Al margen de las lecciones de Steiner / Adolfo Castañón

Posted on 2016/01/19

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7507936Fuente: Letras Libres / De ocho partes —seis capítulos propiamente dichos, más una introducción y un epílogo— consta el libro Lecciones de los maestros (2003, 2004) de George Steiner.1 El título expresa el tema sujeto en sus páginas, aunque no hace plena justicia a su lección abarcadora y comprehensiva: la cuestión de la transmisión del saber, las condiciones que han rodeado a lo largo de la historia el deseo de saber y comprender en Israel, Grecia, Roma, Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, con incidentales, veloces reojos a Italia, Polonia, Portugal y el Japón.

George Steiner habla en Lecciones de los maestros de la historia de la enseñanza escolar. Un defecto bienvenido de su libro maravilloso es que no menciona en momento alguno la relación entre padres e hijos, sobre todo si se trata (como en su caso) de una familia políglota. Si los masters, maestros, son los amos, los dueños, el primer maestro, el primer amo y señor es, para el niño, su padre o su madre. Sobre este punto el propio George Steiner se ha expresado en Después de Babel, en el capitulo “La palabra contra el objeto”.2

Los textos bíblicos, la Torá, los diálogos de Platón, Cicerón, San Agustín, Dante, Racine, Montaigne, Shakespeare, Nietzsche, Thomas Mann, Paul Bourget, Paul Valéry, Louis Gilloux, Alain, Saul Bellow, Fernando Pessoa, Yasunari Kawabata, Charles Maurras, Nadia Boulanger, son algunos de los nombres con que este seminarista laico va sembrando su indagación en torno a uno de los misterios clave del ser humano como especie biológica y cultural: la historia del saber, la historia de la paideia y de la pedagogía, la teología de la enseñanza. Las lecciones de los maestros es un libro a la vez edificante y subversivo, es una obra que alza puentes imprevistos entre, por ejemplo, la enseñanza deportiva en el “futbol americano” y la música, la literatura o la ciencia. Repasa los conflictos, los alcances, los placeres y peligros del oficio misterioso (¿del sacerdocio?) que es el hacer pasar de una generación a otra las destrezas, la experiencia, el deseo y el amor del saber. Más allá de su erudición apasionada y de su devoradora, insaciable pasión por el saber, el libro se asienta o gravita en una dimensión ética. Al exponer la red de complicidades y solidaridades que entraña la enseñanza, nunca pierde de vista el autor la soledad irreductible y última del maestro de verdad —en ambos sentidos de la expresión— y, en consecuencia, del discípulo genuino desgarrado invariablemente entre el suicidio, el parricidio y la lealtad. Los numerosos ejemplos o casos citados por George Steiner en esta apología o defensa de la enseñanza lo ayudan a ir estrechando la cuestión clave que apremia su escritura y que cabe decantar en una pregunta terminante y terminal: dados los cambios sociales y tecnológicos que afectan a las instituciones dedicadas a la reproducción y transmisión del saber (desde la mercantilización radical de la vida pública hasta la red virtual y vertiginosa de internet), ¿existe alguna esperanza razonable de que la gran cadena del ser sapiente y consciente que ha sido hasta ahora la humanidad no se rompa definitivamente? Lecciones de los maestros arranca desde un examen de conciencia y es como una extensión reflexiva de Errata, uno de sus mejores libros.

Steiner define cuatro casos o escenarios de la enseñanza y la recepción:

  • 1) el del maestro que destruye al discípulo;
  • 2) el del discípulo que destruye al maestro;
  • 3) el de la armonía amorosa de la enseñanza y la recepción;
  • 4) el de la negativa del maestro a transmitir o la imposibilidad de encontrar discípulos.

Bajo estos cuatro puntos cardinales orienta Steiner la trama de su mapa inquisitivo. La religión, la física, la medicina, la mediación, la pintura, la filosofía, la literatura, la poesía, la música, el futbol americano son las materias de que está hecho este arco sobre los instrumentos del saber; quedan fuera, pero se pueden suponer sus declinaciones y derivaciones, la escultura, la danza, la arquitectura, las artes de la guerra o artes marciales, las artes del amor y del buen gobierno, el ajedrez, la actuación… que, se supone, siguen la misma pendiente conceptual.

