Carta desde la desesperanza climática / Andreu Escrivà

Posted on 2018/09/30

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Quería escribir algo distinto sobre cambio climático. Quizá sobre los treinta años del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), sobre cómo han acertado sus predicciones. ¿Y entonces qué? Porque podemos estar contentos, hasta orgullosos, de que la ciencia (universal, verificable, no patrimonializable) haya sido capaz de prever con tanta antelación lo que hoy, para nosotros, es ya una realidad de la que no podemos escapar. Pero es un triunfo con sabor amargo: cuanto mejor ajusten las imágenes que superponen los gráficos de los artículos de los 80 y las mediciones del siglo XXI, peor estamos. Hemos hecho un fabuloso trabajo predictivo y un pésimo trabajo preparatorio. Nos hemos hecho mil análisis de sangre, monitorizando hasta la variable más nimia del torrente sanguíneo, pero no hemos parado de comer bollería industrial, ni hemos salido a hacer deporte, ni hemos dejado de fumar. Nos conocemos las miserias al dedillo. Y claro: como aún seguimos vivos pensamos que podemos seguir haciendo lo de siempre. Keep calm and business as usual.  

Cada dato que sale sobre el calentamiento es peor que el anterior: esto es así, y será así siempre. Lo que está en nuestra mano, eso sí, es decidir cuánto peor

Pero el caso es que no. Hace un par de años escribí un libro titulado Aún no es tarde, sobre el cambio climático. “¿Sigue sin ser tarde?”, me pregunta mucha gente tras leerlo. “Depende de para qué”, contesto a veces. Depende también del día. Porque esto es jodido, y cansado, y frustrante, y ni siquiera quienes entendemos las implicaciones del cambio climático y leemos decenas de páginas al día sobre ello nos comportamos como ciudadanos ejemplares. Algo falla. “Depende”, digo, y es que hay días en los que uno está al borde de tirar la toalla, lo reconozco. Cada dato que sale sobre el calentamiento es peor que el anterior: esto es así, y será así siempre. Lo que está en nuestra mano, eso sí, es decidir cuánto peor. Pero la concentración de dióxido de carbono seguirá subiendo en la atmósfera; los océanos seguirán acidificándose, royendo la vida que ahora los hace bullir; la temperatura aumentando, décima a décima, como una fiebre que no tiene prisa pero tampoco conoce la pausa; la superficie de hielo ártico disminuyendo, alterando aún más el clima; el nivel del mar subiendo, engullendo costas, cultivos, marjales, casas y paisajes. Y esto será así para ti, para todas las personas que alguna vez llegues a conocer y para todas las generaciones que compartan tiempo contigo, incluso aquellas que nazcan el preciso instante de tu muerte.

Hay días en los que lees sobre hielo antiquísimo quebrándose, navíos que surcarán lo que antes era una blancura inmensa e impenetrable, cultivos en el precipicio nutricional. O simplemente alguien ha conseguido visualizar de nuevo, y de qué forma, lo que ya sabemos: que el mundo se calienta aceleradamente. Todo ello aderezado con un escenario sociopolítico poco proclive (vamos a decirlo así) a tomar medidas urgentes y contundentes frente al cambio climático. Y sí, por supuesto, hay que conjugar todo esto con la pereza inmensa que produce debatir algo tan consolidado a nivel científico (afortunadamente, eso sí, cada vez hay más gente dispuesta a rechazar entrar en debates que incluyan a negacionistas del cambio climático).

Así que… ¿Sigue sin ser tarde?

Sí. Pero hay que definir muy bien tarde, y, sobre todo, para qué.

Sigue sin ser tarde para evitar un cambio climático catastrófico. Sigue siendo social y técnicamente posible limitar el calentamiento a los 2ºC que fueron adoptados como “barrera de seguridad” en el acuerdo de París, aunque sea extraordinariamente complejo y difícil (el objetivo de 1,5ºC, pese a que es significativamente mejor que el de los dos grados, es prácticamente inalcanzable). Sigue siendo más que posible quedarnos en 3ºC y no llegar jamás a los 4ºC que el Banco Mundial considera una auténtica pesadilla. Seguimos teniendo la oportunidad de trabajar para adaptarnos a una subida de cuatro grados y mitigar para quedarnos en dos (como cuando estudiábamos para sacar un notable y así asegurábamos el aprobado). Seguimos teniendo una pléyade de opciones delante de nosotros, desde aquellas apoyadas casi exclusivamente en la tecnología (que no nos salvará por sí sola, pero que será siempre necesaria), hasta la modificación drástica de comportamientos humanos en tiempo récord, algo que hemos visto multitud de veces en los últimos dos siglos (desde las conquistas sociales hasta cambios económicos, productivos o de hábitos diarios). Es tarde, y lleva siéndolo mucho tiempo, para revertir el cambio climático –sí, a pesar de mis ganas de creerme a Paul Hawken–. Es un proceso con una inercia tan enorme que sería de ilusos pensar que podemos pararlo en seco. Lo que sí podemos hacer es pisar el freno a tope, abrocharnos el cinturón y asegurarnos de haber comprado un coche con todas las opciones de seguridad. Pero que vamos a chocar –y de qué forma– con el cambio climático es algo que deberíamos asumir ya. Por cierto, ¿os habéis fijado de qué forma la cochecracia está instalada en nuestra sociedad, que no he sido capaz de encontrar un símil mejor que usando uno de los símbolos por antonomasia del deterioro ambiental?

