Reseñas sobre «Estrella Roja», de Alexander Bogdánov

Posted on 2017/11/22

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Sobre este tema: Sedmoy sputnik, de Boris Lavrenyev. («El séptimo satelite», convertida en film del mismo título, dirigida por Grigori Aronov (1968).

  • Imaginar el futuro desde la utopía: “Estrella roja”, de Alexander Bogdánov. Por Jordi Corominas i Julián | Críticas | 12.04.10
  • ALEXANDER BOGDÁNOV – Estrella roja, 2010 (1905), por Jorge Vilches, en Imperio futura 9/4/1912
  • 1908-ESTRELLA ROJA – Alexander Bogdanov, Manuel Rodríguez Yagüe en Un universo de Ciencia-Ficción. 14/7/2011
  • Estrella roja – Alexander Bogdánov, por Sra. Castro, en Solo de libros 5/5/2012 

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Imaginar el futuro desde la utopía: “Estrella roja”, de Alexander Bogdánov. Por Jordi Corominas i Julián | Críticas | 12.04.10

  • Estrella roja. Alexander Bogdánov. Traducción de James y Marian Womack. Nevsky Prospects (Madrid, 2010)

Hubo un tiempo en que la izquierda creía en sus ideales porque las desigualdades extremas exigían actuar con celeridad para socavar el edificio capitalista. Pasados casi cien años desde la Revolución de Octubre es desesperante observar como se ha perdido la partida de manera tan deshonrosa. Hay una crisis más que económica, cuatro millones de parados en España y nadie mueve un dedo, y eso no es sólo salir a la calle y protestar, sino una actitud filosófica y vital. Una vez cayó el muro de Berlín los poderosos despertaron con inenarrable satisfacción; el camino estaba abierto para eliminar las clases sociales y vender la moto del fin de la Historia para comercializar en nuestras mentes un mundo ideal de consumo, despilfarro y medianía. Los sindicatos eliminaron su activismo y dejaron manos libres para la silenciosa condena del control absoluto en el que nos vemos sumidos, con el conformismo por bandera que ejerce en las personas mecanismos de adaptación hacia el sacrificio relativo. No viajaremos durante una temporada, ahorraremos pocos euros y esperaremos a que pase el vendaval. No se trata de eso. Cuando un sistema se agrieta conviene reventarlo sin piedad mediante la acción, pero para que esta actitud prospere urge meditarla y teorizarla, atacar a lo bestia conduce a la derrota por falta de previsión.

Los libros que hoy en día plantean reformas beben de los que mandan, son estériles punzadas con escasa originalidad temática y estética escritas por falleros que se cuelgan estériles galones, desechables en una tarde, pútridas e infectas medallas del autobombo. No ocurre lo mismo con Alexander Bogdánov. En 1905 fracasó el primer intento de acabar con la tiranía del Zar y la izquierda volvió a las catacumbas. La represión y las duras medidas legislativas aceleraron el proceso, aunque los futuros héroes no se rindieron y siguieron con su labor para terminar de una vez por todas con la eterna opresión simbolizada por la Dinastía Romanov. Alexander Bogdánov era uno de esos hombres, diferenciándose de sus compañeros por su afán experimental que le llevó a la muerte en 1928 tras una transfusión que se realizó a sí mismo. Veinte años atrás decidió reflexionar sobre los recientes acontecimientos y creó Estrella roja, novela que Nevsky Prospects presenta al público español en una estupenda edición de la que conviene analizar su contenido desde varias vertientes, pues tanto puede servir para divertirse como para meditar sobre nuestra propia época, demasiado carente de propuestas válidas para el futuro.

La estela de la modernidad y el sueño de superar la Tierra: alucinantes marcianadas socialistas.

Bogdánov redactó su espléndida novela de ciencia ficción nutriéndose del espíritu de principios del novecientos, cuando todo era posible y así lo transmitían la técnica y la cultura. Al leerla pensé inmediatamente por asociación en El viaje a la luna de George Méliès, filme de 1903 donde los selenitas son tratados como los habitantes de las colonias. El ruso es mucho más moderno y desde un principio nos presenta la superioridad de la sociedad marciana, capaz de realizar una misión a nuestro planeta para buscar al ser humano más dotado para comprender el universo marciano. El elegido es Leonid, quien se embarcará en el Eteronef, neologismo acuñado por el autor que significa astronave, y vivirá una aventura que en realidad es un relato de ciencia ficción cargado de ideas para construir un mañana mejor desde una estructura narrativa de corte clásico que, sin embargo, se sumerge en ámbitos inexplorados dándoles forma para que el contenido se hilvane con el mensaje.