Las lecciones de los maestros teje su malla expositiva alrededor de dos voces inveteradamente entretejidas: maestro y profesor. En español la primera puede tener dos connotaciones: una egregia y otra llana, una para el Premio Nobel y otra para el modesto albañil o el carpintero (maistro, dice la voz mexicana). La voz “profesor” tiene un aura definitivamente burocrática y aun musical, pero lo mismo se puede aplicar al instructor de escuela primaria que al más encumbrado especialista o al más humilde guayule. Otra voz es “catedrático”, que tiene resabios autoritarios y decimonónicos. Teacher está cerca de “enseñante”, trabajador obrero de la instrucción primaria y secundaria. Guía, hermano mayor, monitor, serían voces asociadas. El libro de George Steiner ataca esta esfera compleja y abigarrada y se dedica a exponer y contrastar los abismos que la desgarran. No ha sido, como ninguno de los suyos, un libro escrito por encargo. George Steiner lo ha redactado para paliar de algún modo el sentimiento de orfandad que le ha producido el tener que retirarse de la enseñanza después de practicarla más de veinticinco años. Su seminario de doctorado de los jueves por la mañana en Ginebra representaba para él lo más que un espíritu laico y común y corriente podía acercarse a la experiencia del Pentecostés, según nos dice él mismo. De esa experiencia vital que durante años fue su oxígeno y su razón de ser, Steiner ha extraído este ensayo crítico. Crítico en un doble sentido: no sólo porque practica una suerte de “filología” del mito de la enseñanza y de la relación maestro-discípulo, a través de las cadenas que van de Pitágoras a Empédocles, Moisés, Sócrates, Platón, Aristóteles, o de Husserl a Heidegger, pasando por Alain y Derrida, Paul Bourget y Eugène Ionesco, sino porque, además de esta “filología” de la representación de la enseñanza en la historia de las ideas, Steiner cuestiona e interroga, planta sus corrosivas inquisiciones sobre la realidad de la enseñanza actual y lanza una requisitoria contra su mala calidad y, por supuesto, la de los enseñantes. En ése y en otros sentidos, Las lecciones de los maestros es un libro inquietante, quizás irritante y desconcertante:

La antienseñanza, estadísticamente, está cerca de ser la norma. Los buenos maestros, los que encienden el fuego en las almas incipientes de sus alumnos son quizá más escasos que los artistas virtuosos o que los sabios. Los maestros de escuela, los entrenadores del alma y del cuerpo conscientes de lo que está en juego, los que conocen la interrelación de confianza y vulnerabilidad, la fusión orgánica entre responsabilidad y respuesta (lo que yo llamaría —dice— “respuestabilidad”) son alarmantemente pocos […] En realidad, como sabemos, la mayoría de aquellos a quienes confiamos a nuestros hijos en la educación secundaria, a quienes acudimos en busca de guía y de ejemplo en la academia, son unos sepultureros más o menos amables. Trabajan para rebajar a sus estudiantes a su propio nivel de fatiga indiferente. No “abren Delfos” sino que lo cierran […] Millones de personas han visto cómo las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico eran asesinados para ellos y en ellos por una enseñanza muerta y por la vengativa mediocridad quién sabe si subconsciente de los pedagogos frustrados.3

El otro flanco crítico que ataca George Steiner se refiere a lo que podría llamarse “la nueva traición de los intelectuales”. Es decir, el que alude a los desastres producidos por la idea de “corrección política” aplicada a la enseñanza, inspirada por una “política de la cobardía”, que amordaza y silencia el magisterio, al aceptar el chantaje sentimental de las diversas formas de la politiquería y de populismo (cfr. cultura chicana, feminismo, poscolonialismo) que corroen la institución universitaria, y que han hecho de las universidades una sucursal tan subversiva como neutralizadora de los periódicos y los medios de información, comprometiendo en el cotilleo, en el cuchicheo mundano del más bajo nivel, la autoridad pedagógica. Esto es tanto más grave cuanto que George Steiner reconoce en la continuidad milenaria de la educación “el eje de lo que llamamos —siempre de modo provisional— cultura de Occidente”. De esta forma, resulta que la inocente propuesta de un libro más sobre “los grandes pedagogos” —para echar mano del título clásico del francés Jean Chateau— se transforma en un incisivo y audaz diagnóstico de las patologías que amenazan y corroen, ya no sólo la educación en el mundo contemporáneo, sino la sociedad misma en esa instancia raigal y originaria que es la de la educación.

