Pablo Iglesias en la New Left Review / Santos Juliá

Posted on 2017/06/17

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Aconteció el 15 de abril de 2015, día en que Pablo Iglesias, secretario general de Podemos y eurodiputado, acudió a la recepción que el rey Felipe VI había convocado en Bruselas con motivo de su visita al Parlamento de la Unión Europea. Para marcar sus distancias con Izquierda Unida, que llevaba años reivindicando la instauración de una república y animando sus manifestaciones con el ondear de banderas republicanas, el líder de Podemos decidió presentar sus respetos al monarca y aprovechar la mediática ocasión para hacer patente ante los telespectadores su distancia con la vieja izquierda: acudiría vestido de la manera que ahora llaman casual, sin chaqueta y con la camisa arremangada y, además, se atrevería a decirle al monarca, mientras le entregaba la colección completa de Juego de tronos, que, «en el juego de la política, tú puedes dejar de ser el jefe del Estado en el futuro, ya que es así como funciona la política». Aclaraba Iglesias que con ese acto «se trataba de evitar el marco perdedor», el marco que encuadraba a Izquierda Unida, y reconvertirlo de modo que la gente percibiera a un tipo «que se había atrevido a hablar con el monarca en un tono inimaginable en un líder político tradicional». Si la ausencia del acto habría situado a su partido en «el espacio de la izquierda radical», y alejado de Podemos a amplias capas de población que sienten simpatía hacía el nuevo monarca, el atuendo, la desenvoltura, el tuteo y la entrega de la serie de televisión al monarca significaba en aquel espacio altamente institucionalizado un «gesto subversivo». Pablo Iglesias no se enmarcaba en la izquierda, porque asistía al acto, pero se revelaba subversivo, porque iba en mangas de camisa y decía cosas inimaginables en un líder de la casta (pp. 36-37)1.

Ante tan sofisticada explicación –no pedida, por otra parte– de su presencia en un acto protocolario, el entrevistador de la New Left Review (NLR en adelante) no ocultó su perplejidad, primero, porque siempre hay mejores cosas que hacer que asistir a una recepción del rey de España, y segundo, porque Juego de tronos también puede leerse como «una combinación repetitiva y estereotipada, que mezcla porno ligeramente sádico con formas pseudomedievales de hacer la guerra empapadas de sangre, una invitación, en definitiva, más dirigida a distraer que a reflexionar». Aunque no es difícil estar de acuerdo con este juicio sobre la serie, también es verdad que el entrevistador pierde de vista lo que más importaba al eurodiputado: que asistiendo a la recepción de la forma en que lo hizo no habría ningún medio de comunicación en España, ninguna de la ruidosas tertulias de televisión, que no dedicara al gesto de Pablo Iglesias sus comentarios airados o complacientes durante un buen rato y, además, que al entregar al rey el paquete con la serie de marras, Iglesias cultivaba lo que hasta aquel momento constituía una de las claves de su éxito: las audiencias de televisión, especialmente las que disfrutan con el sangriento –aun si la sangre nunca llega al río– espectáculo de las tertulias que lo auparon a la fama mediática y que tanto contribuyeron a fabricar «la marca, por decirlo de alguna manera, de Podemos», que sólo al cabo entonces de pocas semanas, en las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo, tendría que superar su primer test (p. 54).

Al entregar al rey el paquete con la serie de marras, Iglesias cultivaba una de las claves de su éxito: las audiencias
de televisión

Evitar un marco, el de izquierda, a la vez que protegía una marca, Podemos: todas las claves de interpretación del giro que Pablo Iglesias imprimió a la política de su partido desde que culminó en noviembre de 2014 el proceso constituyente iniciado dos meses antes con su elección como secretario general y la de su grupo de amigos como núcleo duro del Consejo Ciudadano de Podemos, aparecen explicitadas en esta cincuentena de páginas de NLR con lo que un lector inglés calificaría de extraordinaria ingenuity, sin disimulo, doblez o trampa alguna, tanto en el ensayo que, con el título «Entender Podemos», elabora por encargo de la revista, como, todavía más, en la entrevista que lo acompaña a continuación. Iglesias es consciente de la singular oportunidad que se abre ante él para darse a conocer en Europa y América como líder de Podemos y para explicar los motivos que han llevado a su partido a escalar a los primeros puestos en las encuestas de intención de voto. Buscando la complicidad con los lectores de NLR, «que es una de mis revistas de referencia», se propone explicar «por primera vez de primera mano el fenómeno Podemos»: qué somos, de dónde venimos y adónde queremos ir (p. 9). Y lo hace sin reserva mental alguna.

