IN MEMORIAM Josep Fontana: la Historia vuelta sobre sí misma / Juan Andrade

Posted on 2018/09/14

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Los días siguientes a la muerte de Josep Fontana se ha subrayado en muchos medios de comunicación su contribución a la investigación histórica. Sus primeros trabajos sobre la crisis del Antiguo Régimen en España y sus últimos e imponentes libros sobre la historia del mundo en el Siglo XX delimitan en este sentido una trayectoria tan amplia como fértil. Solo por esas obras merecería estar en el panteón de los grandes historiadores. Pero al tiempo que investigó sobre el pasado, Fontana reflexionó de manera crítica sobre el oficio de historiador y sobre el papel que las narraciones académicas del pasado han desempeñado en la contemporaneidad.

Fontana sostuvo al respecto una mirada muy incómoda para aquellos historiadores “convencidos de que se limitan a investigar desapasionadamente el pasado libres de cualquier prejuicio cultural o político”. Esta mirada  consistía en aplicar al estudio de la disciplina histórica los mismos criterios explicativos que esta proyecta sobre otros productos culturales. Fontana practicó de este modo una Historia que se volvía sobre sí misma, que se concebía como un producto cultural inmerso en el mismo mundo investigado y que se interrogaba sobre sus orígenes para reconocer que no suelen ser muy nobles. En estos trabajos la dimensión crítica que se presupone a la Historia tenía un efecto boomerang que denunciaba las mistificaciones recurrentes en los relatos académicos sobre el pasado, las motivaciones ideológicas apenas encubiertas por la forzada asepsia de su retórica, su tributo a los discursos legitimadores del orden social. En estos trabajos Fontana nos explicó cómo la Historia cumple una función social en nuestra comprensión del presente y en la modelación de nuestras expectativas de futuro, y que esta función social tiene resultados muy distintos según los compromisos que consciente o inconscientemente, de manera honesta o deshonesta, contrae el historiador. Esta mirada la desarrolló en cuatro libros hoy fundamentales para cualquier persona interesada en saber cómo se construyen los relatos sobre el pasado: Historia: análisis del pasado y proyecto social (1982), La historia después del fin de la historia (1992), Europa ante el espejo (1994) y La historia de los hombres (2000).

En Historia: análisis del pasado y proyecto social Fontana  denunciaba la frecuencia con que las explicaciones históricas han funcionado como una genealogía racionalizadora del presente, en las cuales los hechos entresacados del pasado se disponían en una secuencia evolutiva que terminaba conduciendo, como si de un proceso lógico se tratara, hasta el orden actual. Por medio de semejante ejercicio el presente reaparecía como el resultado racional de esa evolución histórica y, por extensión, como el momento de optimización del bien común. El análisis del pasado mutaba así en una suerte de celebración encubierta del presente. Desde este presente celebrado el historiador proyectaba una mirada muy soberbia sobre el pretérito, donde los obstáculos que se opusieron a su desarrollo aparecían como regresivos y las alternativas que se truncaron por el camino eran tachadas de quiméricas.

Estas visiones tan recurrentes del pasado han estado mediatizadas, según Fontana, por la “economía política” hegemónica de cada tiempo: por un relato de parte que se presenta a sí mismo como la explicación universal, objetiva, desapasionada y científica del momento, elevando a la categoría de sentido común sus predilecciones políticas. Sobre estas visiones del pasado se ha levantado en cada tiempo un proyecto de futuro, justificado como la continuación lógica de la línea de progreso que venía empujando históricamente. Según Fontana cada uno de esos tres niveles (visión del pasado, economía política del presente y proyecto de futuro) no podían entenderse sin su articulación con los demás, en tanto que constitutivos de una concepción interesada del mundo que al hacerse hegemónica, sin embargo, lograba fingir la independencia de cada uno de sus componentes.