Concibo los ocho capítulos de Las lecciones de los maestros como un soplo vivificante sobre el cuerpo extenuado de la educación contemporánea, como una apología y una defensa de la paideia tradicional y como una requisitoria vivaz y un pliego incriminatorio dirigido en contra de una sociedad de masas y de consumo masivo que, al parecer, ha tomado la decisión —o ha dejado que otros, los aburridos y los no entusiastas, la tomen por ella— de suicidarse y autodecapitarse ante la indiferencia y ausentismo moral de sí misma, de su propia ciudadanía desprotegida o sobreprotegida por el desempleo o el seguro contra el desempleo.

Otro de los méritos de este auténtico breviario de la enseñanza y sus dificultades es el de sugerir líneas de investigación y documentación de las miserias y decadencias de las instituciones académicas y universitarias. George Steiner no llega a ser, en su visión crítica tan radical, como Iván Illich en su propuesta de una “sociedad desescolarizada”, en buena medida porque no compartiría con el teólogo, historiador y pensador austriaco la necesidad de confrontar “desde dentro” las jerarquías religiosas, las burocracias médicas, escolares, financieras. Probablemente esta diferencia se explique por algo más que por cuestiones de gusto o actitud personales. Mientras Illich es un cristiano radical que viene, intelectualmente hablando, por así decir, del fondo mismo de la Alta Edad Media, George Steiner es un heredero del legado judío y rabínico que reconoce en el estudio de la Torá y la Mishná la raíz y el espejo mismo de su identidad cultural.

Con todo —y a Dios gracias—, no se asume él mismo como un partero de la trascendencia, como podría ser el caso del “inspirado” y beligerante Harold Bloom —figura equívoca de la crítica cultural contemporánea—, sino como un lector versátil, un passeur despierto en el delta de las lenguas y de las culturas o, más sencillamente, como un mensajero y un escucha privilegiado pero laico y, en última instancia, como un common reader, un lector habitual. La soberbia, la arrogancia, la vanidad, la engreída “infatuación” —para acomodar un anglicismo— están lejos de este maestro singular de nuestra escindida época, al que no le cuesta trabajo admitir que tiene discípulos —filiación moral y espiritual— en los cinco continentes del mundo.

Las lecciones de los maestros es un libro catártico donde el profesor, el maestro, descarga o exorciza el subtexto, el discurso subyacente en muchos de sus libros, conferencias, seminarios y lecturas. No es ni puede ser un libro definitivo, pues lo suyo no es cerrar sino abrir puertas y ventanas, ventilar, con el aire crítico del tiempo, el aire estancado en los cubículos y salones de clase, devolver su actualidad a la escena originaria de Sócrates conversando con Alcibíades, de Empédocles enseñando a Pausanias. Esa catarsis, ese desahogo, se cumple naturalmente en la lectura y en la interrogación del mito del enseñante-enseñado, del maestro y el discípulo, del profesor y del alumno, tanto en las letras clásicas como en las contemporáneas: de Dante a Philip Roth, de Virgilio y Estacio a Paul Bourget, de los maestros jasídicos a Iris Murdoch y a Elías Canetti, del entrenador de futbol americano a Nadia Boulanger, de Pessoa a Nietzsche.

