«Hacían fuego. Fuego sobre San Juan», un capítulo de la ucronía de Pedro A. García Bilbao

Posted on 2016/02/21

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Colina de la Caldera

1 de julio de 1898, S/P. 12.20
El cabo Lertxundi escupió sangre mientras caía al fondo de una trinchera atestada de humo, disparos y barro. Se retorció de dolor hasta conseguir recogerse contra la pared contraria del parapeto. La bala le había alcanzado en el fusil y éste, al partirse, le golpeó con du­reza en la cara. El susto había sido espantoso. Durante unos minutos se quedó como paralizado, mirando sin ver la danza de sus compañe­ros con la muerte que entraba y salía de la posición.

El asalto enemigo había cesado hacía una media hora, pero el hostigamiento era continuo. La mayoría de los hombres de la compañía de Lertxundi aprovecharon para acurrucarse a cubierto; una persona por sección mantenía la vigilancia en su porción del frente de trinche­ra. Y en una de éstas el disparo aquel le reventó en las narices.

El capitán Sánchez se inclinó sobre el herido y pronto se dio cuen­ta de que estaba simplemente conmocionado, sin herida alguna salvo el choque. El navarro Lertxundi era el mejor tirador, con diferencia, de la compañía. Había que echarle una mano, se dijo el oficial. De inmedia­to, ordenó a dos hombres que le llevaran al puesto de socorro.

—Esto se le cura con un cubo de agua en la cara. Lleváoslo ahora mismo al sanitario. Y procurad estar de vuelta con él antes de que em­piece el baile de nuevo —dijo.

Tomás Lomba y Luis García, soldados del regimiento Asia, toma­ron a Lertxundi y le ayudaron a levantarse.

—¡Venga, coño! Que no hay pa’tanto —le animaba García mien­tras recorrían el ramal hacia el centro de la Colina.

Se le llamaba a ésta «de La Caldera», por tener una depresión en lo más alto, donde en tiempos hubo eso, una caldera de tratamiento de la caña de azúcar. Ahora consistía en un montón de chatarra rodeado de pertrechos militares, armas y decenas de heridos y cadáveres. El lla­mado puesto de socorro no era más que un espacio a sotafuego donde recoger a los heridos en espera de su traslado a la retaguardia. La si­tuación en la que se encontraba la posición, sufriendo asaltos conse­cutivos desde hacía seis horas, volvía eso imposible. Dos camilleros con insignias de la Cruz Roja intentaban remediar en algo el sufrimiento de los heridos con vendajes, torniquetes, algo de yodo y mu­cho ron de caña.

Lomba se acercó a un tonel de agua y tomando un cubo lo arrojó como quien baldea una cubierta sobre el rostro de Lertxundi. Pingan­do, éste se echó atrás y estalló en toses.

—¡Pero qué haces, desgraciado! —exclamó.
—¡Vaya, cabo, si resulta que está usted vivo!
—¡Vivo y revivo, rediós! ¡Ag! Qué me habéis hecho… —Escupía y sacudía la cabeza.

El revuelo que causaron con todo aquello hizo que muchas mira­das se volvieran hacia ellos. Luis García empujó a sus compañeros ha­cia el borde terroso de la hondonada convertida en fortín donde se en­contraban y logró que se sentaran.

—Cabo, si está usted mejor deberíamos volver a la trinchera —di­jo. Estaba más temeroso de que uno de los estúpidos oficiales que por allí pululaban les dijera algo que de afrontar las balas enemigas.
—¡Eh, mirad eso! —Lomba señaló a un grupo de marineros que arrastraban una especie de pequeña pieza de artillería.

Efectivamente. La depresión de la caldera no sólo reunía los heri­dos del sector, era el depósito de la unidad, pero ahora parecía todo un fortín. Allí se había estado trabajando a destajo, decenas de marineros estaban colocando sacos terreros en todo el perímetro superior de la hondonada y protegiendo especialmente algunos puntos. Pesadas ca­jas de munición y piezas de extraña forma eran allí conducidas.

—¿Qué es todo eso, cabo? —preguntó Lomba.

El novedoso panorama espabiló a Lertxundi.

—Eso, muchacho, son ametralladoras Maxim navales. ¡Parece que se va a animar un poco más este baile! —respondió.

Luis García golpeó su cantimplora y dijo a sus compañeros:

—Un traguito de ron con miel al estilo canario nos vendrá muy bien antes de regresar al matadero…
—A saber dónde conseguiste la miel, ladrón… —Rió Lomba al tiempo que tomaba un buche.