Redefinir el tablero electoral

Como en otras ocasiones –en Disputar la democracia, a la que su entrevistador se refiere, pero también en la ya por entonces abundante colección de conversaciones y de entrevistas, a las que es tan aficionado–, todo lo que Iglesias tiene que decir sobre cuestiones no relacionadas directamente con esas tres preguntas formuladas al modo ignaciano, carece de originalidad y no suscita interés alguno. Nada digno de mayor recuerdo tiene que decir que no sea lo mil veces trillado sobre historia europea o española del siglo XX, y sus incursiones en geopolítica, con las referencias a China o a Rusia, son algo menos que unos mediocres apuntes de primer curso de Facultad. En verdad, podía haberse ahorrado esos viajes al pasado de España y esas vueltas por el mundo que no son más que una mezcla de refritos y lugares comunes, reproducidos de nuevo en las primeras páginas de su artículo, aunque en esta ocasión con un propósito muy definido que servirá luego de punto de partida de sus propuestas políticas en vísperas de las elecciones del 24 de mayo: afirmar que toda esa historia puede resumirse en lo que Perry Anderson definió como una derrota de la izquierda, constatación de la que se deriva una propuesta estratégica muy original y, ahora sí, de su propia cosecha: «redefinir electoralmente el tablero político» español (p. 15). Y es en este punto donde comienza realmente la representación.

La posibilidad de esa redefinición viene dada en el caso español porque, a diferencia de otros países que también la han sufrido, la crisis económica se ha convertido aquí en una crisis social, una crisis orgánica, que finalmente se ha manifestado como una crisis de régimen, como agotamiento del modelo político y social surgido tras la muerte de Franco. Es significativo que Iglesias ya no hable en mayo de 2015 de régimen de 1978, ni de régimen del 78, excepto cuando tiene que responder a las preguntas de su entrevistador. Desde que los acampados y, luego, manifestantes del movimiento 15-M colgaron en la Puerta del Sol un cartel, y adornaron la fachada del Congreso con una pintada proclamando «Abajo el Régimen», el término «régimen» hizo fortuna –y así lo percibió y teorizó enseguida Íñigo Errejón– como forma de agrupar en su desprestigio a las elites que detentan de forma oligopólica la representación política, como negación del carácter democrático del Estado español y como colusión de representantes políticos y poderes económicos corruptos, lo que en definitiva significaba que el régimen del 78 no podía aspirar a ostentar ningún monopolio de legitimidad2.

Iglesias, sin tanta consistencia teórica como su colega, también pensaba en septiembre de 2013 que el régimen político español tenía mucho que ver con el orden instituido en 1978 sobre la base de un poder de clase que exigía reconocer que en la Transición el enemigo se movió muy bien, con la Monarquía como principal vínculo institucional con el franquismo, la sacrosanta Iglesia católica manteniéndose en todos sus privilegios y los Pactos de la Moncloa moviendo a las organizaciones de los trabajadores a decir: «Venga, vamos con eso»3. Ahora, sin embargo, en abril-mayo de 2015, y a pesar de que medio año antes, en Disputar la democracia, todavía había atacado al régimen y a sus principales pilares –la Monarquía, los Pactos de la Moncloa, la Constitución, la manipulación de las circunscripciones electorales, el sistema bipartidista, la OTAN, con un Juan Carlos tan detestado como Alfonso XIII– de una forma que su interlocutor considera «brillante», Iglesias se muestra «bastante amistoso con la Transición y los Pactos de la Moncloa, con la única excepción de no haber dejado resuelta la cuestión nacional» (p. 43).

Iglesias y Errejón, durante la campaña de las elecciones autonómicas, 9 de abril de 2015
Iglesias y Errejón, durante la campaña de las elecciones autonómicas, 9 de abril de 2015

La ausencia de referencias condenatorias al régimen del 78, sumada a la complaciente mirada proyectada sobre la Transición, es buena señal –no la única– de la radical transformación operada en el discurso de la cúpula de Podemos desde los días de enero de 2014, cuando se presentó públicamente como un no-partido, hasta la culminación en noviembre del mismo año de su formación como partido político capaz de amalgamar, gracias a su maña cibernética, una dirección altamente centralizada con una base sumamente dispersa: en las asambleas participa quien lo desee, pero el acceso a la dirección permanece reservado. Cierto que, aun si en enero de 2014 el grupo en torno a Pablo Iglesias –Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa y Luis Alegre– no se entendía como partido, ni quería serlo, ni iba a actuar como tal partido porque ya había muchos y no se necesitaba ninguno más y porque Podemos era tan solo «una llamada a la participación», ya desde marzo se había interpuesto la Constitución con sus «dificultades para la participación» y no quedaba más remedio que doblegarse a las exigencias del régimen de 1978, que aceptaban, «pero solo como imperativo legal»4, transformándose en partido con el único objeto de presentar una candidatura propia a las inminentes elecciones europeas.