Ese alivio de las emociones contenidas, esa limpieza —significado etimológico de catarsis— se cumple en este libro, de apariencia elegante y tersa, con eficacia, pero esa eficacia supone precisamente una cierta violencia terapéutica, una cierta impaciencia que tiñe algunas de sus páginas de un matiz corrosivo e inquietante. No es o no parece ser tanto un libro escrito para los maestros y pedagogos, o para los organizadores de debates académicos, sino una obra cuyos mejores lectores se encuentran probablemente a campo traviesa, es decir en los lotes baldíos de los autodidactas y outsiders, en el terrain vague de los marginales proscritos por la institución universitaria. Esto nos lleva a pensar que Las lecciones de los maestros sólo representa la primera mitad de una ambiciosa empresa llamada a dar cuenta, más allá de la relación entre los maestros y los discípulos, del otro mito o contramito de la enseñanza: el de la autodidáctica, el de la autoiniciación que, de hecho, de algún modo se entrelinea en algunas de las páginas de este libro, que es capaz de traer a la escena de la página —vivito y coleando— el cuerpo glorioso de la lectura.
“Es una larga historia, pero quienes la han vivido tienen partido en dos el corazón”, dice Heine citado por George Steiner al final del capítulo 4: “Maîtres à penser” (también va así en la traducción española). A lo largo de esas páginas se exponen y desarrollan los esplendores y las miserias de esa unión electiva que sería la del maestro-discípulo a través de un rico caudal de figuras: desde Alain, el maestro de Francia, hasta el Zaratustra de Nietzsche, el juego de abalorios de Herman Hesse, el círculo encantado de Stefan George (un puñado de cuyos discípulos terminó sus días trágicamente por estar asociado con el complot para asesinar a Hitler), pasando y repasando por W.B. Yeats y por el culto pseudorrosacruz constelado alrededor de Madame Blavatsky y Gurdjeff. (Llama la atención que, en ese amplio repaso, George Steiner no toque a Christopher Isherwood y por supuesto al otro Steiner, Rudolf, el maestro alemán fundador de un sistema escolar con raíces esotéricas que hasta nuestros días tiene sedes en distintos países —las escuelas Waldorf—, quien, por cierto, es mencionado en las memorias de Elías Canetti.)

El núcleo de este capítulo central gira en torno a la dialéctica del segundo nacimiento del discípulo y el asesinato del maestro. Freud, Heidegger por supuesto, aparecen, pero el verdadero centro de estas páginas lo representa una densa exposición del evangelio de Zaratustra de Nietzsche. Acaso este capítulo se habría visto enriquecido si George Steiner se hubiera animado a merodear el tema del maestro y del discípulo en los Evangelios mismos. Pero, en última instancia, el mensaje del gran maestro es siempre el mismo: el discípulo habrá de separarse del maestro, con todo el dolor de su corazón, para seguirse a sí mismo y subir él solo a su propia cruz… para desde ahí sonreír.

Si se leen Las lecciones de los maestros desde el ángulo de la lengua española y de la cultura hispanoamericana, el lector tendrá que lamentar —y en su caso completar— la falta de información sobre el paisaje literario hispánico. Tengo en mente el libro esencial de Antonio Machado sobre Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1940), que es una aguda exposición de los vínculos rectores entre discípulos y maestros. No sólo eso: en el libro de Machado se construye o reconstruye un clima de la transmisión laica que resulta decisivo para la comprensión del desarrollo del maestro interior y del discípulo adentro o desde dentro. No es éste el lugar para exponer las enseñanzas de Machado-Mairena y de su escuela al aire libre, pero sí cabe señalar al lector hispánico la necesidad de incluir, en un texto paralelo o paratexto, esta experiencia, más allá de Machado: la de la Institución Libre de Enseñanza, la de la Residencia de Estudiantes de Madrid, entidades que son indisociables de la República Española, vencida en 1939. En este paisaje, la figura de José Ortega y Gasset debe ser convocada para complementar ese cuadro y esa crítica Idea de la Universidad.

Volviendo los ojos hacia Hispanoamérica, la lectura del libro de George Steiner despierta necesariamente en la memoria del lector las figuras trashumantes e itinerantes de Andrés Bello y Simón Rodríguez en el siglo XIX, y por supuesto la errante de Pedro Henríquez Ureña y su vasto caleidoscopio intelectual. A estas figuras hispanoamericanas e hispánicas habría que añadir algunas otras decisivas, como las de José Lezama Lima, José Gaos, Juan David García Bacca, Joaquín y Ramón Xirau, Octavio Paz, Leopoldo Zea, Alejandro Rossi, Luis Villoro, María Zambrano o Juan José Arreola, quienes, desde distintas vertientes y estribaciones, han sabido declinar entre América y España el verbo “transmitir” y así realzar el oficio de la enseñanza.

