Karl Polanyi caracteriza el fascismo en “La gran transformación»

Posted on 2016/08/28

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KARL POLANYI “LA GRAN TRANSFORMACIÓN”

El fascismo proponía un modo de escapar a una situación institucional sin salida que, esencialmente, era la misma en un gran número de países, por lo que intentar aplicar este remedio equivalía a extender por todas partes una enfermedad mortal. Así perecen las civilizaciones.

Se puede describir la solución fascista como el impasse en el
que se había sumido el capitalismo liberal para llevar a cabo
una reforma de la economía de mercado, realizada al precio de
la extirpación de todas las instituciones democráticas tanto en
el terreno de las relaciones industriales como en el político. El
sistema económico, que amenazaba con romperse, debía así
recuperar fuerzas, mientras que las poblaciones quedarían sometidas
a una reeducación destinada a desnaturalizar el individuo
y a convertirlo en un ser incapaz de funcionar como un
miembro responsable del cuerpo político1. Esta reeducación,
que incluía dogmas propios de una religión política y que
rechazaba la idea de fraternidad humana en cualquiera de sus
manifestaciones, se llevó a cabo mediante un acto de
conversión de masas impuesto a los recalcitrantes mediante
métodos científicos de tortura.

La aparición de un movimiento de este género en los países
industriales del globo, e incluso en un determinado número de
países poco industrializados, nunca debió de ser atribuida a
causas locales, a mentalidades nacionales o a historias locales,
como pensaron con contumacia los contemporáneos. El fascismo
tenía tan poco que ver con la Gran Guerra como con el Tratado
de Versalles, con el militarismo junker o con el temperamento
italiano. El movimiento hizo su aparición en países victoriosos
como Yugoslavia, en países de temperamento nórdico
como Finlandia y Noruega y en países de temperamento
meridional como Italia y España. En países de raza aria como
Inglaterra, Irlanda y Bélgica, o de raza no aria como Japón,
Hungría y Palestina, en países de tradición católica como Portugal
y en países protestantes como Holanda, en comunidades de
estilo militar como Prusia y de estilo civil como Austria, en
viejas culturas como Francia y en culturas nuevas como los Estados
Unidos y los países de América Latina. A decir verdad, no
existió ningún trozo de tierra -de tradición religiosa, cultural o
nacional- que proporcionase a un país un carácter invulnerable
frente al fascismo, una vez reunidas las condiciones que
hicieron posible su aparición.

Resulta relevante observar la escasa relación existente entre
su fuerza material y numérica y su eficacia política. El propio
término de «movimiento» es engañoso, puesto que implica
una determinada forma de encuadramiento o de participación
personal en masa. Si existiese un rasgo característico del
fascismo sería que no dependía de ese tipo de manifestaciones
populares. Pese a que, por lo general, el fascismo tuvo por
objetivo ser seguido por las masas, su fuerza potencial no se
manifesta tanto por el número de sus seguidores cuanto por la
influencia de personas de alto rango, de quienes los
dirigentes fascistas se granjearon el apoyo: podían contar con su influencia sobre la comunidad para protegerlos contra las consecuencias de un
posible golpe frustrado, con lo cual se neutralizaban los riesgos
de una revolución.

Cuando un país se acercaba a una fase fascista, presentaba una serie de síntomas, entre los que no figuraba necesariamente un movimiento propiamente fascista. Citemos algunos otros signos tan importantes como este: la difusión de filosofías irracionalistas, opiniones heterodoxas sobre la moneda, críticas
al sistema de partidos e infamias dirigidas contra el «régimen», cualquiera que fuera su forma democrática. Algunos de sus múltiples y diversos precursores fueron la denominada filosofía universalista de Othmar Spann en Austria, la poesía de Stephan George y el romanticismo cosmogónico de Ludwig Klages en Alemania, el vitalismo erótico de D. H. Lawrence en Inglaterra y el culto del mito político de Georges Sorel en Francia. Hitler fue conducido, por último, al poder por la camarilla feudal que rodeaba al presidente Hindenburg, al igual que Mussolini y Primo de Rivera, quienes consiguieron su ascensión gracias a sus soberanos respectivos. Hitler podía, sin embargo, apoyarse en un amplio movimiento; Mussolini en uno pequeño, mientras que Primo de Rivera no contaba con un movimiento de apoyo. No se produjo en ningún caso una verdadera revolución contra la autoridad constituida; la táctica fascista consistía invariablemente en un simulacro de rebelión, organizado con un acuerdo tácito de las autoridades, que pretendían haberse visto desbordadas por la fuerza. Estas son las grandes líneas de un marco complejo, en el que había que conferir un puesto a personajes tan variados como el demagogo católico francotirador de Detroit, ciudad industrial, el «Kingfish» de la retrasada Luisiana, los conspiradores del ejército japonés y los saboteadores ucranianos antisoviéticos.