Adquirida la administrativa condición de partido, aunque fuera a regañadientes, Podemos pugnó con todo el instrumental a su alcance para no ser ubicado por los electores en el espacio de la izquierda, un marco que desde su origen ha considerado perdedor, y no porque Perry Anderson dijera aquello que dijo sobre la derrota de la izquierda como síntesis de un siglo de historia, sino porque en las elecciones municipales de mayo y en las generales de noviembre de 2011, la suma de los partidos de izquierda, PSOE e Izquierda Unida obtuvo el peor resultado de su historia y su sangría no dejaba de manar en todas las posteriores encuestas de opinión. Por eso, aunque los dirigentes de Podemos procedieran de las Juventudes Comunistas o de una militancia en Izquierda Unida, y aunque contara entre sus fundadores con militantes de Izquierda Anticapitalista y de otros pequeños grupos de las diversas izquierdas que pululaban por el tablero político español desde 1986, lo más original de la irrupción de Pablo Iglesias y de su grupo más cercano consistió en cerrar las puertas de una vez por todas a cualquier intento de organizar una nueva izquierda, que se habría visto obligada a entrar en negociaciones con las ya existentes hasta formar otra coalición de izquierdas, más fragmentada y, en consecuencia, más perdedora. No es que ellos, los dirigentes de Podemos, ocultaran o disimularan que venían de la izquierda –ellos y, en algunos casos, sus papás y sus mamás, y hasta sus abuelos y abuelas–, sino que rechazaban de plano situarse discursivamente en ese marco cuando de lo que se trataba era de pegar una patada en el tablero electoral y redefinir todos sus espacios de tal modo que acabaran ocupando la centralidad en una guerra de posiciones contemplada en términos gramscianos, que Iglesias no aclara, aunque en Gramsci son diáfanos: la guerra de posición requiere tan «inaudita concentración de la hegemonía [que] una vez conseguida la victoria en ella, es definitivamente decisiva»5: con su estrategia bélica, Podemos se disponía a librar desde la centralidad la batalla decisiva, aquella que al liquidar las reservas del enemigo decide con una victoria el fin de una guerra.

La centralidad con tanto ahínco defendida ahora por Iglesias, que «no tiene nada que ver con el centro político del discurso burgués», se dirige a «la creación de un nuevo sentido común que nos permita ocupar una posición transversal en el corazón del recientemente reformulado espectro político» (p. 34), es decir, lo que de toda la vida se ha llamado ocupar una posición de centro, ya sea burgués, ya proletario el discurso. En todo caso, y a pesar de esa pirueta discursiva por la que el centro se convierte en transversal –una virguería que para nada ha influido en los electores, que siempre han ubicado a Podemos en la izquierda, y aun en lo más extremo de ella–, lo que interesa en mayo de 2014 es que por vez primera en la secular historia de una izquierda que ha conocido múltiples proyectos de refundación con el lanzamiento de iniciativas bautizadas como new left, nouvelle gauche, nuova sinistra, nueva izquierda, unión de izquierda, izquierda plural, izquierda anticapitalista, izquierda abierta, etc., la voz «izquierda» será en adelante vitanda si lo que se pretende es alcanzar, desde la izquierda, la hegemonía política y social cuyo primer paso exige no exactamente lanzar una batalla decisiva a la manera de las que se libraron en la Gran Guerra, que era en lo que Gramsci pensaba al hablar de guerra de posiciones en el campo político, sino algo tan prosaico como concurrir en paz a unas elecciones y ganarlas.

Adiós a Izquierda Unida

Esta especie de horror a situarse en un marco de izquierda fue resultado, ante todo, de una frustrante experiencia política: las conversaciones que el grupo dirigente de Podemos mantuvo con dos representantes de Izquierda Unida para conformar un gran bloque social y político capaz de generar una nueva mayoría política que, a juicio de Podemos, ya existía en el ámbito social. La propuesta de Podemos consistía en convocar unas elecciones primarias abiertas a la participación de toda la gente que lo deseara, sin control de censo y con la creación de círculos como espacio de empoderamiento popular donde los participantes tuvieran la última palabra. Dicho de otra forma, Podemos, que se había inscrito como Asociación de Participación Popular y había manifestado, por boca de Pablo Iglesias, que no quería ser un partido político porque ya había muchos, invitaba a Izquierda Unida a disolverse como organización y a sus cuadros a presentarse a unas primarias de las que saldría la candidatura de unidad popular, no como una coalición de diferentes siglas, sino como resultado de una convocatoria abierta a toda la ciudadanía con la que pensaban modificar a su favor «el reparto de posiciones en el tablero político» (p. 22). La metodología de primarias y la participación abierta a todo el que pasara por allí era principal seña de identidad para Podemos y, por tanto, condición sine qua no de cualquier estrategia unitaria.