Efectivamente, numerosos intelectuales preocupados por exhibir su autonomía han levantado muros que separan en la superficie estas tres esferas de actividad, pero que dejan expeditos, al tiempo ocultan a la vistan, los canales soterrados que las comunican. A la aparente disolución de los vínculos entre pensamiento, poder y aspiraciones ha contribuido más eficazmente la institucionalización de todo discurso triunfante, donde estas tres dimensiones esencialmente unidas se manifiestan fenoménicamente como tareas independientes. La institucionalización entraña la división del trabajo intelectual y genera una dinámica corporativa real donde las narraciones del pasado parece que sólo se deben a la labor erudita de un historiador encerrado en el archivo; los análisis del presente al trabajo científico de los economistas y sociólogos; y los planes para el provenir, a las propuestas de los políticos profesional debatidas en el Congreso. De su lectura de Gramsci, Fontana aprendió que las ideologías del poder no solo funcionan como una falsa conciencia encubierta y difundida por intelectuales tramposos, sino como un discurso naturalizado en instituciones, profesiones, hábitos sociales, imaginarios trasversalmente compartidos y prácticas cotidianas.

Estas visiones del pasado se fueron alimentado a lo largo del siglo XIX y XX de tres elementos muy combatidos por Fontana: la idea de progreso consagrada en la Ilustración, la perspectiva eurocéntrica impuesta por la historiografía occidental y un elitismo que había obviado o rebajado el papel de los sectores subalternos. Lo interesante es que Fontana cargó contra estas tendencias sin inclinarse hacia el paradigma postmoderno que las impugnó sobre todo en los ochenta, sino denunciando el bloqueo epistemológico al que conducía este paradigma y lo funcional que, a su modo de ver, terminaba resultando para la reproducción del orden cultural y social.

Crítica a la idea de progreso, al eurocentrismo y al elitismo

Desde la modernidad la historia ha sido concebida, nos decía Fontana, como un progreso lineal y ascendente cuyo principal elemento dinamizador habría sido el avance de la capacidad tecnológica del hombre para dominar la naturaleza. En esta secuencia evolutiva dos procesos habrían venido a acelerar el curso de la historia: la revolución neolítica, con la generalización de la agricultura, y la revolución industrial, con la irrupción de formas más eficientes de organización del trabajo y fuerzas productivas extraordinarias. Según este relato, el capitalismo, en tanto que promotor y gestor de la industrialización, vendría a representar el cenit en la evolución histórica, de tal forma que las aspiraciones futuras de mejora de la humanidad vendrían a cifrarse en su intensificación y generalización a escala planetaria. Así es, nos contaba Fontana, como se articularon en el Occidente contemporáneo las tres dimensiones inherentes a toda concepción hegemónica: un análisis del pasado, ahora entendido como narración del avance imparable de la capacidad científico-técnica del hombre; una economía política, ahora un liberalismo económico que racionaliza la desigualdad como condición necesaria para el progreso; y un proyecto de futuro, fundado en la promesa de llevar el progreso a todo el mundo por medio la intensificación y universalización del capitalismo.

Para consolidarse, el nuevo relato de la modernidad tuvo que inventar una continuidad, negando aquellas encrucijadas en las que se pudieron seguir caminos distintos y minimizando o resignificando aquellos acontecimientos que en su día contradijeron la supuesta mejora progresiva de la historia. Eso hizo con el fascismo, una forma de barbarie eminentemente moderna que bebía de su misma racionalidad científico – técnica, una versión pervertida pero al mismo tiempo deudora de la idea de progreso de la ilustración. Sus cotas de violencia resultaban inconcebibles fuera de las estructuras constitutivas de la civilización occidental, moderna, industrial, cientista y racional en los medios, una idea que Fontana reforzó a partir de su lectura de algunos pensadores de la escuela de Frankfurt. Sin embargo, la civilización occidental no estuvo dispuesta a reconocer a sus hijos ilegítimos, y una vez que el fascismo fue derrotado se retomó la narración exultante de un progreso que se habría impuesto al rebrote inesperado de lo atávico.

Mientras tanto, buena parte de la izquierda, incapaz de leer la historia con sus propios códigos, se conformó con replicar que la burguesía se estaba precipitando con el festejo, que esa misma concatenación de los acontecimientos pasados remitía a un horizonte ulterior, que el avance ineluctable del progreso conducía a otro estadio conclusivo, que el viento de la historia soplaba a favor de la sociedad sin clases. Según Fontana, la fortaleza de esta concepción dominante de la historia en la contemporaneidad fue tal que durante mucho tiempo contagió a la alternativa que pretendía reemplazarla. El marxismo esclerotizado de la época terminó parasitando la misma lógica de su adversario.

