“Una sociedad que prescinde de los investigadores en ciencias sociales es incapaz de pensarse a sí misma” / Michel Wieviorka

Posted on 2016/02/20

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Fuente: La vanguardia 19702/2016 / Si hubiera que proponer a Craig Calhoun añadir un capítulo a nuestro reciente Manifiesto por las ciencias sociales ( Manifeste pour les sciences sociales, Éd. de la MSH, 2015), sería para desarrollar la reflexión sobre un desafío crucial: los riesgos, peligros y límites de la investigación en nuestras disciplinas.

La muerte de Giulio Regeni es, por desgracia, un punto de partida que suscita numerosas emociones en el seno de la comunidad científica. Este estudiante de doc­torado realizaba una investigación de campo, en Egipto, interesándose por el sindicalismo independiente. Acaba de ser descubierto, muerto, asesinado después de haber sido secuestrado y torturado, de forma comparable a otras descripciones provenientes de Amnistía Internacional.

Se trata, en este caso, tanto de las ciencias sociales como del periodismo de investigación, del terreno sociológico o etnológico como del reportaje de calidad: el investigador, para generar saberes y conocimientos, corre riesgos si la situación es peligrosa. El peligro puede provenir de agentes incontrolados; organizaciones mafiosas, criminales, traficantes, bandas más o menos politizadas que instauran la violencia, milicias que actúan fuera de todo control estatal, etcétera.

El Estado puede funcionar bajo la modalidad del terror –dictadura, régimen totalitario o autoritario que se deshace violentamente de sus oponentes–, pero también de cualquiera que quiera establecer la verdad de lo que ocurre en el país de que se trata y darla a conocer. En algunos casos, estas dos lógicas coexisten e incluso se protegen mutuamente; la criminalidad de tipo no estatal ha aprendido a entenderse bien con el poder del Estado y el reino del terror.

¿Cómo murió Giulio Regeni? Una campaña internacional exige una investigación independiente y los centros de investigación y de enseñanza superior, como las instituciones internacionales y nacionales que federan a los investigadores en ciencias sociales, deberían colaborar ampliamente; decenas de miles de sociólogos, antropólogos, politólogos, son miembros de tales asociaciones.

Giulio Regeni llevaba a cabo sus investigaciones en la Universidad de Cambridge bajo la dirección de Maha Abdelrahaman, que dentro de unos meses presidirá una sesión del Foro de Viena de la International Sociological Association dedicada a los movimientos sociales y a la represión en los países árabes: los investigadores que, sobre el terreno, se encuentran entre los más expuestos son los que estudian los agentes que trabajan por la libertad, la emancipación, el respeto de los derechos humanos y de la democracia. La sociología de los movimientos sociales se honra en interesarse por este tipo de acción.

La experiencia actual de Turquía suscita también vivas inquietudes. En este país, en efecto, el autoritarismo del régimen se acompaña de medidas represivas contra quienes, en las ciencias sociales y no sólo en ellas, protestan contra la forma en que el Gobierno emplea la fuerza, sobre todo contra población kurda. En este caso, las ciencias sociales se sitúan en el corazón de un movimiento colectivo que se ha manifestado a escala internacional, sobre todo con el llamamiento de los Academics for Peace, en el pasado mes de enero, de modo que la represión actúa sin miramientos: 21 universitarios fueron detenidos por haber firmado el llamamiento en cuestión: el ejercicio de la investigación, de la enseñanza y de la difusión de conocimientos es amenazado por un poder que nos recuerda también, en este caso, que las ciencias sociales se sitúan del lado de la democracia, de la verdad y de la libertad de expresión, tan crítica como debe serlo.

