Marc Bloch y la Escuela de los Annales / Grupo Akal

Posted on 2018/02/21

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[fragmento del  libro “Las escuelas históricas” de Guy Bourdé y Hervé Martin]

La Escuela de los Annales menosprecia el acontecimiento y hace hincapié en los períodos de larga duración; desplaza la atención de la vida política hacia la actividad económica, la organización social y la psicología colectiva, y trata de aproximar la historia a las otras ciencias humanas. Sus orientaciones generales se exponen en los polémicos artículos de L. Febvre (Combats pour l’histoire), en el manifiesto inacabado de M. Bloch (Métier d’historien), y se ponen en práctica en obras ejemplares, como las tesis de F. Braudel (la Méditerranée a l’époque de Philippe II) y de P. Goubert (Beauvaix elles Beauvaisis aux XVIIe y XVIIIe siecles) entre otros.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la «nueva historia» se impone mediante una revista –Les Annales ESC– cuya notoriedad va acrecentándose, mediante el instituto de investigación y enseñanza -la sexta sección de la «Escuela Práctica de Altos Estudios»-, y gracias a la buena relación con las editoriales y la prensa. Entre los años 1950 y 1960, los colaboradores de los Annales profundizan en la geografía histórica, en la historia económica y en la demografía histórica; en la década de 1970 inician el cultivo de la historia de las mentalidades. Después de medio siglo de experiencias, la mayor parte de los historiadores de Francia y algunos historiadores extranjeros -de Europa occidental, Estados Unidos, América latina- se muestran influenciados por el espíritu de los Annales, a pesar de que éste no haya podido vencer completamente la resistencia universitaria.

Marc Bloch: El oficio de historiador

Marc Bloch, nacido en 1886, en el seno de una familia burguesa judía, pasa por la Escuela normal superior, sigue los cursos de F. Lot, Ch. Pfister, P. Vidal de La Blache en la Sorbona, permanece algún tiempo en las universidades alemanas de Leipzig y Berlín, y, después, enseña historia en los Liceos de Montpellier y Amiens hasta 1914. Vive, como oficial, la dura experiencia de la Primera Guerra Mundial. Al finalizar el conflicto defiende una tesis abreviada -«Reyes y siervos»- sobre las manumisiones concedidas por los últimos capetos de línea directa. De 1919 a 1936, M. Bloch fue profesor de la universidad de Estrasburgo, donde las autoridades habían expulsado, por razones de prestigio, a algunos intelectuales de valía. En este hogar cultural anudó relaciones fructíferas con los historiadores -L. Febvre, A. Piganiol, Ch.-E. Perrin, G. Lefevre- y los psico-sociólogos -Ch. Blondel, M. Halbwachs, G. Le Bras-. El grupo de Estrasburgoacrecienta entonces su audiencia a partir de la publicación, en 1929, de su revista: Les Annales d’histoire économique et sociale.

Especialista de historia medieval, M. Bloch se dio a conocer con tres obras importantes: Les Rois thaumaturges -un estudio acerca del carácter sobrenatural atribuido al poder real, especialmente en Francia y en Inglaterra (primera edición, 1923)-, Les caractéres originaux de l’histoire rurale frafaise -análisis de la evolución de las estructuras agrarias en el Occidente medieval y moderno desde el siglo XI al XVIII (primera edición, 1931) y La Société féodale -síntesis de los conocimientos de aquel momento acerca de la organización social en la Edad Media (primera edición 1936)-. Con ellos crece el prestigio de M. Bloch: da conferencias en Madrid, Londres y Oslo; multiplica su artículos y críticas en los Annales; finalmente, sucede a Hauser en 1936 en la Sorbona.