Eran muy buenos amigos. Lomba era un federal convencido y le caía muy bien Lertxundi, cuyo padre también lo había sido. Ninguno de ellos se pudo librar del reclutamiento obligatorio; habían ido a pa­rar a Cuba cuando estalló la insurrección tras el fracaso de la propues­ta de la autonomía de Maura. Tomás siempre decía que la culpa de la guerra la tenían los opuestos a la autonomía plena, los que él llamaba «los reaccionarios»; era un apelativo que no se le caía de la boca; como buena parte de la oficialidad se había formado en la lucha contra el carlismo tradicionalista, no era algo que le causara muchos proble­mas. El navarro, su cabo, siempre le pedía que cerrara el pico «por si las moscas».

Sánchez, el capitán, que era masón y republicano, conocía las sim­patías de su subordinado; cuando Estados Unidos entró en guerra, comentó varias veces en voz alta lo ingenuo que había sido Pi i Margall al defender como modelo de democracia la estadounidense. Serán muy federales, pero éstos vienen a Cuba para quedársela, no se corta­ba en decir a quien quisiera oírle.

Desde hacía tres horas, y con mayor intensidad durante el tiempo muerto empleado por el enemigo para concentrar sus fuerzas para un nuevo asalto, los defensores de La Caldera recibían la llegada de nu­merosos refuerzos: casi trescientos marineros e infantes de marina. No se les reconocía solamente por sus uniformes azules y sus Lepantos con el nombre de sus buques en el frente, muchos llevaban también los claros uniformes de faena en el trópico; se les notaba también mejor comidos y descansados que los sufridos miembros de la infan­tería. En otra circunstancia esto quizá hubiera causado suspicacias, pero ahora todos veían con alivio su llegada.

—¡Eh, ustedes! —Un oficial de la Armada se dirigía a ellos. Era… ¡un capitán de navío!—. ¿Qué demonios hacen aquí?

Se cuadraron los tres ante él. El cabo, ya repuesto, contestó:

—¡A la orden de usía! Hemos evacuado un herido y regresamos a la posición avanza­da, mi capitán.

El padre de Lertxundi había sido marinero durante los asedios carlistas de Bilbao, incluso sirvió con Sánchez-Barcáitegui; desde ni­ño, aprendió a distinguir por la mayonesa de las bocamangas los empleos de marina. Por su parte, Lomba se quedó con la boca abierta de la sorpresa, reconoció de inmediato al marino; no recordaba su nom­bre, pero era el tipo aquel que se había presentado a diputado por Fe­rrol y batido en las urnas a Pablo Iglesias. Con pucherazo, seguro, pensó. Se dijo, no obstante, que por muy «reaccionario» que fuera, si había dejado las Cortes para venir a hacerse matar en aquella asquero­sa colina merecía un respeto.

—Muy bien, pues ya tenemos guías —dijo el marino ex diputado. Era pequeño de cuerpo, pero enérgico. Llevaba una breve barba y sus ojos claros eran muy expresivos. Volviéndose hacia otro grupo de ma­rineros exclamó—: Avisen a la compañía del Oquendo, ¡nos vamos a la posición!

Fue gritarse aquello cuando una granada estalló a unos metros del borde de la hondonada y un montón de tierra y polvo cayó sobre todos.

—¡Vamos, vamos, hemos de llegar allí antes de que comience el próximo asalto! —apuraba a todos el capitán de navío.

Al poco, Lertxundi abocó el ramal que conducía a las trincheras y salió el primero. Con él, sus compañeros; detrás, un centenar de mari­neros con los fusiles cruzados y las bayonetas caladas. No sabía cómo acabaría la historia esta; el capitán Sánchez era un profesional, todos le respetaban, pero los oficiales del Cuerpo General de la Armada…; su padre siempre dijo que «por marina tratas con más mulas que si vas por artillería de montaña».

El fuego artillero arreciaba por momentos. Dos tercios del perí­metro de la colina estaban expuestos al enemigo y se recibía un tiro in­cesante. Agachados, avanzaron y avanzaron por entre los parapetos, a su lado los marineros e infantes de marina que traían las ametralladoras Maxim de la Armada empezaban a distribuirse y buscar puntos adecuados para emplazarlas. No era fácil. La trinchera de la compañía del capitán Sánchez estaba destrozada. Los recién llegados se distribuyeron, cubriendo de nuevo la línea de tiros maltrecha por las numerosas bajas habidas en las últimas horas. Sánchez estaba muerto, caído de espaldas sobre otros tres cadáveres; media cara permitía reconocerle, la otra media estaba dispersa sobre un metro de barro repugnante. Incluso sin oficial al mando, la tropa mantenía la línea, pero apenas quedaba ya gente. Los tubos de las ametralladoras fueron emplazados y sus bocas apuntaron a la pendiente y en torno a cada una de ellas un puñado de valientes.