La democracia como tal puede intentar cuestionar la existencia misma de las ciencias sociales, sin por ello recurrir a pro­cedimientos violentos y autoritarios. Tal es el caso, por ejemplo, cuando la derechización extrema de una sociedad se acompaña de discursos económicos o políticos que desarrollan la idea de su inutilidad: una economía exclusivamente liberal en la cual el mercado reina sin límites ni cor­tapisas no espera nada de ellas ni necesita de nada más que de un Estado en su mínima expresión que no invierte, ciertamente, en este sector. Puede suceder que tal orien­tación se avenga con una derechización importante del poder político: en Japón, el ministro de Educación envió una carta a los presidentes de las 86 universidades del país el 8 de junio del 2015 en la que les ­pedía que “abolieran o convirtieran” los departamentos de ciencias humanas y sociales a fin de “favorecer disciplinas que sirvan mejor a los intereses de la sociedad”. Esta campaña intelectual, llevada a cabo en un contexto de empuje militarista, de momento ha fracasado. Las protestas nacionales e internacionales han evitado lo peor, por más que al menos una cuarta parte de las universidades se declararan ­dispuestas a seguir las directrices del Gobierno.

Estas cuestiones apelan, pues, a la movilización de los investigadores y de los estudiantes en ciencias humanas y sociales, pero también de todos aquellos para quienes la producción y la difusión de los conocimientos son indispensables para la democracia y para los agentes que actúan en su seno: una sociedad que prescinde de ellos es incapaz de pensarse a sí misma, de tomar distancia respecto de sí misma, de la reflexividad; y una sociedad que los rechaza y combate se sitúa en la senda del autoritarismo y de la sumisión a un poder que actúa sin debates y sin reflexión y se priva de conocimientos que podrían iluminar útilmente la acción pública.

Estas cuestiones implican, pues, también, que las ciencias humanas y sociales reflexionen sobre su propia práctica. He aquí dos ejemplos. El primero es el de ­Michel Seurat, el sociólogo francés que ­vivía en Beirut oeste en los barrios musulmanes de la ciudad y que era un notable conocedor de Líbano y Siria. Me recibió en enero de 1985 para pasar una estancia de diez días, en el marco de mis propios trabajos, y el alto funcionario que yo había visto antes de mi partida para informar a su ministerio de mi desplazamiento (la situación era comprometida entonces en Líbano) me había explicado que quería que Seurat volviera a Francia, que temía por él pero que cedía cada vez que este decía que aún quería quedarse. El 22 de mayo, Seurat era secuestrado por una milicia islamista y su secuestro se saldó con su muerte al cabo de ocho meses. Segundo ejemplo: el de muy jóvenes estudiantes de doctorado que eligen un “objeto de estudio” difícil y se rinden sobre el terreno, si no exponién­dose a grandes riesgos físicos, exponiéndose al menos a inmensos riesgos psicológicos: por ejemplo, el estudiante de antropología que estudia la situación de posgenocidio en Ruanda y llega sin más preparación que la de tipo libresco en una situación en que los horrores del pasado, todavía recientes, se mezclan con horrores contemporáneos, no sale indemne de tal experiencia, capaz de desestabilizarle durante mucho tiempo.

Una grave responsabilidad pesa sobre quienes tienen bajo sus órdenes a investigadores, institucional e intelectualmente, cuyo campo es difícil o peligroso, sea cual fuere el tipo de riesgo. Una interpretación sin matices del principio de precaución puede refrenar injustamente al investigador a quien se prohíbe el desplazamiento sobre el terreno; ahora bien, dejarle ir o bien la indiferencia pueden resultar mortales o peligrosos. ¿Quién es el responsable institucional, el director de departamento, el director de tesis que acepta la hipótesis de tener que acudir un día a un aeropuerto para recibir el ataúd de quien ha dejado marchar sobre el terreno en cuestión a pesar de los grandes riesgos existentes?

Así, la reflexión sobre el papel y la utilidad de las ciencias sociales no debería limitarse al llamamiento a la democracia y al establecimiento de la verdad: debe, también, versar sobre la forma bajo la que se enmarcan y acompañan y de la que pueden, de alguna forma, autogestionarse.

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