El primer paso es el viaje, donde conocemos a los tripulantes mientras compartimos junto al protagonista su asombro por el alud de fantásticas novedades que ofrecen los marcianos, desde su insólito físico hasta su lenguaje, que Lenni aprende en un santiamén porque como buen investigador no renuncia a empaparse de lo desconocido. Además, el trayecto hacia el Planeta Rojo depara otras sorpresas que en gran parte quieren dar a conocer el modelo de sociedad socialista. El comandante de la nave no es superior al resto de los pasajeros, es el jefe porque conoce mejor lo que debe hacerse durante la singladura, pero no presume de dotes de mando ni intenta imponerse con dureza, sólo ejecuta su sinfonía laboral intentando armonizar con los demás miembros, piezas básicas que con sus conocimientos ayudan a que la misión llegue a buen puerto pese a una irreparable pérdida, la muerte es igual para todos, que atormenta al homínido y le sume en un desamparo de desconfianza que se desvanece con el aterrizaje, bien calculado pese a la extrema velocidad del Eteronef, sueño vanguardista surgido de la imaginación medio siglo antes de Yuri Gagarin y la perrita Laika.

El segundo punto es un trayecto turístico por Marte, singladura que no repara en paisajes y sí en comportamientos y metodologías. Lenni pasea y conoce los avances de una civilización espejo de lo que Bogdánov deseaba para Rusia. Las estadísticas permiten controlar la producción, el arte prescinde de ornamentos, el trabajo es el objetivo primordial y nadie se molesta por desarrollar sus tareas al ser útiles para la comunidad y proporcionar beneficios que van más allá de la mera esfera individual. El egoísmo ha pasado a mejor vida y la violencia sólo se ejerce excepcionalmente. Niños y adultos viven juntos pero no revueltos porque cada edad necesita ámbitos diferentes para desarrollarse y evolucionar. Para que la perfección lo sea debe ser imperfecta, y en la sociedad marciana existe el suicidio y la escasez de recursos, factor que nos llevará al tercer punto. Como nosotros, como si el autor hubiese intuido el desastre, los marcianos pagan un precio por su prosperidad. Explotan sus dominios y temen quedarse sin agotar sus fuentes productivas, lo que les obligaría en un futuro a navegar hacia otros confines para permitir la supervivencia de la especie.

Esa será la clave del tercer fragmento de Estrella roja: El debate de la nueva colonización para no perecer de éxito. Lenni sólo se dará cuenta de la magnitud del problema cuando aparque por causa mayor sus amoríos con una marciana y empiece a sospechar, y así se inicia la parte detectivesca del relato, que no es oro todo lo que reluce. Si un mundo se queda pequeño ir a por otro es lo más razonable y esa marciana diatriba permitirá que el protagonista asuma su condición humana y el amor que siente hacia sus semejantes.

Explicar un programa de manera entretenida: Socialismo para todos los públicos.

Lenni abrirá los ojos y la historia se avecinará a su conclusión en una atmósfera perfecta porque el colofón alía lo narrativo con la ideología. Cerramos el libro, respiramos y aplaudimos a nuestros antepasados. Bogdánov mostró con sencillez cómo es posible explicar un programa socialista sin caer en complicadas construcciones incomprensibles. El texto se lee con facilidad y los conceptos van entrando en el cerebro suavemente, sin indigestas cucharadas soperas, y seguramente ello se debe a la conciencia del autor de servir la Revolución para el pueblo, no para una minoría elitista. Quizá esa es la gran lección de su obra, dar al público páginas doctrinarias que en ningún momento traicionan el artefacto ficcional al adaptarse a la gran tradición fabulística consistente en aportar contenidos mediante un sutil continente apto para cualquier persona. Al fin y al cabo el Comunismo y el Cristianismo son sistemas humanos con libros sagrados que transmitieron a sus fieles moral e ideas desde letras comprensibles para cualquiera. Ambas construcciones sabían que la letra sin sangre sí entra. Tendemos a despreciar lo sacro. Estrella roja merece un altar, pero no tanto por su credo, sino por permanecer tras una agitada centuria y seguir siendo sólido con elementos que nosotros, hombres y mujeres del tiempo pasivo, deberíamos agarrar como un clavo ardiendo para quitarnos las máscaras y proponer soluciones ante el marasmo.

