“Con el cambio climático vamos a necesitar nuevos lugares para vivir” Entrevista a Marten Scheffer La Vanguardia 10/julio/2017

Posted on 2017/07/10

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Las investigaciones de Marten Scheffer (Amsterdam, 1958), catedrático de la Universidad de Wageningen (Holanda), han contribuido a medir y predecir el riesgo que corre un ecosistema de sufrir un cambio abrupto o potencialmente irreversible, y también a buscar la manera de evitarlo. Su primera y principal aportación fue demostrar la existencia efectiva de los llamados tipping points ( puntos de inflexión , que pueden convertirse en puntos de no retorno ), que no son sino transiciones agudas de los ecosistemas cuyas consecuencias puede ser devastadoras. Antes del trabajo de Scheffer estos puntos críticos se postulaban como hipótesis teórica, pero no se habían identificado aún. Por sus trabajos, acaba de recibir el premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Ecología.

-¿En qué trabaja ahora?

-Entre otros asuntos, en los arrecifes coralinos. Hemos sacado un artículo en Nature sobre resiliencia de formaciones coralinas. También el año pasado publicamos otro artículo sobre cómo medir con satélite la resiliencia de los bosques.

-¿Qué les pasa a los arrecifes de coral?

-Se enfrentan a una combinación de presiones: el calentamiento de las aguas y la acidificación de los mares. Ambas causas se deben al exceso de CO2. Pero a ello se unen la sobrepesca, la polución o la erosión que arrastra los sedimentos y las arenas que cubren los arrecifes.Usted se propone detectar esas señales de que la Tierra está cambiando.

– ¿Qué es el punto de no retorno?

-Se trata de detectar las situaciones en las que apenas se perciben cambios, pero en las que de repente estos se hacen radicales. Identificarlos y saber cómo nos acercamos a ese punto crítico es la tarea.

-Póngame un ejemplo de esa degradación acelerada.

-Por ejemplo, los bosques, que se enfrentan a situaciones climáticas más secas de lo que están acostumbrados. El gran riesgo es que se dé una mortalidad masiva de árboles.

-¿Está pasando?

-Pasa no sólo en los bosques tropicales; también en los boreales.

-¿A qué se debe?

-El árbol crece de una manera ajustada a las condiciones locales, pero cuando estas cambian radicalmente, no siempre se puede adaptar. Ante una situación seca, el xilema del árbol (tejido leñoso que conduce agua en forma ascendente) se hace más fino para prevenir que se rompa la columna de agua. Pero si la situación cambia de forma abrupta, se da un desajuste de adaptación y muere. Esa muerte puede deberse a la sequía, a ataques de insectos o al fuego. Pero el origen es la resiliencia del árbol, incapaz de afrontar una situación climática a la que no está acostumbrado.

-Es decir, el cambio climático es mayor que la capacidad de los árboles para adaptarse….

-Sí. Eso pasa. Además, también existe el límite en que puede desarrollarse el árbol. Los árboles pueden ajustarse a las condiciones climáticas gracias a su resiliencia, pero eso tiene un límite, que es el que decide dónde vamos a tener bosques tropicales, tundra o bosques boreales. Y esos límites se están moviendo también. Esa es la clave. Está en juego la capacidad adaptativa de la vida. No se puede tener un bosque tropical con menos de 1.500 mm de precipitación promedio al año.

Scheffer, fotografiado recientemente el día en que obtuvo el galardón
Scheffer, fotografiado recientemente el día en que obtuvo el galardón (Emilia Gutiérrez)

-Usted ha estudiado el acuífero de Doñana, sus problemas de cantidad y de calidad de agua. ¿Cuál es el diagnóstico?

-Si hay menos lluvias, también se puede extraer menos agua; pero, en cambio, se está dando una extracción excesiva de agua, recurso clave para mantener el humedal de Doñana. Sigue habiendo pozos ilegales. Hay regulaciones y normas, pero el desafío es asegurar que todo eso se cumple. La mayor parte de la extracción se debe a los usos agrícolas y para la población. Y en los dos casos hay bastantes pozos ilegales. El desafío es cerrarlos.

Doñana
Doñana (Jacques van Dinteren / Getty)
-Y luego también está el pro­blema de la calidad del agua…

-El problema es que el cultivo de la fresa y otros productos agrícolas producen aguas residuales que tienen excesivos niveles de nitrógeno y fosfatos. Esto es algo que se puede resolver perfectamente.

-¿Cómo?

-Hay que asumir que los precios de esos productos son demasiados baratos, porque no estamos pagando los gastos de depurar ese agua y cuidar el nivel freático. Una fresa producida en esa región debería ser más cara. Pero para los campesinos locales es difícil competir si unos gastan mucho en eso y otros no lo hacen. Entonces es esencial que la Administración gobierne esa situación. Ahora, el sistema no es transparente; oculta los impactos de la fresa. Resolver el problema de esta sobreextracción exige más transparencia del proceso productivo.

-¿Es optimista?

Yo creo que es importante lanzar mensajes positivos; decir : ”Las cosas no siempre van bien, pero vamos a poner más control…”. En los arrecifes coralinos, en los bosques tropicales o en Doñana hay una amenaza climática, pero en los tres casos podemos manejar la situación local de manera que los ecosistemas sean resilientes. En todas las situaciones hay la posibilidad de actuar localmente. Y aunque el cambio climático es difícil de frenar rápidamente y España no tiene el poder de hacerlo sola, sí tiene capacidad para manejar los factores que finalmente afecten a la resiliencia.

-¿Conoce al ecólogo Ramon Margalef?

-Sí, claro. Fue famoso, importante, un pensador muy inspirador.

-Él relativizaba la importancia del hombre en el planeta. Si el hombre desaparece, otras especies cubrirán su nicho ecológico, me dijo una vez ¿Es cínico ese planteamiento?

-Estoy completamente de acuerdo con él. En el pasado, la Tierra tuvo varias oleadas de extinciones, en la que la mayor parte de especies desaparecieron. La Tierra no nos necesita; pero el asunto ahora es dilucidar si nuestros nietos van a poder tener a Doñana o los bosques tropicales; o si nuestros biznietos deben esperar un millón de años para recuperarse las especies desaparecidas.

-¿Han desaparecido culturas por los cambios climáticos?

-Trabajé hace años en el estudio del colapso de culturas antiguas. El colapso muchas veces se dio por sequías. Pero antes de que se produjera, ya había señales de la pérdida de resiliencia. En América de Sur hay muchos ejemplos. Factores comunes son una tendencia a crear pirámides y rituales, un crecimiento demográfico y una degradación ambiental de la que es difícil salir porque hay costos fijos…

-Usted ha estudiado el colapso de los pueblos del suroeste de Estados Unidos…

-Sí, pero el colapso de las sociedades antiguas no implica que con las peleas, las guerras y las sequías todo el mundo muriera, sino que se mueven del lugar; emigran para creer una nueva cultura y organización. En la guerra de Siria, la población buscó primero refugio en las ciudades y ahora no para de salir de país. En la sociedad, nunca se repite la misma historia, pero sí se repiten elementos y puedes ver perfectamente las similitudes entre esta situaciones prehistóricas y situaciones que todavía tenemos.

-¿Qué situaciones ve más preocupantes?

-Ahora, vemos que es difícil vivir en partes de África. Es difícil vivir en Siria, donde empezó la agricultura. Nos enfrentamos al reto de tener que recolocar a mucha gente, porque con el cambio climático vamos a necesitar nuevos lugares para vivir.

 

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