«La teorización más precisa de aquella posibilidad populista la llevó a cabo Errejón a partir del pensamiento de Laclau», reconoce Iglesias

Los de Izquierda Unida rechazaron de plano la propuesta y dieron el caso por perdido. En su comunicado a la prensa, los dos partidos mantuvieron las formas y reconocieron que sus diferencias les habían impedido llegar a un acuerdo, añadiendo que, para ambos, estaba fuera de discusión «que remaban en la misma dirección». Si en algún momento esa afirmación fue algo más que una cortina de humo, a partir de entonces quedaba claro que cada cual iba a remar a su aire. El motivo se desprendía del mismo comunicado: Izquierda Unida entendía cualquier posibilidad de coalición como resultado de un debate sobre el programa y de un acuerdo sobre el tipo de candidatos idóneos para aquellos comicios, mientras que a Podemos, más que la discusión sobre un proyecto de programa elaborado por los cuadros del partido y la designación de los candidatos por los comités ejecutivos, lo que le interesaba era que el programa fuera resultado de la participación ciudadana en los círculos y que los candidatos fueran elegidos en primarias abiertas, fácilmente controlables con el adecuado manejo del ciberespacio6.

Esta experiencia, por sí sola, no habría bastado para una ruptura tan radical. Los dirigentes de Podemos, que habían participado desde dentro en las movilizaciones del 15-M, habían podido comprobar la magnitud de la fuga de votos sufrida por la izquierda en las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo de 2011, una fuga que había provocado la mayor acumulación de poder en Ayuntamientos y Comunidades Autónomas en manos del PP y que acabaría por llevar a la derecha a la mayoría absoluta en las generales de noviembre de aquel año, primer resultado político palpable del ciclo de movilizaciones iniciado el 15 de mayo. Para recuperar a toda esa gente que había dado la espalda al PSOE sin recalar en IU era menester elaborar un nuevo discurso político que, sin ser de izquierda ni de derecha, pudiera, primero, despertar el interés y, luego, mover la adhesión de todos los que en ese año de 2011 habían quedado huérfanos de referente político y que, habiendo votado tradicionalmente a uno de los dos partidos de izquierda, habían metido ahora en el mismo saco del rechazo y la protesta a todos los partidos del recién bautizado como régimen del 78 y no sabían qué camino tomar.

Preparándose para la ruptura populista

De este nuevo discurso, no fue Pablo Iglesias el ingeniero encargado de la construcción, sino Íñigo Errejón, recién regresado de su experiencia por América, donde tuvo ocasión de asimilar en la práctica lo que dominaba ya en la teoría: que la política contrahegemónica es una disputa por el sentido, en la que no importa la verdad o falsedad de lo que se afirma en el discurso, su contenido, sino la forma de articular identidades populares por medio del «trazado de una frontera antagónica que divide el campo político entre “el pueblo” y un exterior identificado como “los poderosos”»7. Era preciso construir un nuevo sentido común sobre demandas no atendidas por las instituciones, llenándolas de un nuevo significado recurriendo a significantes que flotaban y a nadie dañaban, situándolos en una cadena de equivalencias capaz de identificar un nosotros, definido como la gente, una versión muy elocuente de «la plebs que reclama ser el único populus legitimado, esto es, una parcialidad que quiere funcionar como totalidad de la comunidad», según había escrito Ernesto Laclau. Todo el poder a los Soviets, o su equivalente en otros discursos –sigue Laclau– constituiría una reivindicación estrictamente populista. Populismo que, con evocaciones de la patria, pasará pronto a nacionalpopulismo, no será ya, por tanto, una ideología con específicos contenidos, de izquierda o de derecha, sino una nueva posición en el tablero, aquella que se construye discursivamente transformando los intereses expresados en las demandas parciales de las mayorías subalternas en interés universal, fuente de una nueva y única legitimación. Y para que esto ocurra, era condición ineludible lo que Laclau define como ruptura populista: una dicotomización del espacio social, que permita a los actores verse «a sí mismos como partícipes de uno u otro de los campos enfrentados»8.

Ernesto Laclau
Ernesto Laclau

Iglesias elude en sus respuestas las cuestiones que el entrevistador de NLR le plantea en torno a lo que considera insuficiencias del análisis de Laclau. El debate teórico no es su fuerte, que queda bajo la competencia discursiva, bien demostrada, de su compañero de departamento: «la teorización más precisa de aquella posibilidad populista la llevó a cabo Errejón a partir del pensamiento de Laclau» (p. 21), reconoce Iglesias de buena gana. A él lo que le interesa es el resultado político de esa construcción discursiva: que en la cadena de equivalencias la crisis económica aparezca como / una crisis orgánica, / resultado de una corrupción generalizada / producida por un sistema bipartidista / cuyo origen radica en el régimen del 78 / consecuencia de un pacto entre elites que consolidó / la permanencia sin cambio de los intereses dominantes bajo la dictadura franquista. Esta es la cadena equivalencial que singulariza el discurso de Podemos en el momento en que se produce su botadura como partido en el primer trimestre de 2014: que el del 78 es un régimen, más que agotado, corrupto y que la corrupción es el nombre de una especie de pecado original que quedó impreso en la partida de nacimiento de aquel régimen por un pacto entre elites sellado en la Transición que es urgente dinamitar dicotomizando el espacio público, convirtiendo en «ellos» a todos los partícipes en los pactos de la Transición y en «nosotros» a esa mayoría social que sufría los efectos de la crisis de la que ellos –la Transición, el régimen, el bipartidismo, la casta– eran únicos culpables.