El capitán de navío, sorprendido por la pérdida de Sánchez, se encontró con que era ahora el único oficial superior en la posición y dudaba. Ordenó proteger las máquinas con sacos terreros y distribuyó a los hombres lo mejor que se pudo, aunque con aquel aporte no era necesario cubrir todo el perímetro, sino sobre todo proteger su tiro y a las dotaciones. Nunca Armada y Ejército habían colaborado tan estrechamente. La sangre de marinos y soldados era la misma, indistinguible sobre los uniformes rotos. Un suboficial de infantería de marina estaba a cargo de cada máquina. Eran solamente cinco ametralladoras, dispuestas en un tiro de trinchera de unos 150 metros, dos a cada extremo y una en el centro, en los espacios intermedios, los supervivientes de asaltos anteriores se preparaban para el siguiente, pero entre tanta muerte veían una esperanza de algo más que vender cara sus vidas, una renovada confianza en la victoria tomaba cuerpo en la Colina de la Caldera.

El cabo Lertxundi se puso al lado del oficial de marina y echó una mirada por encima del parapeto. La pendiente estaba libre hasta unos 25 metros, por donde se extendía una línea sencilla de alambre de espinos; nadie había cruzado aquel punto, los cadáveres enemigos se amontonaban entre esa zona y la parte baja. No era posible ver mucho más en un rápido vistazo. Al bajar la cabeza del parapeto se cruzaron las miradas y una cierta inteligencia pareció establecerse entre ellos.  Lertxundi comprendió que podía decirle algo.

—Si atacan debemos marcar las rondas de fuego de los hombres con un silbato, mi capitán —comenzó a decirle. Al tiempo, dirigió su mirada hacia el campo enemigo, unos seiscientos metros ladera abajo—. ¿Tiene usted prismáticos?

El capitán sacó unos de una funda de cuero. Echó para atrás su quepis blanco para que la visera charolada no le molestara y se puso a observar a su vez.

Era tremendo. Abajo, fuera de la línea de tiro preciso de los fusiles al pie de la colina, se veía una masa grande de tropas enemigas. Incluso se divisaban banderas regimentales por encima de las altas cañas que ocultaban los detalles más allá del riachuelo que estaba al pie de la colina, ya a unos buenos 600 metros; desde allí hacia arriba, era una pendiente desnuda, donde lo único que destacaban eran los cadáveres de que habían dejado atrás los norteamericanos en sus pasados intentos, muchos abajo, y luego subiendo, salpicando la pendiente con sus panzas azules. A medio camino de la subida había una linea doble de alambre que hasta entonces había marcado el máximo avance enemigo. La posición era fácil de defender, pero el desnivel de fuerzas era tremendo. En La Caldera, entre infantes de marina, marineros y soldados eran apenas un batallón. unas cuatro compañías algunas muy mermadas, dispuestas en tres líneas de trincheras concéntricas.. Al otro lado, tenían ante sí a los seis regimientos de las dos brigadas de la División Summer concentrándose: más de cuatro mil hombres. Cuan­do llegaron los marinos a La Caldera, no quedaban más de trescientos defensores ilesos y con la munición escasa. La disciplina de fuego con la que habían actuado había sido ejemplar, sin dejarse llevar por la oscilante masa enemiga, los veteranos del Ásia y el Constitución, retenían el tiro mientras los norteamericanos empezaban el ascenso y cuando las filas del enemigo empezaban a llegar a la línea fatal de los 400 metros, los silbatos ordenaban el fuego y ronda tras ronda de fuego por compañías y trincheras les había hecho estrellarse ante un muro de plomo, pocos lograron llegar a la alambrada.  La Caldera defendía el flanco de la colina de San Juan, que era la posición clave. Si caían ellos, la otra posición sería indefendible. Era preciso resistir a toda costa, hostigar al enemigo y cruzar los fuegos defensivos con las nuevas armas; el coste en munición sería alto y no es que sobrara precisamente; lo que todos sabían era que lo estratégico de la posición auguraba que el enemigo iba ahora a tratar de aplastarles a ellos primero.