Las versiones mecanicistas del marxismo concibieron la historia como un proceso evolutivo donde la contradicción entre el avance imparable de las fuerzas productivas y la pervivencia de unas relaciones sociales de producción anacrónicas – resuelta si acaso con ayuda de la acción de un nuevo sujeto histórico idealizado, el proletariado – conducía a la sociedad emancipada. La economía política del Socialismo Real asumió las pautas de crecimiento económico del industrialismo, aunque allí donde la doctrina liberal abogaba por la autorregulación del libre mercado ésta exigía la planificación centralizada de la economía a manos de una vanguardia que mutaría en una burocracia ineficiente. Las duras secuelas que para la población tendría la aplicación de “planes quinquenales” y “saltos adelante” fueron justificadas, en virtud de la misma razón instrumental de la modernidad,  como sacrificios ineludibles para el avance del progreso. Del mismo modo, su proyecto de futuro consistía en resolver los problemas de la humanidad exportando el modelo a cualquier lugar. Pese a su prolongada militancia en el PSUC, o gracias precisamente a ella, pues allí se formó con brillantes intelectuales como Manuel Sacristán, Fontana fue un crítico expreso del Socialismo Real y un intelectual muy beligerante contra la vulgata marxista.

El caso es que, en la medida que el socialismo se presentó a sí mismo durante décadas como avanzadilla del progreso, el liberalismo tuvo más fácil retratarlo como su lastre. Solo tuvo que ponerlo a la cola del mismo rail por el que quería discurrir. Cuando cayó el muro de Berlín, los escombros se aprovecharon para sepultar además las experiencias y narraciones de la izquierda que habían contradicho ese trazado. Aprovechando la coincidencia del segundo centenario de la Revolución Francesa con el derrumbe inminente de la Unión Soviética, historiadores ex comunistas deseosos de hacerse perdonar su pasado presentaron la Revolución Francesa como fuente de todas las aberraciones de la contemporaneidad y se lanzaron a combatir una supuesta interpretación dominante – jacobina, marxista, dogmática e inflexible – que nunca existió en ámbitos serios de pensamiento, con el éxito, nos decía Fontana, con el que habitualmente se combaten los enemigos fantasmas inventados intencionadamente. Lo paradójico en Fontana es que, tras la caída del Muro de Berlín y después de años de crítica al Socialismo Real y al marxismo vulgar, tuvo que combatir las furibundas arremetidas de pensadores empeñados en desacreditar la tradición política e intelectual del marxismo reduciéndola al dogmatismo y la mediocridad con que muchos de ellos la cultivaron en el pasado.

En este sentido, una de las aportaciones más interesantes de Fontana consistió en desentrañar los entramados institucionales construidos para promover ciertas visiones de la historia,  a partir de la idea de que la Historia no se ha escrito solo en la mente laboriosa de los historiadores, sino que para escribirse y sobre todo divulgarse ha requerido de una infraestructura de financiación en forma de subvenciones y ediciones, así como de reconocimientos en forma de cátedras y premios.  En  La historia después del fin de la historia, Fontana contaba cómo durante la Guerra Fría las instituciones americanas no escatimaron gastos a la hora de promocionar tendencias historiográficas que sirvieran de contención al empuje de la historia social vinculada a la izquierda y cómo tras 1989 tiraron ya la casa por la ventana para conmemorar la desaparición del enemigo comunista. Buen ejemplo de ello fue la potente campaña que la Fundación John M. Olin, un Think Tank neoconservador, desarrolló para publicitar la obra El fin de la historia y el último hombre de Francis Fukuyama. En ella el autor recurría a una suerte de hegelianismo desnaturalizado donde la racionalidad suma se objetivaba en la democracia liberal y la economía de mercado para desplegarse hacia un horizonte definitivo de paz y progreso una vez se había liberado de la necesidad de combatir el peligro rojo. Este esperanzador proyecto de futuro se vio pronto desmentido por la proliferación de nuevas guerras y el incremento mundial de la pobreza. Para explicar el desvío de los vaticinios otro investigador a sueldo de la J.M Olin, Samuel Huntington, tuvo que salir al paso con una obra, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, donde explicaba que los nuevos conflictos no obedecían ya a problemas socioeconómicos ni a rivalidades ideológicas, sino a diferencias religiosas y culturales. Hoy Fontana hubiera recibido con una sonrisa irónica la enésima postergación, ahora sine die, del fin de la historia por parte de un Fukuyama abrumado por la evidencia del mundo violento y caótico en el que vivimos, como hace unos días revelaba The New Yorker.