Cuando se halla en plena actividad, tratando de crear un instituto de historia económica en la universidad de París, M. Bloch se ve obligado a interrumpir sus trabajos. De nuevo movilizado, debe incorporarse en septiembre de 1939 a la llamada «guerra de broma» y presencia la catástrofe de mayo-junio de 1940. Puede escapar con dificultades del cerco y se refugia en la Creuse, donde redacta, todavía recientes los acontecimientos, entre julio y septiembre de 1940, L’Étrange Défaite. La obra, testimonio extraordinariamente lúcido, pone de relieve los desequilibrios de la sociedad francesa; descubre las debilidades de los militares, de los políticos, de los hombres de negocios y de los intelectuales; y explica las causas de la derrota del ejército, del «éxodo» y suicidio de la República. A pesar de ser judío asimilado, ateo por convicción, además de ex combatiente, M. Bloch se siente amenazado por las medidas antisemitas adoptadas por los alemanes de la ocupación y por sus colaboradores franceses. En 1941 y a comienzos de 1942, el gobierno de Vichy le permite ejercer la enseñanza en Clermont-Ferrand y después en Montpellier. Pero, en noviembre de 1942, cuando el ejército alemán invade la zona libre, se ve obligado a pasar a la clandestinidad. Algunos meses después, M. Bloch se une a la Resistencia en la región de Lyón. En vísperas de la Liberación, en junio de 1944, es detenido, torturado y fusilado por los nazis.

Durante su estancia en la Creuse, en 1941, Bloch intentó, «tratando de hallar un poco de equilibrio espiritual», reflexionar sobre el método en la historia a partir de la experiencia del grupo de los Annales. Su manuscrito, incompleto, fue arreglado y publicado por L. Febvre con un título doble: Apologie pour l’histoire ou Métier d’Historien. A pesar de su carácter fragmentario, el cuaderno de notas de M. Bloch se nos presenta como una respuesta al manual de Ch-V. Langlois y Ch. Seignobos, como un manifiesto de la escuela de los Annales, contrario al breviario de la escuela metódica. Sin embargo, M. Bloch es algo menos crítico que L. Febvre respecto a la «historia historizante», y aprecia el progreso de la erudición en el siglo XIX:

«La escuela alemana, Renan, Foustel de Coulanges, han dado categoría intelectual a la erudición. El historiador ha sido conducido por ellos al taller.»

Sin embargo, M. Bloch admite que la erudición puede moverse en el vacío en las obras de los discípulos de G. Monod:

«Los márgenes inferiores de las páginas ejercen, sobre muchos eruditos, una atracción casi vertiginosa.» Bloch condena, al igual que L. Febvre, la falta de ambición de los historiadores «positivistas»: «Muy preocupados, debido a su educación primera, por las dificultades, las dudas, las frecuentes repeticiones de la crítica documental, extraen de estas constataciones, ante todo, una lección de humildad desengañada. No les parece que la disciplina a la que dedican su talento sea capaz, a fin de cuentas, de darles conclusiones completamente ciertas para hoy, ni muchas perspectivas de progreso para el futuro.»

M. Bloch afirma, contrariamente a lo que sostienen Ch-V. Langlois y Ch. Seignobos, que «el stock de documentos» del que dispone la historia no es ilimitado; aconseja no utilizar exclusivamente documentos escritos y recurrir a otros materiales (arqueológicos, artísticos, numismáticos, etc.):

«Nuestro conocimiento de las invasiones germánicas depende tanto de la arqueología funeraria y del estudio de la toponimia como del examen de las crónicas o de las cartas (…). Las imágenes pintadas o esculpidas, la disposición de las tumbas y su mobiliario pueden documentarnos sobre sus creencias y actitudes por lo menos tanto como muchos escritos.»

Respecto a la Antigüedad grecorromana, es verdad que los documentos son excepcionales, que nos son conocidos, que están clasificados, traducidos y comentados. Así todas las obras de los autores griegos -Platón, Aristóteles, Jenofonte, Plutarco, etc.- y de los autores latinos -Cicerón, César, Tito Livio, etc.- están reunidas en los doscientos o trescientos volúmenes de la colección Budé. Sin embargo, en el momento en el que escribe M. Bloch, se comenzaba a profundizar en la percepción del mundo helenístico y romano y a renovar la metodología de las excavaciones arqueológicas. Un ejemplo: gracias al descubrimiento de los templos, teatros, termas, mercados, tiendas, casas, calles y plazas de Ostia y Pompeya, J. Carcopino puede escribir su Vie quotidienne a Rome (primera edición, 1938). El propio M. Bloch no se limita, para el estudio de la Edad Media occidental, a los cartularios, actas de cancillería y vidas de santos, sino que se interesa por los tesoros enterrados en los períodos turbulentos, lo que le impulsa a esbozar una «Historia monetaria de Europa» (cf. algunos capítulos publicados, a título póstumo, en 1954). Simultáneamente, E. Salín arroja nueva luz sobre el tiempo oscuro de los reinos bárbaros, haciendo un inventario de las armas, adornos y muebles depositados en las tumbas, y escribe en 1943 «El hierro en la época merovingia». Cofundador de los Annales, al proponer extender el concepto de documento a las fuentes no escritas, consigue Bloch que los trabajos arqueológicos adquieran un desarrollo considerable después de la Segunda Guerra Mundial (ejemplo: P.-M. Duval, Paris, des origines au Ill’ siecle, 1961; M. de Bouard, Manuel d’archéologie médiévale, 1975; R. Buchanan, Industrial Archeology in Britain, 1972, etc.).