ALEXANDER BOGDÁNOV – Estrella roja, 2010 (1905), por Jorge Vilches, en Imperio futura 9/4/1912

La especulación sobre el porvenir del Hombre ha servido no sólo para soñar, también para la crítica del presente. Marte ha dado mucho juego en este sentido. H. G. Wells, enorme literato y socialista de mesa camilla, publicó La guerra de los mundos en 1898, lo que le sirvió para criticar a la opinión pública victoriana, a la Iglesia anglicana -no a la religión- y al modelo de gobierno británico, que en su opinión era ineficaz a la hora de responder a las necesidades sociales.

Catorce años después, en 1912, un norteamericano, Edgar Rice Burroughs, creaba el personaje de John Carter, un ex soldado que vivía unas imposibles y fantásticas aventuras en Marte y que repetía acríticamente los estereotipos conservadores del Occidente de su tiempo. Los comunistas no se quedaron atrás en el uso de Marte. Alexander Bogdánov, bielorruso, médico y revolucionario, vio gran potencial propagandístico a la composición de una novela futurista sobre el socialismo. Y es que tras el fracaso de 1905, en Rusia hacia falta más propaganda y otra estrategia.

Por esto, Bogdánov y Lenin se enzarzaron en un fuerte enfrentamiento desde aquel año. El primero publicó una obra en que combinaba el marxismo con la filosofía de Mach, Ostwald y Avenarius, lo que a Lenin le parecía una traidora aberración. Le acusó de idealista, lo que entre revolucionarios fanáticos de la praxis era poco más o menos que una condena. De hecho, Lenin consiguió que expulsaran a Bogdánov del partido en junio de 1909. Esto no impidió que en 1918 éste fuera contratado como profesor en la Universidad de Moscú, y que dirigiera la Academia Socialista de Ciencias Sociales.

Demasiado individualista para los soviéticos, el movimiento artístico de Bogdánov, el Proltkult, fue denunciado por Pravda en 1920 por “pequeñoburgués”. Desde entonces fue vigilado por la policía secreta. Quizá en venganza, en 1924 Bogdánov propuso que se crionizara el cerebro de Lenin para implantarlo en otro cuerpo cuando la ciencia lo permitiera.

Alexander Bogdánov utilizó Marte para mostrar su idea del paraíso comunista en la obra Estrella roja (1908), publicada en castellano por la editorial Nevsky Prospects, en una edición impecable, que añade un prólogo de Edmund Griffiths y un epílogo de Marian Womak. El relato de Bogdánov es simple pero interesante: un revolucionario profesional es captado por los marcianos para que vaya al Planeta Rojo (qué casualidad) y sepa cómo funciona una sociedad comunista. Los marcianos andan buscando la manera de colonizar la Tierra, y se plantean dos alternativas: hacerlo como idearía Wells –liquidar y asentarse– o transformar el Planeta Azul en otro paraíso socialista y aprovechar sus recursos naturales.

Bogdánov llama a su protagonista Leonid, alias Lenni; pero no debemos confundirnos: no es un remedo de Lenin. El autor y el posterior líder bolchevique no se llevaban precisamente bien, como ya vimos. Leonid fue un amigo íntimo de Bogdánov, quien también aparece en estas páginas por medio de Werner (uno de sus seudónimos), el médico de Lenni. Al final de la novela aparece un tal Vladimir, igual se llamaba Lenin, y lo describe como hombre de pocas luces.

El valor político de Estrella roja reside en que muestra la mentalidad del comunista de principios del siglo XX. Bogdánov reproduce a la perfección la ingenuidad de los comunistas en la construcción pacífica, ordenada y estatal del hombre nuevo. El trabajo, las relaciones sexuales, la paternidad, la educación, la vivienda, el suicidio o la alimentación están milimétricamente planificadas por un poder del que Bogdánov no explica su origen. Todo lo dispone un comité de sabios, de ingenieros sociales que toman las decisiones sin control ni consulta. El individuo es un engranaje de la maquinaria social cuyas necesidades vitales cubre el planificador. Claro, no es libre. La diferencia no existe, hasta el punto de que hombres y mujeres son físicamente iguales gracias a ciertos tratamientos médicos. La ciencia está al servicio del poder omnímodo. Es curioso contrastar cómo la utopía de Bogdánov es, ya en la realidad, la distopía de Orwell y Huxley.

