El origen franquista de nuestro bipartidismo / Carlos Sirera

Posted on 2016/08/02

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13700224_1170781796328663_7135053497948815545_nPublicado en Comunia / 31 de julio de 2016

La famosa sentencia de John Maynard Keynes de que las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando están en lo cierto como cuando yerran son más poderosas de lo que comúnmente se cree, porque el mundo es gobernado por poco más es una pálida verdad que olvidamos la mayoría de ocasiones. La capacidad de las palabras y, más importante, de los símbolos e imágenes para representar nuestras sociedades y condicionar nuestro comportamiento es fundamental para mantener la legitimidad de los sistemas políticos, porque son nuestras convicciones. Estamos convencidos por argumentos y pruebas y esas convicciones son tanto de carácter científico como de carácter moral, porque, como expliqué en otra ocasión al tratar el problema de la posmodernidad, del conocimiento siempre se deriva un dilema ético. Las angustias de Kant siguen siendo las nuestras.

Por esa razón, el poder de los académicos para tejer y reconfigurar países es mayor del que podemos concebir y, cuando éstos saben escribir oportunamente las tesis que son gratas a los dirigentes políticos y diseminarlas por todo el mundo intelectual, la verdad puede ser totalmente reconstituida hasta un punto que sólo las crisis que quiebran todas aquellas convicciones demostradas más allá de toda duda, las famosas aporías, permiten ver el torpe zurcido bibliográfico que justifica las barbaridades más grotescas.

En este sentido, un sastre de excepción fue Juan José Linz Storch de Gracia, a quien dediqué mi última conferencia en el congreso de la European Society for the History of the Human Sciences celebrado en la Universidad Autónoma de Barcelona el pasado junio. Linz es, principalmente, conocido por su trabajo de limpieza de la dictadura franquista en el artículo An Authoritarian Regime: The Case of Spain publicado en su primera versión en 1964 en Erik Allardt and Yrjo Littunen, eds, Cleavages,Old ideologies and Party Systems. Allí acuñaría su expresión de régimen autoritario como sistema político de pluralismo político limitado e iniciaría la carrera que le dio fama internacional de separar teóricamente sistemas autoritarios (dictadores que son nuestros hijos de puta) de sistemas totalitarios (dictadores que no son nuestros hijos de puta) para dar una carga científica y ética a la política exterior de los Estados Unidos. No voy a desmontar en este post la inconsistencia de esa taxonomía por no agotar al lector, aunque, creo, era la parte de mis cursos que los estudiantes de Ciencias Políticas de la UV más disfrutaban.

Por el contrario, nos vamos a centrar más en el argumento de la representación política. Según Linz, en el régimen operaban familias políticas separadas, más que por ideologías, por mentalidades respecto de un consenso programático cuya legitimidad fundamental del régimen no se cuestionaba. A partir de ahí, estudió el fracaso de Falange como partido único de corte totalitario en From Falange to Movimiento-Organizacion: The Spanish Single Party and the Franco Regime, 1936-68 aparecido en Samuel P Huntington and Clement FI. Moore, eds., Authoritarian Politics in Modern Society: The Dynamics ol Established One-Party System, 1970, que explicaría la importancia de la Iglesia Católica como organización paralela e independiente del Estado con sus propias agrupaciones y asociaciones. Finalmente, en su puesta al día de 1975 de su artículo de 1964 titulada Una revisión de los regímenes autoritarios daría más peso e importancia a los espacios de la oposición tolerada al régimen.

Es decir, en once años conceptualizó cómo era el pluralismo limitado del franquismo, definió a sus agentes y en 1975 incluso incorporó a la oposición en ese espacio político. Agentes que, si bien no eran descritos en detalle o retratados, podían agruparse sobre el eje Falange-Estado/Iglesia o Secularismo/Religión. En realidad, el franquismo era un sistema bipartidista.

De hecho, Linz era un gran conocedor de las luchas de poder entre estas facciones dentro del régimen. Hijo de un destacado empresario alemán nazi, muerto en accidente de coche en 1933, emigró con su madre a España en 1936 y se matriculó en 1943 en Leyes y en la primera promoción de Economía y Ciencias Políticas (¡sí, fue el primer politólogo!) de la Universidad Central (actual Complutense). Allí se puso bajo el padrinazgo de Francisco Javier Conde García y José Antonio Maravall (padre del ministro socialista), quienes lo colocarían en el Instituto de Estudios Políticos en 1948 a la edad de 25 años. Una institución de elite (diseccionada magistralmente por mi colega Nicolás Sesma Landrín) cuya media de edad en el ingreso era de 34 años.