M. Bloch no pretende tan sólo explorar nuevos documentos, sino descubrir nuevos campos. De todos los responsables de los Annales, es el más inclinado hacia el análisis de los hechos económicos. En este terreno, aunque no lo haya reconocido explícitamente, está influido por Marx, el cual le inspira el interés por poner en relación las estructuras económicas y las clases sociales; también queda influenciado por las investigaciones del economista F. Simiand y del historiador H. Hauser, que le animan a apreciar las fluctuaciones económicas a partir de las series de precios. M. Bloch realiza indudablemente su obra maestra con Les Caracteres originaux de l’histoire rurale française du XIe au XVIIIe siecle (1931). Observar en este libro las formas de ocupación del suelo, las técnicas de producción, las formas de poblamiento, las condiciones señoriales, las prácticas comunitarias durante una etapa de larga duración y en el conjunto del territorio nacional. La vía por él trazada es seguida por los medievalistas de la generación siguiente, como lo demuestran la obra de R. Boutruche, Seigneurie et Feodalité (1959), o L’Économie rurale et la Vie des campagnes dans l’Occident médiéval(1962), de G. Duby. Además, M. Bloch desea que la historia económica se dirija más hacia el mundo contemporáneo:

«¿Se puede creer que para comprender la sociedad actual basta con zambullirse en la lectura de los debates parlamentarios y en los archivos de protocolos? ¿No es necesario saber también interpretar un balance bancario, que puede resultar para el profano más hermético que muchos jeroglíficos? ¿Es aceptable, en una época en la que reina la máquina, que el historiador ignore cómo están hechas las máquinas y cómo se modifican?»

Veinte años después, la lección ha sido ya aprendida, como lo demuestran las obras siguientes: L’industrie textile sous le Second Empire (1956), de C. Fohlen; La formation de la grande entreprise capitaliste, de 1815 a 1848 (1959), de B. Gille; o La Naissance du Credit Lyonnaise, de 1863 a 1882 (1961), de J. Bouvier.

M. Bloch desea ampliar el campo de la historia hacia otras direcciones. La frecuente relación con A. Varagnac le hizo interesarse por la prehistoria, y la lectura de A. Van Gennep le demostró cuán interesante es el folclore. Iniciado en la etnología, se arriesga a escribir Les Rois Thaumaturges (1923), ensayo innovador en el que examina la dimensión mágica de la autoridad monárquica -especialmente el poder, atribuido al rey capeto, de curar a los escrófulos mediante simple imposición de manos-. Pero no continúa este trabajo de antropología histórica, dejando a sus amigos la preocupación por ir estableciendo los jalones de la historia de las mentalidades, como puede verse en las recopilaciones de artículos de G. Le Bras, Études de sociologie religieuse (1956), y de L. Febvre, Au coeur religieux du XVIe siecle (1957). Por otra parte, M. Bloch percibe bien la importancia de la lingüística:

«Cómo se pueden permitir ignorar las adquisiciones fundamentales de la lingüística personas que, la mayor parte de las veces, no podrán alcanzar los objetivos que se proponen en sus estudios más que a través de las palabras ( … ).»

En su Apologie pour l’histoire, M. Bloch se pregunta, al ir escribiendo sus páginas, por el sentido de términos como «siervo» (p. 81), «pueblo» (p. 82), «Imperio» (p. 82), «colono» (p. 84), «feudalismo», (p. 86), «revolución» (p. 87), «libertad» (p. 88), etc.:

«Algunos de nuestros predecesores, como Fustel de Coulanges, nos han dejado admirables modelos de estudio sobre el sentido de las palabras, de la semántica histórica. Desde entonces los progresos de la lingüística han agudizado nuestros instrumentos. Que los jóvenes investigadores no dejen de manejarlos.»