Bogdánov conserva en Estrella roja esa mística de la revolución, esa visión romántica de la sangre y el fuego tan característica de la Europa anterior a la Gran Guerra. El autor cree en la necesidad de liquidar a la burguesía para construir el hombre nuevo. El conflicto es inevitable, porque, como escribió el padre intelectual de Bogdánov, Karl Marx, la historia de la Humanidad es la historia de la lucha de clases.

Lo que mejor retrata la referida ingenuidad es la consideración del socialismo como la fase superior de la civilización universal. Los marcianos ven en los terrícolas una especie destructora porque está sumida en el liberalismo político y económico, que ha hecho degenerar al hombre. La relación entre ambos planetas es, en consecuencia, imposible. Esto recuerda a lo que decenios después escribió Arthur C. Clarke en El fin de la infancia: estamos muy atrasados respecto a la marcha del Universo.

El discurso sobre la malignidad del hombre y su condición de plaga sobre la Tierra es perfectamente actual: la protesta izquierdista tiene hoy cariz ecologista. En la descripción que uno de esos ingenieros sociales marcianos, llamado Sterni, hace del carácter incorregible del ser humano, podría intercambiarse socialismo y derivados por ecologismo y sucedáneos, y el contenido sería el mismo. La Tierra sólo se puede salvar, dice Sterni, si el hombre desaparece. “¿Los socialistas también?”, pregunta Lenni. “También”.

El valor literario de la novela, que lo tiene, no está solamente en su carácter entrañable, así como en la buena construcción de los personajes: la traductora y editora de esta edición, Marian Womak, asegura que se trata de la primera novela steampunk en ruso. Este subgénero, desarrollado en la década de los ochenta del siglo XX, se caracteriza por la ambientación de las historias en sociedades completamente victorianas, pero rodeadas de tecnología futurista. La idea es sugerente y discutible, porque, a diferencia de lo que ocurre con Verne o Wells, el anacronismo en Bogdánov no existe, ya que los avances pertenecen a otra civilización, no a la nuestra, y casi toda la acción se desarrolla en otro planeta, con lo que la sociedad victoriana no aparece. Eso sí, el Eteronef, la nave estelar marciana, merece un hueco principal entre los artefactos más originales de los precursores de la ciencia-ficción.

Nos encontramos, por tanto, ante una novela sobre las ensoñaciones de un comunista idealista de comienzos del siglo XX, que creía que el socialismo era la fase superior de la civilización universal. Claro, que a lo del socialismo en el cosmos se le puede aplicar lo que decía Agustín de Foxa de la invasión de Inglaterra: “sólo es posible en las novelas”.

 


Estrella roja – Alexander Bogdánov, por Sra. Castro, en Solo de libros 5/5/2010

Casi una década antes de que la Revolución de Octubre diera lugar al primer estado comunista de la historia, Alexander Bogdánov escribió Estrella roja, una novela utópica en la que se recoge cómo sería la existencia en una sociedad en la que las ideas socialistas hubieran sido llevadas a cabo.

Esa sociedad, sin embargo, la sitúa Bogdánov en Marte, el planeta rojo; pero en ello no hay que ver únicamente un guiño al color de la bandera revolucionaria, sino también una necesaria toma de distancia, imprescindible para describir ese nuevo mundo ideológico desde la perspectiva de alguien totalmente ajeno a él.

Leonid, el protagonista de Estrella roja, será por tanto un terrícola ruso; un hombre que trabaja por el triunfo de la revolución y que, precisamente por sus ideas, ha sido elegido por los marcianos para que conozca su mundo. Un mundo, el marciano, que en el pasado sufrió los mismas problemas y tensiones que las sociedades del planeta Tierra, pero que, gracias a una revolución pacífica, abandonó las premisas del capitalismo y trabajó en la consecución de una sociedad más justa y más feliz.