En Europa ante el espejo, Fontana explicaba cómo los europeos han construido una imagen falseada de los otros para poder definirse de manera ventajosa con respecto a ellos, cómo fueron tallando su identidad por contraste con las representaciones falaces que iba elaborado de los demás, cómo ha ido mirándose en un espejo deformado para embellecerse. El primer reflejo invertido lo obtuvieron los europeos del bárbaro, denostado por griegos y romanos, al que siguieron los rostros satánicos del hereje autóctono y el infielmahometano. A las puertas del Renacimiento, con la expansión de las ciudades, el noble y el burgués europeos festejaron su civismo al compararse con la supuesta torpeza y brutalidad del rústico inculto, cuya imagen amenazante fue posteriormente sustituida por la de unas masas resentidas y ansiosas por dinamitar las bases económicas del progreso. Con el colonialismo decimonónico los europeos completaron su autorretrato a partir de los espejos del salvaje, el oriental y el primitivo.

En Europa ante el espejo Fontana fue desmontando el mito de la excepcionalidad europea, según el cual la preeminencia económica del continente se debió a los avances científico-técnicos favorecidos por un supuesto clima de libertad de pensamiento que contrastaba con el despotismo oriental. Por el contrario, todavía a principios del siglo XVII la ciencia y la tecnología estaban más desarrolladas en China y este fue un siglo de monarcas déspotas, guerras atroces y depuración de científicos en toda Europa. Precisamente, nos dice Fontana, fue esta época de violencia generalizada la que sirvió a Europa para perfeccionar las armas y métodos de combate con los que realmente logró imponerse al resto del mundo. En esta misma obra Fontana fue cepillando la historia a contrapelo para descubrir la racionalidad que había detrás de algunas propuestas heréticas medievales como la de los Cátaros, generalmente parodiados en la historiografía por la dimensión mesiánica de su discurso, o en algunas formas de vida comunitarias y relación equilibrada con la naturaleza que se daban en comunidades arrasadas luego por la lógica comercial del colonialismo.

Otro frente de batalla en la obra de Fontana fue la denuncia del protagonismo que la Historia ha concedido a los grupos políticos y económicos dominantes, en perjuicio de los sectores subalternos y de la inmensa mayoría de las mujeres. En La historia de los hombres  Fontana realizó un recorrido por el lento y titubeante proceso de incorporación a los relatos del pasado de las mayorías sociales tradicionalmente marginadas; criticando que en cada momento de inclusión de un nuevo sector social a la Historia se hubiera excluido a una de sus partes o a otro similar. Así contaba, por ejemplo, que frente a las crónicas de las hazañas de la nobleza y las proezas de la burguesía, la primera historia social centró su atención en el movimiento obrero institucionalizado, sobre todo en sus líderes e ideólogos, dejando en un segundo plano los análisis sobre las condiciones y formas de vida de los trabajadores anónimos. Cuando en un segundo momento se empezó a hablar de sus condiciones de vida, de sus luchas e imaginarios, la historia social europea se refirió sobre todo a los trabajadores masculinos de los países desarrollados. Con el paso del tiempo los historiadores occidentales fueron incluyendo a las antiguas comunidades no europeas como objeto de estudio, pero cuando los descendientes de estas comunidades se erigieron en sujetos de la narración de su propio pasado no les prestaron demasiada atención.