De hecho, las instituciones de M. Bloch no se plasmaron hasta mucho más tarde, hacia los años 1960 y 1970, en realizaciones ejemplares en materia de etno-histórica y semántico-histórica.

M. Bloch insiste en la necesidad de dar una instrucción sólida a los jóvenes historiadores:

«Es conveniente que el historiador posea al menos un barniz de las principales técnicas de su oficio ( … ). La lista de las disciplinas que proponemos a nuestros alumnos es demasiado corta.»

Convendría, pues, añadir, al aprendizaje de la epigrafía, la paleografía y la diplomática, una iniciación a la arqueología, a la estadística, a la historia del artey a las lenguas antiguas y modernas. Y todo esto todavía no basta. Para llegar a ser un auténtico profesional de la historia, hay que conocer asimismo las ciencias próximas: geografía, etnografía, demografía, economía, sociología, lingüística:

«Si no le es posible a un solo hombre (el historiador) alcanzar el dominio de tal multiplicidad de competencias ( … ) se puede tratar de combinar las técnicas practicadas por diferentes eruditos.»

O sea, organizar un trabajo en equipo, reagrupando especialidades de distintas disciplinas. Éste es el programa que llevará a la práctica la escuela de los Annales, unos años más tarde, al constituir la sexta sección de la Escuela Práctica de Altos Estudios. El permanente recurso al método comparativo, la preocupación por dar al historiador una formación pluridisciplinar, la decisión de realizar una investigación colectiva, se explican por la convicción, arraigada en M. Bloch, de la unidad de las ciencias humanas, que define textualmente de la siguiente manera:

«Lo que constituye el objeto de la historia es el espectáculo de las actividades humanas.»

Y también:

«No hay más que una ciencia humana en el tiempo, que necesita incesantemente unir el estudio de los muertos y de los vivos.»

El ensayo de Bloch se inicia con la siguiente pregunta, que formula el historiador a su padre:

«Papá, dime, ¿para qué sirve la historia? La respuesta se proporciona más tarde en la obra: “Basta para explicarlo una palabra: comprender.” El historiador debe poseer la pasión de comprender, lo que implica que renuncia, tanto como sea posible, al juicio de valor.»

Las ciencias se han mostrado siempre más fecundas cuando han abandonado el antiguo antropocentrismo del bien y del mal. En consecuencia, el historiador debe entregarse a una especie de ascesis, de catarsis, desembarazándose de sus prejuicios, de sus sentimientos y de sus referencias intelectuales:

«Para penetrar una consciencia, es necesario casi despojarse de uno mismo.»

Así pues, la escuela de los Annales comparte con la escuela metódica el deseo -o la pretensión-de alcanzar un saber objetivo. Sin embargo, el esfuerzo de abstracción, el rechazo del juicio moral, la exclusión de todo finalismo no significan para M. Bloch una huida hacia adelante ante los problemas que plantea la sociedad de su tiempo. La reflexión sobre L’ Étrange Défaite de 1940, así como su compromiso con la Resistencia de 1943, demuestran que este historiador no se encierra en su «torre de marfil». Según M. Bloch, «es necesario comprender el pasado a partir del presente», así como «comprender el presente a la luz del pasado». El perpetuo vaivén entre pasado y presente permite enriquecer el conocimiento de las sociedades antiguas e iluminar el de la sociedad actual.

El texto de esta entrada es un fragmento del  libro “Las escuelas históricas” de Guy Bourdé y Hervé Martin

Las escuelas históricas

portada-escuelas-historicasEl discurso del método histórico, los diferentes modos de escribir la historia, las escuelas -sucesivas o concurrentes- y la evolución de la producción histórica de la Antigüedad a nuestros días, constituyen el tema de este libro de intención predominantemente pedagógica. En él se expone, con claridad y espíritu de síntesis, la evolución de la producción histórica de la Antigüedad a nuestros días, pero su estudio no se resume en una simple bibliografía. Deteniéndose en las principales aproximaciones (la práctica) y teorías (la epistemología) de la disciplina histórica, en el texto se encuentra cuando es preciso saber sobre la “escuela de los Annales” y la “Nueva Historia”, sobre las relaciones que mantiene Clío con el marxismo y el estructuralismo o sobre el estado de la reflexión crítica contemporánea en Marrou, Veyne, de Certeau y otros autores

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