Así pues, la narración de Estrella roja recoge fundamentalmente las impresiones de Leonid acerca del modo de vida marciano: sus casas, ciudades, vehículos, relaciones sociales o descubrimientos en ciencia y tecnología; aunque se ocupa fundamentalmente de los medios de producción y de las formas de trabajo. En esta utopía Bogdánov magnifica ese maquinismo que sería después tan del gusto soviético: enormes factorías donde millares de obreros manejan impresionantes máquinas dedicadas a la producción intensiva. Sin embargo, esos obreros han logrado, gracias a la tecnificación, un considerable aumento de la calidad de vida y un descenso de las horas de jornada laboral.

Sorprende la capacidad de Alexander Bogdánov para adelantarse a su tiempo, al introducir en su relato elementos que hoy son una realidad, pero que a principios del siglo XX apenas comenzaban a estudiarse, como la antimateria, la radioactividad o el uso de la energía nuclear. A pesar de ello, Estrella roja no es una novela de ficción científica al uso, pues se ocupa más bien de ficcionar sobre el modo de organizarse de una sociedad; y en ese sentido, los avances técnicos se describen precisamente como fruto propio de la particular ordenación de esa sociedad.

En otra cosa se adelantó Bogdánov a su tiempo, al incluir como línea argumental en la novela los problemas derivados del fin de los recursos naturales y del exceso de población con el que se enfrentan en Marte. La resolución de estos problemas provoca un dilema entre los líderes del planeta: ¿tienen derecho a invadir otros planetas ricos en aquellos recursos que necesitan para mantener su modo de vida y producción y privar a quienes lo habitan de esa riqueza, aun cuando no esté siendo explotada?

La respuesta a esta cuestión se puede encontrar de alguna manera en el excelente prólogo de la edición de Nevski Prospects, a cargo de Edmund Griffiths, de la Universidad de Oxford. Griffiths habla del género de la novela utópica como aquel que se atreve a imaginarse un mundo mejor, en el que los seres humanos (o en este caso, los marcianos) intentan que prevalezca la justicia y la bondad. Ese género, idealista y soñador, ha sido desbancado en los últimos tiempos por la distopía: ya sólo podemos imaginar el futuro bajo la forma de algún cataclismo que lo arrasará todo. Pero en el momento en que Alexander Bogdánov escribía Estrella roja, el optimismo aún era capaz de imaginar un futuro lleno de promesas.


1908-ESTRELLA ROJA – Alexander Bogdanov, Manuel Rodríguez Yagüe en Un universo de Ciencia-Ficción. 14/7/2011

Mientras que algunas mentes se maravillaban contemplando las vastas distancias cósmicas, otras se quedaban más cerca de casa; mientras algunos se preguntaban sobre los orígenes del Universo, otros se preocupaban acerca de cómo podríamos viajar hasta nuestro vecino más próximo, la Luna. Es en la cara oscura de ese satélite donde se abre un cráter de 75 km de diámetro bautizado Rynin. Bañado perpetuamente por una luz crepuscular, es ignorado por la mayoría de los que alzan sus ojos hacia el espacio; tampoco conocen a la persona con cuyo nombre se bautizó: Nikolai Alexsevitch Rynin, un ingeniero soviético, maestro, investigador aeroespacial, escritor, historiador e incansable promotor del viaje espacial.

Esta figura clave en la historia de la ciencia ficción comprendió la relación entre ese género literario y la realidad: publicó una enciclopedia en nueve volúmenes sobre el viaje espacial (Vuelo Interplanetario y Comunicaciones), entre 1927 y 1932, en la que no solo compilaba la investigación existente sobre el particular en aquel momento, sino que subrayaba la importante influencia que la ciencia ficción había jugado en la forma en que se había pensado y concebido el viaje espacial. Rynin documentaba cómo la ficción de las revistas pulp, repleta de asombrosas tecnologías, inmensas naves interplanetarias y flotas estelares más rápidas que la luz atravesando el espacio-tiempo, habían demostrado ser un factor fundamental en el inicio de la carrera espacial.

Rynin formó parte de ese amplio grupo pionero de apasionados soviéticos por el viaje espacial, una pasión que atrajo a muchos tecnócratas bolcheviques de primera generación que se definían a sí mismos como heraldos del futuro y visionarios de un orden social utópico basado en la ciencia y la tecnología. Esta novela que comentamos ahora es un botón de muestra de aquella ideología político-tecnológica.