No obstante, el reproche más insistente de Fontana se refería al hecho de que estos sectores subalternos se hubieran convertido muchas veces en un objeto de estudio especializado y hermético, sin que sus respectivas historias hubieran terminado de integrarse en las visiones generales del pasado ni se hubiera terminado de considerar su contribución general al desarrollo de la sociedad. El ejemplo de cómo estos problemas podían pensarse y esos vacíos debían ser cubiertos lo buscó en el trabajo del Grupo de Estudios Subalternos del historiador indio Ranajit Guha y antes y muy especialmente en la rica tradición historiográfica marxista británica, en el trabajo de grandes historiadores como Rodney Hilton, Christofer Hill, E.P. Thompson o Eric Hobsbawm, a quienes tanto promocionó en España.

Fontana reconoció el interés y la utilidad que para los historiadores tenía la dimensión crítica del pensamiento postmoderno, pero arremetió contra sus conclusiones. Valoró que la deconstrucción postmoderna del gran armazón conceptual estructuralista moderno – que privilegiaba el estudio de las grandes tendencias de la historia, de las estructuras materiales que determinaban supuestamente los productos de la conciencia y las dinámicas de unos movimientos sociales donde apenas había lugar para la acción individual –hubiera sacado a la luz multitud de dimensiones del hombre hasta entonces ignoradas. Pero denunció que la multiplicación de contenidos y perspectivas estuviera dando lugar una historia fragmentaria renuente a cualquier explicación integral. Valoró la consideración de la disciplina de la Historia como una construcción social mediatizada por los gustos culturales y las preferencias políticas del presente. Pero denunció que ese perspectivismo derivase en un relativismo absoluto que reducía la realidad a sus representaciones e igualaba a la baja cualquier relato del pasado con independencia de cuál fuera su base probatoria. Valoró la crítica postmoderna a la continuidad histórica. Pero criticó que terminara negado el sentido a cualquier periodización o convirtiendo toda secuencia temporal en mera simultaneidad. Reconoció, porque ya lo había defendido antes, que algunos de los sucesos más dramáticos del siglo XX hubieran degenerado de los proyectos políticos ilustrados. Pero negó, frente a lo que repetían los posmodernos, que todo proyecto de emancipación general de la sociedad condujera indefectiblemente hacia la burocratización y el totalitarismo. Valoró la crítica postmoderna a la omnipresencia del poder y el énfasis que esta puso en la capilaridad del poder mismo. Pero denunció la equiparación entre la microfísica del poder y sus grandes centros decisorios o que esa crítica no llevase a los pensadores postmodernos a renunciar al (macro) poder de las cátedras universitarias.

Fuera de la galería de los espejos: polifonía y nuevos caminos

Fontana plateaba que una vez desestimada la idea de progreso el capitalismo dejaría de aparecérsele al historiador como el momento de su realización óptima, para ser concebido como una formación histórica remplazable. Fontana planteaba que una vez decayese la reconstrucción del pasado como genealogía racionalizadora y legitimadora del presente la historia podrá ser vista como una trama compleja jalonada de distintas encrucijadas, en las que rara vez se tomó el mejor camino “en términos del bienestar de la mayor parte de los hombres y mujeres, sino el que convenía a aquellos grupos que disponían de la capacidad de persuasión y de la fuerza represiva necesaria para imponerla”. Desestimada la idea de progreso el historiador podría proyectar una mirada limpia sobre las alternativas frustradas en el pasado, para descubrir la racionalidad que había en algunas de ellas y el potencial que todavía encierran. No se trataba de una vuelta nostálgica al pasado, si no de una búsqueda de nuevos horizontes alumbrados en el pasado que nunca se recorrieron y cuyo recorrido sería posible gracias también a la liberación del testimonio de quienes entonces los alumbraron. Las referencias obvias de Fontana en la elaboración de esta concepción fueron Walter Benjamín y Antonio Machado, dos gigantes intelectuales del siglo XX muertos en la frontera hispano-francesa cuando huían en sentido contrario del mismo enemigo fascista que terminó ocupando ambos lados. De Benjamín tomó la idea del acontecimiento pasado como un átomo cargado de fuerzas frenadas por la visión lineal de la historia, susceptibles, sin embargo, de ser liberadas en el presente por medio de una nueva mirada radical. De ambos la idea de buscar líneas de futuro en un pasado no resuelto en el que, según las palabras de Machado que le gustaba reproducir, encontramos “un cúmulo de esperanzas – no logradas pero tampoco fallidas -, un futuro, en suma, objeto legítimo de profecías.”