¿Y quién era Javier Conde? Pues el discípulo español de Carl Schmitt y su traductor, además del introductor en el mundo intelectual franquista de su teoría sobre la dictadura totalitaria. Nótese la gran ironía de que el padrino de Linz, responsable de destotalizar la dictadura del General Franco, fue el padre del remedo del Caudillaje como Führer. Por su parte, José Antonio Maravall se dedicó a proclamar la modernidad de las monarquías absolutas de los Reyes Católicos y los Austria y maquear sus filosofías políticas para nutrir intelectualmente a Falange.

Ambos pertenecían a los falangistas discípulos de Ortega y Gasset; es decir, a los intelectuales de Falange. El Instituto de Estudios Políticos, de hecho, fue su centro de mayor poder y esplendor, y se constituyó a imitación de la Italia Fascista como una escuela para las elites de Falange, para sus principales cuadros de mando. Javier Conde fue su director de 1948 hasta 1956, año del inicio de su ocaso, como el de Falange, cuya posterior decadencia llevaría a su disolución y refundación en nuestro actual Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. El Instituto se caracterizó por ser un centro de intercambio de favores que permitió enhebrar el mundo de los políticos, Falange, con las universidades españolas en la malsana interdependencia que, a día de hoy, siguen manteniendo nuestros partidos con los departamentos universitarios. Por ejemplo, la Facultad de Ciencias Económicas y Políticas de la Universidad Central era una simple prolongación del Instituto. Al mismo tiempo, como centro de poder de los falangistas, se enfrentó a los propagandistas católicos y sus centros académicos con sus redes de favores. En sus pasillos se libraron las características luchas de cuchillos y recomendaciones para colocar a favoritos de cada bando.

Por lo tanto, Linz tenía un conocimiento directo de este pluralismo y sus formas de enfrentarse dentro del entramado institucional del régimen. De igual modo, entre estas familias sí había diferencias sustanciales que, si bien Linz no quería elevar al rango de ideológicas, sí lo eran. Los falangistas orteganianos eran herederos del regeneracionismo autoritario y estatalista surgido tras la crisis de 1898. No era un movimiento exclusivamente español: era la reacción autoritaria del liberalismo a la amenaza de la democracia, origen del fascismo, y que tomó intelectualmente forma en la escuela de las elites de Pareto, Michels y Mosca que, a su vez, fue introducida bastante plagiariamente en España, precisamente, por Ortega y Gasset (pocos filósofos tan sobrevalorados como Ortega, quien es citado sistemáticamente como fuente de autoridad por todo académico español que ha pasado por una institución madrileña de prestigio como signo de identificación de que, realmente, su única meta es publicar en El País y, por lo tanto, es una persona de la máxima confianza del R78).

Los elementos definitorios de este credo eran la explicación del fracaso de España para alcanzar la modernidad por culpa de sus elites. España había sufrido el peso del feudalismo católico en la configuración de sus líderes y lo que necesitábamos eran elites modernizadoras equiparables a las de otros países europeos. Los ricos debían hacer que sus hijos practicasen deportes como los ingleses, que fueran a universidades extranjeras y aprendieran idiomas, que condujeran coches e hiciesen otras cosas modernas, que se acostumbraran a asumir riesgos, que fuesen capitanes de empresa sin miedo a invertir, que tuvieran formación científica, que luchasen deportiva, pero no muy darwinianamente, entre ellos para mejorarse y así ser lo suficientemente aguerridos y competentes como para comandar a las masas hacia el futuro de progreso que reclamaban. En esta cosmovisión, Europa siempre era la meta de futuro esperanzador, pero esa Europa era la Europa del fascismo y el nazismo, modelos ideales para estas virtuosas elites. Por su parte, todo su discurso sobre la necesidad de virtuosas y competentes elites era exactamente el mismo que los politólogos formados en el CEACS de la Juan March llevan repitiendo desde 2008 en sus blogs como Politikon o Piedras de Papel. ¿Empiezan a ver la conexión? Esperen que lleguemos a Maravall Junior…

Por el contrario, los católicos franquistas eran antimodernistas. Eran contrarios a la ilustración, a la secularización y a Europa. Su distancia con el fascismo y nazismo fue la razón por la que, tras el fracaso del Eje en la Segunda Guerra Mundial, Franco recurriera a ellos para mejorar sus relaciones con las democracias occidentales, mientras que los falangistas orteganianos, al verse desplazados, empezaron a gestar su crítica interna hacia la dictadura. Esa crítica que haría de ellos los falangistas liberales y que les permitiría ser los padres intelectuales de la transición española. Peripecia nada espectacular si tenemos en cuenta que la separación entre liberalismo y fascismo es tan estrecha que el economista y filósofo Wilfredo Pareto no cabe en ella. Tiene un pié en cada una de esas corrientes ideológicas.