Lo que Iglesias añadió a esa nueva forma de populismo en construcción fue la percepción de la posibilidad abierta gracias al movimiento 15-M y a las mareas que en cierto modo fueron su continuación, de generar una identidad popular «politizable» electoralmente por medio de su personal presencia en programas de televisión: convertirse él mismo en ese punto nodal que agrega en una cadena de equivalencias todos los significantes flotantes. El propósito es claro: transformar a los que habían acampado en la plaza pública, y a los que marchaban en defensa de alguna demanda desatendida, en un nuevo sujeto político popular frente a las elites por medio de la agregación en una sola construcción discursiva de los diferentes materiales que los acampados habían impreso en sus pancartas o en los grandes carteles colgados en la Puerta del Sol y las mareas en sus camisetas verdes o blancas: «Abajo el régimen», «Lo llaman democracia y no lo es», «No nos representan», «Democracia real, ya». La construcción discursiva que conduciría, por medio de una hábil simplificación de lo complejo, a la ruptura populista con la dicotomización del espacio social encontró su más preciado instrumento en programas de televisión utilizados a la manera de «partido», con sus platós convertidos en verdaderos parlamentos (p. 24). La pantalla de televisión como el tren que el Reich alemán puso a disposición de Lenin y a otros treinta y un exiliados rusos para que pudieran atravesar sin ser molestados por la policía todo el territorio del imperio en su larga marcha a la estación Finlandia de Petrogrado. No sólo el gobierno de Irán –que financió uno de los programas del grupo con la expresa condición de que las mujeres no podían aparecer en pantalla sin pañuelo– sino que, en Madrid, cadenas con programas claramente protagonizados por elementos de la casta más agresiva pusieron a disposición de Iglesias «el gran dispositivo ideológico de nuestras sociedades»: la televisión (p. 23).

La marca Podemos

De manera que aquel volar alto facilitado por la negativa de Izquierda Unida a formar una coalición electoral, se realizará literalmente desde la altura, a través de la televisión: el pueblo acampado y las mareas marchando pasaron a definirse, sin solución de continuidad, «el pueblo de la televisión». La televisión, escribe Iglesias, más que los dispositivos de producción ideológica tradicionales, entre los que destaca a la familia, la escuela y la religión, es hoy la principal fábrica de «marcos a través de los cuales piensa la gente» (p. 23). Lo importante consistirá, por tanto, en «establecer discursos a través de personas que puedan ser referentes sociales», como el mismo Iglesias había señalado en su conversación con Nega al aleccionarle sobre el hecho de que hoy en día las siglas no suman mucho en lo social, que suma más un buen referente que una nueva sigla. Por eso, actuando desde la televisión como partido, el discurso construido como resultado de la dicotomización social permitirá a las víctimas de la crisis –sectores subalternos y clases medias empobrecidas, según Iglesias– identificarse como tales y visualizar, desde un nuevo nosotros, a «ellos», los adversarios, las viejas elites. Y para redondear el bucle, la máquina de producción ideológica visualizará también a un nuevo sujeto, un significante individual, un «fenómeno televisivo, Pablo Iglesias/el profesor de la coleta» (p. 24), fácilmente identificable en su presencia como uno de nosotros en contraposición a ellos. Este pueblo socializado políticamente por la televisión no era representable bajo las categorías tradicionales de posicionamiento político, izquierda o derecha, sino como un nosotros nuevo, «aglutinado inicialmente por el significante Pablo Iglesias», que no dudó en imprimir su faz dentro del círculo de Podemos en las papeletas para las elecciones europeas. Al cabo, y como ya había teorizado Errejón, los significantes adquieren todo su potencial dicotomizador cuando pueden ser visualizados en un portador personal, en alguien que los personalice: Evo Morales, por ejemplo, que lo significa todo para el pueblo boliviano; Pablo Iglesias, el tertuliano con coleta –como él mismo gusta de identificarse– que significa para los de abajo la cadena de equivalencias discursivamente construida contra los de arriba: azote de la casta, del bipartidismo, de la corrupción, de la Transición y de todo lo que quepa en la cadena.

Y si al volar alto, gracias al rechazo de IU, Podemos evitó el marco perdedor, al producir ideología tras un «intensísimo trabajo» en televisión pudo fabricarse como marca ganadora, presentándose en solitario a las elecciones europeas y obteniendo un resultado sorprendente por lo inesperado y prometedor, por lo que anunciaba para el futuro: una continua progresión en las intenciones de voto palpable en la calle y evidente también en encuestas por encima de toda sospecha como las del CIS. Sin duda, marca es una palabra horrible, reconoce Iglesias, «pero se entiende el sentido» (p. 54). Y por lo que finalmente se lucha es por eso, por el sentido, y para construir sentido era condición indispensable mantener potente la marca, no contaminarla con pactos o coaliciones con otras marcas perdedoras, no enclaustrarla entre guiones en una ristra de siglas, sino mantenerla en su alto y solitario vuelo, mirando de arriba abajo –alternando el ceño fruncido con la inevitable sonrisa despectiva– a los contertulios de los platós de televisión perdiendo nerviosos los papeles.