El fascismo era una posibilidad política siempre dispuesta,
una reacción sentimental casi inmediata en todas las comunidades
industriales después de los años treinta. Al fascismo se
lo puede considerar como un impulso, una maniobra, más que
un «movimiento», para indicar la naturaleza impersonal de la crisis cuyos síntomas eran con frecuencia vagos y ambiguos.

Muchas veces no se sabía realmente si un discurso político, una obra de teatro, un sermón, un desfile, una metafísica, una corriente artística, un poema o el programa de un partido eran fascistas o no. No
existía un criterio general para definir el fascismo, ni tampoco para dilucidar si éste poseía una doctrina en el sentido habitual del término. Todas sus formas organizadas presentaban, sin embargo, rasgos significativos: la brusquedad con que aparecían y desaparecían, para estallar con violencia tras un periodo indefinido de latencia. Todo esto se adecúa a la imagen de una fuerza social cuyas fases de crecimiento y de declive corresponden a una situación objetiva.

Lo que nosotros hemos denominado, para ser breves, «una situación fascista» no era más que la oportunidad típica de victorias fascistas fáciles y totales. De repente, las formidables organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores y de otros partidarios declarados de la libertad constitucional se
dispersaban y grupos fascistas minúsculos barrían lo que hasta entonces parecía constituir la fuerza irresistible de los gobiernos, de los partidos y de los sindicatos democráticos. Si una «situación revolucionaria» se caracteriza por la desintegración psicológica y moral de todas las fuerzas de la resistencia, hasta el punto de que un puñado de rebeldes mal armados son capaces de tomar por la fuerza las ciudadelas dominadas por la reacción, entonces la «situación fascista» es muy semejante, salvo que, en este caso, son los bastiones de la democracia de las libertades constitucionales quienes son derrotados; resulta llamativo el carácter insuficiente de sus defensas.

En Prusia, en julio de 1932 el gobierno legal socialdemócrata,
escudado en el poder legítimo, capituló ante la simple amenaza
de violencia institucional proferida por Herr von Papen. Cerca
de seis meses más tarde, Hitler tomó posesión pacíficamente de
las posiciones más elevadas del poder, desde las que pronto
lanzó un ataque revolucionario de destrucción total contra las
instituciones de la república de Weimar y los partidos constitucionales.
Pensar que es la potencia del movimiento la que creó situaciones
como ésta, es no darse cuenta de que, en este caso, fue la
situación la que dio origen al movimiento, y, por tanto,
equivale a no extraer la lección principal de los acontecimientos
ocurridos en los últimos decenios.

El fascismo, como el socialismo, estaba enraizado en una
sociedad de mercado que se negaba a funcionar. Abarcaba, pues,
todo el planeta, su alcance era de escala mundial, universal en
sus efectos; sus consecuencias trascendían la esfera económica
y engendraron una especie de gran transformación de carácter
claramente social. El fascismo irradió a casi todos los ámbitos
de la actividad humana, políticos o económicos, culturales o
filosóficos, artísticos o religiosos. Y, hasta un cierto punto, se
fundió con tendencias propias del lugar y de la esfera de actividad.
Resulta imposible comprender la historia de este
periodo si no se diferencia el impulso fascista subyacente, de
las tendencias efímeras con las que su acción se fusionó en los
diferentes países.

En la Europa de los años veinte, dos de estas tendencias
figuraban de manera predominante y recubrían la configuración
menos clara, pero mucho más amplia, del fascismo: la
contrarrevolución y el revisionismo nacionalista. Estas tendencias
se apoyaban de forma inmediata en los tratados y las revoluciones
de la postguerra; estaban estrictamente determinadas
y, se limitaban a sus objetos específicos, pero se podían confundir
fácilmente con el fascismo.

Las contrarrevoluciones formaban el habitual retorno del
péndulo político hacia un estado de cosas que había sido
violentamente trastocado. Estos desplazamientos habían sido
característicos en Europa a partir de la Commonwealth of
England (1649-1660) por lo menos, y no tenían más que
relaciones limitadas con los procesos sociales de la época.
Karl Polanyi

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