En ella, Leonid, un bolchevique ruso es invitado a viajar a Marte. Leonid declara: “Se está derramando sangre por un futuro mejor. Pero para librar esa guerra debemos conocer el futuro”. Por supuesto, Bogdanov, el escritor de esta novela, conocía el futuro gracias a los escritos de Marx y Engels; y eso es lo que Leonid se encuentra: un paraíso socialista en el que la eficiencia mecánica ha eliminado la necesidad de la labor manual y todos los trabajadores desarrollan una actividad de tipo organizativo o científico. Los marcianos pasan su tiempo libre o bien trabajando o en museos; y vaya si tienen tiempo libre, porque las transfusiones de sangre de los jóvenes a los mayores han prolongado la esperanza de vida. La sociedad disfruta de una avanzada tecnología: video-teléfonos, artefactos voladores e interplanetarios, producción industrial automatizada, energía atómica…La trama en sí (con enfermedades, enamoramientos, viajes a Venus, intrigas y un asesinato), no es particularmente interesante, pero sí lo son el trasfondo y la influencia del libro.

Alexander Bogdanov fue un activista bolchevique, científico y filósofo, al que puede justamenteconsiderarse fundador de la ciencia ficción rusa gracias a esta novela. Físico teórico, desarrolló una pretenciosa obra que trascendía los límites de la filosofía y la ciencia, colocando los cimientos de la cibernética y la teoría de sistemas. Mientras otros se dedicaban a convertir el marxismo en una revolución, Bogdanov se pasó la vida tratando de convertir el marxismo en ciencia, de hacer realidad el paraíso comunista de “Estrella Roja”. Para ello inventó la tectología, el estudio de los sistemas organizativos: trataba de encontrar las leyes que gobiernan las relaciones entre sistemas sociales (la política, la biología, el arte, la filosofía…), según él tan precisas como las de la física o la química. Era un ambicioso enfoque holístico al tiempo que ferozmente materialista con el que trataba de cerrar la brecha entre ciencia y filosofía, dando a luz un nuevo renacimiento cultural.

Desde un punto de vista histórico, es importante no olvidar que Bogdanov escribía esta novela una década antes de que tuviera lugar la Revolución rusa. De hecho, escribía como respuesta a la revolución de 1905 que impulsó al zar Nicolás II a promulgar una constitución y crear un parlamento. Para entonces ya hacía algunos años que los marxistas se habían escindido en bolcheviques y mencheviques. Como el héroe de “Estrella Roja”, Bogdanov se alineó con el primer grupo y junto a Lenin fue uno de los pioneros de la acción revolucionaria. Así, su novela forma parte de su tarea propagandística.

La obra no sería más que un curioso panfleto ideológico si no fuera porque Bogdanov se dio cuenta de que el colectivismo no estaba exento de peligros, como tampoco los avances tecnológicos. Incluso un paraíso socialista tiene la necesidad de una revolución permanente. Aun después de haber visto realizados sus planes, los socialistas marcianos se dan cuenta de que: “durante el periodo más reciente de nuestra historia, hemos multiplicado por diez la explotación de nuestro planeta, la población está aumentando y nuestras necesidades se incrementan incluso más rápidamente. El peligro de agotar nuestros recursos naturales y la energía ha venido enfrentando a varias ramas de nuestra industria”. En lucha continua contra una población siempre creciente, el socialismo no iba a conocer la paz.

Ese tipo de interpretación liberal del marxismo molestó a algunos tipos importantes, como su antiguo amigo Lenin, y Bogdanov (a la izquierda de la foto, jugando al ajedrez con Lenin) acabó en los años veinte expulsado de los círculos ideológicos del partido. Tras la muerte de Lenin, no obstante, consiguió convencer a Stalin para que financiara sus extraños experimentos sobre transfusión sanguínea que, al final, provocarían su propia muerte (al intercambiar sangre con un estudiante enfermo). Sus esfuerzos no serían del todo vanos, porque el instituto que fundó siguió abierto y se convertiría en el núcleo de lo que acabaría siendo el sistema soviético de bancos de sangre.

El tema de una utopía socialista en Marte no se agota en “Estrella Roja”. Añós más tarde volvió a renacer entre los seguidores de un medio más populista que la literatura: el cine. El clásico film soviético “Aelita” (1924), de Yakov Protanazov nos cuenta la historia de unos astronautas rusos que abanderan a los sojuzgados marcianos en una revolución proletaria.

En una época en la que los revolucionarios comunistas tenían la cabeza en las nubes, Bogdanov la tenía en otro planeta.

 

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