Evitado el marco perdedor y fabricada la marca ganadora, era hora de enfrentarse a la nueva realidad de un partido con millón y cuarto de votantes

Así que, una vez evitado el marco perdedor y fabricada la marca ganadora, llegaba la hora de enfrentarse a la nueva realidad de un partido con millón y cuarto de votantes en las elecciones europeas y crecientes expectativas para las generales. Iglesias sentía como un incordio que, entre unas y otras, estuvieran convocadas las municipales, a las que el nuevo partido decidió no concurrir para proteger de polvo y paja a la marca recién creada, aunque permitiendo a sus miembros y simpatizantes formar parte de candidaturas llamadas de unidad popular; y las autonómicas, a las que sí concurriría como tal partido, con la marca Podemos. Era consciente de que por la aparición de otro partido, Ciudadanos, que los obligaba a resituarse en el espacio político; por la propia normalización del suyo, que afectaba a su identidad como partido outsider; y porque el espacio mediático se había vuelto menos confortable para ellos, se veía obligado a replantear la «hipótesis Podemos» –la de la ruptura populista, la del asalto al poder en un solo envite– y a elaborar una nueva inteligencia estratégica (p. 34). Ni vírgenes ya, ni poseedores todavía de una fuerte y precisa identidad, ni con capacidad para elaborar un programa político tras el urgente abandono del que habían llevado a las elecciones europeas, decidieron apuntar alto y construir significantes en un ámbito en que no resultaba tan simple dicotomizar el espacio público, bien porque los nuevos significantes no significan nada, bien porque todo el mundo –también Ciudadanos– se apunta a sus significados comunes: recuperación de la soberanía, defensa de derechos sociales e incluso de derechos humanos, y esbozo de un programa económico9, del que nunca más se supo, fueron sus principales propuestas. Todo lo cual, reconoce Iglesias, daba lugar a «inmensas contradicciones y ambigüedades» (p. 38) derivadas de opciones situadas en un punto medio, en un terreno neokeynesiano, lo que no dejó de provocarle una lluvia de críticas y desdibujó las líneas del espacio con tanto arte comunicativo y con tanta eficacia dicotomizado en vísperas de las elecciones europeas.

Pues, al fin, lo que Podemos proponía ahora, en vísperas de las municipales, para salir de aquella crisis económica –que hasta esta nueva coyuntura se consideraba encadenada equivalencialmente a la crisis de régimen que era producto del bipartidismo que fue resultado de la Transición, que a su vez salió de un inicuo pacto de elites posfranquistas, todo ello dicho en una sola emisión de voz– fue un retorno más bien vergonzante a la socialdemocracia de antes de la crisis y aun de antes de la guerra: hoy, la centralidad –afirma Iglesias– está marcada por lo que José Luis Rodríguez Zapatero ya había señalado en un «lúcido diagnóstico […] un proyecto económico redistributivo frente al dogmatismo de la austeridad»10. Ante semejante descubrimiento, la construcción discursiva del espacio dicotomizado comenzó a desvanecerse, la gente y la casta dejaron de aparecer en el discurso político con la reiteración abrumadora de los meses anteriores, y el propósito de asaltar los cielos dejó paso a la propuesta de «cambio», plagio evidente del eslogan que dominó la campaña electoral de los socialistas en 1982, Vota PSOE Por el cambio, aunque en abril de 2014 Pablo Iglesias situara su cambio que no era recambio bajo la evocación de Olof Palme. La ambigüedad, sin embargo, era provisional, mera consecuencia de la nueva estrategia electoral «hasta que obtengamos el poder del Estado y de las instituciones», porque, como saben los dirigentes de Posemos que han leído a Jacques Rancière, la política en sentido fuerte se compone de momentos, que según Pablo Iglesias son dos: «el actual, momento estratégico; y luego el momento del Estado: uno es inseparable del otro» (p. 38). Podría decirse de otra forma, como un siglo antes lo habían dicho los socialdemócratas europeos, también los españoles: que una cosa es el programa máximo y otra el programa mínimo. Aquí al programa mínimo se le llama momento estratégico, caracterizado por la ambigüedad, y al programa máximo se le llama Estado, caracterizado por la totalidad, aunque Iglesias podría responder que al referirse al momento Estado él nunca ha hablado de gradualismo, sino de asalto, como tampoco habló de gradualismo Ernesto Laclau en su disputa con Žižek, sino de una parcialidad que funciona siempre como totalidad11: totalidad que se alcanza por agregación de parcialidades; asalto que se ejecuta después de ganar unas elecciones.

