En recuerdo de Alberto Jimenez Fraud, por Bernardo Giner de los Ríos y «Promesa de Futuro» sobre la Residencia de Estudiantes

Posted on 2016/02/23

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Palabras de D. Bernardo Giner de los Ríos (Málaga, 1888 – México, 1970)

en el “Homenaje a la memoria de D. Alberto Jiménez Fraud (Málaga, 1883 -Ginebra, 1964)”, director de la “Residencia de Estudiantes” de Madrid (desde 1910 hasta 1936), en el Ateneo Español de México (México, D. F., 22 de mayo de 1964).

“El entonces joven Alberto Jiménez dialogaba con un viejo, cuya juventud espiritual era tan extraordinaria, que ha dejado una huella profunda en todos los que nos consideramos privilegiados en la vida por el mero hecho de haber sido sus discípulos. Eso, eso mismo, fue lo que le pasó a Alberto en aquellos años decisivos para él, y para lo que iba a acometer, después, en 1910. La amistad, pues, con don Francisco y, como consecuencia de ella, con el señor Cossío (con cuya hija, Natalia, llegó a casarse años después), tan presente, como muchos han observado, en las orientaciones de tipo cultural, especialmente artísticas, de la Residencia, constituye otro antecedente que explica muchas cosas también.

Con estas premisas (decía yo, poco más o menos, el otro día), es ya fácil comprender todo lo que sucedió. Salido al extranjero a estudiar las Residencias de Estudiantes en Europa, vuelve a Madrid, y funda la citada “República de la calle de Serrano” y, seguidamente, acomete el ensayo oficial de la Residencia. En 1915, es la época heroica, por el esfuerzo que hizo Jiménez, y gloriosa por el éxito creciente, que va desde 1915 a 1936, sin interrupción, en que la guerra, como hizo con tantas cosas nuestras, colapsa la labor.

Digo que sólo quedó colapsada, pues la labor ha continuado fuera de la Residencia. Aquel espíritu de la casa está vivo y lo llevamos dentro los que fuimos Residentes. En el interior de España, ese espíritu y esa devoción por la obra, y por la persona de Jiménez, no sólo no han muerto, sino que subsisten pujantes. Buena prueba de ello es que, antes de caer enfermo, se disponía ya, a requerimiento de un grupo de antiguos Residentes, a continuar las publicaciones de la Residencia, en espera de días mejores en que pudiera seguir la labor dentro de la Residencia misma.

Sólo por ello, aparte de la inmensa labor que deja hecha, la figura de Alberto Jiménez quedará para ejemplo y estímulo de las nuevas generaciones que, en España, tanto esperaban de él… y (esa juventud) sabrá aprovechar la gran lección liberal, humana, de gran categoría moral, que representa la figura de Alberto Jiménez Fraud” (págs. 72-75).

(“A la memoria de D. Alberto Jiménez Fraud”. Publicación de la “Corporación de Antiguos Alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, el Instituto-Escuela y la Residencia de Estudiantes de Madrid. A. C. Grupo de México”. México, D. F., 1964).

“PROMESA DE FUTURO”.

“HABLAREMOS de esto dentro de cincuenta años”, solía yo responder, poco después de 1910, cuando fieles amigos de la Residencia, comentando los primeros pasos felices de nuestra institución, trataban de convencerme de que debíamos hablar públicamente de lo que ellos llamaban nuestros éxitos. Ahora, en este año de 1960, se cumple el quincuagésimo aniversario de nuestra fundación: es el año en el cual creía yo que todos los Residentes reunidos podíamos volver los ojos al camino recorrido, examinar la obra hecha y juzgar si los esfuerzos realizados eran dignos del programa al que la Residencia, en el momento de su creación, había prometido sujetarse, ofreciendo consagrar a él una devoción animada por un entusiasta impulso.