Y no, no es nada fácil. It’s very difficult todo esto; incluso hacer humor, lo acabáis de comprobar. Mirad si no este artículo bajonero. Pero bueno, tengo excusa: gran parte de quienes nos dedicamos a esto del calentamiento global (calentólogos, nos llaman cariñosamente los negacionistas) estamos un poco tarados, o deprimidos, o simplemente frustrados. Uno de los últimos números de Nature Climate Change estaba dedicado a ello.

El cambio climático es una mierda, porque hay que lidiar con la sensación de pérdida de futuro, de pasado y presente. De recuerdos, de disfrute actual y de expectativas. Lo cambia todo, como dice Naomi Klein, aunque ella tampoco sea capaz de ofrecer una alternativa coherente y potente. Cambia las reglas del juego, los escenarios, las relaciones de poder. Y lo más importante: las cambia queramos o no. Quedarse aferrados a una realidad fósil puede parecer una vía de escape, pero no lo es. Jack en realidad no cabía en el tablón de madera, porque se hubiese hundido, pero nos gusta pensar que sí, y que Titanic podría haber acabado de otra forma.

Lo que sí está meridianamente claro es que, si no hacemos nada, el escenario alternativo sí se parecerá, con toda seguridad, a una oscura distopía futurista

Cuando hablamos de frenar el cambio climático no nos referimos a cortar en seco ese cambio, sino a dirigirlo. A enfocarlo para que produzca, como resultado y tras mucho esfuerzo (nada de transformaciones mágicas), un mundo menos desigual, en el que los costes del calentamiento se repartan entre todos –especialmente entre quienes más tienen–, donde los países pobres (y los estratos de pobreza en países ricos, cada vez más amplios y dolorosos) no sean fosas sépticas en las que hundir todos los subproductos del calentamiento y los engranajes rotos que necesita la fábrica de riqueza del 1%. Un mundo en el que el calentamiento nos obligue a repensar la energía, el consumo, los cuidados, los indicadores de bienestar, cómo y por qué nos movemos, qué comemos y dónde lo cultivamos. Y no, ese mundo no es una utopía de color de rosa salida de un cuento infantil o un filósofo socialista del siglo XIX. Es un mundo imperfecto y mutable, incierto y aún así, mejor y más deseable. Lo que sí está meridianamente claro es que, si no hacemos nada, el escenario alternativo sí se parecerá, con toda seguridad, a una oscura distopía futurista. Aunque quizás en Blade Runner se equivocaron con aquello de la lluvia, mira tú por dónde.

En días como hoy, en los que las noticias azuloscurocasinegro campan a sus anchas, es difícil mantener la compostura climática, si se me permite la expresión. No derrumbarse. No, no albergo ni un engrudo de optimismo… pero sí esperanza. Una esperanza que nace del hecho de que cada vez más gente es consciente del estado en el que estamos. Que todos empezamos a entender qué pone en esas analíticas de sangre que antes sólo leían los médicos y ahora salen hasta en el informativo: huracanes, sequías, migraciones, contaminación. Esperanza porque sólo sabiendo la magnitud de lo que nos enfrentamos podremos aceptar los sentimientos que ello nos provoca, y seguir luchando. Esperanza también porque, a pesar de todo, el cambio climático no es un juego de solución binaria en el que se gana o pierde, y ello implica que, por muchas ganas que tengamos, tirar la toalla no es una opción.

Cada victoria, por pequeña que sea, es valiosa. Cada cambio de hábito, a nivel individual o colectivo, son gramos o kilos o toneladas de dióxido de carbono que no acaban en la atmósfera. Cada paso en la dirección de un mundo más humano es otro alejándonos de la línea roja de los informes del IPCC que, eso ya lo sabemos, no se equivocan por mucho que cerremos los ojos. Llevan treinta años demostrándonoslo: ¿cuántos más necesitamos para actuar?

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Andreu Escrivá es ambientólogo y Doctor en Biodiversidad. Autor de Aún no es tarde: claves para entender y frenar el cambio climático (PUV, 2018), Premio Europeo de Divulgación Científica Estudi General.

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