Alberto Garzón
Alberto Garzón
Para que los dos momentos se cumplan es imprescindible que en la marca ganadora no queden ni los restos del marco perdedor. Cualquier significante que pudiera situar a Podemos, ante la mirada del pueblo de la televisión, como un partido más en una coalición de izquierda tendrá que ser borrado o silenciado. De ahí la jactanciosa arrogancia y el desprecio sin limite con los que, a partir de las elecciones municipales de mayo de 2015, responde Iglesias a las propuestas de pactos que le llegan de IU con vistas a reducir en una «unidad popular» la fragmentación de la izquierda para las elecciones generales. Ahora ya no se trata de diferencias en la elaboración de candidaturas, de presencia y orden de las siglas y demás motivos de discusión propios de la vieja política, sobre todo cuando los actores de la vieja política proceden de la vieja izquierda. Ahora se trata de que los de Izquierda Unida son «unos cenizos» y que, por tanto, no hay opciones de pacto: «Ninguna. Cero. Fin de la cita. Cero». Tristones, aburridos, amargados, pitufos gruñones, tipos, en fin, con los que no se podía ir a ninguna parte. Así que, fin de la historia: «A mí dejadme en paz […] Nosotros no queremos hacer eso. Queremos ganar».

Modificar los ejes de discusión

Quieren ganar y, para lograrlo, Iglesias propone, como quien da la vuelta a un calcetín, nada menos que modificar los ejes de la discusión. Si Podemos insiste en hablar de desahucios, de corrupción y de desigualdad, y se resiste a entrar en debates sobre la forma de Estado o la memoria histórica, lo que está reconociendo –dice Iglesias– es que un discurso que automáticamente se asocia a la Guerra Civil «deviene marco perdedor en la batalla por la interpretación social» (p. 36). Bueno, Santiago Carrillo vio exactamente lo mismo desde 1956: que nada tenía que ganar el Partido Comunista si planteaba como centro del debate político el pasado de República y Guerra Civil y propuso, en consecuencia, la política de «reconciliación nacional». Que Pablo Iglesias, sesenta años después, se niegue a plantear ese pasado como eje de discusión política y rechace levantar la bandera republicana dice mucho de su inteligencia estratégica, sobre todo porque ha tomado esta decisión no porque no tenga opiniones formadas al respecto, sino porque «no tiene sentido en estos momentos buscar terrenos de enfrentamiento que nos alejen de la mayoría, que no es de izquierdas» (p. 23). Para constituirse en ejes de debate público, la república, la guerra, la dictadura, la memoria histórica y otros temas de similar enjundia deben esperar a que Podemos conquiste la mayoría que le abra el acceso a los «dispositivos de poder institucional». Entonces, en el momento Estado, sí se podrá, claro que se podrá.

De ahí, en fin, el reconocimiento, ante su sorprendido entrevistador por lo que estaba escuchando, que la crítica política e histórica de la Transición española cultivada por él y su partido estaba «en contradicción con el innegable hecho de su éxito social» (p. 43). Desde la nueva posición de centralidad-que-no-es-el-centro, Iglesias afirma ahora, para no perder el favor del pueblo de la televisión, que la crisis económica, orgánica y de régimen por la que atraviesa España nada tiene que ver con la Transición, sino con «la gestión neoliberal efectuada por el establishment político español» (p. 43). Reconoce además que debe dar un repaso al desenmascaramiento de la lógica del acuerdo por arriba entre las viejas elites franquistas y las nuevas elites políticas como fundamento de la transición a la democracia, porque al proceder a su denuncia no había caído en la cuenta del enorme apoyo social dado al proceso de transición, «que se mantiene a día de hoy». Lo cual quiere decir que ya no conviene denunciar la Transición para desenmascarar al régimen del 78, ni es oportuno utilizar los análisis que ha elaborado y difundido durante años sobre aquel período histórico para explicar lo que ahora está sucediendo: «el discurso, o el razonamiento, que yo empleé para explicar la Transición en Disputar la democracia [septiembre de 2013] no sirve para elaborar un discurso político en las condiciones actuales [abril de 2015]» (p. 44), reconoce Iglesias de nuevo con total ingenuity. Y con eso, muestra una vez mas, por si falta hacía, que cualquier historia, de la República, de la Dictadura, de la Transición, de lo que sea, escrita para un concreto uso político, es siempre una historia de usar y tirar: si la nueva circunstancia exige contar otra historia, se inventa y listo.