Lejos estábamos en aquellos años de pensar que nuestra obra, nacida en la propicia atmósfera liberal que en España y en Europa entonces se respiraba, había de quedar truncada. Era una atmósfera afirmativa de los principios democráticos, y creyente de que un pueblo entero podía participar de la vida política, si el sentido de la cosa pública estaba difundido ampliamente, y si la educación preparaba al gobierno del Estado por medio de la discusión y de la persuasión las cuales llevan consigo un poder moralmente regenerador, que infunde vida y hace fructificar las instituciones, y que puede conducir a un nivel de moral pública capaz de afirmar normas de conducta política cercanas a las que rigen, o todos creemos que deben regir, las relaciones privadas.

Se abrigaba en aquellos años la esperanza de lograr un acercamiento al ideal del Estado tolerante y respetuoso con las diferencias individuales, con la libertad de las opiniones y con la independencia de los ciudadanos; del Estado no opresivo, y dispuesto a aumentar en lo posible el grato disfrute de la libertad. Ideal bellísimo, pero frágil: por las condiciones de independencia, generosidad, amplia inteligencia, austera conducta y esforzada vigilancia que dicho ideal exige de quienes se entreguen a su servicio; por la natural oposición que despierta en todos los individuos y grupos privilegiados; porque las armas de discusión y persuasión que maneja, sólo muy lentamente pueden abrirse camino; y porque está expuesto a los continuos ataques de dogmáticas definiciones, o a los violentos empujes de impaciencias reformadoras, que con sus opuestos e infecundos métodos de opresión y de revolución, logran malograr los mejor dirigidos y más nobles esfuerzos…

Si no de falta de intensidad, podría acusarse a nuestra obra de falta de extensión: esa falta de dilatadísima base nacional, fue lo que permitió que nuestra labor quedase truncada, es decir, privada de una parte esencial de su crecimiento. Lo que ocurrió hace justamente veintitrés años, cuando sólo contábamos la temprana edad de veintisiete. Quedó truncada, aunque en espera de mejores tiempos.

Esperemos, pues, el final desarrollo de nuestra empresa. Volvamos amorosamente los ojos a nuestra Colina de los Chopos. (Por ella discurre aún el canalillo, y allí viven –me dicen– las adelfas de Juan Ramón; y se elevan muchos chopos, en recuerdo de nuestros poetas; y el pabellón de laboratorios, que trazó Flórez, sigue levantando sus nobles torres, frente al banco del duque de Alba; y en aquel rincón del claustro, sigue plantada la higuera que Marcelino –obtenido el permiso de nuestros arquitectos Domínguez y Arniches– plantó en el Auditórium, admirado por el arquitecto Lutyens; y los cuartos de Moreno Villa, Juan Ramón, García Lorca y Unamuno –por nombrar sólo a los desaparecidos—, aunque perdida su encalada austeridad, pueden aún avivar en nosotros recuerdos suyos.) Sí, volvamos allá los ojos; no lamentando una esperanza perdida, sino con ánimo confiado de que la brillante promesa se cumplirá en lo futuro.

Que los residentes repartidos por el viejo y el nuevo mundo, dediquen en este año de nuestro Cincuentenario un especial recuerdo a aquella Colina, donde, con el pensamiento fijo en los mejores ejemplos de nuestra España, quisimos volver a esa tradición crítica y razonable, moderada y tolerante que estima que sólo en una atmósfera de amplia formación puede florecer la dignidad humana.

Esa es la tradición en que creció la Residencia, y a la que se acogieron sus más ilustres colaboradores; y también cuantos supieron apreciar el profundo sentido religioso y patriótico de nuestra obra.

La emoción liberal que nos guiaba no persiguió principios absolutos (cuya falta de confines se presta a la vaguedad de las aspiraciones y a la imprecisión de las acciones), sino que se limitó, y se limita, a restaurar las necesidades básicas humanas de libertad y de razón, las cuales sólo deben disfrutarse dentro de los límites muy exactos supuestos por la ley…”

(Cincuentenario de la Residencia de Estudiantes (1910-1960). Palabras del Presidente de la Residencia, D. Alberto Jiménez Fraud. Oxford, 1960 (edición privada)).