Otra circunstancia característica de la transmisión educativa en Hispanoamérica es la relación entre sacerdocio y enseñanza. Si en el libro de George Steiner ésta no es muy explícita, en América Latina ha sido, desde la época del Virreinato, definitiva. En la medida en que la enseñanza coincide con la del catecismo, se da entre el evangelizador y el evangelizado una relación de condescendencia y a veces de humillación. El maestro se identifica rápidamente con el Salvador, con el portador de la verdad interior, y con el abogado defensor. Sacerdote, evangelizador, maestro, litigante tejen en México e Hispanoamérica una cadena subversiva de transmisión donde las funciones específicas de cada uno de estos oficios contaminan y corrompen la substancia de lo que se enseña. La neutralidad intelectual y moral del saber se diluye o se enquista en la prédica, el sermón, el alegato. Nunca se podrá saber si Sócrates no es más que una “ficción suprema” de Platón —como dice George Steiner—, pero cabe preguntarse, sobre todo en el ámbito de las humanidades hispanoamericanas, si el conocimiento que se transmite entre maestros y discípulos no consta más que de “ficciones supremas”, utopías, concepciones soberbias e insurgentes que sólo sirven para hacer de los discípulos unos escolásticos desadaptados —universitarios perfectos, ideólogos autosuficientes que nada tienen que ver con la vida y el sentido común que la debe alentar, como ha sabido subrayar en diversos ensayos (por ejemplo en “Los universitarios al poder”) Gabriel Zaid, ese maestro sin cátedra.

Al finalizar el capítulo 6 de Las lecciones de los maestros, “Inteligencia perenne”, George Steiner recuerda que en Múnich, durante el invierno de 1918 a 1919, Max Weber pronunció una conferencia sobre la ‘Ciencia como vocación‘ (Wissenchaft en el título quería decir estudio y conocimiento en el sentido más amplio) que, si bien no fue cabalmente transcrita, muy pronto llegó a ser un clásico. Europa yacía en ruinas. Su elevada civilización, su grandeza intelectual, su búsqueda de la excelencia intelectual, todas esas cosas de las cuales las universidades alemanas habían sido guardianes y las garantías más confiables, habían resultado impotentes para detener el desastre. ¿Cómo sería posible restaurar en adelante el prestigio y la integridad de la vocación del maestro letrado y del erudito? Weber previó la americanización, la reducción de la vida académica y del espíritu a una burocracia gerencial de la educación superior. Era vertiginoso el abismo que se abría entre la dirección de una gran empresa académica capitalista y el profesor de tiempo completo a la antigua usanza. Estaba en peligro el movimiento al unísono, que para Weber resultaba indispensable, entre la investigación academicocientífica y la enseñanza. Los criterios para decidir los ascensos que ahí iban imponiéndose resultaban sospechosos: ‘El hecho de que los estudiantes se inclinen por un maestro resulta, a pesar de todo, determinado en una medida increíblemente amplia por factores puramente superficiales, como el temperamento y el timbre de la voz. Luego de una parsimoniosa consideración y de una experiencia bastante amplia, me resultan sospechosos los públicos demasiado amplios, por inevitables que puedan ser. Hay que practicar la democracia ahí donde es conveniente. La educación científica, si ha de seguir las tradiciones de las universidades alemanas, implica la existencia de cierto tipo de aristocracia intelectual’.

La amenaza a estas tradiciones proviene de la Wissenchaft misma. Nuestra cultura se ha embarcado en un proceso de especialización del cual nunca volverá a salir. El polígrafo erudito, ajeno a cualquier especialización, es desesperanzadamente vulnerable. En cierto sentido, este estrechamiento de la perspectiva es admirable: “A quien le falte la capacidad de ponerse por así decir anteojeras a sí mismo, y convencerse de que el destino de su alma depende de si la interpretación particular de cierto pasaje en un manuscrito es correcta, está condenado a ser ajeno a la ciencia y a la erudición.” Quien sea incapaz de experimentar “esta rara intoxicación deberá ir a otro lado. Y sin embargo tal especialización puede esterilizar. Las más altas hipótesis y vislumbres pueden provenir del ‘diletante’, del aficionado o del espectador en general”.

Estas ideas las desarrolla George Steiner, en otro sentido, en su conferencia: The Idea of Europe (2004) —Une certaine idée de l’Europe (2005)—,4 precisamente a propósito de la “idea de Europa”, subrayando implícita y explícitamente la relación que existe entre la vida universitaria, la cadena de transmisión de maestro a discípulo y la idea y la realidad de Europa, cuya vocación y origen están indisociablemente ligados a la práctica del logos y de la crítica universal.5 –

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