Ahora bien, proceder a una modificación tan explícita y radical de los «ejes del debate» y a dar por inservible un discurso recién elaborado con el propósito de dicotomizar el espacio público, equivale a reconocer que los hechos acaban por imponerse a los discursos; que un espacio discursivamente dicotomizado no siempre expresa ni causa un «nosotros» enfrentado a un «ellos»; en definitiva, que el constructivismo o la ilusión performativa del discurso en política siempre acaba por revelar, parafraseando a Lenin, su naturaleza como enfermedad senil del idealismo y que el viejo Marx tenía algo de razón cuando escribía aquello de que no es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino su ser social lo que determina su conciencia. Pues cuando el discurso político no da cuenta de los nexos internos que constituyen lo real y se mantiene como pura construcción discursiva, por mucho que pretenda transformar la plebs en populus, acabará por disolver su potencial movilizador. A no ser, claro está, que la construcción del discurso se realice desde el poder del Estado, ideal mayor y meta final de todo movimiento-partido que pretenda ser a la vez manifestación de protesta y ejercicio de poder. Llegará entonces, como tránsito de la ambigüedad a la totalidad, o como continuación del momento-estrategia en el momento-Estado, la nueva y última etapa en la construcción del discurso, la de la «victoria definitivamente decisiva», ese mañana en el que el control de los dispositivos administrativos permitirá a Podemos «librar las batallas discursivas en otras condiciones al tiempo que intervenir [en ellas] con políticas públicas» (p. 23) hasta alcanzar la soñada hegemonía. Y el que avisa no es traidor, podría haber añadido.

Santos Juliá es historiador. Sus últimos libros son Vida y tiempo de Manuel Azaña, 1880-1940 (Madrid, Taurus, 2008), Hoy no es ayer. Ensayos sobre la España del siglo XX (Barcelona, RBA, 2010), Elogio de Historia en tiempo de Memoria (Madrid, Marcial Pons, 2011), Camarada Javier Pradera (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012) y Nosotros, los abajo firmantes. Una historia de España a través de manifiestos y protestas, 1896-2013 (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014).

16/09/2015

1. Todas las citas del ensayo de Iglesias y de su entrevista remiten a la versión preparada y traducida por el consejo editorial para la edición en español de New Left Review, a la que se puede acceder gratuitamente en su página web. Aunque los editores afirman que las dos piezas fueron elaboradas en vísperas de las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo de 2015, es evidente que la primera incorpora en sus últimas páginas unos comentarios de Pablo Iglesias escritos después de esas elecciones. ↩
2. Iñigo Errejón, «El 15-M como discurso contrahegemónico», Encrucijadas. Revista crítica de Ciencias Sociales, núm. 2 (2011), pp. 138-139. De «La crisis del régimen del 78» se ocupó por vez primera de forma sistemática José Antonio Errejón, de Izquierda Anticapitalista y durante varias décadas alto cargo del mismo régimen: Viento Sur, 9 de enero de 2013. ↩
3. Conversación entre Pablo Iglesias y Nega LCDM, ¡Abajo el régimen!, Barcelona, Icaria, 2013, pp. 17-19. ↩
4. Según informa Juan Carlos Monedero, tan locuaz siempre, aunque de verbo infinitamente más florido y más vacuo que sus compañeros. ↩
5. «Paso de la guerra de movimiento (y del ataque frontal) a la guerra de posición también en el campo político», en Antonio Gramsci, Antología, selección y notas de Manuel Sacristán, Ciudad de México, Siglo XXI, 1970, p. 292. ↩
6. Para esta negociación y, en general, para un relato muy documentado que cubre toda la trayectoria de Podemos desde su origen hasta «el caso Monedero», lo mejor es acudir a Jacobo Rivero, Podemos. Objetivo: Asaltar los cielos, Barcelona, Planeta, 2015. Buenos análisis políticos pueden encontrarse en José Ignacio Torreblanca, Asaltar los cielos. Podemos o la política después de la crisis, Barcelona, Debate, 2015, y en Politikon, Podemos. La cuadratura del círculo, Barcelona, Debate, 2015. ↩
7. Íñigo Errejón, «Política, conflicto y populismo (I). La construcción discursiva de identidades populares», Viento Sur, núm. 112 (enero de 2011), p. 82. ↩
8. Ernesto Laclau, On Populist Reason, Londres, Verso, 2007, p. 81, y «La deriva populista y la centroizquierda latinoamericana», Nueva Sociedad, septiembre-octubre de 2006, p. 56. De Íñigo Errejón, «Muere Ernesto Laclau, teórico de la hegemonía», 14 de abril de 2014, y «Construcción de poder político y hegemonía nacional-popular indígena en Bolivia», Fundación CEPS, Papeles de trabajo, junio de 2010. ↩
9. Encomendado, junto a Juan Torres, a Vicenç Navarro, a quien Iglesias había calificado poco antes de «caradura» por haber trabajado a sueldo del Partido Demócrata de Estados Unidos en su conferencia «Comunicación política en tiempos de crisis». ↩
10. Lo escribe en un artículo publicado días después de la recepción del rey: «La centralidad no es el centro», 20 de abril de 2015. ↩
11. De Ernesto Laclau, el epígrafe «Žižek: Waiting for the Martians», On Populist Reason, pp. 232-239. ↩

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