitado muchas cosas. Y luego, en 1940, hubieran elegido a un demócrata y no a Bricker, y…

—De acuerdo con ese Abelson —interrumpió Wyndam-Matson.

Miró a la muchacha. Dios, leían un libro, pensó, y luego charlaban toda la vida.

—El libro dice que en 1940, después de Roosevelt, el presidente habría sido Rexford Tugwell, y no un aislacionista como Bricker. —La muchacha hablaba ahora animadamente, moviendo las manos. Las luces del tránsito se le reflejaban en la cara tersa—. Y Tagwell hubiera continuado la política antinazi de Roosevelt, y Alemania no se hubiera atrevido a auxiliar al Japón en 1941. No habrían cumplido el tratado. ¿Entiendes? —Se volvió hacia Wyndam-Matson y le apretó el hombro—. ¡Y Alemania y el Japón habrían perdido la guerra!

Wyndam-Matson se rió. Mirándolo, buscando algo en la cara de Wyndam-Matson, y él no podía saber qué y, además, tenía que observar los otros coches, Rita dijo:

—No es un chiste. Hubiese sido realmente así. Los Estados Unidos hubieran podido derrotar a los japoneses, y…
—¿Cómo? —interrumpió Wyndam-Matson.
—Está todo explicado en el libro. —La muchacha calló un momento—. Es una novela —dijo al fin—, y hay muchas partes de ficción, por supuesto. Tiene que ser un libro entretenido, pues si no la gente no lo leería. Hay un tema de interés humano también. La historia de dos jóvenes. El muchacho está en el ejército norteamericano, y la chica… Bueno, de cualquier modo el presidente Tugwell es realmente inteligente, y descubre enseguida las intenciones de los japoneses… No está prohibido hablar de esto —dijo con una voz ansiosa—. Los japoneses han permitido la venta del libro en el Pacífico. Me dijeron que muchos de ellos están leyéndolo. Es muy popular en las Islas. Está provocando muchas discusiones.
—Escucha —dijo Wyndam-Matson—. ¿Qué dice de Pearl Harbor?
—El presidente Tugwell es tan inteligente que tiene todos los barcos en alta mar. De modo que los japoneses no destruyen la flota norteamericana.
—Ya veo.
—De modo que no hubo realmente ningún Pearl Harbor. Atacaron, pero sólo hundieron unos botecitos.
—¿Y el libro se llama La langosta algo?
La langosta se ha posado. Es una cita de la Biblia.
—Y como no hubo Pearl Harbor, los japoneses fueron derrotados. No, el Japón hubiera ganado de cualquier modo. Aun sin Pearl Harbor.
—En el libro la flota norteamericana impide que tomen las Filipinas y Australia.
—Las hubieran tornado de todos modos. La flota de ellos era superior. Conozco bastante bien a los japoneses, y estaban destinados a dominar el Pacífico. Los Estados Unidos eran un país en decadencia desde la primera guerra mundial. Todas las naciones aliadas estaban ya arruinadas antes de la guerra, espiritualmente y moralmente arruinadas.
—Y los alemanes no hubiesen tomado Yalta —dijo Rita, con terquedad—. Churchill se hubiera mantenido en el poder y hubiese guiado a Inglaterra a la victoria.
—¿Cómo? ¿Dónde?
—En el norte de África Churchill hubiera derrotado a Rommel eventualmente.

Wyndam-Matson bufó.

—Y una vez derrotado Rommel, los británicos hubieran podido atravesar Turquía y unirse al ejército ruso. En el libro los rusos paran a los alemanes en una ciudad del Volga. Nunca oímos hablar de esa ciudad, pero existe, pues la busqué en el atlas.
—¿Cómo se llama?
—Stalingrado. De modo que los británicos hubieran cambiado el curso de la guerra. En el libro Rommel se unió a las fuerzas alemanas que volvían de Rusia, los ejércitos de von Paulus, ¿recuerdas? Y los alemanes no llegan al Medio Oriente ni consiguen el petróleo que necesitaban tanto, ni se encuentran con los japoneses que ocuparon la India. Y…
—Ninguna estrategia hubiese podido derrotar a Erwin Rommel —dijo Wyndam-Matson—. Y cualquier resistencia, aun la de esa ciudad llamada tan heroicamente Stalingrado, no hubiera hecho más que retrasar el fin. Escucha. Yo conocí a Rommel. En Nueva York, una vez que fui allá por asunto de negocios, en 1948. —En realidad sólo había visto una vez al gobernador militar de los Estados Unidos, durante una recepción en la Casa Blanca, y desde lejos—. Qué hombre. Qué dignidad y qué presencia. De modo que sé lo que te digo.
—Fue terrible —dijo Rita— cuando relevaron al general Rommel y nombraron a ese espantoso Lammers. Los asesinatos y esos campos de concentración comenzaron realmente entonces.
—Ya existían cuando Rommel era gobernador militar.
—Pero… —Rita movió las manos—. No era oficial. Quizá esos rufianes de la SS hacían ya esas cosas… Pero Rommel no era como ellos. Se parecía más a aquellos prusianos de antes. Era un hombre duro…
—Te diré quien hizo una buena obra en los Estados Unidos —interrumpió Wyndam-Matson—, el verdadero autor del renacimiento económico. Albert Speer. No Rommel ni la Organización Todt. El Partido no pudo haber elegido un hombre mejor. Speer consiguió poner de nuevo en funcionamiento todas esas compañías y fábricas, ordenándolas en un sistema eficiente. Sería  muy bueno tener todo eso aquí y no estas empresas que luchan unas contra otras perdiendo tiempo y energías. No hay nada más tonto que la competencia económica.

Rita dijo:

—Yo no podría vivir en esos campos de trabajo, esos dormitorios colectivos del Este. Una amiga mía vivió allí. Le censuraban las cartas. No pudo decirme nada hasta que regresó. Tenían que levantarse a las seis y media de la mañana y las despertaban con una banda de música.
—Te acostumbrarías. Vivienda limpia, comida adecuada, horas de recreo, cuidados médicos. ¿Qué quieres? ¿Cerveza con huevos fritos?
El amplio coche alemán se movió en silencio entre la niebla fresca de la noche de San Francisco.

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