Fontana reclamó poner fin al eurocentrismo y a la mirada deformante sobre los demás para redescubrir al otro y descubrirnos a nosotros mismos como una cultura plural y mestiza.  La nueva forma de escribir la Historia que planteaba tendría que recuperar la voz del otro, amordazada tras la máscara que se le ha confeccionado, y ser especialmente atenta a las voces múltiples de los sectores subalternos. Pero frente a las historias especializadas en cada uno de los grupos antes silenciados, o frente a la mera yuxtaposición de sus voces en obras más amplias, propuso levantar un relato polifónico donde la voz de cada grupo tuviese la réplica de su contrario, donde cada sector social fuera explicado en sus relaciones de competencia o cooperación, de subordinación o dominación, de confrontación, transacción o integración con otros sectores, sin idealizarlos ni instrumentalizarlos.

Para disolver la continuidad histórica e integrar las voces de las multitudes subalternas Fontana propuso demoler la narratología inspirada en la novela burguesa decimonónica, donde todo se dispone en función del desenlace y la pluralidad de elementos está siempre subordinada a la acción principal. También limitar los análisis abstractos inspirados en las supuestas leyes de la historia, para recalar en la complejidad y peculiaridad del acontecimiento. Para explicar esto Fontana recurría a una metáfora. El procedimiento que proponía no era un procedimiento nomotético – deductivo parecido a la elaboración de un puzzle, en el que el conocimiento a priori de la imagen plana que se pretende construir, va orientando la agrupación de sus piezas. Proponía, por el contrario, partir del acontecimiento histórico y concebirlo como un poliedro en el que la combinación de sus distintas caras con las caras respectivas de otros acontecimientos pudiera dar lugar a más de un cuadro interpretativo.

Para Fontana la disciplina histórica operaba en cierta medida de manera similar a como los estudios neurobiológicos han probado que funciona la memoria personal. No como un depósito de representaciones estables, sino como un complejo sistema de relaciones que sirve de base a la formación de la conciencia durante la experiencia en curso, no como una simple evocación de sucesos pasados, que se registraran cual foto fija para siempre, sino como una reactualización constante de experiencias remotas que echa luz sobre un presente al que hay que dar respuesta. Del mismo modo, decía Fontana, la Historia no consiste en descubrir las supuestas verdades fijas del pasado, sino que debe contribuir a la construcción de una conciencia colectiva congruente con las necesidades del momento, a partir de la construcción – con sus métodos, con sus técnicas, con su armazón conceptual, con su rigor y laboriosidad – de una base de pensamiento sobre el pasado donde la reactualización de experiencias remotas pueda dar significado a lo que está ocurriendo. Solo desde ahí se podrían construir nuevos proyectos de futuros libres e igualitarios. La Historia que proponía Fontana explicitaba su vinculación a una economía política y a un proyecto social de futuro, pero a una economía política que negaba la desigualdad como condición de progreso y a un proyecto de futuro que no se justificaba como la prolongación de una supuesta racionalidad histórica. Su trabajo consistió en rebajar las expectativas científicas de la Historia, infladas por tanto historiador gris y sobre-ideologizado que, so pretexto de notariar simplemente el devenir histórico, termina por racionalizarlo para acomodarse a él. Su trabajo consistió en cultivar una Historia técnicamente muy bien construida que poner al servicio de un giro igualitario en la evolución de la sociedad. Su empeño hacia la disciplina de la Historia fue, en sus propias palabras, “el de arrancarla de la fosilización cientista para volver a convertirla en una ‘técnica’: en una herramienta para la tarea del cambio social”.

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Este artículo fue publicado originalmente en SinPermiso.

AUTOR

  • Juan Andrade (SIN PERMISO)

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