—Dígame, cabo, ¿puede decirme si reconoce eso…? —El capitán señaló a unos hombres que arrastraban penosamente hacia el pie de la colina unas grandes cureñas de madera con ruedas de radios.

Tomando los gemelos, el cabo observó:

—Sí, creo que sí. Las hemos visto en el combate de Las Guásimas. Son ametralladoras Gattling. —Se le heló la sangre—. Si las emplazan estamos acabados…
—Puede usted jurarlo. Apenas tenemos munición para las nuestras y hay que reservarlas para el asalto enemigo. A ver cómo andan ustedes de puntería con sus mauser. Cabo, toque ese silbato maldito. —De in­mediato, comenzó a gritar volviéndose a un lado y a otro de la trin­chera—. ¡Fuego, fuego, muchachos, fuego sobre la primera línea ene­miga…!

La situación se había tornado muy peligrosa. Las trincheras se­guían un trazado regular, circunvalando la parte media y superior de la colina. Eran rectas para asegurar una frecuencia y densidad de tiro defensivo mayores; incluso seguían el llamado modelo carlista, con la arena excavada esparcida por detrás del borde para marcar éste menos y mimetizarse mejor con el entorno; pero frente a un ataque con ame­tralladoras ese trazado era mortal. Una sola máquina podría barrer la posición por completo, destrozando las cabezas de los defensores que osaran asomarse para hacer frente al asalto enemigo. Quedaban unos minutos hasta que las Gattling fueran dispuestas. Después…

Una batería enemiga se hizo notar de golpe. Los estallidos de las granadas enemigas retumbaban, algunos comenzaron a tocar las trincheras. Arreciaba el granizo ardiente que recibía La Caldera, pero sus defensores respondieron al fuego; pronto la totalidad de las bocas de sus fusiles se vol­vió hacia los ametralladores enemigos que arrastraban sus máquinas, pero estaban fuera de tiro de precisión. El mauser español alcanzaba a los mil metros, pero no era fácil hacerlo con tino a esa distancia. Las Gattling, en cuanto entraran en alcance, casi no necesitarían  apuntar, les bastaría su alta cadencia de tiro y su calibre para aplastar a su enemigo. Las arrastraban para emplazarlas, el peligro era tremendo, el desesperado fuego español estaba al máximo de su alcance efectivo y una granizada menuda empezaba a alcanzar a los valientes soldados norteamericanos, aquí y allá caían heridos o muertos algunos, pero forma implacable empezaban a lograr ponerlas en posición de tiro; al tiempo, las baterías artilleras yankees comenzaron a concentrarse en la Colina para cubrir la acción decisiva. Abajo, entre las cañas de la orilla del riachuelo, a cubierto de la vista enemiga, el 10.º de Caballería y el 1º de voluntarios Rough Riders esperaban su momento para encabezar el asalto definitivo.

Tres silbidos casi fundidos en uno cruzaron sobre las cabezas de Lertxundi y sus compañeros. Tres estallidos tremendos casi acallaron el fragor general. Luego otros tres y otros tres más, pronto, una nube completa. Sobre la posición enemiga, en el sector en el que se comen­zaba a emplazar las Gattling, explotaban granadas a unos metros so­bre el suelo, dejando caer millares de bolas de acero. Una lluvia de Spranhel, las cargas de metralla antipersonal de fabricación alemana usadas por la artillería de campaña, devastó el área bajo los estallidos. Pronto la Colina dejó de recibir disparos de artillería. Éstos se volvieron ahora hacia el origen de aquel fuego salvador: la batería del capitán Patricio De Antonio, pero el impacto se había logrado, la metralla arrasaba las ametralladoras norteamericanas.

—¡Bravo, bravo! Así, así, muchachos… —Lertxundi y sus compa­ñeros gritaban. Volviéndose hacia el capitán de navío le dijo—: Nues­tros cañones dejaron de disparar hace dos horas. Todos pensábamos que habían agotado la munición, pero… ¡No era así! ¡Nos han salvado!

El capitán de navío calló. Ocultó su rostro incluso. Sabía muy bien lo que sus hombres de confianza, como el alférez Aznar y otros, habían tenido que hacer para robar la reserva de munición artillera y hacerla llegar a primera línea. Pero la suerte de la jornada aún no se había decidido. Con un pu­ñado de hombres maltrechos deberían resistir un asalto masivo. La sombrilla artillera enemiga se había desplazado, pero podría volver en cualquier momento.

Las baterías yankees redoblaron su pulso con las tres piezas Krupp del capitán De Antonio y sus artilleros.
Hacían fuego. Fuego sobre San Juan.

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