Lo que ha pasado / Ernesto Ekaizer

Posted on 2016/01/04

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Fuente: El País. La decisión de no facilitar la investidura de Artur Mas por parte de la Candidatura de Unidad Popular (CUP) ha sido el resultado inevitable de una situación: la pérdida de control de la dirección de la organización sobre el proceso interno de decisión.

Artur Mas tenía previsto que salía el sí en la asamblea de la CUP del domingo pasado. Erró pero cierto es que 1.575 votos a favor no fue una mala elección para el president en funciones. Había jugado a esa carta, de ahí que el calendario que han captado los medios de comunicación (foto) tenía anotada la fecha de investidura para el 31 de diciembre.

Carme Forcadell, presidenta del Parlament, ha dicho que se equivocó al confiar en la CUP.
La pregunta es: ¿calibraron Mas y sus colaboradores la información que iba viniendo de la CUP de manera voluntarista?

¿Quién les iba radiando las posibilidades de que el president en funciones sería finalmente investido?
Las informaciones coinciden en señalar que el diputado Antonio Baños (en la foto con Mas y Oriol Junqueras) era partidario de la investidura de Mas porque suponía impulsar finalmente el proceso soberanista convirtiendo la investidura en una cuestión menor, accidental. El ex diputado David Fernández, una personalidad muy influyente, aunque fuera del Consell, había escrito, parafraseando a Alexander Pope, que la CUP debía hacer bien su parte, y que solo en eso reside el honor. Traducido a la posición que debía asumir la CUP en la investidura: dar los dos votos que se necesitaban para lograrlo. La idea: seguir adelante, no dar marcha atrás. Y dar esos dos votos suponía asumir que Mas era el mal menor. El precio a pagar para no dar pasos atrás. “Para llegar al horizonte siempre hay que pisar mucho barro: un pie en el suelo y otro en el futuro”, escribía Fernández.

Esta fracción de la CUP estimaba los resultados del 27-S como demasiado importantes para profundizar el camino de la independencia y, al tiempo, correr el riesgo de la marcha atrás a través del bloqueo a la investidura, ergo, a la formación del Govern. Por ello, impulsaron la veloz declaración de desconexión del 9 de noviembre. Era como si los dirigentes de la CUP partidarios de que Mas fuera president iban poniéndose los puntos de no retorno.

Pero, también, pensaban, unas nuevas elecciones suponían otro riesgo difícil de asumir. Por el cansancio y la confusión de los electores.

Y last but not least existía otro factor: el virtual vacío político resultante de una encrucijada en la que Mariano Rajoy no podría garantizar su investidura ni el PSOE asegurar la formación de una alternativa. Un flamante Govern en Cataluña podía reanudar la ofensiva abortada por la acción del Tribunal Constitucional y la Audiencia Nacional. Al menos este cuadro seducía a los partidarios del sí a la investidura de Mas en la CUP. Dos meses de maniobra ante el panorama políticamente desértico en Madrid y la posible convocatoria de elecciones anticipadas.

Los inputs que Mas y probablemente Forcadell, muy vinculada al president en funciones, fueron recibiendo eran ciertos, pero reflejo de unas fuentes que eran las partidarias de la investidura. Estas no iban de farol. No alardeaban, ni eran impostores. Creían poder controlar el proceso interno.

Y al final no lo han conseguido. Se ha reproducido el cuadro clásico. El de mencheviques (minoría) y bolcheviques (mayoría) del Partido Obrero Socialdemócrata en la Rusia zarista, en 1903, antes de la primera revolución, la de 1905.

La analogía consiste en esto: los primeros eran partidarios de impulsar la democracia y el avance de la industrialización de Rusia a fin de preparar las condiciones para el socialismo, y ello incluía apoyar a un candidato burgués; los segundos, no veían posible este respaldo por las inconsecuencias de la burguesía frente al zarismo. En la siguiente revolución, entre febrero y octubre de 1917, los mencheviques respaldaron al gobierno provisional de Alexander Kerenski, incluso con su ingreso en el gabinete. En octubre, los bolcheviques tomaron el poder.

Los debates en el seno de la dirección de la CUP también evocaban aquellos de octubre de 1936 en España, cuando el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) de Andreu Nin aceptó la invitación de participar en el Consell de la Generalitat.

Y ya mucho más cerca y más fresca, la influencia de Grecia.

El espejo de Syriza, con el referéndum sobre al rescate del 5 de julio de 2015, y tras el inesperado “no” al tercer rescate la inmediata conversión del primer ministro Alexis Tsipras en firmante primero y ejecutor, ahora mismo, del programa impuesto por la Troika tras el shock el cierre del grifo del crédito del Banco Central Europeo (BCE).

Aquí no tenemos una revolución. Ni se trataba de entrar al Govern.
Para los dirigentes de la CUP partidarios de la investidura, Mas podía jugar el papel de Kerenski en un gobierno provisional. En este caso, de dieciocho meses. Y suponía, para ellos, un gran impulso a la independencia.

El problema es que para las bases de la CUP, que votaron en su mayoría por un independentismo izquierdista radical, la hoja de servicios de Mas y la corrupción de Convergencia Democrática de Cataluña, amén del caso de la familia Pujol, convertían en indigerible el respaldo a la investidura. También para muchos votantes que querían independencia y que no pagaron el precio de votar a Mas o a ERC. La portavoz, por así decir, de estos sectores ha sido la corriente Endavant, liderada por la diputada Anna Gabriel.

Quizá si la aritmética parlamentaria se limitase a una abstención podía haber resultado más digerible. Pero no, se necesitaban dos cosas: el apoyo de dos diputados y la abstención de los restantes ocho.
La dirección de la CUP intentó que, en todo caso, la organización no cargase con la culpa del naufragio del procés y que sus votantes y la sociedad en general vieran el desenlace como responsabilidad de Junts Pel Si. Pero Mas no se lo puso fácil aceptando, al menos de palabra, aspectos del plan de choque propuesto por la CUP, y presentándose estoico ante la humillación que suponía estar en sus manos.

Los partidarios de apoyar la investidura, muy influyentes, perdieron el control de la situación interna de la CUP.

Incluso después de la votación del no, la diputada Gabriela Serra ha lanzado la responsabilidad a Mas y a Junts Pel Si, al afirmar que el president en funciones siempre ha dicho que él no sería un obstáculo para el procés. Y es rigurosamente cierto.

Mas tiene ahora la posibilidad de poner a prueba su coherencia. Ello le llevaría a decir: he sido el número 4 de la lista de Junts Pel Si y hay otras personas que pueden poner en marcha el procés. Esto sería lo que podríamos llamar el renunciamiento. La otra es dejar vencer los plazos y proceder a convocar nuevas elecciones autonómicas para el mes de marzo.

¿Acudirá Mas a ellas con la nueva CDC, una nave cuyas vías de agua son como torrentes?

Recordemos el film de Fellini. E la nave va finaliza con el hundimiento de la nave, o la sociedad, mientras los pasajeros huyen en botes salvavidas, y se oye el coro de La fuerza del destino, de Giuseppe Verdi.