Uno de estos cruzados de la democracia fue Linz. En 1950, el ministerio de Asuntos Exteriores español le concedió una beca para doctorarse en Columbia (en algunas hagiográficas casi insinúan que se exilió) bajo las órdenes del padre de la Teoría de la Modernización Seymur Martin Lipset (sobre el engendro de la TM, mi mil veces autocitado paper o la conferencia que di en Madrid). Allí, como ya he explicado, transformó a Franco en el racional y benevolente dictador que era necesario para modernizar la economía y, en consecuencia, poner las bases de la futura democratización. Luego, como relata Morán en El cura y los Mandarines, Polanco y su imperio editorial dio los instrumentos necesarios para que esas elites falangistas orteganianas se perdonasen mutuamente y celebrasen su indispensable contribución a la democracia, así como su férrea oposición a la dictadura.

Por su parte, Linz en 1976 estrechó su colaboración con la Fundación Juan March y nos impartió una serie de lecciones magistrales sobre qué debía ser la democracia y sus límites. El inicio de una colaboración que su protegido, Jose María Maravall, el hijo de su anterior protector, continuó y dio forma en el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Políticas de la Fundación Juan March. Escuela de los intelectuales del PSOE que, a día de hoy, dirige Ignacio Sánchez-Cuenca desde la Universidad Carlos 3 de Madrid. De este modo, el marxismo en el PSOE fue remplazado por la Teoría de la Modernización de Rostow que, a su vez, era marxismo sin lucha de clases, y sirvió para fundamentar que el atraso estructural de España hizo imposible la democratización y, por lo tanto, la Guerra Civil fue una fatalidad estructural. Un error del sistema sin responsables que, gracias a la inversión pública del Estado, podía ser superado. Esto permitió al PSOE construir un horizonte de futuro para su acción política sin necesidad de apelar a la democratización, al marxismo o cualquier elemento que recordase a la Segunda República. Como es lógico, la Teoría de la Modernización encajaba con los gustos y preferencias de los falangistas orteganianos y, de hecho, los cuadros del partido del interior se nutrieron de arribistas cuya primera sociabilización política había sido, precisamente, en Falange. No había continuidad o conexión con el PSOE del exilio que, como el resto de republicanos, fue completamente olvidado en la fiesta de la nueva democracia española.

Por lo tanto, Linz tenía razón: el pluralismo limitado del franquismo era un bipartidismo en el que, cultural e intelectualmente, el nuevo PSOE del interior sustituyó a los falangistas. En algunas ocasiones, con desvergonzados cambios de chaqueta y, en otras, con una simple evolución natural de padres falangistas a hijos socialistas, pero todos de bien y en el mismo lado de la guerra civil. De igual modo, el viejo papel que la Europa fascista hacía para los falangistas orteganianos fue sustituido por la Unión Europea diseñada por Alemania sin que sus déficits democráticos alertasen a nadie, porque las elites modernizadoras del antiguo nazismo son nuestros actuales tecnócratas.

La teoría de las elites y su desprecio por la plebe y la muchedumbre recorren el trasfondo de estas ideologías y por eso permiten su complementariedad, a pesar de toda la retórica académica sobre los totalitarismos democráticos surgida durante la Guerra Fría. Por esa razón, los problemas de España, incluso a día de hoy, son siempre de falta de modernidad, pero jamás de falta de democracia.

Por todo esto, la política cultural del PSOE en los ochenta fue tan insufriblemente moderna y elitista y tuvo, como denuncia Morán, su punto de mayor apogeo en la canonización de Carlos III, nuestro déspota ilustrado por excelencia. Fue el PSOE de la década de los ochenta quien más interés tuvo en relegar el legado cultural e intelectual de la Segunda República e, incluso, de la Restauración canovista, a una especie de folklorismo nostálgico, porque eran los herederos de los intelectuales falangistas que, para su profunda rabia interna, se sabían inferiores a sus homólogos republicanos y socialistas. Su gusto por las elites escondía el propio reconocimiento de su mediocridad, mientras que aquellos que los superaban en todos los sentidos eran inquebrantables demócratas que creían en la igualdad. Los falangistas orteganianos eran los segundones de la Segunda República que, gracias a aquel exterminio, pudieron copar todos los puestos de poder y visibilidad y borrar a sus antiguos competidores. Una praxis que el felipismo continuó, ya que también debía redefinir la historia de su propio partido.